Harold era un médico incapaz de concebir, tras su muerte descubre que ahora es Sayon, el esposo Omega de Lebrón Kambell que ha permanecido encerrado en una jaula de oro alejado de la civilización por ese Alfa, Lebrón.
Con la misión que le pidió el verdadero Sayon de recuperar y proteger a su hijo de cinco años, Dion, que es el verdadero protagonista de la novela, Sayon tendrá que idear un plan para escapar de su prisión de oro y salvar al hijo que Lebrón le arrebató al nacer ya que era el hijo de Sayon con otro hombre, otro Alfa al que Lebrón odiaba profundamente.
Y así Sayon inicia su escape de un Alfa dominante que no quiere soltarlo.
Y así inicia la historia de estos tres, un Alfa que se aferra a buenas y malas a un Omega, un Omega reencarnado que no quiere ser encerrado y un niño Omega que solo quiere a sus padres.
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Capitulo 17
Lebrón llegó hasta su habitación.
Abrió la puerta y entró.
Todavía llevaba a Sayon sobre el hombro.
Lo arrojó sobre la cama sin ningún cuidado.
Sayon rodó inmediatamente hacia atrás.
Se alejó de él como un animal que acababa de descubrir que su depredador estaba demasiado cerca.
Harold odiaba sentirse así.
Dominado.
Atrapado.
Enjaulado.
Sin posibilidad de elegir.
Las feromonas de aquel Alfa lo consumían por completo.
Era como si estuvieran devorándolo desde dentro.
Sentía miedo, mucho miedo.
La marca le dolía.
Su cuerpo le dolía.
Incluso respirar le dolía.
—Por favor... para.
La voz apenas salió de sus labios.
Lebrón lo observó.
Su expresión era aterradora.
—¿Que pare?
Su voz estaba cargada de una furia contenida.
—¿Acaso esto no es lo que querías?.
Sayon lo miró confundido.
—¿Si no, por qué buscarías a otros Alfas?.
Lebrón comenzó a quitarse la camisa.
Sayon sintió que el miedo se apoderaba nuevamente de él.
—T-te equivocas... —Le costó hablar—. Solo salí un momento. No hice nada malo.
Por primera vez, logró reunir un poco de valor.
Pero aquel valor desapareció en cuanto Lebrón se abalanzó sobre él.
El Alfa lo agarró con una sola mano y lo inmovilizó contra la cama.
Sayon intentó apartarlo.
No pudo.
Intentó girarse.
Lebrón lo sujetó con más fuerza.
La diferencia entre ambos cuerpos era demasiado grande.
Sayon apenas podía moverse.
—Sé que eres una perra que abre fácilmente las piernas a cualquiera cuando se siente desatendida.
Las palabras fueron como cuchillos.
—Lamento haber creído que habías cambiado, aunque fuera un poco.
Lebrón lo miró con una mezcla de rabia, dolor y posesividad.
—Al final sigues siendo la misma zorra que hace seis años.
Sayon sintió que el horror se apoderaba de él.
Lebrón comenzó a quitarle la ropa por la fuerza.
—¡Detente! ¿Qué haces?.
Harold ya no estaba simplemente asustado.
Estaba horrorizado.
Cuando había llegado a aquel mundo y conocido la historia de Sayon, había sentido empatía por aquel personaje de Lebrón.
Había sentido tristeza por todo lo que había tenido que soportar.
Incluso había llegado a comprender parte del dolor de Lebrón.
Pero ahora...
Ahora era él quien estaba dentro de aquel cuerpo.
Era él quien estaba viviendo aquel terror.
Y por primera vez comprendió verdaderamente lo que Sayon había sufrido.
Ya no sentía compasión por Lebrón.
Solo odio.
Odiaba la forma en que aquel hombre intentaba arrebatarle cualquier posibilidad de elección.
Odiaba sentirse atrapado.
Odiaba que su cuerpo no pudiera hacer nada para defenderse.
—Para...
Su voz se quebró.
—Detente, por favor.
Pero él no era escuchado.
El camisón terminó siendo retirado.
Sayon quedó completamente vulnerable ante aquel Alfa.
Se revolvía.
Intentaba apartarlo.
Intentaba resistirse con las manos y con toda la fuerza que podía reunir.
Pero la realidad era cruel.
No podía hacerle frente.
No en aquel cuerpo.
No contra aquel Alfa.
—Tú eres mío — La voz de Lebrón fue baja. Terriblemente seria.—Tenlo claro siempre, Sayon.
Y Como si quisiera grabar aquellas palabras en su cuerpo, Lebrón acercó los colmillos a la marca que ya era imborrable.
Y volvió a morderla.
Sayon gritó.
El dolor fue inmediato, profundo, ensordecedor.
La sangre comenzó a brotar de su cuello.
Y entonces...
Recordó, fragmentos.
Pedazos de una vida que no había vivido, pero que de pronto sintió como si hubiera sido suya.
La infancia de Sayon. Su juventud.
Sus primeros años en la universidad.
Su mejor amigo. Los momentos junto a Lebrón.
Y después...
El infierno.
Los recuerdos llegaron de golpe.
Demasiados.
Demasiado dolorosos.
Demasiado reales.
Harold no pudo soportarlo.
Su cuerpo comenzó a convulsionar.
Su cuerpo empezó a convulsionar como una reacción alérgica a todo lo que estaba recordando, como si el dolor, el miedo y los sentimientos que había experimentado durante aquellos años no fueran simples recuerdos, sino emociones que también le pertenecían, como si cada herida de Sayon hubiera sido grabada dentro de él y ahora estuviera reviviéndola en su propia piel.
—Sayon, Sayon, ¿qué te ocurre, Sayon? —Lebrón se asustó.
No era la primera vez que Sayon convulsionaba, pero las veces anteriores habían sido tan graves que casi había perdido la vida, y esta vez parecía incluso peor.
— Sayon, despierta.
El miedo en su expresión era imposible de ocultar —Sayon, por favor...
acá me tiene padeciendo por más capitulos, no hay derecho