5 PUERTAS
¿Y si tu destino hubiera sido elegido antes de nacer?
Cinco puertas. Cinco destinos. Un secreto capaz de cambiarlo todo.
Cuando varias personas comienzan a descubrir que sus vidas están unidas por un misterio imposible de explicar, entenderán que algunas puertas nunca debieron abrirse.
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CAPÍTULO 2 — UNA VICTORIA Y TRES AMIGOS
El ruido del estadio llenaba cada rincón.
Silbatos.
Aplausos.
Gritos de emoción.
El sonido de las zapatillas chocando contra el piso de madera.
Las pelotas golpeando el suelo una y otra vez.
Todo se mezclaba con la música que salía de los parlantes, creando una energía que hacía imposible quedarse quieto.
Las tribunas estaban llenas.
Familias.
Amigos.
Personas que habían llegado para ver la gran final.
Todos esperaban el momento en que los jugadores salieran a la cancha.
En medio de ese ambiente, Giovanni respiró profundamente mientras terminaba de ajustar las vendas de sus dedos.
Tenía veintidós años.
Era alto, delgado y de movimientos rápidos. Su cuerpo estaba acostumbrado al esfuerzo, a los saltos y a las horas interminables de entrenamiento.
Su cabello castaño claro, con un corte wolf cut algo despeinado, caía naturalmente sobre su rostro. Sus ojos color café miraban concentrados la cancha, aunque detrás de esa mirada tranquila siempre parecía esconder algo más.
Se acomodó la musculosa del equipo.
En ella destacaba un número que para él significaba mucho.
El número 3.
Lo había elegido desde que era un niño.
Nunca pudo explicar exactamente por qué.
No era por un jugador famoso.
No era por una fecha especial.
Simplemente sentía que ese número era suyo.
Como si lo hubiera acompañado desde antes de poder entenderlo.
—¡Cinco minutos para empezar! —gritó el entrenador desde el otro lado del gimnasio.
—¡Sí, profe! —respondieron todos los jugadores.
Giovanni tomó su botella de agua y se sentó unos segundos en el banco.
Necesitaba concentrarse.
Era una final.
Un partido importante.
Pero antes de entrar a la cancha, siempre tenía una pequeña costumbre.
Miró su muñeca izquierda.
Ahí seguía la vieja pulsera de cuero marrón que llevaba desde niño.
La tocó suavemente con el pulgar.
La pulsera estaba gastada por los años, pero para él valía más que cualquier premio.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
Porque esa pulsera no era solamente un objeto.
Era un recuerdo.
Un recuerdo de alguien que había marcado su vida para siempre.
De pronto, mientras miraba la pulsera, una imagen apareció en su mente.
Un recuerdo lejano.
Una tarde que parecía haber ocurrido hacía apenas unos segundos.
---
—¡Otra vez, Gio! ¡Saltá más alto!
La voz de su padre llenaba el patio de la casa.
Un pequeño Giovanni corrió detrás de la pelota riéndose.
Tenía las rodillas sucias y una enorme sonrisa en la cara.
—¡Ya casi te gano, papá!
Su padre se acomodó frente a la red improvisada que habían armado entre dos árboles.
Sonrió divertido.
—¿Ah, sí? Entonces intentá superarme.
Giovanni tomó impulso.
Saltó.
Golpeó la pelota con todas sus fuerzas.
Pero su padre logró bloquearla.
—Todavía te falta un poco.
El niño cruzó los brazos fingiendo estar molesto.
—Hiciste trampa.
Su padre soltó una carcajada.
—En el vóley no existe la trampa, Gio. Existe entrenar más.
Los dos volvieron a reír.
Después de varias jugadas, se sentaron en el pasto para descansar.
El cielo comenzaba a cambiar de color mientras el sol bajaba lentamente.
Su padre miró la pulsera de cuero que llevaba en la muñeca.
Se la quitó con cuidado.
—Quédatela.
El pequeño Giovanni abrió los ojos sorprendido.
—¿En serio?
—Sí.
Su padre tomó su mano y colocó la pulsera alrededor de su muñeca.
—Trae suerte... y quiero que la uses cada vez que juegues.
Giovanni la miró emocionado.
—¿Entonces voy a ganar siempre?
Su padre sonrió.
—No siempre vas a ganar.
El niño bajó un poco la mirada.
Pero su padre continuó:
—Lo importante es que nunca dejes de intentarlo.
Giovanni sonrió.
Sin saber que esas palabras quedarían guardadas para siempre en su corazón.
Pero entonces...
Un sonido extraño rompió aquel momento.
El chirrido fuerte de unos frenos.
Los dos levantaron la mirada.
Varias patrullas se habían detenido frente a la casa.
La sonrisa desapareció lentamente.
La puerta principal se abrió de golpe.
—¡Policía!
Varios oficiales entraron corriendo.
Giovanni se quedó inmóvil.
La pelota quedó entre sus manos.
—¿Qué pasa?
Uno de los policías caminó hacia su padre.
—Señor, queda detenido.
El mundo del pequeño Giovanni pareció detenerse.
No entendía.
No sabía qué estaba pasando.
Solo veía cómo alejaban a la persona que más admiraba.
—¿Papá...?
Su padre lo miró.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Luego él sonrió.
Una sonrisa triste.
Como si quisiera decirle que todo iba a estar bien.
Pero no pudo decir una palabra.
Los policías se lo llevaron.
Giovanni reaccionó y salió corriendo detrás de ellos.
—¡Papá!
—¡Papá, esperá!
Pero la puerta de la patrulla se cerró.
El motor arrancó.
Y lentamente desapareció al final de la calle.
Giovanni quedó parado en medio de la vereda.
Solo.
Con la pelota en sus manos.
Y con la pulsera que su padre le había dejado.
---
El sonido de un silbato lo hizo volver al presente.
Giovanni parpadeó.
El estadio volvió a aparecer frente a sus ojos.
Acarició la pulsera una última vez.
—Siempre conmigo... —susurró.
Se levantó del banco.
Era hora de jugar.
Al otro lado de la red, el equipo rival ya estaba preparado.
Los jugadores se miraban con concentración.
Todos sabían lo que estaba en juego.
No era solo una copa.
Era el resultado de meses de entrenamiento.
De días levantándose temprano.
De golpes, cansancio y momentos en los que tuvieron ganas de rendirse.
Giovanni acomodó su posición en la cancha.
Entonces escuchó una voz a su lado.
—¿Listo?
Era Mateo.
Su mejor amigo desde la secundaria.
Giovanni giró la cabeza y sonrió.
—Siempre.
Mateo era diferente a él.
Mientras Giovanni solía ser más tranquilo y observador, Mateo era energía pura.
Era de esas personas que podían entrar a una habitación y hacer que todos sonrieran.
Se conocían desde los trece años.
Habían empezado jugando vóley en el colegio, cuando ninguno de los dos imaginaba que ese deporte terminaría convirtiéndose en una parte tan importante de sus vidas.
Con el tiempo dejaron de ser solamente compañeros de equipo.
Se volvieron hermanos.
Aprendieron a entenderse con una mirada.
No necesitaban hablar demasiado.
Cuando uno estaba nervioso, el otro lo sabía.
Cuando uno fallaba, el otro estaba ahí para levantarlo.
Mateo chocó su puño con el de Giovanni.
—Hoy levantamos la copa.
Giovanni sonrió.
—Obvio.
El árbitro tomó la pelota.
Todos guardaron silencio.
La lanzó al aire.
Y comenzó el partido.
El primer punto fue para el equipo rival.
Después llegó el segundo.
Las tribunas hicieron ruido.
Algunos comenzaron a preocuparse.
El entrenador levantó una mano desde el banco.
—¡Calma! ¡Todavía queda mucho partido!
Giovanni respiró profundamente.
No podía dejar que los nervios dominaran.
Miró a Mateo.
Su amigo le devolvió una sonrisa segura.
—Dale, Gio. Como siempre.
Esas palabras fueron suficientes.
En la siguiente jugada, Mateo recibió el saque rival.
La pelota venía con mucha fuerza, pero logró controlarla.
La levantó con precisión.
La pelota subió perfecta.
Giovanni corrió.
Sintió cómo su corazón aceleraba.
Tomó impulso.
Saltó.
Por un instante pareció quedar suspendido en el aire.
Como si el tiempo se hubiera detenido.
Recordó todas las horas entrenando.
Todas las veces que había fallado.
Todas las veces que volvió a intentarlo.
Y entonces golpeó la pelota.
¡PAM!
El remate cruzó la red con una velocidad imposible.
La pelota cayó justo en el centro de la cancha rival.
—¡Punto!
El estadio explotó en aplausos.
Sus compañeros gritaron emocionados.
Mateo levantó el pulgar.
—Así te quería ver.
Giovanni sonrió.
A partir de ese momento, ambos comenzaron a jugar como si fueran una sola persona.
Mateo sabía exactamente dónde enviar la pelota.
Giovanni sabía cuándo saltar.
Bloquean juntos.
Defendían juntos.
Se apoyaban después de cada jugada.
El marcador empezó a cambiar.
10-8.
15-14.
18-18.
Cada punto era más difícil que el anterior.
El rival no quería rendirse.
Pero ellos tampoco.
Giovanni sentía la presión.
Escuchaba los gritos de la gente.
Sentía el cansancio en sus piernas.
Pero cuando miraba a Mateo, recordaba por qué seguía ahí.
Porque no estaba solo.
Llegaron al final del partido.
22-22.
24-24.
Todo se decidiría en una última jugada.
El silencio cayó sobre el estadio.
El equipo rival sacó.
La pelota viajó rápidamente hacia ellos.
Mateo corrió.
La recibió.
Pero el golpe fue demasiado fuerte.
La pelota salió desviada.
Por un instante todos pensaron que tocaría el suelo.
Pero Mateo no dudó.
Se lanzó hacia adelante.
Su cuerpo golpeó el piso.
Y aun así logró salvar la pelota.
—¡Gio!
Ese grito fue suficiente.
Giovanni ya estaba corriendo.
Sabía que era su oportunidad.
Tomó impulso.
Saltó con todas sus fuerzas.
El estadio entero contuvo la respiración.
La pelota llegó a sus manos.
Y golpeó con toda su energía.
El remate fue directo.
La pelota pasó la red.
Bajó rápidamente.
Tocó la línea.
¡Punto!
El árbitro levantó el brazo.
—¡Final del partido!
Durante unos segundos nadie reaccionó.
Y después...
Todo explotó.
Los gritos.
Los aplausos.
Los abrazos.
Giovanni cayó de rodillas riendo.
Mateo corrió hacia él.
—¡Lo hicimos!
Giovanni se levantó y lo abrazó.
—Te dije que hoy ganábamos.
Sus compañeros llegaron corriendo para festejar con ellos.
Después de recibir la copa, sacarse fotos y escuchar las felicitaciones de todos, Giovanni y Mateo salieron del gimnasio.
El aire fresco de la tarde golpeó sus rostros.
Por fin podrían relajarse.
Pero no sabían que algo estaba a punto de cambiar sus vidas.
Apenas cruzaron la puerta del gimnasio, una voz conocida los llamó.
—¡Eh, campeones!
Los dos giraron al mismo tiempo.
Un joven de cabello negro caminaba hacia ellos con una mochila llena de libros colgada de un hombro.
Era Lucas.
Llevaba unos lentes redondos que resaltaba sus ojos celestes, tan claros que parecían reflejar la luz del cielo.
Tenía una expresión tranquila y una sonrisa amable.
Era difícil imaginarlo enojado.
—¡Lucas! —exclamó Mateo.
El chico abrió los brazos y los abrazó a los dos al mismo tiempo.
—Sabía que iban a ganar.
Mateo soltó una risa.
—¿Vos siempre estás tan seguro de todo?
Lucas acomodó sus lentes.
—No de todo.
Hizo una pequeña pausa y sonrió.
—Solo de ustedes.
Giovanni observó la escena divertido.
Lucas era completamente diferente a ellos.
Mientras Mateo era impulsivo y lleno de energía, Lucas pensaba cada cosa antes de hacerla.
Era el más tranquilo del grupo.
El que siempre encontraba una solución cuando los demás se desesperaban.
—Seguro estuviste analizando todo el partido desde la tribuna —dijo Giovanni.
Lucas levantó una ceja.
—Obviamente.
Mateo abrió los ojos sorprendido.
—¿Otra vez?
—Claro.
Lucas empezó a caminar junto a ellos.
—En el segundo set dejaron un espacio enorme en la defensa izquierda.
Mateo frunció el ceño.
—¿Cómo te das cuenta de esas cosas si ni siquiera jugás?
Lucas soltó una pequeña carcajada.
—Porque ustedes juegan con el corazón...
Los miró a los dos.
—Y alguien tiene que usar la cabeza.
Los tres comenzaron a reír.
Era una frase que Lucas repetía seguido.
Aunque a veces se burlaban de él, sabían que tenía razón.
Después de cada partido tenían la misma costumbre.
Caminar juntos.
Hablar de cualquier cosa.
Comer algo antes de volver a sus casas.
No importaba si ganaban o perdían.
Ese momento siempre era importante.
—Entonces... ¿invitan los campeones? —preguntó Lucas.
Mateo lo miró rápidamente.
—Ni soñando.
—La última vez pagué yo.
—Porque perdiste una apuesta.
—Una apuesta injusta.
Giovanni escuchaba la discusión mientras caminaba con una sonrisa.
A veces pensaba que su vida sería muy diferente sin ellos.
Mateo era esa persona que lograba sacarlo de su silencio.
Lucas era quien podía entenderlo incluso cuando no decía nada.
Y él encontraba su lugar entre los dos.
Eran diferentes.
Pero justamente por eso funcionaban.
Mientras avanzaban por la calle, Lucas miró de reojo la espalda de Giovanni.
Después bajó la mirada hacia el número que todavía llevaba en la musculosa.
El número 3.
—Otra vez elegiste ese número.
Giovanni miró hacia atrás.
—Obviamente.
Lucas sonrió un poco.
—Nunca entendí por qué te gusta tanto.
Giovanni se quedó pensando.
Durante unos segundos miró su pulsera.
—La verdad... yo tampoco.
Mateo lo miró curioso.
—¿Nunca te preguntaste por qué siempre elegís el tres?
Giovanni negó lentamente.
—No.
Suspiró.
—Simplemente siento que ese número me acompaña desde siempre.
Lucas quedó en silencio.
No sabía por qué, pero esas palabras le llamaron la atención.
Como si escondiera algo que ninguno de ellos entendía todavía.
Siguieron caminando entre risas.
Hablaron de la final.
De la comida.
De cosas sin importancia.
Una tarde normal.
Una tarde tranquila.
Una tarde que ninguno de los tres sabía que recordarían durante mucho tiempo.
Porque después de ese día, nada volvería a ser igual.
A unos metros de distancia, del otro lado de la calle, alguien los observaba.
Entre la gente.
Sin moverse.
Sin apartar la mirada de Giovanni.
Era una persona desconocida.
Alguien que parecía estar esperando ese momento desde hacía mucho tiempo.
Giovanni sintió una extraña sensación.
Como si alguien estuviera mirándolo.
Se detuvo un instante.
Giró lentamente la cabeza.
Sus ojos buscaron entre las personas.
Y entonces los vio.
Unos ojos desconocidos.
Pero por alguna razón...
Parecían reconocerlo.
Como si esa persona supiera exactamente quién era.
Aunque Giovanni estaba seguro de algo.
Nunca antes se habían visto.
El desconocido no apartó la mirada.
Y durante unos segundos, el ruido de la ciudad pareció desaparecer.
Solo quedaron ellos dos.
Dos personas conectadas por un misterio que ninguno comprendía.
Giovanni parpadeó.
Y cuando volvió a mirar...
La persona ya no estaba.
—¿Qué pasa, Gio? —preguntó Mateo.
Giovanni miró nuevamente hacia la calle vacía.
Negó con la cabeza.
—Nada.
Pero en el fondo sabía que no era verdad.
Algo había cambiado.
Algo acababa de comenzar.
Y aunque todavía no lo sabía...
Aquella mirada sería el primer paso hacia un secreto que llevaba años esperando ser descubierto.