NovelToon NovelToon
Traicionada a los sesenta, amada por un millonario

Traicionada a los sesenta, amada por un millonario

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Amor en la madurez / Completas
Popularitas:768
Nilai: 5
nombre de autor: Anindita Kirana

A los sesenta años, Elena Rosales creía que ya lo había dado todo: treinta y siete años de matrimonio, una vida entera atendiendo a su pueblo como la única doctora, y un marido al que jamás dejó de servir. Hasta que un paquete que él le prohíbe abrir destapa lo que llevaba una década escondido: otra mujer, cartas de amor, y hasta una tumba comprada para dos.

Podría callar, como calló siempre. En cambio, por primera vez, decide dejar de obedecer.

Mientras reúne pruebas y aprende a decir "no" —a un esposo cobarde, a unos hijos que la ven como cajero automático, a un pueblo que solo sabe murmurar—, un accidente la cruza con Armando Balmori, uno de los hombres más ricos del país. Él no la deslumbra con lujos: la escucha, respeta sus límites y la mira como nadie la miró en toda su vida. Pero dejarse querer a esa edad da más miedo que la soledad, y la poderosa familia de Armando no piensa recibir con los brazos abiertos a una doctora de pueblo.

Entre juzgados, herencias, chismes de barrio y una segunda oportunidad que no pidió, Elena tendrá que decidir qué vale más: la paz de rendirse o el vértigo de, por fin, elegir su propia vida.

NovelToon tiene autorización de Anindita Kirana para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10 - Sara llega

Sara entró como quien es obligado a caminar hacia un escenario.

Aunque nadie la había obligado a venir.

Ella misma se había plantado frente a la puerta de Elena, cargando lágrimas, cargando una voz temblorosa, cargando la cara de mujer herida, como si en todo este tiempo no hubiera ayudado a cavar el hoyo en la casa ajena.

Elena la invitó a sentarse.

Sara se sentó en la silla cerca de la puerta. Bernardo estaba de pie a unos pasos de ella, la cara descompuesta. Parecía querer acercarse, pero se dio cuenta de que sus hijos lo miraban.

Raúl estaba junto al armario, los brazos cruzados. Damián seguía sentado con la libreta abierta. Melisa se tapaba la cara, como avergonzada de ver la escena. Yuliana se había llevado a su hijo al cuarto para que no oyera. Ramiro seguía en su rincón, tieso como un visitante que se equivocó de dirección.

Elena volvió a sentarse en su silla.

—Dijo que quería pedir perdón —dijo Elena—. Adelante.

Sara levantó la cara. Las lágrimas ya le corrían.

—Doña Elena, le pido perdón. De verdad no era mi intención destruir su familia.

Raúl soltó una risa corta.

Sara volteó, sobresaltada.

Elena no reprendió a Raúl. Solo dijo:

—Continúe.

—Nardo y yo tenemos un pasado, es cierto. Sé que eso no puede ser una excusa. Pero nosotros... solo nos dábamos ánimos. Yo estaba sola. Él también sentía a menudo que en su casa no lo escuchaban.

Melisa miró a su padre.

Damián resopló.

Elena preguntó:

—¿Vino a pedir perdón o a explicar que tienen sus razones?

Sara se mordió el labio.

—Solo quiero que sepa que lo nuestro no era algo sucio.

Raúl enderezó el cuerpo de inmediato.

—¿No era sucio? Tener trato diez años con el marido de otra, pedirle que te compre una casa, encargar una tumba juntos, ¿eso es limpio?

Sara palideció.

—Yo no le pedí que me comprara una casa.

Damián levantó la fotocopia del contrato.

—Pero el nombre de la compradora es el suyo.

—Nardo se ofreció.

Todas las miradas se posaron en Bernardo.

Bernardo saltó enseguida:

—Sara necesitaba dónde vivir. Yo solo la ayudé.

Raúl dio una sola palmada, lenta.

—Grandioso. Nuestra madre necesitaba un marido fiel, ¿y usted a quién ayudó?

—¡Raúl! —lloró Melisa.

—¿Me equivoco?

Melisa no respondió.

Sara miró a Elena con las lágrimas cada vez más gruesas.

—Doña Elena, si va a enojarse, enójese conmigo. No con Nardo. Él nunca tuvo la intención de dejarla.

Elena miró a esa mujer.

La frase sonaba como si defendiera a Bernardo, pero por dentro llevaba una aguja. Bernardo nunca tuvo la intención de dejar a Elena. Es decir, todo este tiempo Sara sabía cuál era su lugar. Sabía que Bernardo siempre volvía con su esposa. Y aun así siguió esperando.

—¿Sabía que él no pensaba dejarme, y aun así se quedó?

Sara enmudeció.

Bernardo dijo:

—Elena, no la acorrales.

Elena volteó despacio.

—¿Yo la acorralo?

—Ella vino de buena manera.

Raúl rio otra vez, esta vez más fuerte.

—Papá, mi madre es su esposa. ¿Por qué le da más miedo ofender a Sara?

Bernardo bramó:

—¡Porque ustedes la están atacando entre todos!

Damián dijo con frialdad:

—Vino a la casa de la esposa legítima del hombre con el que estuvo diez años. Si no estaba lista para que le preguntaran, ¿para qué vino?

Sara lloró con hipidos.

—Sí, me equivoqué. Lo sé. Pero amo a Nardo. Desde jóvenes hasta ahora. Nunca fui de verdad feliz con mi difunto marido. Cuando murió, pensé que mi vida se había terminado. Y entonces Nardo volvió a aparecer. Sentí que Dios me daba una segunda oportunidad.

Elena la miró sin parpadear.

Dios.

Qué fácil le resulta a la gente meter el nombre de Dios para envolver sus propios deseos.

—Una segunda oportunidad para usted —dijo Elena en voz baja—. ¿Y para mí qué? ¿La oportunidad de ser una mujer tonta?

Sara negó con la cabeza deprisa.

—No es eso.

—¿Entonces qué es?

—Yo... pensé que usted y Nardo ya no eran como marido y mujer. A su edad ya...

Sara se detuvo, pero todos entendieron.

Ya estaban viejos.

Como si los viejos no tuvieran sentimientos. Como si un matrimonio a los sesenta fuera solo cuestión de un mismo techo y ya no de fidelidad.

Elena preguntó:

—¿Porque soy vieja, se me puede traicionar?

Sara bajó la cabeza.

—Hablé mal.

—No. Dijo lo que piensa.

Bernardo dijo:

—Elena, ya.

—Todavía no.

Elena se puso de pie. Tomó la foto vieja de Bernardo y Sara y la puso delante de Sara.

—Estos son ustedes de jóvenes. Ella, hermosa. Él, apuesto. El mundo quizá les pareció injusto porque no llegaron a casarse.

Sara miró la foto; las lágrimas le cayeron a las mejillas.

Elena puso al lado la foto de su boda con Bernardo.

—Estos somos Bernardo y yo. Yo no vine a arrebatártelo. Me casé porque la familia lo arregló, porque en esa época las mujeres no hablábamos mucho. Después de casarme, cumplí con mi parte. Di a luz a sus hijos. Trabajé. Cuidé a sus padres. Lo acompañé cuando enfermó. No tuve tiempo de llorar un amor que no cuajó.

La habitación quedó en silencio.

Elena continuó:

—Si sentían que su amor era tan grande, Bernardo debió divorciarse de mí antes de acudir a usted. Y usted debió rechazarlo antes de que él terminara su matrimonio.

Sara lloró más fuerte.

—Tenía miedo de perderlo otra vez.

—¿Y yo qué perdí?

Sara no pudo responder.

De pronto Melisa dijo en voz baja:

—Sara, ¿por qué vino hoy?

Todos voltearon.

Melisa se secó las lágrimas.

—Si de verdad quería pedir perdón, ¿por qué no antes? ¿Por qué después de que mamá se enterara? ¿Por qué después de que salieran a la luz la casa y la tumba?

Sara pareció acorralada.

—Yo...

Melisa miró a su padre.

—Papá, ¿qué le dijo a Sara? ¿Le prometió que se casaría con ella?

Bernardo calló.

Elena miró a Melisa. Había dolor, pero también un poco de alivio. Por fin su hija preguntaba en la dirección correcta.

Sara dijo entre llanto:

—Nardo me dijo que algún día todo iba a aclararse.

Raúl volteó de inmediato hacia su padre.

—¿Aclararse cómo?

Bernardo apretó el puño.

—No lo sé. En ese momento solo...

—¿Solo qué? —lo apremió Damián.

—Solo quería tranquilizarla.

Sara levantó la cara, herida.

—¿Tranquilizarme?

Bernardo se sobresaltó. Se dio cuenta de que había hablado mal.

Elena volvió a sentarse.

Ahí quedó todo al descubierto.

Bernardo le dio a Elena un matrimonio sin amor pleno.

Bernardo le dio a Sara una promesa sin valentía.

Dos mujeres cargaban con las consecuencias de un hombre que quería tenerlo todo para sí.

Sara se puso de pie, la cara pálida.

—Bernardo, dijiste que cuando los hijos crecieran, ibas a hablar.

Bernardo esquivó su mirada.

—Dijiste que no eras feliz.

—Sara...

—Dijiste que esa casa era para nuestra vejez.

Melisa se tapó la boca.

Damián cerró los ojos.

Raúl masculló:

—Completo.

Sara miró a Elena, esta vez ya sin suavidad. Había amargura, había miedo.

—Doña Elena, yo me equivoqué, es cierto. Pero Nardo también me dio esperanzas. Yo no habría esperado si él nunca hubiera venido.

Elena asintió.

—Lo sé.

Bernardo se veía en pánico.

—Elena, no le hagas caso a todo eso. Está alterada.

Elena miró a Bernardo.

—Justamente por fin oigo la verdad.

Bernardo se puso de pie.

—¿Qué vas a hacer ahora?

Elena todavía no había respondido.

Sara se le adelantó, con la voz quebrada:

—Bernardo, si de verdad me amas, dilo delante de ellos. Di que me eliges a mí.

La habitación pareció dejar de respirar.

Bernardo miró a Sara, luego a Elena, luego a sus hijos.

La cara le sudaba.

Elena no lo ayudó. No agachó la cabeza. No lloró.

Solo esperó.

Bernardo dijo por fin, en voz baja:

—Sara, no me obligues.

Sara pareció recibir una bofetada.

Elena cerró los ojos un momento.

Esa respuesta era más clara que cualquier cosa.

Bernardo no eligió a Elena.

Pero tampoco se atrevió a elegir a Sara.

Solo se eligió a sí mismo.

Elena abrió los ojos.

—Basta —dijo.

Todos voltearon.

—Sara, puede irse a su casa.

Sara la miró, confundida.

—El asunto del dinero y la casa lo arreglaré con Bernardo. Si su nombre sigue en las transacciones de los bienes gananciales, la incluiré legalmente.

Sara palideció.

—Doña Elena...

—Váyase.

Sara miró a Bernardo una vez más, con la esperanza de que aquel hombre la retuviera.

Bernardo no se movió.

Al final Sara tomó su bolso y salió llorando. En la terraza, varios vecinos se apuraron a fingir que barrían y acomodaban las macetas.

La puerta se cerró.

Elena miró a Bernardo.

—Ahora es tu turno.

Bernardo miró la puerta que acababa de cerrarse.

Durante años, había creído que podía repartir su vida sin perder nada. Elena en casa, Sara en el recuerdo, los hijos que lo respetaban, los vecinos que lo saludaban.

Esa tarde, ese reparto se derrumbó ante sus ojos.

Lo que más lo asustaba no era el llanto de Sara, ni la mirada de Raúl, ni la carpeta de pruebas en manos de Damián. Lo que más lo asustaba era la cara serena de Elena.

Ya no veía en ella a una esposa a la que bastaba tranquilizar con una frase: "Ya, no armes escándalo."

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play