Elías murió de la forma más absurda… y despertó dentro de su novela omegaverse favorita.
Ahora es Adrian Valmont, el omega dulce destinado a ser ignorado, humillado y finalmente morir de amor a manos de su esposo: el frío y arrogante duque alfa Cassian Armand.
Pero hay un problema.
Él ya conoce la historia.
Y esta vez no piensa esperar a que lo abandonen.
Decidido a cambiar su destino, Adrian exige el divorcio desde el principio. Sin embargo, el duque se niega a dejarlo ir. Lo que comienza como un matrimonio político sin amor se convierte en una batalla de orgullo, deseo y poder, donde el alfa que nunca miró atrás empieza a obsesionarse con el omega que ya no lo ama.
¿Podrá Adrian romper el destino que ya fue escrito…
o el duque hará todo lo posible por mantenerlo a su lado?
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ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE
CAPITULO 19
El amanecer apenas tocaba las torres del castillo cuando ocurrió.
Un movimiento leve.
Casi imperceptible.
Cassian no había dormido.
Seguía sentado junto a la cama, aún con la misma ropa manchada de sangre seca. Sus manos estaban limpias ahora, pero la sensación no se iba.
Entonces lo sintió.
Un cambio en la respiración.
Levantó la mirada.
Los párpados de Adrian temblaron.
Un segundo después, se abrieron.
Confusos.
Vidriosos.
Pero abiertos.
El duque se inclinó de inmediato.
—Adrian.
La voz no fue orden. Fue algo más suave. Más vulnerable.
Adrian tardó en enfocar. Sus labios se movieron, pero no salió sonido.
Cassian sostuvo su mano con cuidado.
—Estás en el castillo. La emboscada terminó.
Los ojos de Adrian parpadearon lentamente, intentando recordar.
Y entonces llegó.
El dolor.
Un gesto mínimo de tensión cruzó su rostro. Su respiración se volvió irregular.
Los médicos, que habían estado vigilando a distancia, se acercaron rápidamente.
—No intente moverse, mi lord —dijo uno de ellos con firmeza controlada.
Adrian intentó hablar otra vez.
Esta vez, apenas un susurro:
—¿Cuántos…?
Incluso al borde, pensaba en consecuencias.
Cassian apretó la mandíbula.
—Los atacantes fueron repelidos. No importa ahora.
Adrian quiso insistir, pero el dolor lo atravesó de nuevo. Un espasmo involuntario sacudió su cuerpo.
El médico intercambió una mirada preocupada con su asistente.
—Su Excelencia… necesitamos revisarlo de inmediato.
Cassian retrocedió un paso, pero no soltó la mano.
El médico retiró cuidadosamente los vendajes superiores.
Y entonces lo vio.
La mancha roja que se extendía bajo las capas de tela.
Demasiado roja.
Demasiado reciente.
El médico inhaló con brusquedad.
—Está sangrando otra vez.
El mundo pareció detenerse.
—No es externa —añadió el médico con voz grave—. Es interna.
Cassian sintió que algo frío le recorría la espalda.
—Explique.
El médico trabajaba con rapidez ahora.
—La herida fue profunda. Pensamos que habíamos controlado la hemorragia principal, pero hay daño interno. El sangrado no se detuvo por completo.
Adrian respiraba con dificultad.
Más pálido que la noche anterior.
—Necesitamos intervenir de inmediato —dijo el médico—. Si la hemorragia continúa…
No terminó la frase.
No hacía falta.
Cassian soltó la mano de Adrian solo cuando fue necesario moverlo.
Pero no abandonó la habitación.
No esta vez.
Los médicos intentaron persuadirlo.
—Su Excelencia, esto no será agradable de ver.
La mirada del duque fue suficiente.
Nadie insistió.
La habitación se convirtió en campo de batalla silencioso.
Instrumentos metálicos.
Agua hervida.
Vendajes frescos.
El olor a hierro volvió al aire.
Adrian perdió la conciencia mientras trabajaban.
Quizá fue misericordia.
Quizá fue el cuerpo rindiéndose.
Cassian observaba cada movimiento.
Cada gesto apresurado.
Cada murmullo tenso.
El médico principal habló con urgencia:
—La hemorragia es profunda. Si no logramos sellarla…
Sus manos estaban cubiertas de sangre.
No la del camino.
Sangre nueva.
Viva.
Escapando.
El tiempo dejó de tener sentido.
El duque no pestañeaba.
No respiraba con normalidad.
Solo esperaba.
Finalmente, después de lo que parecieron horas, el médico aplicó presión final y ordenó sutura firme.
Silencio.
Uno de los asistentes verificó el pulso.
Lento.
Débil.
Pero presente.
El médico exhaló con agotamiento visible.
—Hemos detenido la hemorragia.
Nadie celebró.
Porque la batalla no estaba ganada.
—Está extremadamente débil, Su Excelencia. Si su cuerpo no responde en las próximas horas…
Otra frase incompleta.
Otra amenaza suspendida.
Cassian se acercó cuando terminaron.
Adrian parecía casi transparente bajo la luz.
El duque se sentó lentamente.
Tomó su mano otra vez.
Fría.
Pero viva.
Las horas siguientes fueron peores que la emboscada.
Porque no había enemigo visible.
No había espada que enfrentar.
Solo espera.
La fiebre llegó antes del anochecer.
El cuerpo intentaba defenderse.
Sudor frío.
Respiración irregular.
Los médicos aplicaban compresas, cambiaban vendajes, administraban infusiones.
—Está luchando —murmuró uno de ellos.
Cassian no apartaba la vista.
—No lo suficiente —respondió con voz baja.
En algún momento de la noche, Adrian abrió los ojos otra vez.
No completamente.
Pero lo suficiente para enfocar una silueta.
—Cassian…
Fue apenas aire.
Pero el duque se inclinó de inmediato.
—Estoy aquí.
Adrian intentó moverse.
Un error.
El dolor lo atravesó como fuego.
Un gemido bajo escapó antes de que pudiera contenerlo.
Cassian sostuvo su rostro con cuidado.
—No te muevas.
Adrian lo miró.
Y por primera vez desde que lo conocía, no había cálculo en su expresión.
Solo agotamiento.
—Lo siento…
La palabra sorprendió al duque.
—¿Por qué?
Adrian respiró con dificultad.
—Te… expuse…
Cassian negó con firmeza.
—No.
La voz fue casi áspera.
—No vuelvas a decir eso.
Los ojos de Adrian se cerraron un segundo, luchando por mantenerse consciente.
—Si muero… —susurró.
La mano del duque se tensó.
—No morirás.
No fue ruego.
Fue orden.
Pero debajo de la firmeza había algo crudo.
Algo que Cassian jamás mostraba.
Miedo.
Adrian intentó sonreír.
No lo logró.
La fiebre volvió a arrastrarlo a la inconsciencia.
El capitán entró en la habitación al amanecer.
Se detuvo al ver al duque aún allí.
Inmóvil.
Vigilante.
—Hemos capturado a uno de los atacantes sobrevivientes.
Cassian no apartó la mirada de la cama.
—Hablará.
No era pregunta.
—Sí, Su Excelencia.
El capitán dudó un segundo.
—Creemos que no fue orden directa de Harrington.
Eso hizo que el duque finalmente levantara la vista.
Fría.
Peligrosa.
—Entonces alguien más quiere verlo caer.
La guerra no había terminado.
Solo había cambiado de forma.
Pero en ese momento, la política era secundaria.
Porque cada respiración en la habitación era una negociación con la muerte.
El médico se acercó poco después.
Revisó pulso.
Temperatura.
Herida.
—La hemorragia está contenida —informó con cautela—. Pero sigue muy mal. Su cuerpo está al límite.
Cassian asintió lentamente.
—Entonces lucharemos.
El médico lo miró.
—Mi lord… no todo puede controlarse.
El duque volvió la vista hacia Adrian.
Pálido.
Frágil.
Pero aún allí.
—No necesito controlarlo todo —respondió en voz baja.
Apretó suavemente la mano que descansaba entre las suyas.
—Solo necesito que resista.
Y mientras el castillo entero contenía la respiración, Adrian permanecía suspendido entre la vida y la sangre.
Y Cassian, que jamás temió a hombres ni imperios, descubría que no había batalla más cruel que esta espera silenciosa.
Dando margen a que te diga, no. 😒. Deberías de haber llegado con el papel de divorcio o "¡quiero el divorcio!".
Y si te rechaza ir al consejo y exigir el divorcio.🤨🤨