Isabella necesita salvar a su familia y Alexander necesita una esposa. La solución parece sencilla: un matrimonio por contrato durante un año.
Solo hay una regla que no pueden romper: no enamorarse.
Pero vivir juntos, compartir secretos y enfrentar enemigos hará que aquello que comenzó como un acuerdo se convierta en algo mucho más real.
¿Podrán cumplir el contrato sin perder el corazón en el intento? 💗
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Capítulo 2 — El heredero
Al día siguiente, Isabella despertó antes de que sonara su alarma.
Había dormido muy poco.
Cada vez que cerraba los ojos, recordaba las palabras de su padre.
Un matrimonio.
Le parecía absurdo.
¿Cómo podía alguien aceptar casarse con una persona que apenas conocía?
Y, peor todavía, ¿cómo podía ella considerar siquiera esa posibilidad?
Se levantó, se arregló y bajó a desayunar.
Robert ya la estaba esperando.
—¿Dormiste algo? —preguntó.
—Un poco.
Su padre supo que era mentira, pero decidió no insistir.
—El señor Blackwood nos espera a las diez.
Isabella dejó la taza sobre la mesa.
—¿Alexander?
—Sí.
—¿Dónde?
—En las oficinas principales de Blackwood Corporation.
Isabella respiró profundamente.
—Bien.
A las diez menos cinco, Isabella llegó al enorme edificio de Blackwood Corporation.
Desde la entrada podía verse el poder de aquella familia.
Todo era elegante, moderno y perfectamente organizado.
Una mujer de recepción se acercó.
—¿Señorita Valenti?
—Sí.
—El señor Blackwood la está esperando en el piso treinta y dos.
Isabella asintió.
Mientras el ascensor subía, observó cómo los números cambiaban lentamente.
Treinta.
Treinta y uno.
Treinta y dos.
Las puertas se abrieron.
Un hombre la esperaba al final del pasillo.
—Señorita Valenti.
—¿Alexander Blackwood?
—No. Soy Mateo Collins. El señor Blackwood está en su oficina.
Isabella lo siguió.
Antes de entrar, Mateo se detuvo.
—Una recomendación.
Ella lo miró.
—¿Cuál?
—No intente impresionarlo.
Isabella levantó una ceja.
—No pensaba hacerlo.
Mateo sonrió.
—Entonces probablemente le irá bien.
Abrió la puerta.
Alexander estaba de espaldas frente a los ventanales.
Vestía un traje oscuro y tenía las manos en los bolsillos.
—Puedes irte, Mateo.
—Claro.
La puerta se cerró.
Alexander se giró.
Isabella sintió que había imaginado muchas veces cómo sería, pero ninguna de sus imaginaciones se acercaba a la realidad.
Él tenía una mirada seria, casi imposible de descifrar.
—Isabella Valenti.
—Alexander Blackwood.
—Siéntate.
Ella tomó asiento frente al escritorio.
Alexander permaneció de pie.
—Tu padre te explicó la situación.
—Sí.
—También te explicó el acuerdo.
—Sí.
—Entonces sabes por qué estás aquí.
Isabella lo miró directamente.
—Sé lo que dicen que quieren de mí. Pero todavía no sé por qué tú aceptaste.
Alexander guardó silencio unos segundos.
—Porque este matrimonio también me beneficia.
—¿Cómo?
—Hay ciertas condiciones dentro de mi familia que debo cumplir para obtener el control de una parte de la empresa.
Isabella comprendió.
—Entonces tampoco quieres casarte.
—No.
—Perfecto.
Alexander frunció ligeramente el ceño.
—¿Perfecto?
—Si ninguno quiere esto, será más fácil.
Por primera vez, él pareció divertido.
—No estoy seguro de que sea fácil.
Alexander tomó una carpeta y la deslizó sobre el escritorio.
—Aquí están las condiciones.
Isabella la abrió.
—¿Un año?
—Doce meses.
—¿Viviremos juntos?
—Sí.
—¿Tenemos que fingir que estamos enamorados?
—Frente a nuestras familias y los medios, sí.
Isabella suspiró.
—Esto es una locura.
—Probablemente.
Ella pasó varias páginas hasta llegar al final.
Entonces se detuvo.
—¿Qué significa esto?
Alexander miró el documento.
—La última regla.
Isabella leyó en silencio.
No enamorarse.
Levantó lentamente la mirada.
—¿En serio?
—Completamente.
Isabella soltó una pequeña risa.
—No tienes que preocuparte por mí.
Alexander la observó.
—Eso espero.
Ella cerró la carpeta.
—Necesito pensarlo.
—Tómate el tiempo que necesites.
Isabella se levantó y caminó hacia la puerta.
Pero antes de salir, escuchó la voz de Alexander.
—Isabella.
Ella se giró.
—¿Sí?
—Si aceptas, tu familia quedará libre de sus deudas.
Aquellas palabras la hicieron detenerse.
Miró nuevamente el contrato.
Sabía que estaba a punto de tomar una decisión que podía cambiar su vida.
Tomó la carpeta.
—Te daré mi respuesta mañana.
Y salió de la oficina.
Sin saber que Alexander la observaba desde la puerta, preguntándose por qué aquella joven había conseguido despertar su curiosidad en apenas unos minutos.