No murió por falta de latidos, sino por ausencia de valentía para sostenerlos.
El primer amor...el primer amor de Arya Rosenfeld fue eso, un amor cobarde.
Entonces porque ese amor cobarde luego de arruinar un vínculo que para Arya era tan importante como su vida misma, se atrevía a decirle que todo lo había hecho por ella.
August von Hohenberg, el primer amor de Arya Rosenfeld, no solo era cobarde. Era egoísta, mentiroso y completamente despreciable. Por eso Arya solo podía desear la "muerte al primer amor", no a la persona, sino a sus sentimientos.
Acompaña a Arya a recorrer un sinuoso camino, ¿logrará imponerse ante las adversidades? ¿logrará matar a ese primer amor? ¿logrará volver a confiar, volver a amar?
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Capítulo 20
Si alguien hubiera doblado el pasillo en ese instante, habría pensado que estaba presenciando una escena fuera de lugar.
Ferdinand tenía a August contra la pared de piedra, una mano apoyada a la altura de su hombro, bloqueándole cualquier intento de apartarse. No lo tocaba con violencia, pero la intención era clara: no era una conversación casual.
El contraste era inquietante.
Ferdinand —siempre sonriente, siempre ingenioso, el primero en hacer un comentario ligero en cualquier situación— tenía ahora el rostro serio, los ojos afilados, la postura firme como un muro.
August no intentaba apartarse.
Sostenía la mirada.
Había decidido buscarlo precisamente para evitar malentendidos. Sabía que, tarde o temprano, Ferdinand notaría los cambios. Y prefería una conversación directa antes que sospechas mal interpretadas.
—Te lo digo porque prefiero evitar malentendidos —había empezado, con una calma deliberada—. Arya y yo estamos saliendo.
La frase había caído con claridad.
Ferdinand entrecerró apenas los ojos.
Durante un segundo, el silencio fue pesado.
No había rabia irracional en su expresión. Había algo más profundo.
Protección.
Arya no era solo su prima. Habían crecido casi como hermanos. Ferdinand había estado allí en cada caída, en cada logro, en cada momento difícil, así como ella para él. La idea de que alguien pudiera hacerla sufrir no era una posibilidad que tolerara con ligereza.
—¿Desde cuándo? —preguntó al fin, la voz más baja de lo normal.
—Hace unos días.
El aire entre ambos se volvió denso.
Ferdinand se inclinó apenas hacia adelante. No era más alto que August, pero en ese momento su presencia parecía ocupar todo el espacio.
—Arya es mi prima —dijo, despacio—. Pero eso es lo menos importante. Crecimos juntos. Sé cuándo sonríe por educación y cuándo de verdad. Sé cuándo dice que está bien y no lo está.
Sus dedos se cerraron con fuerza contra la piedra.
—Si le haces daño…
La frase quedó incompleta.
No hacía falta terminarla.
August inhaló despacio.
—No lo haré.
No fue una promesa impulsiva. Fue firme. Seria.
Ferdinand lo estudió un segundo más, como si intentara detectar una fisura.
Finalmente se apartó, aunque no del todo.
—Te estaré observando —dijo, y en su tono no había amenaza vacía.
Era una advertencia real.
August asintió.
—Lo espero.
Y con eso, la escena terminó.
Pero la vigilancia de Ferdinand no era una broma.
Días después, Arya regresó a un lugar que había evitado durante semanas.
El balcón olvidado.
El viento allí siempre soplaba un poco más frío. Las enredaderas trepaban por la baranda de hierro forjado, y la vista del patio parecía lejana, como si perteneciera a otro mundo.
Sabía que lo encontraría.
Y lo encontró.
Edward estaba apoyado contra la pared, un libro cerrado entre las manos, la mirada perdida en algún punto indeterminado del horizonte. Su postura era la misma de siempre, erguida, distante, autosuficiente.
No parecía sorprendido cuando escuchó sus pasos.
Solo giró la cabeza ligeramente.
Arya avanzó sin rodeos esta vez. No tenía intención de retroceder ante el silencio extraño que solía interponerse entre ellos.
—Vine a agradecerte —dijo directamente.
Edward arqueó apenas una ceja.
—No es necesario.
Ella negó con suavidad.
—Para mí sí lo es.
Sacó de un bolsillo de su abrigo un pequeño frasco de vidrio. Era similar al que le había entregado el año anterior, cuando le dio aquel antídoto.
Lo sostuvo frente a él.
—Es una versión mejorada —explicó—. Funciona contra más de un tipo de veneno. No es infalible… pero es útil.
Edward no extendió la mano.
—No lo necesito.
Arya mantuvo el frasco firme entre ambos.
—Es lo único que puedo darte —dijo con una honestidad tranquila—. Si no lo aceptas, sentiré que estoy en deuda contigo permanentemente.
Esa palabra pareció incomodarlo más que el objeto en sí.
Deuda.
Edward observó el frasco un segundo más. Luego, finalmente, lo tomó.
Sus dedos rozaron los de ella apenas un instante.
El contacto fue breve.
Suficiente para sentirse extraño.
Mientras él guardaba el frasco en el bolsillo interno de su chaqueta, Arya añadió con una pequeña sonrisa.
—Espero que no tengas que usarlo nunca.
La frase era simple.
Amable.
Pero algo en ella se quedó suspendido en el aire.
Edward no respondió de inmediato.
La preocupación implícita en esas palabras no encajaba en la categoría cómoda de “formalidad”.
¿Por qué hacía algo así?
¿Por qué le importaba si él lo usaba o no?
Arya ya estaba retrocediendo un paso.
—Eso era todo —dijo—. Gracias… por aquella vez.
Edward inclinó apenas la cabeza.
Y ella se marchó.
Ni él ni Arya podían saberlo entonces.
Que esa sería la última vez que hablarían en años.
No por una ruptura.
No por un conflicto abierto.
Simplemente, porque el tiempo, silencioso y constante, empezó a reorganizar prioridades.
Y Edward von Reinenhart no era una prioridad en la vida de Arya Rosenfeld.
No era amigo cercano.
No era rival declarado.
No era algo que pudiera etiquetarse con facilidad.
Era un margen.
Y los márgenes, con el paso del tiempo, se vuelven invisibles.
El balcón olvidado siguió allí, el viento siguió soplando, pero ya no compartieron ese espacio.
No porque lo decidieran.
Sino porque, sin notarlo, dejaron de coincidir.
Los días comenzaron a adquirir una textura distinta.
No era algo evidente a simple vista. No había grandes gestos ni declaraciones públicas. Pero en los detalles más pequeños, el cambio era innegable.
August esperaba a Arya a la salida de ciertas clases, apoyado contra la pared con una paciencia que antes no tenía. Arya fingía sorpresa al verlo allí, aunque su sonrisa la traicionaba siempre un segundo antes de llegar a su lado.
En la biblioteca, estudiaban uno frente al otro.
En los pasillos, caminaban con la distancia justa para no llamar la atención… y sin embargo, la cercanía entre ellos parecía irradiar algo que todos podían percibir.
Era un secreto a voces.
En los susurros del comedor.
En las miradas largas.
En las sonrisas cómplices de Giselle.
En la vigilancia silenciosa de Ferdinand.
La academia entera sabía que Arya Rosenfeld y August von Hohenberg estaban saliendo.
Y en medio de todo, ellos vivían sus días con la torpeza dulce del primer amor.
No hablaban del futuro.
No hablaban de consecuencias.
Vivían el presente como si bastara.
Pero no todos observaban con la misma ternura.
En uno de los salones laterales, Silvana cerró su abanico con un leve chasquido mientras miraba hacia el patio inferior, donde August inclinaba la cabeza para escuchar algo que Arya decía en voz baja.
—Es evidente —murmuró, sin apartar la vista—. Ya no se molestan ni en disimular.
A su lado, Natalie permanecía sentada con la espalda recta, las manos perfectamente entrelazadas sobre el regazo.
Su expresión era serena.
Demasiado serena.
—¿Estás bien con eso? —preguntó Silvana, girándose hacia ella con curiosidad genuina—. Todos hablan. Y sabes cómo son los rumores… no se quedan aquí.
Natalie no respondió de inmediato.
Sus ojos seguían a la pareja en el patio.
August sonreía de una forma distinta cuando estaba con Arya. Más suelto. Menos calculado.
Esa imagen se clavó en algún lugar incómodo dentro de ella.
—No hay nada que comentar —dijo finalmente, con una suavidad impecable.
Silvana frunció apenas el ceño.
—Natalie…
Pero Natalie ya había apartado la mirada.
Por fuera, era la compostura misma.
Por dentro, el pensamiento era otro.
Un desliz.
Eso era lo que se repetía.
Un desliz juvenil. Una distracción pasajera.
August von Hohenberg no podía permitirse algo más que eso.
No con el apellido que llevaba.
No con las expectativas que lo rodeaban.
No con el futuro que, desde siempre, parecía trazado.
En la alta sociedad de Germania, los vínculos no eran solo afectos.
Eran alianzas.
Estrategias.
Proyecciones de poder.
Y Natalie había crecido sabiendo que su nombre y el de August estaban destinados a pronunciarse juntos algún día.
No como un rumor.
Como un anuncio formal.
Se convertiría en su prometida.
Luego en su esposa.
Era un futuro que había imaginado tantas veces que lo sentía casi tangible.
No permitiría que un romance académico —dulce, improvisado, imprudente— manchara aquello.
Sus dedos se tensaron apenas sobre la tela de su falda.
No era celos lo que se decía sentir.
Era corrección.
Orden.
Protección de lo que debía ser.
Silvana la observó con atención.
—No me gusta esa expresión —comentó en voz baja—. Estás pensando demasiado.
Natalie esbozó una sonrisa medida.
—Siempre pienso demasiado.
Volvió a mirar hacia el patio.
Arya reía ahora, inclinándose ligeramente hacia August. Él la miraba como si el resto del mundo hubiera quedado en pausa.
Natalie sostuvo esa imagen unos segundos más.
Y en silencio, comenzó a imaginar cómo terminaría.
No con escándalo.
No con confrontación abierta.
Eso sería vulgar.
Sería algo más sutil.
Los rumores no solo destruyen.
También redirigen.
Y si aquellos murmullos llegaban a la alta sociedad de Germania, no sería para consolidar una historia romántica.
Sería para cuestionarla.
August aún no lo sabía.
Arya tampoco.
Pero mientras ellos vivían días soñados, alguien más pensaba en su final.