Ella tiene una vida difícil. Hasta que reencarna en un nuevo mundo, ahora solo busca ayudar a otros, para agradecer por esa oportunidad de vivir.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Lucille 3
Durante esa misma semana, la condesa Harrington comenzó a explicarle a Lucille las distintas formas en que podía ayudar a otras personas.
Al principio, la condesa pensó que sería algo pasajero.
Su hija siempre había sido una joven tranquila, tímida y bastante retraída. Le gustaba leer, pasar tiempo en la biblioteca y asistir a las reuniones sociales cuando era necesario, pero rara vez mostraba un interés particular por los problemas de otras personas.
Por eso, verla tan entusiasmada resultaba extraño.
—Podríamos comenzar visitando algunos de los hogares que reciben ayuda de nuestra familia.
Los ojos de Lucille se iluminaron.
—¿Podemos hacerlo?
La condesa sonrió.
—Claro.
—¿Y podríamos saber qué necesitan?
—Por supuesto.
Lucille tomó inmediatamente una libreta.
—Entonces quiero anotarlo todo.
La condesa la miró sorprendida.
[¿Desde cuándo mi hija toma notas con tanto entusiasmo?]
Pero no dijo nada.
Simplemente sonrió.
—También podemos colaborar con algunas familias que necesitan alimentos, ropa o ayuda para pagar tratamientos médicos.
Lucille asentía constantemente.
—¿Y los niños?
—¿Los niños?
—Sí. ¿Hay niños que no puedan estudiar?
La condesa permaneció unos segundos en silencio.
—Hay algunos.
Lucille apretó ligeramente la libreta.
[Entonces aquí también existen niños que necesitan ayuda.]
Aquello solo hizo que se sintiera más decidida.
La condesa continuó explicándole.
Había familias que recibían alimentos de manera periódica.
Había pequeños fondos destinados a personas enfermas.
Existían hogares de acogida.
Algunas familias nobles ayudaban a mantener ciertos orfanatos.
Pero todo dependía de la voluntad de quienes tenían recursos.
Lucille escuchaba absolutamente todo.
Y mientras más aprendía, más energía parecía tener.
La condesa comenzó a observarla con curiosidad.
Su hija, que normalmente podía pasar horas leyendo tranquilamente sin hablar con nadie, ahora podía permanecer toda una tarde preguntando cosas.
—¿Cómo sabemos quién necesita ayuda?
—¿Quién administra los recursos?
—¿Cómo se entregan los alimentos?
—¿Quién verifica que lleguen a las familias?
—¿Qué ocurre si una familia necesita ayuda durante varios meses?
La condesa terminó riendo.
—Lucille, respira.
La joven se quedó quieta.
—Perdón.
—No tienes que aprenderlo todo en un día.
Lucille sonrió tímidamente.
—Es que...
Miró su libreta.
[Quiero aprender.]
La condesa no sabía qué había provocado aquel cambio.
No sabía que detrás de aquellos ojos había una mujer que había vivido otra vida.
No sabía que Lucille había conocido el dolor de sentirse sola.
No sabía que aquella nueva Lucille tenía una razón profundamente personal para querer ayudar.
Pero podía ver algo.
Su hija estaba feliz.
Y eso era suficiente.
Poco a poco, Lucille comenzó a comprender que ayudar a los demás no era tan sencillo como había imaginado.
Al principio había pensado algo bastante simple.
[Una persona necesita comida. Le damos comida.]
Pero pronto descubrió que el mundo era mucho más complicado.
No existía tecnología.
No había teléfonos.
No había computadores.
No había sistemas digitales.
Todo se hacía mediante documentos, cartas, registros y reuniones.
Había montones de papeles.
Muchísimos papeles.
Una mañana, Lucille contempló una enorme pila de documentos sobre el escritorio.
—¿Todo esto es necesario?
La condesa sonrió.
—Lamentablemente.
Lucille tomó uno.
Después otro.
Después otro.
[Extraño mi vida anterior...]
Pensó durante un segundo.
[¿Por qué estoy pensando en una impresora?]
Sacudió la cabeza.
[¡Concéntrate!]
Poco a poco comenzó a entender cómo funcionaba aquella sociedad.
La familia Harrington pertenecía a la nobleza del reino de Sunderland.
Y eso significaba que tenían responsabilidades, propiedades, trabajadores y obligaciones.
Pero también descubrió que la nobleza tenía una jerarquía muy marcada.
En la parte superior estaban los duques.
Aunque incluso entre los duques existían diferencias importantes.
Lucille quedó particularmente sorprendida al descubrir que algunos ducados tenían una característica especial.
Magia.
[¿Magia?]
La primera vez que escuchó aquello pensó que había entendido mal.
—¿Magia?
La condesa asintió.
—Sí.
Lucille se quedó completamente quieta.
[¡¿Estoy en un mundo con magia?!]
Hasta ese momento había aceptado su reencarnación, la nobleza, los vestidos, las mansiones y la ausencia de tecnología.
Pero aquello era diferente.
[¡Magia!]
Intentó mantener la compostura.
—Entiendo.
La condesa la miró.
—¿Te sorprende?
—Un poco.
[¡¿Un poco?!]
Por dentro estaba gritando.
[¡¿CÓMO QUE HAY MAGIA Y NADIE ME AVISÓ?!]
Pero exteriormente solo sonrió.
Después de los grandes ducados mágicos estaban otros ducados cuya influencia se relacionaba especialmente con sus acuerdos comerciales y económicos.
Luego estaban los condes.
Después los barones.
Y todos ellos, independientemente de su rango, respondían finalmente ante una sola autoridad.
El rey de Sunderland.
Lucille comenzó a comprender que aquel mundo tenía una estructura mucho más compleja de lo que había imaginado.
No podía simplemente tomar dinero de su familia y salir repartiendo monedas por las calles.
Eso podría incluso generar problemas.
Tampoco podía llegar a una familia y decir..
—Aquí tienen comida.
Sin saber realmente qué necesitaban.
Porque quizá esa familia necesitaba medicamentos.
O trabajo.
O educación.
O protección.
O quizás ya recibía ayuda de otra institución.
Lucille comenzó a comprender algo fundamental.
Ayudar no significaba simplemente entregar cosas.
Había que conocer el problema.
Había que investigar.
Había que organizar.
Había que comprobar.
Había que asegurarse de que los recursos realmente llegaran a quienes los necesitaban.
Una tarde, mientras revisaba unos documentos junto a su madre, Lucille se quedó mirando una lista.
—Madre.
—¿Sí?
—¿Sabemos exactamente qué necesita cada familia?
La condesa negó con la cabeza.
—No siempre.
Lucille frunció el ceño.
—Entonces deberíamos averiguarlo.
La condesa la observó.
—¿Cómo?
Lucille tomó su lápiz.
—Podríamos hacer registros.
—¿Registros?
—Sí. Saber cuántas personas viven en cada hogar, cuántos niños tienen, si trabajan, qué enfermedades poseen, qué necesitan...
Se detuvo.
—Y revisar la información periódicamente.
La condesa la miró con una expresión cada vez más sorprendida.
—Eso requeriría bastante trabajo.
Lucille sonrió.
—Entonces tendremos que organizarlo.
[En mi primera vida aprendí lo terrible que es necesitar ayuda y no recibirla.]
Miró los documentos.
[En esta vida tengo la posibilidad de hacer algo.]
Aquella idea la llenaba de energía.
No necesitaba ser famosa.
No necesitaba poder mágico.
No necesitaba convertirse en alguien importante.
Tenía algo mucho más sencillo.
Una posición privilegiada.
Recursos.
Una familia que podía apoyarla.
Y, sobre todo, una segunda oportunidad.
Así comenzaron sus primeros pasos.
Lucille acompañó a su madre a visitar familias.
Aprendió a escuchar.
Aprendió a observar.
Aprendió que algunas personas necesitaban alimentos.
Otras necesitaban ropa.
Algunas necesitaban medicamentos.
Algunas necesitaban oportunidades de trabajo.
Y otras simplemente necesitaban que alguien las escuchara.
También descubrió que no podía resolverlo todo.
Eso fue difícil de aceptar.
Pero no se rindió.
Cada día aprendía algo nuevo.
Cada día aparecían más documentos sobre su escritorio.
Cada día comprendía un poco mejor el reino de Sunderland.
Y cada noche, cuando volvía a su habitación, abría su diario y anotaba todo lo aprendido.
En la primera página escribió una frase.
"Ayudar no significa dar lo que yo creo que necesitan. Significa descubrir qué necesitan realmente."
Después de escribirla, contempló la frase durante unos segundos.
Y sonrió.
[Quizás...]
[Quizás realmente reencarné por una razón.]
Miró por la ventana.
A lo lejos se veía el resplandor de las luces de la ciudad.
[Quizás este mundo necesitaba a alguien como yo.]
Y por primera vez desde que había despertado como Lucille Harrington, dejó de preguntarse por qué había recibido una segunda vida.
Había encontrado una respuesta que, aunque todavía no sabía si era correcta, le daba paz.
Ayudaría a otros.
Y comenzaría por hacerlo bien.