Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.
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Capítulo 17
# Capítulo 17: Hoyuelos
Alegra no durmió esa noche.
No por insomnio. No por preocupación. Sino porque cada vez que cerraba los ojos, veía los trazos. El mismo rostro repetido en docenas de papeles. Sus hoyuelos pintados por unas manos que ella conocía: grandes, frías, precisas. Manos que sostenían un pincel como quien sostiene un bisturí, y que la habían sujetado del brazo cuando casi se cayó, y que se cerraban en puños cada vez que ella estaba demasiado cerca.
Se sentó en la cama a las tres de la mañana. Encendió la lámpara. Sacó el papel del cajón de su buró —lo había traído a casa, no podía dejarlo en la oficina, no podía tenerlo a cuatro metros de él— y lo desdobló sobre las sábanas.
Los hoyuelos la miraron desde el papel.
Podría ser otra persona. Podría ser una ex novia. Una amiga. Su madre de joven. Cualquier mujer con hoyuelos y pelo largo.
Se levantó. Fue al baño. Se miró al espejo.
Pelo negro, largo, cayéndole sobre los hombros. Nariz pequeña. Barbilla redondeada. Labios llenos. Y los hoyuelos. Esos hoyuelos que aparecían cada vez que sonreía y que Tía Carmen llamaba "besos de ángel" y que Lía llamaba "tu mejor arma."
Volvió al papel. Comparó.
Es mi nariz. Es mi barbilla. Es mi sonrisa.
Pero no puedo estar segura. Los trazos son rápidos, casi abstractos. No es un retrato fotográfico. Es una impresión, una repetición obsesiva de rasgos que podrían ser de cualquiera.
Se acostó de nuevo. Apagó la luz. Cerró los ojos.
Los trazos aparecieron en la oscuridad de sus párpados como una imagen residual.
No puedo estar segura.
Pero una parte de ella —la parte que llevaba semanas notando cada gesto, cada pausa, cada silencio de Alejandro Montero— ya estaba segura. Y esa parte le susurraba con una voz que sonaba sospechosamente como la de Lía: Sabes que eres tú. Deja de fingir que no lo sabes.
El viernes amaneció nublado, como si la Ciudad de México estuviera de acuerdo con su estado de ánimo.
Alegra llegó a la oficina a las 8:12. Dejó el café a las 8:15. Se sentó en su escritorio. Abrió la agenda.
Y por primera vez en ocho semanas, no pudo mirar a través del cristal.
No porque no quisiera. Porque cada vez que levantaba la vista y lo veía —leyendo, escribiendo, girando el bolígrafo—, su cerebro superpuso la imagen de él pintando. De noche. Solo. Con los ojos oscurecidos. Pintando su cara. Sus hoyuelos. Una y otra vez.
¿Cuántas veces me ha pintado? ¿Cuántos papeles hay en ese cajón que cierra con llave? ¿Desde cuándo lo hace? ¿Desde la primera noche, cuando me vio en el umbral del estudio? ¿O desde antes? ¿Desde la fiesta, cuando le entregué el trofeo al hombre equivocado y él me miró tres segundos de más?
—Vega.
Se sobresaltó. Alejandro estaba de pie junto a la puerta de cristal, con una carpeta en la mano. No supo cuánto tiempo llevaba ahí.
—Sí, señor Montero.
—Necesito la proyección de Monterrey actualizada para las tres.
—Sí, señor. La tengo lista en veinte minutos.
Él asintió. Hizo amago de volver a su oficina. Se detuvo.
—¿Estás bien?
La pregunta la desarmó. No por la pregunta en sí —la había hecho antes, con esa entonación plana que podía significar cualquier cosa—. Sino porque esta vez lo dijo mirándola. Directamente. Con una atención que se sentía como un peso físico sobre su piel.
—Sí —dijo ella—. Estoy bien. Dormí mal.
—Mm.
Esa sílaba. La sílaba que era todo y nada. El sonido más versátil del español: asentimiento, duda, reproche, preocupación, todo comprimido en dos letras que él pronunciaba con la boca apenas abierta.
Volvió a su oficina. La puerta de cristal se cerró.
Alegra soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
A la hora de la comida, se encerró en el baño. No para llorar. Para pensar.
Se sentó en la tapa del inodoro con el teléfono en la mano, mirando la selfie que se había tomado el día anterior. Su cara. Sus hoyuelos. La misma cara que llenaba los papeles del estudio de un hombre que no sabía expresar lo que sentía con palabras, así que lo expresaba con pintura.
¿Qué hago con esto?
Opción uno: no hacer nada. Guardar el secreto. Fingir que no lo sabe. Seguir siendo la asistente eficiente que deja café a las 8:15 y chilaquiles en un tupper de Hello Kitty. Seguro. Profesional. Cobarde.
Opción dos: confrontarlo. "Señor Montero, encontré un papel en su basura y creo que me está pintando." Honesto. Directo. Potencialmente suicida para su carrera.
Opción tres: la que la asustaba más. No hacer nada con la información, pero dejar que cambiara la forma en que lo miraba. Dejar que cada interacción —el café, los tuppers, los silencios a través del cristal— cargara con el peso de lo que ella ahora sabía. Vivir en el secreto compartido, aunque solo ella supiera que era compartido.
No puedo confrontarlo. Si me equivoco, pierdo el trabajo y la dignidad al mismo tiempo. Y si no me equivoco...
Si no se equivocaba, entonces Alejandro Montero —el director general, el témpano, el hombre que no sonreía y no tocaba a nadie y pintaba solo en cuartos cerrados— la deseaba. No como jefe a empleada. No como hombre a mujer cualquiera. La deseaba con la clase de intensidad que se traduce en horas de pintura obsesiva y ojos que se oscurecen y un "sal" que suena como "quédate."
Y eso era aterrador.
No porque le diera miedo él. Sino porque le daba miedo lo que ella sentía al pensarlo.
Algo caliente. Algo que le nacía en el fondo del estómago y le subía por el pecho como una fiebre. Algo que no se parecía al miedo sino a su gemelo salvaje: la anticipación.
Alegra Vega. Tienes veinticuatro años. Vives en Iztapalapa. Te lavas el pelo con champú de cuarenta pesos. Y tu jefe, que vive en Lomas de Chapultepec y usa corbatas italianas y tiene las manos más frías del mundo, te pinta de noche como si fueras lo único que vale la pena mirar.
¿Qué haces con eso?
Guardó el teléfono. Se lavó las manos. Se miró al espejo. Los hoyuelos la miraron de vuelta, iguales a los del papel, iguales a los trazos que él repetía con la insistencia de una oración.
—No sé qué hacer —le dijo a su reflejo.
Su reflejo no le respondió. Pero los hoyuelos se marcaron cuando, a pesar de todo, sonrió.
Esa tarde, Alegra hizo su trabajo con la precisión de un reloj suizo al que le han dado cuerda de más. Entregó las proyecciones. Organizó la agenda de la semana siguiente. Filtró las llamadas. Respondió los correos. Todo impecable. Todo perfecto.
Y entre tarea y tarea, cuando estaba segura de que él no la miraba, levantaba la vista hacia el cristal.
Lo observaba de otra manera ahora. No como una asistente que cataloga los hábitos de su jefe. Como una mujer que sabe que es mirada, que sabe que es pintada, que sabe que existe en la cabeza de otro como algo más que una empleada eficiente.
Cuando se afloja la corbata a las seis, ¿piensa en mí? Cuando gira el bolígrafo, ¿es por un contrato o por algo que le hice sin querer? Cuando se queda hasta las diez y la luz del estudio se enciende, ¿está pintando mi cara otra vez?
A las seis en punto, Alejandro se aflojó la corbata. El ritual de siempre. Los dedos largos desatando el nudo. La tela cediendo. El primer botón.
Alegra lo miró. Esta vez no desvió la vista cuando él giró la cabeza hacia el cristal.
Sus ojos se encontraron.
Ella no sonrió. Él no parpadeó. El cristal entre ellos era transparente —Héctor tenía razón, el cristal era transparente en ambas direcciones—, y por un instante no fue una pared sino una ventana. Una ventana a través de la cual dos personas que no sabían cómo llegar al otro se miraban con todo lo que no podían decir.
Él desvió la mirada primero.
Ella bajó la vista a su pantalla.
El cursor parpadeaba. El correo sin terminar esperaba. El mundo seguía girando.
Pero algo había cambiado. Algo pequeño, silencioso, irreversible. Como una puerta que se abre un centímetro y ya no puede cerrarse del todo.
Sé que soy yo, pensó Alegra, recogiendo sus cosas a las ocho de la noche. Y no sé qué voy a hacer con eso. Pero ya no puedo no saberlo.
Pasó frente a la oficina. La luz del estudio estaba encendida. El olor a pintura, más fuerte que nunca.
Se detuvo un segundo frente a la puerta cerrada. Luego siguió caminando.
En el estacionamiento, Don Felipe la esperaba con la puerta abierta y una sonrisa discreta.
—Buenas noches, señorita Vega.
—Buenas noches, Don Felipe.
Se subió al auto. La ciudad pasó por la ventanilla como un río de luces. Y en algún lugar entre Santa Fe e Iztapalapa, Alegra Vega decidió que no iba a hacer nada.
Todavía no.
Pero iba a esperar. Iba a observar. Y cuando el momento llegara —cuando él dejara una puerta entreabierta que no pudiera explicarse con logística ni con recursos humanos—, ella iba a estar lista.
Porque ahora sabía algo que él no sabía que ella sabía. Y en el juego silencioso que los dos estaban jugando sin haberlo acordado, esa ventaja era todo.