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El Heredero Del Imperio Eterno

El Heredero Del Imperio Eterno

Status: En proceso
Genre:Héroes / CEO / Fantasía épica
Popularitas:283
Nilai: 5
nombre de autor: Manuel Saucedo

Durante ocho años, Shen Yuchen vivió bajo un nombre que no era el suyo.

Sin familia, sin poder, sin pasado y con una sola orden: no regresar hasta que terminara el plazo.

Pero la noche en que los ocho años llegan a su fin, alguien escribe su verdadero nombre en una calle olvidada de Lóngchéng.

Desde ese momento, todo comienza a derrumbarse.

Un falso heredero ocupa su lugar.

Un hombre con su mismo rostro asegura ser el verdadero Adrián Valerius.

Antiguas familias empiezan a perseguirlo.

Sus recuerdos esconden secretos que alguien borró deliberadamente.

Y dentro de su cuerpo despierta una fuerza relacionada con las misteriosas Nueve Puertas, un poder que incluso las familias más antiguas temen.

Mientras descubre la verdad sobre su origen, Shen Yuchen deberá construir su propio poder, enfrentarse a clanes, cultivadores, imperios empresariales y enemigos ocultos durante siglos.

Pero existe un problema todavía mayor:

Su identidad no fue simplemente robada.

Fue dividida.

NovelToon tiene autorización de Manuel Saucedo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Doble Umbral

Gu Meilin no entró inmediatamente.

Permaneció en la puerta.

Adrián estudió su postura.

No parecía hostil.

Eso no significaba segura.

—Explíquelo.

Meilin miró la cinta.

—No aquí.

—Todos quieren moverme antes de responder.

—Porque todavía no sabes reconocer un sello activo.

Adrián frunció el ceño.

—¿Cuál?

Meilin señaló el techo.

Jian Mo levantó la mirada.

Su expresión cambió.

—Nos rastrearon.

—Desde Wuyin —dijo ella.

—¿Quién?

—No sé.

Adrián no se movió.

—Entonces respondan mientras vienen.

Meilin casi sonrió.

—Definitivamente eres él.

—¿Quién?

—El niño que nunca obedecía.

Adrián sintió algo.

—Me conocías.

—Sí.

—La fotografía de la estación.

Meilin perdió la sonrisa.

—¿La viste?

—Tú estabas detrás.

—No debías tenerla.

—Han Qiren.

Ella cerró los ojos.

—Entonces murió.

—Sí.

Meilin respiró.

—Vámonos.

Adrián la siguió esta vez.

No porque confiara.

Porque necesitaba sobrevivir suficiente tiempo para obtener respuestas.

Salieron por la parte trasera.

Dos vehículos llegaron al frente.

Meilin los llevó hacia un callejón.

—¿Casa Gu? —preguntó Adrián.

—No.

—Eres Gu.

—Eso no significa que cada hombre que me persigue sea familiar.

Jian Mo dijo:

—A veces es al revés.

Meilin ignoró.

Llegaron a una casa de té cerrada.

Entraron.

Había un sótano.

Meilin encendió luces.

Tecnología moderna.

Computadoras.

Archivos.

Adrián miró.

—¿Qué es esto?

—Uno de mis refugios.

—¿Por qué tienes un refugio?

—Porque mi apellido es Gu.

Buena respuesta.

Colocaron la cinta en un lector adaptado.

La imagen apareció.

Blanco y negro.

Dos niños.

Adrián sintió el estómago cerrarse.

Uno lloraba.

El otro permanecía inmóvil.

Lin Yue aparecía.

Han Qiren.

Otro hombre.

La grabación tenía sonido.

—Compatibilidad estable —dijo Han.

Lin Yue respondió:

—No podemos seguir.

—Ya es tarde.

—Son niños.

—Precisamente.

El otro hombre dijo:

—Si uno responde, el otro absorberá la resonancia.

Adrián miró a Meilin.

—¿Qué significa?

—Sigue.

En la pantalla colocaron a los niños dentro de dos círculos.

Nueve símbolos.

Las Puertas.

Uno de los niños gritó.

Las luces fallaron.

La grabación se distorsionó.

Cuando volvió, ambos estaban inconscientes.

Han Qiren parecía aterrorizado.

—Respondieron dos.

Lin Yue:

—¿Cuál?

Han:

—No sé.

—¿Cómo que no sabes?

—La resonancia cruzó.

El otro hombre gritó:

—¡Cierra el ritual!

Han:

—¡No puedo!

La cinta terminó.

Silencio.

Adrián tardó en hablar.

—¿Qué hicieron?

Meilin se sentó.

—Intentaban ocultar tu Puerta.

—Usando otro niño.

—Sí.

—¿Adrián Valerius?

—Sí.

—¿Por qué se parecía a mí?

—No se parecía originalmente.

Adrián sintió frío.

—Entonces mi cara...

Meilin negó.

—No sabemos cuál rostro era original.

Silencio.

Jian Mo se apoyó contra la pared.

Adrián miró sus manos.

—¿Alteración física?

Meilin asintió.

—Una técnica médica de Lin Yue.

—¿Podía cambiar caras?

—Más que eso.

—¿Genética?

—No exactamente.

—Habla claro.

—Cultivación médica. Manipulación de carne, hueso y flujo interno.

Adrián pensó en ciencia y superstición mezcladas.

—¿Por qué hacer dos niños idénticos?

—Para que nadie supiera cuál tenía la respuesta verdadera.

—¿Quién ordenó esto?

Meilin respondió:

—Tu padre.

Adrián se congeló.

—No.

—Eso muestran los documentos.

—¿Los viste?

—Sí.

—Quiero verlos.

—Desaparecieron.

—Conveniente.

—No estoy pidiéndote que me creas.

Adrián la miró.

—¿Qué ocurrió después?

—Incendio.

—¿Quién murió?

—No sabemos.

—Uno de los niños sobrevivió.

—Dos.

Adrián se quedó quieto.

—¿Qué?

Meilin habló despacio.

—Ambos sobrevivieron.

El hombre del tejado.

Su rostro.

Tú robaste mi vida.

—Entonces ¿por qué declararon muerto a Adrián?

—Porque necesitaban que uno desapareciera.

—¿Cuál?

—Eso es lo que nadie sabe.

Adrián sintió rabia.

—Yo sé quién soy.

Meilin lo miró.

—¿Seguro?

La pregunta dolió.

—Soy Shen Yuchen.

—Tal vez.

Jian Mo intervino.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—No le metas esa duda ahora.

Meilin respondió:

—La duda ya existe.

Adrián se acercó.

—¿Qué sabes de mí?

—Sé que a los cinco años Shen Yuchen perdió a su madre.

—Shen Lihua.

—Sí.

—Después Lin Yue ocupó su lugar.

—Sí.

—¿Por qué?

—Para protegerlo.

—¿De quién?

Meilin respondió:

—De la Casa Shen.

Silencio.

Adrián no esperaba eso.

—Mi propia familia.

—Alguien dentro.

—Quién.

—No sabemos.

—Otra vez.

Meilin se puso de pie.

—¿Crees que eres el único que perdió años buscando?

—No.

—Han Qiren dedicó media vida.

—Y murió.

—Por eso deberías entender el tamaño de esto.

Adrián bajó la voz.

—¿Por qué estabas en la estación cuando llegué a Lóngchéng?

Meilin miró a Jian Mo.

Él permaneció callado.

—Tenía diecisiete años —dijo ella—. Han me envió.

—¿Para vigilarme?

—Para matarte si abrías la caja antes de tiempo.

Silencio.

Adrián soltó una risa incrédula.

—Todos querían protegerme matándome.

—No era personal.

—Eso me tranquiliza.

Meilin no sonrió.

—Si abrías la caja, el sello habría colapsado.

—¿Y?

—Las Puertas habrían sabido dónde estabas.

—¿Las Puertas son conscientes?

Meilin respondió:

—Esa pregunta no tiene una respuesta sencilla.

Adrián guardó silencio.

—¿Qué ocurrió contigo? —preguntó—. Qiu dijo que sobreviviste al mismo ritual.

Meilin levantó la manga.

En su muñeca había una marca.

Una línea blanca.

—No el mismo.

—¿Qué es?

—Una cicatriz de resonancia.

—¿Puerta?

—No abrió.

—¿Por qué?

—Porque no fui elegida.

Adrián vio algo en su expresión.

No tristeza.

Alivio.

—¿Entonces puedes ver mi sello?

—Sí.

—Míralo.

Jian Mo reaccionó.

—No.

Adrián lo ignoró.

Extendió la muñeca.

Meilin se acercó.

Sus dedos tocaron la piel.

El mundo pareció apagarse.

Adrián sintió una corriente fría.

La marca negra brilló.

Meilin retiró la mano bruscamente.

Su rostro perdió color.

—¿Qué?

No respondió.

—¿Qué viste?

Meilin retrocedió.

—Eso no debería existir.

Jian Mo se tensó.

—¿Cuál?

Meilin miró a Adrián.

—No tienes una Puerta.

Silencio.

—¿Qué significa?

Ella susurró:

—Tienes dos.

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