Cinco años atrás, ella destrozó su corazón. Hoy, él regresa convertido en el poderoso heredero de un imperio, listo para ver caer a quienes lo despreciaron.
Cuando la familia de ella cae en la ruina, su padre la obliga a comprometerse con el magnate que puede salvarlos, sin imaginar que es el mismo hombre al que ella humilló en el pasado. Él acepta la unión solo para cobrarse cada lágrima y pisotear su orgullo.
Sin embargo, una noche de irresistible pasión arrastra a su corazón a una tregua, aunque al despertar vuelve a tratarla con crueldad. Todo cambia cuando ella se desmaya por una amenaza de aborto y sale a la luz su embarazo.
¿Seguirá buscando venganza o protegerá la vida que los une?
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Capitulo 5
Camil avanzó por el pasillo central fijando la vista únicamente en el hombre que la aguardaba al final del camino. Lucía un vestido de novia de corte sirena en tono marfil, con encaje delicado y un velo largo que caía con elegancia sobre sus hombros; un atuendo nupcial impecable para una boda que, por dentro, estaba completamente rota. Aunque el matrimonio fuera una transacción forzada, vestir de blanco era la última coraza que le quedaba para intentar mantener la dignidad.
En el altar, Damián la esperaba.
Su postura era rígida dentro de un esmoquin negro impecable. No había en su rostro ni un solo destello de la calidez, la admiración o el amor genuino que cualquier mujer esperaría encontrar en los ojos de su prometido al verla caminar hacia él. Tampoco era la mirada con la que Camil, en sus sueños más profundos, hubiese deseado que este momento ocurriera. Damián la observaba con una frialdad distante y una intensidad calculadora, manteniéndose erguido como un juez a punto de dictar sentencia.
El dolor le atravesó el pecho a Camil con la fuerza de una navaja. Cada paso que daba hacia él le pesaba toneladas. Observar esa máscara de acero en el rostro de Damián resucitaba en su memoria al muchacho humilde y entregado de la universidad, el mismo que alguna vez la miró como si ella fuera su único universo.
Damián apretó levemente los puños dentro de los bolsillos. En un rincón sepultado de su alma, la imagen de ver a Camil vestida de novia había sido su motor durante años. En su época de estudiante malpagado, cuando estudiaba hasta el amanecer entre jornadas de trabajo sofocantes, soñaba con ofrecerle un futuro próspero para no arrastrarla jamás a la miseria. Había imaginado este momento rodeado de alegría y con una sonrisa real en los labios de ambos. Hoy, el imperio era suyo y ella llevaba el vestido perfecto, pero la sonrisa de Camil ya no existía y la devoción entre ambos se había convertido en cenizas.
Camil clavó la vista en las manos firmes de Damián, tragándose el nudo desgarrador que le quemaba la garganta. Mirándolo allí, tan majestuoso y distante, la culpa la asfixiaba. Se preguntaba qué tan diferente habría sido su vida si cinco años atrás hubiera tenido la valentía de decirle la verdad. Si en lugar de destrozarlo con insultos piadosos le hubiera pedido huir juntos, no estarían hoy frente a un juez de paz unidos por el rencor, sino por un amor que en su momento fue desgarradoramente puro.
—Por el poder que me otorga el Estado de Nueva York —la voz del juez de paz cortó el denso silencio—, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Camil contuvo el aliento. Esperaba un roce distante o un beso formal en la mejilla ante los pocos testigos presentes.
Pero Damián no guardó distancia.
Antes de que ella pudiera reaccionar, la mano dura de Damián rodeó la parte posterior de su nuca, sujetándola con firmeza mientras la atraía hacia él. Sus labios se estrellaron contra los de ella en un beso dominante, hambriento y carente de ternura. Damián profundizó el contacto de inmediato, buscando su lengua con una brusquedad contenida que hizo que Camil soltara un leve gemido ahogado. La fuerza de la presión abrió la fina piel de la comisura de su labio inferior, e hizo que el sabor metálico de la sangre inundara la boca de ella en segundos.
Camil sintió que las piernas le fallaban, pero el agarre de él en su nuca la sostuvo firme, obligándola a recibir cada gramo de su rabia añejada. Los ojos le ardieron por las lágrimas contenidas, pero apretó los párpados y tragó saliva, aguantando el dolor físico y la humillación en absoluto silencio.
Cuando la soltó, Damián se limpió un rastro casi imperceptible de sangre del labio con el dorso del pulgar, mirándola desde arriba con frialdad. Camil se llevó los dedos al labio herido, sintiendo el latido caliente de la pequeña cortada.
—Vámonos —ordenó él con voz baja.
Al cruzar las puertas exteriores, el destello enceguecedor de decenas de cámaras los envolvió. Los reporteros de la prensa rosa y financiera se agolpaban tras las vallas de seguridad, lanzando preguntas a gritos.
Damián no intentó esquivar a los fotógrafos. Pasó su brazo largo por la cintura de Camil, pegándola con firmeza a su costado. Ante los lentes, su gesto proyectaba el de un hombre inmensamente orgulloso de su esposa. Las fotos captaron cada ángulo de Damián sosteniendo a Camil como una posesión invaluable, la joya más costosa que el dinero de Rothschild Global acababa de adquirir. Sus acciones hablaban por sí solas ante los medios: no estaba mostrando a la compañera de su vida, estaba exhibiendo su mayor trofeo frente al mundo, aplastando el orgullo de los Fontán al demostrar que ahora él era el dueño absoluto de la heredera.
El chofer abrió la puerta del sedán negro de vidrios polarizados. Damián ayudó a Camil a subir con una caballerosidad ensayada que se desvaneció en el preciso instante en que la puerta se cerró.
El habitáculo del auto quedó sumido en un silencio sofocante. Camil acomodó con manos temblorosas la falda de su vestido de novia.
Damián miró su reloj de pulsera de oro blanco y se dirigió al chofer sin voltear a verla.
—Déjala en la suite del hotel Península —instruyó con tono plano—. Que se quede allí hasta mañana a primera hora. A las nueve de la mañana vendrán a recogerla para llevarla a la mansión.
Camil parpadeó, volviéndose hacia él lentamente.
—¿Tú no vas al hotel? —la pregunta se le escapó en un hilo de voz débil.
Damián soltó una risa seca y fijó su mirada en la ventana del auto.
—Tengo planes. Voy a pasar la noche en un club exclusivo para celebrar —contestó él, con frialdad mordaz—. Te dejé claro en el contrato que no mantendríamos una vida matrimonial ordinaria. Espérame en la habitación hasta que den las nueve.
Camil apretó los labios con fuerza, sintiendo el ardor de la herida en su labio y el peso de su vestido de novia, que ahora se sentía como un disfraz ridículo. La humillación se le asentó en el estómago como un bloque de plomo. Quería reclamarle, gritarle que era la noche de su boda y que al menos tuviera la decencia de no dejarla encerrada en una habitación mientras él salía a celebrar.
Pero recordó el contrato firmado, la ruina de su familia y la distancia insalvable entre los dos.
Camil no dijo absolutamente nada. Se pegó a la puerta del vehículo, miró hacia el exterior por la ventana polarizada y se tragó el nudo de lágrimas que le quemaba la garganta, sintiendo cómo el auto avanzaba por las calles de Nueva York, dejándola completamente sola en medio de su nueva realidad.
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