“El misterio de las dos hermanas y los gemelos comienza cuando una oscuridad ancestral marca a una de ellas, mientras los hermanos descubren que su destino está ligado a dos lunas muy distintas que podrían salvar… o destruir… el bosque.” 🌒✨
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Un día sin sombra
El segundo día en la ciudad comenzó con una luz dorada entrando por la ventana del hotel. Alison abrió los ojos lentamente, confundida por un instante. No había árboles altos moviéndose con el viento. No había crujidos de ramas ni susurros ocultos. Solo el sonido lejano de autos y el murmullo constante de la ciudad despertando.
Alisa seguía dormida, abrazando la almohada como si por fin hubiera descansado de verdad.
Alison se sentó en la cama y miró su marca. Estaba ahí, como siempre, pero no ardía. No se movía. Era solo piel.
Tal vez la ciudad realmente hacía una diferencia.
Minutos después, su padre tocó la puerta suavemente.
—Arriba, chicas. Hoy vamos a disfrutar de verdad.
Bajaron a desayunar a una cafetería cercana. El olor a café, pan caliente y chocolate llenaba el aire. Alisa sonrió al probar un croissant y Alison no pudo evitar reír al ver el azúcar en el rostro de su hermana.
Por un momento, la oscuridad fue solo un recuerdo lejano.
Después del desayuno, su padre las llevó nuevamente al lugar de motos, pero esta vez tenía algo diferente planeado. Había reservado un recorrido más largo, por avenidas amplias y una carretera panorámica que bordeaba la ciudad.
—Hoy no vamos a pensar en nada más —
dijo él mientras les entregaba los cascos—. Solo en el viento.
Alison sintió una chispa de emoción recorrerle el cuerpo. Alisa ya estaba lista, con los ojos brillando.
Encendieron los motores.
El sonido vibró en el aire como un rugido de libertad. Salieron una detrás de la otra, siguiendo la guía de su padre. La ciudad pasaba a su alrededor en un desfile de colores, luces y movimiento.
El viento golpeó sus rostros, levantando su cabello. Alison aceleró un poco más, sintiendo la adrenalina correr por sus venas. No era oscuridad. No era poder extraño. Era vida.
Alisa soltó una risa fuerte, clara, que parecía romper cualquier sombra interna.
—¡Más rápido! —gritó.
Tomaron una curva amplia y perfecta. El cielo estaba despejado, azul intenso, infinito. Por primera vez desde que todo comenzó, Alison no sentía ese peso constante en el pecho.
Se detuvieron en un mirador alto donde la ciudad se extendía bajo ellas como un océano de edificios.
Alisa se quitó el casco y respiró profundo.
—Aquí no siento nada raro —dijo en voz baja—. Es como si todo se hubiera quedado en el bosque.
Alison observó su marca otra vez. Quietud.
—Quizá solo necesitamos aprender a vivir sin dejar que el miedo nos controle.
Su padre las miró con ternura, aunque en el fondo sabía que no era tan simple. Pero necesitaban este día.
Volvieron a las motos y esta vez recorrieron una avenida larga donde el asfalto parecía no tener fin. El sol calentaba su piel, el viento las empujaba hacia adelante. Alison comenzó a cantar cualquier cosa que se le ocurriera. Alisa la siguió entre carcajadas.
Competían, se adelantaban, se esperaban.
En cada aceleración dejaban atrás semanas de tensión.
Mientras tanto, muy lejos de allí, en dirección al sur, los gemelos Jael y Dael avanzaban por caminos rodeados de montañas.
—Estoy seguro de que era el sur —dijo Dael, recordando el sueño.
En ese sueño había visto una figura femenina de espaldas, rodeada de luz suave y sombras entrelazadas. No vio su rostro. Solo sintió la conexión. Y el paisaje… parecía del sur.
Jael también lo había sentido.
—El sueño fue claro —respondió—. Si están en algún lugar, es allá.
Ninguno de los dos imaginaba que la ciudad que habían visto en imágenes fugaces no era más que un fragmento confuso del mismo sueño.
Así que siguieron su camino hacia el sur, convencidos de que estaban cerca.
De regreso en la ciudad, Alison y Alisa pararon frente a un parque lleno de música. Un grupo tocaba tambores y la energía era contagiosa.
Alison empezó a moverse al ritmo, todavía con la chaqueta puesta. Alisa la imitó. Su padre aplaudía, riendo.
La luz del mediodía iluminaba sus rostros. Sus ojos brillaban.
No había miedo en ese instante.
No había susurros.
No había sombras moviéndose en los rincones.
Solo risas.
Más tarde recorrieron una carretera panorámica al atardecer. El cielo comenzó a teñirse de naranja y violeta. Las luces de la ciudad empezaban a encenderse poco a poco.
—Última vuelta —dijo el padre.
Alison miró a Alisa con una sonrisa desafiante.
Arrancaron al mismo tiempo.
El viento ahora era más fresco. La carretera casi vacía. La ciudad brillaba detrás de ellas como un mar de estrellas artificiales.
Alison sintió algo diferente en su interior. La oscuridad no desaparecía, pero parecía dormida, pequeña. Como si la felicidad la mantuviera en silencio.
Alisa levantó el rostro hacia el cielo mientras conducía y gritó:
—¡Estamos vivas!
Y esa frase quedó suspendida en el aire.
Cuando se detuvieron en lo alto de la carretera, el paisaje era impresionante. La luna comenzaba a elevarse sobre los edificios.
Su padre se acercó y las abrazó a ambas.
—Recuerden esto —susurró—. Pase lo que pase después.
Alison apoyó la frente en su hombro. Alisa entrelazó sus dedos con los de su hermana.
En ese momento, no eran parte de una historia oscura. No eran piezas de un destino misterioso.
Eran dos hermanas jóvenes sintiendo el viento en el rostro, la velocidad en el corazón y la libertad en el alma.
Muy lejos, en el sur, Jael se detuvo un instante al sentir una vibración leve en el pecho.
—¿Lo sentiste? —preguntó.
Dael asintió, confundido.
Pero al mirar alrededor solo vieron montañas y silencio.
—Es nuestra imaginación —dijo Dael finalmente—. Solo fue un sueño.
Y continuaron avanzando en la dirección equivocada.
Mientras tanto, en la ciudad, Alison miró el horizonte iluminado y sonrió.
Ese día no pertenecía a la oscuridad.
No pertenecía al destino.
Era de ellas.
Y por primera vez desde que todo comenzó, el miedo no tenía voz.