"Nuestras familias se han odiado por generaciones, pero ahora, él tiene el poder de destruirme... o salvarme.
Mi padre cometió el error de su vida y la única forma de pagar la deuda es entregándome a Damian Volkov, el hombre más despiadado de la ciudad y mi rival desde la infancia. Él no quiere mi dinero; quiere mi libertad, mi obediencia y, sobre todo, quiere verme quebrada bajo su control.
Juré que lo odiaría hasta mi último aliento, pero en la oscuridad de su mansión, el deseo es una traición que no puedo controlar. Damian juega sucio, y yo... estoy empezando a disfrutar del castigo.
¿Podrá el odio sobrevivir a la pasión, o terminaré destruida por el hombre que juré jamás tocar?"
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La ley del Volkov
El amanecer no trajo calma a la mansión. Antes de que el sol terminara de salir sobre los canales de Venecia, Damian ordenó que todos —desde los guardias de élite hasta el personal de servicio— se reunieran en el gran salón de mármol.
Alessandra estaba de pie a un lado de la escalera, sintiéndose expuesta pero manteniendo la cabeza en alto. Damian apareció en lo alto de los escalones, con una presencia que helaba la sangre. A su lado, Stefan permanecía con la mandíbula apretada y la mirada fija en el suelo, despojado de su habitual arrogancia.
Damian bajó los escalones lentamente hasta situarse en el centro del salón. Su voz, cuando habló, no necesitó elevarse para sonar como un trueno.
—En esta casa se cometió una falta —comenzó Damian, recorriendo con su mirada gris a cada persona presente—. Se permitieron mentiras, se inventaron pruebas y se intentó manipular mi juicio.
El silencio era absoluto. Damian señaló a Stefan con un gesto seco.
—Stefan ha confesado que calumnió a nuestra invitada, Alessandra Cavalli. Inventó una traición que no existió para ocultar su propia indisciplina.
Damian se giró hacia su hermano con una frialdad letal.
—Pide disculpas. Ahora.
Stefan apretó los puños, pero al ver la mirada de su hermano, supo que no tenía escapatoria. Se volvió hacia Alessandra con un odio contenido que le hacía temblar la voz.
—Lo siento, Alessandra. Mi... "información" fue errónea.
Damian no se conformó con eso. Se volvió hacia el resto de los presentes y su tono se volvió aún más autoritario.
—Escuchen bien. A partir de este momento, a Alessandra Cavalli se le debe el mismo respeto que a mí. El que vuelva a levantar un falso testimonio contra ella, o el que se atreva a ponerle una mano encima sin mi consentimiento, no saldrá vivo de esta propiedad. Ella no es un juguete, ni es un blanco para sus frustraciones.
Alessandra sintió un vuelco en el corazón. Por un segundo, pensó que Damian la estaba liberando, pero él aún no había terminado. Caminó hacia ella y, frente a todos, la tomó del brazo con una firmeza que recordaba quién era el dueño de la situación.
—Sin embargo —continuó Damian, mirando a los guardias—, su vigilancia se mantiene. Nadie entra ni sale de sus estancias sin mi firma. No se equivoquen: que sea respetada no significa que sea libre. Bajo este techo, mando yo. Se hacen las cosas como yo ordene y cuando yo ordene. Yo decido quién vive, quién muere y quién sale de esta casa.
Alessandra lo miró a los ojos, desafiante a pesar de la humillación pública.
—¿Eso es todo lo que soy para ti? ¿Un activo que proteger para alimentar tu ego?
Damian se inclinó hacia ella, ignorando los murmullos del personal que empezaba a retirarse.
—Eres lo único que me importa mantener bajo mi control en este momento, Alessandra. Y si para protegerte de mi hermano y de los Falier tengo que convertirte en mi sombra, lo haré.
Él la soltó, dejándola con la marca de sus dedos en el brazo y una nueva realidad sobre sus hombros. Stefan pasó por su lado, chocando su hombro con el de ella y susurrándole con una voz cargada de veneno:
—Disfruta de tu "corona", princesa. Las jaulas más bonitas son las que tienen los barrotes más apretados. Damian acaba de declarar la guerra por ti, y no tienes idea de lo que eso significa.