Samuel lo dio todo por un matrimonio que nunca fue suyo. Durante cinco años suplicó, cedió y aguantó las humillaciones de Samantha, una mujer fría que convirtió cada amenaza de divorcio en un juego para tenerlo de rodillas. Hasta que una noche, entre las llamas de un incendio, entiende la verdad más amarga: ella jamás lo eligió. Y muere sabiéndolo.
Pero abre los ojos… meses atrás, en la audiencia de su vigésimo divorcio. Con el recuerdo intacto de su propia muerte, esta vez Samuel no ruega. Firma. Y se marcha sin mirar atrás.
Lo que Samantha no imagina es que el hombre al que despreció está a punto de convertirse en el nombre que todos susurran: el "Mago de Wall Street". Una herencia oculta, una fortuna que crece de la nada, una niña sin hogar que le devuelve las ganas de vivir y una empresaria tan poderosa como imposible de descifrar… Samuel construye, pieza por pieza, la vida que siempre soñó.
Y mientras él se eleva, quienes lo abandonaron empiezan a caer.
Pero el pasado no arde tan fácil: el hombre por el que Samantha lo dejó morir sigue moviendo los hilos en las sombras, y el fuego podría no ser solo un recuerdo.
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Capítulo 8
La puerta del auto se cerró con un sonido seco. Samantha se quedó parada un instante en la vereda, los brazos cruzados, mientras Marcos apagaba el motor y giraba el cuerpo hacia ella con aquella sonrisa segura que siempre había tenido.
MARCOS — Entonces… — empezó, inclinándose apenas—, ¿no me vas a invitar a subir?
Ella no respondió de inmediato. Los ojos subieron hasta la fachada del edificio, como si buscara algo o a alguien.
Nada, solo luces apagadas, silencio.
SAMANTHA — Hoy no — respondió, al fin, con un tono demasiado ligero para parecer natural—. Estoy cansada.
Marcos soltó una risa baja.
MARCOS — Siempre dices lo mismo.
SAMANTHA — Y siempre es verdad — replicó, rápida, pero sin agresividad.
Él la observó un segundo, tratando de leer algo más allá de la superficie.
MARCOS — Podríamos conversar… matar el tiempo — insistió.
Samantha abrió el bolso, buscando ya las llaves.
SAMANTHA — Otro día.
Marcos suspiró, resignado.
MARCOS — Está bien… pero no desaparezcas de nuevo.
Ella solo asintió, sin prometer nada. Bajó del auto y no miró atrás.
El pasillo del edificio estaba en silencio; cada paso resonaba apenas en el piso frío, acompañando el ritmo de sus pensamientos, desordenados, inquietos.
Llegó a la puerta, giró la llave y entró y, como siempre…
SAMANTHA — ¿Samuel?
La palabra salió antes de que pudiera evitarlo, automática, natural, como si él aún estuviera ahí.
Como si fuera a aparecer en la sala, con aquella calma irritante, preguntándole cómo había estado el día. El silencio respondió, pesado y vacío.
Samantha se quedó parada en medio de la sala, el bolso todavía al hombro, los ojos recorriendo el espacio. Todo en su lugar.
Exactamente como siempre había sido, pero distinto: faltaba algo o alguien. Soltó el aire despacio, irritada consigo misma.
SAMANTHA — Ridículo… — murmuró.
Arrojó el bolso al sofá y caminó hasta el dormitorio. El sonido de los tacones contra el piso parecía demasiado alto ahora, invasivo.
Abrió el clóset: su ropa ya no estaba ahí. Aquel lado vacío… era casi ofensivo.
Samantha desvió la mirada rápido, como si aquello no tuviera importancia, como si fuera solo un detalle.
Fue directo al baño, abrió la ducha; el agua caliente le cayó sobre la piel, creando un vapor que llenaba el ambiente.
Por unos minutos se quedó ahí, inmóvil, los ojos cerrados, tratando de no pensar.
Pero la mente no obedecía. La imagen de la discoteca volvió: el famoso «Mago», la postura, el porte.
Aquella extraña sensación de familiaridad. Y, antes de darse cuenta, surgió otro pensamiento.
Samuel.
Abrió los ojos de golpe. El agua seguía cayendo, pero ahora parecía fría.
SAMANTHA — No tiene sentido… — susurró.
Cerró la ducha con más fuerza de la necesaria. Minutos después, ya acostada en la cama, el cuarto parecía demasiado grande.
Demasiado silencioso, demasiado frío. Samantha tiró de la sábana, girándose de lado, el espacio de al lado vacío. Miró al techo.
Tratando de ignorarlo, pero había algo ahí: una molestia, una ausencia que nunca había notado, hasta ahora.
SAMANTHA — Él siempre se quedaba… — murmuró, casi sin darse cuenta.
Incluso después de las discusiones, después de las amenazas, después de todo…
Él siempre se quedaba. Samantha cerró los ojos, pero el sueño no llegaba y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió sola.
El sol de la mañana iluminaba la ciudad con un brillo distinto. Del otro lado, lejos de aquel departamento silencioso.
Samuel caminaba junto a Enzo por una calle amplia, rodeada de muros altos y portones imponentes, un barrio elegante, discreto, exclusivo.
ENZO — Hombre… ¿estás seguro de esto? — preguntó, mirando alrededor—. Porque esto no es solo caro. Es otro nivel.
Samuel mantuvo la mirada al frente, tranquilo.
SAMUEL — Lo sé.
Se detuvieron frente a un portón automatizado. Del otro lado, una mansión se extendía en líneas modernas, con vidrio y concreto perfectamente integrados.
Piscina, jardín amplio, gimnasio, sala de cine y muchas otras comodidades. Mucho espacio, interior y exterior.
Enzo soltó un silbido bajo.
ENZO — Bueno… esto ya es exagerado.
Samuel observaba en silencio, los ojos atentos, analizando, sintiendo.
SAMUEL — Veamos más — dijo.
La primera casa era grande, pero la segunda era aún más grande, más clásica, con columnas en la entrada, una fachada imponente y un terreno que parecía no tener fin.
Cancha deportiva, área gourmet, sala de cine, gimnasio, todo ahí, todo listo.
ENZO — Empiezo a creer que no quieres solo una casa — comentó—: quieres un resort privado.
Samuel soltó una pequeña risa.
SAMUEL — Tal vez.
Caminaron por el interior de la propiedad, cada ambiente revelando algo nuevo: lujo, comodidad, posibilidad.
Pero, detrás de todo eso, había algo más. Enzo lo notó.
ENZO — ¿Por qué esto, Samuel?
Él se detuvo, se volvió hacia su amigo. — Podrías comprar algo más chico, más simple, funcional.
Samuel se quedó en silencio un instante. Los ojos se le perdieron un segundo en algún lugar lejano y entonces respondió:
SAMUEL — Lo prometí.
Enzo frunció el ceño.
ENZO — ¿A quién?
Samuel respiró hondo.
SAMUEL — A mi madre. — El silencio cayó entre ellos—. Cuando era niño… — empezó, la voz más baja— le dije que un día iba a comprarle una casa grande, bonita, con todo lo que ella nunca tuvo, para que nunca más tuviera que trabajar hasta desmayarse de agotamiento. — Los ojos le recorrieron el espacio alrededor—. Piscina… cancha… sala de juegos… cine… hasta gimnasio; era lo que quería haberle dado. — Enzo escuchaba en silencio, sin interrumpir, sintiendo el dolor de su amigo—. Ella se rió en su momento — continuó Samuel—. Dijo que no necesitaba nada de eso, que lo importante era que tuviéramos un lugar… juntos. — Soltó un leve suspiro—. Pero se lo prometí de todos modos.
Los ojos le volvieron a la casa, ahora con otro peso, otro significado.
ENZO — Y ahora puedes, así que elijamos la mejor.
Samuel asintió. Ya no había duda: no era solo por lujo, era por cumplir algo que quedó en el pasado y, esta vez, no iba a fallar.