Todo comienza con un joven que vive y trabaja en el campo junto a sus padres y hermanos. Acostumbrado a los animales, la naturaleza y las largas jornadas de trabajo, nunca imaginó que su vida cambiaría al conocer a una hermosa mujer de la ciudad. Ella está acostumbrada a las comodidades, la tecnología y una vida completamente diferente. Sin embargo, el destino los une y, poco a poco, nace entre ellos un amor inesperado. Para estar a su lado, ella tendrá que aprender los difíciles labores del campo, enfrentarse a nuevos desafíos y descubrir que el verdadero amor puede encontrarse donde menos lo imagina.
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Capítulo 13 — Solo te tiene a vos
Al otro día me levanté a las ocho de la mañana.
Tenía la cabeza pesada y apenas abrí los ojos recordé lo que había pasado la noche anterior.
—Ay, no... qué embarrada.
Me senté en la cama y busqué mi celular.
Cuando lo desbloqueé, vi que tenía varios mensajes de Lisseth.
Lisseth: ¿Dónde estás?
Lisseth: ¿Por qué no me contestás?
Lisseth: ¿Estabas con esa mujer?
Lisseth: Elkin, decime la verdad.
Lisseth: Entonces sí estabas con ella por eso no me respondías.
Suspiré.
—Esta muchacha está pensando cualquier cosa, pues.
No quería seguir explicándole todo por mensajes. Así que directamente la llamé por videollamada.
Después de unos segundos contestó.
Apareció con los ojos un poquito hinchados.
—Hola —dijo seria.
—Hola, Lisseth.
—¿Ahora sí aparecés?
—Sí, pues. Perdóname. Anoche estaba tomado y no quería contestarte así.
—¿Y estabas con ella?
—No.
—Entonces, ¿por qué no me contestaste?
—Porque estaba borracho, mija. Y sabía que podía decir alguna cosa de la que después me arrepintiera.
Lisseth frunció el ceño.
—¿Y Rosmira?
—¿Rosmira?
—Sí. La mujer esa.
—No es ninguna mujer mía, pues.
—Ella me dijo que vos eras de ella.
—Y eso es mentira.
En ese momento mi mamá estaba cerca de mí. Ella ya sabía quién era Lisseth porque durante estos meses yo les había hablado bastante de ella.
Mi mamá me miró.
—¿Es Lisseth?
Asentí.
—Sí, mamá.
Ella se acercó un poquito.
Lisseth la vio en la pantalla y se quedó sorprendida.
—¿Ella es tu mamá?
—Sí, mija.
—Mucho gusto.
Mi mamá sonrió.
—Mucho gusto, Lisseth.
Yo pensé que mi mamá iba a seguir haciendo sus cosas, pero escuchó que Lisseth estaba reclamándome.
—Entonces vos estabas con esa muchacha...
—No, Lisseth. Ya te dije que no.
Mi mamá me miró y después miró la pantalla.
—Mija, Elkin no tiene ninguna mujer.
Lisseth se quedó callada.
Mi mamá continuó:
—Él solamente la tiene a usted. A cada rato nos habla de usted por acá.
Sentí que me daba un poquito de pena.
—Mamá...
Ella se rio.
—¿Qué? Si es verdad.
Lisseth bajó la mirada.
—Es que ella me escribió diciendo que era la mujer de Elkin.
Mi mamá negó con la cabeza.
—No le crea eso, mija. Aquí todos sabemos que Elkin tiene novia y que es usted.
Lisseth respiró profundamente.
—Yo sí quiero confiar en él, señora. Pero me dio mucho miedo.
—Eso es normal cuando uno quiere a alguien —respondió mi mamá—, pero también tienen que hablar las cosas.
Yo asentí.
—Eso mismo le estaba diciendo.
Lisseth me miró.
—¿Y por qué no me contaste que Rosmira había pasado por la finca?
—Porque pasó después de nuestra discusión y yo estaba tomado. Pero sí te lo voy a contar todo.
Le expliqué lo que había ocurrido.
Le conté que Rosmira había intentado convencerme de que la dejara, que yo le había dicho que no quería nada con ella y que incluso le había pedido que no volviera a meterse en nuestra relación.
Lisseth escuchó sin interrumpirme.
—¿Y vos no sentís nada por ella?
—No, pues. Absolutamente nada.
—¿Seguro?
—Segurísimo.
Mi mamá sonrió.
—Mija, si Elkin estuviera interesado en otra, créame que yo ya me habría dado cuenta.
Lisseth soltó una pequeña risa.
—Bueno...
Yo aproveché para decirle:
—Perdóname por haber tomado. No debí hacerlo así.
—Eso sí me molestó.
—Lo sé.
—Pero también me molestó pensar que estabas con ella.
—Nunca estuve con ella.
Nos quedamos unos segundos en silencio.
Después Lisseth sonrió un poquito.
—Entonces... ¿estamos bien?
Yo sonreí.
—Si vos querés, de una.
—Sí quiero.
—Gracias, mija.
Mi mamá se levantó.
—Bueno, los dejo hablar.
Antes de irse, miró la pantalla y dijo:
—Cuídense mucho los dos.
—Sí, señora —respondió Lisseth.
Cuando mi mamá se fue, volví a mirar a Lisseth.
—¿Ya no estás brava?
—Un poquito.
—¿Todavía?
—Sí, pues.
Me reí.
—Bueno, me toca ganarme otra vez la confianza.
—Exactamente.
—Y lo voy a hacer.
Ella sonrió.
Por primera vez desde aquella foto, sentí que las cosas comenzaban a estar bien otra vez.
Aunque todavía quedaba un problema.
Rosmira.