Una coreografía letal de obsesión y traición donde el deseo se convierte en el arma más afilada de una venganza que busca destruir la corona del verdugo y la inocencia de la víctima.
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Capítulo 10: La paz de los proscritos
Han pasado seis meses desde que las sirenas en el puerto silenciaron el imperio de Donato de la Vega. Para el mundo exterior, la caída del magnate de la construcción fue el escándalo de la década: portadas de periódicos con su rostro demacrado tras las rejas, juicios televisados y el desmantelamiento de una red de corrupción que llegaba hasta las raíces de la ciudad.
Pero para Mateo y Adrián, la victoria no se sintió como una celebración. Se sintió como un exilio.
Viven en una pequeña casa alquilada en un pueblo costero a cuatro horas de la capital. Allí, el apellido "De la Vega" es solo un susurro sin importancia y Mateo no es el chico que hackeó un imperio, sino un joven que trabaja de forma remota como consultor de seguridad informática.
El peso de la normalidad
Mateo se despertó antes de que el sol terminara de salir. Se quedó observando a Adrián, que dormía a su lado. La expresión de Adrián ya no era la de aquel chico arrogante del colegio; era más suave, pero marcada por una tensión que no desaparecía ni en sueños. A veces, Adrián gritaba en la noche, reviviendo el momento en que su padre levantó el arma contra él.
Mateo se levantó y caminó hacia la cocina, pisando los tablones de madera que crujían bajo sus pies. Encendió la cafetera y abrió su computadora. Su rutina era siempre la misma: revisar los foros legales, monitorear los movimientos de las cuentas congeladas de los De la Vega y asegurarse de que nadie estuviera rastreando su dirección IP.
—Estás haciéndolo de nuevo —dijo una voz ronca a sus espaldas.
Adrián estaba apoyado en el marco de la puerta, vistiendo solo un pantalón de pijama gris. Se veía más delgado, pero sus hombros habían perdido esa rigidez defensiva.
—Solo me aseguro de que estemos a salvo, Adri —respondió Mateo, cerrando la tapa de la laptop.
—Estamos a salvo, Mateo. Mi padre está en una celda de máxima seguridad y mi madre está en esa casa de reposo en las montañas, recuperándose. —Adrián se acercó y puso sus manos sobre los hombros de Mateo, apretando ligeramente—. Deja de buscar fantasmas.
Mateo suspiró, inclinando la cabeza hacia atrás para mirar a Adrián.
—Los fantasmas no necesitan que los busques, ellos te encuentran. Donato tiene amigos, Adrián. Gente que perdió mucho dinero cuando él cayó. Gente que nos culpa a nosotros.
La grieta en el refugio
El desayuno transcurrió en un silencio confortable, el tipo de silencio que habían construido con esfuerzo tras meses de terapia y discusiones agotadoras sobre el pasado. Pero la paz se rompió cuando el cartero pasó por la puerta.
No dejó facturas ni publicidad. Dejó un sobre de papel manila, grueso y sin remitente.
Mateo lo tomó con cautela. Sus dedos temblaron ligeramente al notar que el sobre olía a sándalo. El mismo aroma que solía usar Adrián. El mismo aroma que inundaba el despacho de Donato.
Al abrirlo, no encontraron una amenaza de muerte. Encontraron algo mucho más perturbador: una serie de fotografías de ellos dos, tomadas durante la última semana. Mateo en el mercado, Adrián corriendo por la playa, ambos besándose en el porche de la casa.
Y en el fondo del sobre, una sola nota escrita a máquina:
“La libertad es una deuda que aún no han pagado. El segundo acto comienza ahora.”
El regreso del suspenso
El color abandonó el rostro de Adrián. Se dejó caer en la silla, con la fotografía de ellos besándose apretada en su mano.
—Nos encontraron —susurró Adrián—. ¿Cómo es posible? Cambiamos los nombres, los autos...
Mateo no respondió. Estaba analizando las fotos con ojo clínico. Las tomas eran profesionales, hechas con lentes de largo alcance. No era un trabajo de un matón común. Era el trabajo de un profesional de la vigilancia.
—No es mi padre —dijo Mateo, tratando de mantener la voz firme—. Donato no tiene acceso a este nivel de logística desde la cárcel. Esto es alguien más. Alguien que quiere algo que nosotros todavía tenemos.
—¿El qué? No nos queda nada, Mateo. Renuncié a la herencia, entregamos todas las pruebas...
—No todas —dijo Mateo, levantándose y caminando hacia el pequeño cuarto que usaba como oficina.
Movió un cuadro de la pared y abrió una caja fuerte empotrada. De ella sacó un disco duro de color rojo. Era el "Archivo Cero", el que contenía los nombres de los políticos y jueces que Donato no solo sobornaba, sino que chantajeaba con videos comprometedores. Mateo nunca lo entregó a la fiscalía. Sabía que, si lo hacía, la ciudad entera ardería y ellos serían las primeras víctimas del incendio.
—Me dijiste que lo habías destruido —dijo Adrián, entrando al cuarto. Su mirada era de pura traición—. Me lo prometiste en el muelle. Dijiste que no habría más secretos.
—Lo sé, y lo siento —respondió Mateo, con el corazón martilleándole el pecho—. Pero este disco es nuestro seguro de vida. Si lo destruía, no tendríamos nada con qué negociar si las cosas salían mal. Y parece que acaban de salir mal.
El aliado inesperado
Antes de que Adrián pudiera protestar, el teléfono de la casa —una línea fija que casi nunca sonaba— empezó a repicar.
Mateo contestó en voz alta.
—¿Dígame?
—Tienen diez minutos para salir de esa casa —una voz distorsionada por un modulador habló desde el otro lado—. Hay dos vehículos acercándose por la carretera del sur. No son amigos.
—¿Quién eres? —preguntó Mateo, agarrando la mano de Adrián.
—Alguien que prefiere que el "Archivo Cero" no caiga en las manos equivocadas. Si quieren vivir para ver el amanecer, vayan al muelle viejo. Hay un bote azul llamado “La Venganza”. Irónico, ¿no creen?
La línea se cortó.
Mateo y Adrián se miraron. El romance que habían intentado cultivar en la paz se desvaneció en un segundo, siendo reemplazado por la adrenalina del suspenso que parecía ser su verdadero hogar.
—¿Confiamos en la voz? —preguntó Adrián, ya moviéndose para recoger lo esencial.
—No tenemos opción —dijo Mateo, guardando el disco duro en su mochila—. La paz se acabó, Adri. Bienvenido al Volumen 2.
Corrieron hacia el auto bajo una lluvia que empezaba a caer, muy similar a la de aquella noche en el puerto. Mientras se alejaban a toda velocidad, Mateo vio por el espejo retrovisor las luces de dos camionetas negras que giraban hacia su camino de entrada.