Me llamo Marisol Quintana. Tenía diecinueve años, estudiaba Historia del Arte en la UNAM y creía que mi peor problema era un examen pendiente.
Entonces mi propio tío me vendió.
En Tierra Bruma no existe la ley. Solo existen los hombres que mandan y quienes sobreviven obedeciéndolos. Lucio Salvatierra es el más temido de todos: el Lobo, dueño de las rutas, las fronteras y los secretos capaces de destruir países.
Él no compra mujeres. No trafica con ellas. Ni siquiera debía mirarme.
Pero lo hizo.
—Esa muchacha es mía.
Lucio me arrancó de un infierno para encerrarme en otro. Me dio una habitación, reglas imposibles y una advertencia: fuera de sus dominios solo me esperaba la muerte. Yo debía obedecerlo. Agradecerle. Dejar de pensar en escapar.
El problema es que cada vez que lo desafío, él me hace rendir cuentas… y mi cuerpo traiciona todo lo que mi boca intenta negar.
Debería odiarlo por sus órdenes, por sus castigos y por esa forma de tocarme como si ya conociera cada secreto de mi piel. Pero también fue él quien salvó a mis padres, puso un arma en mis manos y me enseñó a sobrevivir entre lobos.
Cuando sus enemigos me secuestran, descubren demasiado tarde que ya no soy la muchacha indefensa que Lucio llevó a su casa.
—¡Soy la mujer del Lobo y sí sé disparar!
Entré en Tierra Bruma como una cautiva. Ahora todos se levantan cuando me ven pasar.
Lucio cree que me encerró en su mundo. Lo que todavía no entiende es que una jaula puede cerrarse desde ambos lados… y que, cuando uno de los dos termine de rodillas, no seré yo.
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Capítulo 20
Capítulo 20: Romanée-Conti
—Ponle nombre —dijo Anya, y me puso al mono en el regazo.
La oficina del tercer piso olía a sándalo y no tenía una sola cámara; Anya lo había dicho al cerrar la puerta, como quien presume una alberca. Alfombra persa, un sofá hundido, frascos con cosas flotando en las repisas. Y en mi regazo, un animal del tamaño de mi mano que me tomó el dedo con las dos suyas y se lo llevó a la boca.
—Tamal —dije.
Anya levantó una ceja.
—Porque es blandito. —Le pasé el pulgar por la cabeza; era como tocar una nuez con pelo—. Pero espanta lo malo.
Anya se rio, de verdad, con la cabeza echada hacia atrás. Después abrió un paquete de las galletas de la caja que había subido, y Tamal se lo arrebató, rasgó el celofán con los dientes y se quedó abrazando un Dedito más largo que su brazo.
De un cajón sacó una botella sin etiqueta y dos vasos.
—Es dulce. Siete grados. Casi jugo. —Sirvió—. Por nuestro secreto.
Yo no había tomado alcohol en mi vida. Ni en la fiesta de fin de semestre, ni en la boda de mi prima, donde mi mamá me vigilaba el vaso desde la otra mesa. Olí. Olía a durazno. Tomé.
Era jugo. Jugo tibio que bajaba y se quedaba en el pecho como una cobija.
—Por la libertad —dijo Anya, y sirvió el segundo.
Al segundo vaso la oficina se aflojó. Los frascos de las repisas se pusieron simpáticos. Me reí de algo que dijo Tamal, que no dijo nada, y Anya se pasó al sofá, a mi lado, y me acomodó el pelo detrás de la oreja con dos dedos que se quedaron un momento en mi cuello, subiendo y bajando.
—Dime "hermana".
—Hermana —dije, con la lengua pesada, y me pareció la palabra más bonita del mundo.
Algo se le oscureció a Anya en los ojos. No lo vi bien. Estaba viendo a Tamal.
* * *
En el vestíbulo de la Casona, doña Meche contaba cajas con los labios apretados. Ocho, nueve, diez. Galletas. Una camiseta amarilla que dolía de solo verla, colgando de una bolsa. Mandó todo al cuarto de servicio antes de que alguien lo viera.
Alguien lo vio.
La Suburban entró al patio salpicando lodo hasta las ventanillas y Lucio bajó con el uniforme negro de campaña todavía húmedo. No saludó.
—¿Dónde está?
Teo ya estaba a su lado.
—Con la doctora, patrón. En el pabellón. —Una pausa que Teo nunca se permitía—. Le compró un mono. Y le está dando vino dulce.
Lucio miró el reloj del vestíbulo. Ocho y treinta y tres.
No dijo nada. Doña Meche, con una caja de galletas en las manos, se hizo pequeña junto a la pared.
* * *
—Ese hombre solo sabe pegar —dijo Anya, muy cerca—. Ni un beso te ha dado. ¿Verdad que no?
Yo tenía la cabeza en su hombro. No recordaba haberla puesto ahí. Su mano me sostenía la nuca, firme, de médica, y su cara estaba a un palmo de la mía, y yo pensaba en durazno.
La puerta se abrió de una patada.
Teo entró con dos hombres detrás y no miró a Anya. Tamal chilló y se metió debajo de un cojín.
—El patrón dice que la señorita Quintana vuelve ahora. —La voz de siempre, ni más alta ni más baja—. Ya.
El patrón. La palabra me atravesó el durazno como un cuchillo por mantequilla. Me resbalé del sofá y la rodilla me pegó en el piso y no sentí nada.
Anya no me soltó de inmediato. Se inclinó y me dijo al oído, rápido:
—Ven a ver a Tamal cuando quieras. Y lo que te dije sigue en pie.
Teo dio un paso y se puso entre las dos, de lado, con el cuerpo, como se pone una puerta.
Bajé las escaleras del pabellón con un hombre a cada lado, y el aire de la noche me despejó lo suficiente para tener miedo.
En el vestíbulo de la Casona, Teo señaló con la mano abierta hacia el pasillo de la izquierda.
—El patrón la espera en el sótano.
Y ahí me acordé.
El bolsillo izquierdo. El frasquito. Sesenta pastillas que en la lógica de ese hombre no eran pastillas: eran una mentira guardada, una cosa escondida, la regla tres rota por la mitad. Y él me iba a desvestir. Siempre me desvestía.
Me doblé. Me llevé las dos manos al estómago y las lágrimas salieron solas, con ayuda del vino.
—Teo… necesito ir al baño. Por favor. —Me tembló la voz sin que la obligara—. No quiero… delante del señor Salvatierra… así…
Teo miró el reloj.
—Un minuto.
Corrí. Cerré la puerta del cuarto. El colchón no: lo revisaban. La almohada no. El bote de basura no. Abrí el clóset, el vestidor donde colgaban vestidos que nunca me ponía, y en el estante de en medio había una manta de cachemira gris, doblada en cuatro. Metí el frasco entre el tercer doblez y el cuarto, y alisé. Saqué la Walther del otro bolsillo y la tiré entre las cobijas revueltas de la cama, porque no había tiempo para más. Jalé la palanca del escusado. Me eché agua en la cara.
Cincuenta y ocho segundos.
El sótano estaba igual que siempre: la alfombra roja oscura, la mesa larga contra la pared con sus cosas encima, el sillón de piel. Y él en el sillón, con una copa en la mano, haciéndola girar sin beber.
Me miró como se mira una cosa que dejaron afuera bajo la lluvia. El vestido arrugado. El pelo suelto por un lado. Las mejillas, que yo sentía calientes. Y lo que traía apretado contra el pecho con las dos manos: un paquete de celofán rojo, de colores chillones.
—¿Qué traes?
—Galletas. —Me salió chiquito—. Para usted.
Dejó de girar la copa.
—Los que quieren regalarme algo hacen fila de aquí a Panamá. —Lo dijo despacio, como si le costara creerlo—. Galletas es la primera vez.
Extendió la mano. Le di el paquete. Lo giró bajo la lámpara y leyó el nombre, y algo le cruzó la cara, un segundo, una comprensión que le llegó entera y le salió por la boca en una risa baja, corta, que no me dio ningún alivio.
—¿Regalo? —Levantó los ojos—. ¿O soborno? Sobornar al patrón. ¿Cómo se castiga eso, tú que ya te sabes las reglas?
—No es… —Las lágrimas otra vez; el vino las tenía a mano—. Es que usted trabaja mucho. Algo dulce ayuda. Y usted lo tiene todo, señor Salvatierra, todo, y yo no supe qué más darle…
Se quedó viéndome. Lo que le tensaba la mandíbula desde que entré se soltó a medias.
—¿No es soborno? —Dejó el paquete en la mesita—. Entonces no afecta… la cuenta.
La cuenta. Se me heló la nuca sobre la piel caliente.
Tomó otra vez el paquete. Lo miró mejor. Estaba rasgado por una esquina y le faltaba un pedazo.
—Le falta.
—Se la di a Tamal —dije—. El monito. El que me compró la doctora.
—¿Qué vino te dio?
—Dulce.
—Ella no sabe de vino.
Se levantó. Fue a un mueble bajo que yo nunca había visto abierto y sacó una botella oscura, polvosa, con una etiqueta amarillenta escrita a mano. La puso en la luz para que la viera. Romanée-Conti. Mil novecientos cuarenta y cinco.
—Quinientos cincuenta mil dólares —dijo—. Ya que te gusta tanto beber con cualquiera, te lo cumplo.
La descorchó con un movimiento que no hizo ruido. Volvió al sillón. Se sentó con las piernas abiertas, las botas plantadas en la alfombra, y puso la botella en el piso entre sus rodillas.
—Aquí. Con la botella. Sin copa.
Me hinqué entre sus botas. Tomé la botella con las dos manos, y pesaba, y levanté la cara, y tomé.
No era jugo. Era algo oscuro y espeso que me raspó la garganta y me hizo toser, y el vino se me fue por la barbilla y por el cuello y se metió bajo el lino del vestido, frío, hasta el pecho. Tomé más. Me ahogué. Bajé la botella jadeando.
—Falta la mitad.
Cerré los ojos y la levanté hasta que el fondo miró al techo, y tragué y tragué y el mundo se ladeó, y cuando la botella se acabó yo estaba recargada en su rodilla sin acordarme de haber llegado ahí.
—¿Rico?
—No… —Me lloraban los ojos—. Me siento mal.
Me tomó de la barbilla y me levantó la cara.
—De ahora en adelante, solo bebes conmigo. Delante de nadie más. ¿Entendiste?
—Solo con usted… —dije. Y algo se me destrabó adentro, con el vino, una cosa que no había pensado decir—. Ya me acordé. Solo con usted.
Se quedó quieto. Un segundo. Dos. Y se rio bajito, por la nariz, de una manera que no le había oído.
—Bien.
Después me apretó la barbilla un poco más fuerte.
—Ahora sí. La cuenta.
Me jaló por la cintura y me acomodó sobre sus muslos, boca abajo, con la cara contra el cuero del sillón. Sentí sus manos en el vestido empapado, bajándolo, arrancándomelo por las caderas con el lino pegado a la piel, hasta que no quedó nada entre su mano y yo.
La primera palmada me llegó desde muy lejos.
—Una.
Me llegó la segunda, y la tercera, y él las contaba con la voz plana, y yo trataba de contar con él y los números se me deshacían en la boca. Cinco. O siete. Ardía. Ardía como el vino en la garganta, y yo lloraba con la cara en el cuero y lo único que me salía, una y otra vez, como una oración aprendida de niña, era lo mismo:
—Solo con usted… solo con usted…
Y en algún punto la mano dejó de caer.
Se quedó ahí. Plana, caliente, sobre la piel que ardía. Y empezó a moverse. Despacio. Los dedos, con esa aspereza de callo en las yemas que yo ya conocía de otras noches, bajaron por donde había pegado y siguieron bajando, y el cuerpo se me fue detrás de esa mano sin pedirme permiso.
No sabía dónde terminaba el dolor y dónde empezaba lo otro. El vino lo había borrado todo, la línea, el borde, el pudor, y lo que quedaba era la mano y el calor y una humedad que no era vino, y mis caderas moviéndose solas contra su palma, buscándola, y un sonido que salía de mí y no era llanto.
La mano se detuvo.
Me sentí levantada, girada, puesta de espaldas sobre sus piernas como una muñeca a la que le revisan la cara. Abrí los ojos. Él me estaba mirando desde arriba, con la mandíbula tensa y algo en la respiración que no era calma, y me miraba los ojos, no el cuerpo.
—Estás demasiado borracha —dijo— para saber lo que pides.
Y no entró.
Su mano volvió a mí, pero no como castigo. Volvió como quien termina lo que empezó, sin prisa, sin decir nada, con los ojos fijos en mi cara, y yo me deshice ahí, sobre sus muslos, temblando entera, con las uñas enterradas en su antebrazo, en el lobo negro, y el nombre se me salió con el aire que me quedaba:
—Señor Salvatierra… solo con usted, señor Salvatierra…
Me sostuvo mientras pasaba. No me soltó hasta que dejé de temblar.
Después me quedé ahí, sobre sus piernas, con el techo dando vueltas, y pensé con la parte de mí que todavía pensaba: no quiso. Me tenía entera, borracha, sin fuerzas, y no quiso.
Me levantó por las axilas y me puso de pie. Las rodillas me temblaban. Señaló la mesa larga contra la pared, con las cosas alineadas encima.
—Escoge tú —dijo— con qué vas a pagar el resto.
Cerré los ojos y corrí. Estiré la mano y agarré lo que estaba más a la derecha, lo que fuera, y di la vuelta, y el pie se me enredó en el vestido tirado en la alfombra, y caí, y me deslicé de rodillas hasta quedar otra vez entre sus botas.