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LAZOS DE CRIMEN Y SEDUCCIÓN

LAZOS DE CRIMEN Y SEDUCCIÓN

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Romance / Completas
Popularitas:5.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Aranza Manrique, una brillante licenciada en economía y finanzas de 40 años, vive atrapada en una jaula de oro. Atada desde los veinte años a un matrimonio por conveniencia dictado por sus padres, soporta la tiranía, las humillaciones y el maltrato físico de su esposo, Fausto Carvajal. Aunque Fausto aparenta ser un empresario exitoso, su imperio se sostiene con dinero sucio y conexiones de baja categoría, dependiendo de la enorme influencia y el peso económico de la empresa de Aranza. Bajo un acuerdo legal draconiano, un divorcio mal manejado les costaría el treinta por ciento de las acciones, manteniendo a Aranza prisionera por el bienestar financiero y el control empresarial.
​Tras una década de dormir en camas separadas, un encuentro fortuito en un bar exclusivo exclusivo de la élite cambia el destino de Aranza para siempre. Allí conoce a Luis Carlos Altamirano, un magnate de la tecnología de 27 años,

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA TORMENTA SILENCIOSA

​La noche cayó sobre la mansión Carvajal Manrique como un manto de plomo, pesada y cargada de una humedad sofocante que parecía presagiar la catástrofe. Dentro de los muros de aquella imponente estructura de diseño minimalista, el aire se respiraba con dificultad, impregnado por el eco de la violencia vivida horas antes. En el estudio privado de Fausto, situado en la planta baja, las luces permanecían encendidas. El patriarca de los Carvajal caminaba de un lado a otro sobre la costosa alfombra persa, sosteniendo un vaso de whisky en una mano mientras con la otra revisaba una tablet llena de reportes financieros que amenazaban con derrumbar su imperio de papel. Sus negocios oscuros se desmoronaban por las investigaciones federales y la presión de sus acreedores más peligrosos, lo que explicaba su desesperación por arrebatarle a Aranza el control corporativo a través de firmas coaccionadas.

​A pocos metros de allí, en la segunda planta, la atmósfera en la habitación principal era un refugio de dolor contenido. Aranza yacía sentada al borde de la cama king size, con la mirada perdida en el vacío y las manos cruzadas sobre su regazo, temblando todavía por el terror de haber visto a su hijo mayor recibir aquel golpe brutal. La puerta se abrió con un leve crujido y Fabio asomó la cabeza, con el rostro pálido y una mueca de dolor al intentar enderezar el torso.

​—Mamá... ¿estás despierta? —preguntó el joven en un susurro apenas perceptible, temiendo despertar la ira de su padre si alguien los escuchaba.

​Aranza levantó la vista de inmediato, se puso de pie con rapidez y corrió hacia él para abrazarlo con una mezcla de ternura y desesperación.

​—Sí, mi amor, pasa. No te quedes de pie, ven a sentarte aquí —le rogó Aranza, ayudándolo con delicadeza a caminar hasta el sofá de terciopelo que adornaba una esquina de la alcoba.

​Fabiola entró detrás de su hermano, con los ojos hinchados de tanto llorar y abrazada a una almohada como si se tratara de un escudo contra el mundo. Se sentó en la alfombra, junto a los pies de su madre, aferrándose a las rodillas de Aranza. Ninguno de los tres se atrevía a hablar en voz alta; la mansión entera parecía un campo de concentración invisible donde cada susurro podía ser castigado con crueldad.

​—Mamá, esto ya no es vida —comenzó a decir Fabio, apretando los dientes para contener las lágrimas de frustración—. Nos tiene secuestrados en nuestra propia casa. Firmaste esos documentos por culpa nuestra, para evitar que me volviera a golpear. Sé lo mucho que te costó ceder ante sus amenazas, y me siento miserable por no poder defenderte como un hombre.

​—No digas tonterías, Fabio. Tú eres lo más importante que tengo en este mundo, al igual que tu hermana —le replicó Aranza con firmeza, acariciándole el cabello castaño con infinita dulzura—. Ninguno de ustedes tiene la culpa de nada. Fausto es un monstruo que ha perdido el control de su propia vida, y está descargando toda su frustración con nosotros porque sabe que se le acaban las cartas. Pero escúchenme bien: esta noche lo cambió todo. Ya no le tengo miedo.

​Fabiola levantó la cabeza, mirándola con los ojos anegados en un terror genuino.

—¿Qué quieres decir, mamá? Papá dijo que si intentábamos algo nos iba a destruir... ¿Qué vamos a hacer?

​Antes de que Aranza pudiera responder, un golpe seco en la puerta principal de la habitación hizo que los tres contuvieran la respiración. La voz ronca y dominante de Fausto resonó desde el pasillo, atravesando la madera con la fuerza de un latigazo.

​—¡Aranza! Abre la puerta ahora mismo. Sé que estás despierta con los muchachos. ¡Baja a la cocina a prepararme algo de cenar, y más te vale no tardar, porque mi paciencia se agotó!

​El silencio sepulcral que siguió a la orden de Fausto duró varios segundos. Aranza miró a sus hijos, vio el reflejo del miedo en sus rostros, pero en su interior algo se había roto de manera definitiva. La sumisión que había mantenido durante años por el bien de la familia se había evaporado, reemplazada por una fría determinación. Se puso de pie con elegancia, alisó la tela de su ropa y caminó hacia la puerta. Al abrirla, se encontró con la imponente figura de Fausto, quien la miraba con una mezcla de desprecio y superioridad.

​—¿Qué pasa, Fausto? ¿Tampoco puedes servirte un vaso de agua por ti mismo en la casa que dices gobernar? —le soltó Aranza con una frialdad gélida que descolocó al empresario por un instante.

​Fausto frunció el ceño, entrecerrando los ojos con furia contenida, y dio un paso hacia el interior de la alcoba, empujándola ligeramente con el hombro al pasar. Vio a Fabio y a Fabiola encogidos en el rincón y soltó una carcajada sarcástica.

​—Ah, ya veo. Todavía están jugando a la pequeña familia unida contra el malvado patriarca —bramó Fausto con tono cínico, cruzándose de brazos—. Más les vale que se acostumbren a este trato, porque a partir de mañana las reglas cambian. Aranza, ya me firmaste los traspasos, pero necesito que mañana por la mañana me acompañes al banco central a liberar los fondos corporativos definitivos. No acepto excusas ni dolores de costado. Si te atreves a poner una sola traba, te juro que lo de hoy con tu hijo va a parecer un juego de niños.

​Aranza lo miró fijamente a los ojos, sin parpadear, sintiendo que el dolor físico de sus costillas golpeadas era eclipsado por una rabia pura y abrasadora.

​—Te acompaño a donde quieras mañana, Fausto —respondió Aranza con una voz tan calmada y segura que desconcertó aún más a su esposo—. Pero te advierto una cosa: tarde o temprano, todo lo que has construido a base de golpes, mentiras y robos se va a derrumbar sobre tu propia cabeza.

​Fausto soltó una sonrisa torcida, acercándose peligrosamente a su rostro para intimidarla.

—Guarda tus amenazas de novela barata para cuando estés sola, Aranza. Aquí el único que dicta el destino de esta familia soy yo. Ahora baja a la cocina y haz lo que te ordené, o te juro que saco a este malcriado de tu cuarto a patadas.

​Con una última mirada cargada de odio mutuo, Fausto giró sobre sus talones y bajó pesadamente por la escalinata principal, dejando la puerta de la habitación entreabierta.

​En la planta baja, mientras tanto, el teléfono celular de Aranza, que había quedado olvidado sobre la encimera de la cocina auxiliar, comenzó a vibrar con insistencia en la oscuridad. La pantalla se iluminó con un mensaje de texto cifrado proveniente de un número desconocido, seguido de una llamada perdida. Decía simplemente: "No estás sola. Todo está en marcha. Prepárate".

​A kilómetros de distancia, en una sala de reuniones privada y tenuemente iluminada, Luis Carlos Altamirano colgaba el teléfono tras hablar con su equipo de investigadores y abogados corporativos. Sobre la mesa de cristal yacían carpetas enteras con pruebas irrefutables de los testaferros, las cuentas en paraísos fiscales y los desfalcos ilícitos de Fausto Carvajal. Luis Carlos se sirvió una copa de bourbon, miró a través del ventanal hacia las luces titilantes de la metrópoli y esbozó una sonrisa calculadora. La soga invisible alrededor del cuello de Fausto ya estaba completamente tensa, y el momento de tirar de ella había llegado.

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Betty Chavez
Me encanto tu historia estuvo muy buena a pesar de la diferencia de edad ellos pudieron formar una familia hermosa muchas gracias por compartir 🥰🥰
Graciela Saiz
pensar que hay tantos de esas basuras en este mundo , que son machotes con los más débiles 🤬
Yolanda Beatriz Contreras Giménez
Dos capítulos súper buenos es una joya que te atrapa tu novela Felicitaciones 👋👋👋
Yolanda Beatriz Contreras Giménez
Muy bueno el inicio espero que siga asi Y escritora perdón que te haga notar,Corrige y no repitas tantas veces la misma palabras y los mismos textos porque arruinas la trama un simple comentario ❤️
Naibelys Perez: gracias ❤️ por su comentario, lo tendré presente 🫂
total 1 replies
Tere Jimenez
muy interesante el inicio gracias por compartir
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