Me prometieron un viaje gratis. Desperté dentro de una jaula, en mitad de una selva de la que nadie sale con vida.
Entonces trajeron a un hombre agonizante.
Le saqué una bala del cuerpo y le salvé la vida sin saber quién era. Dante Bravante, el Rey sin corona de Almanegra: el hombre al que obedecen soldados, jueces y criminales; un monstruo capaz de comprar cualquier cosa.
Incluso a mí.
En lugar de devolverme la libertad, Dante pagó mi precio y me llevó a su fortaleza. Dice que le pertenezco. Que su palacio es mi hogar. Que ningún hombre volverá a mirarme mientras él respire.
Yo le juré que escaparía.
Pero odiar a Dante sería mucho más sencillo si su crueldad no conviviera con una ternura que solo me muestra a mí. Si cada roce suyo no encendiera mi cuerpo. Si sus besos no me hicieran desear precisamente aquello de lo que debería huir.
Entre fugas imposibles, enemigos que quieren usar mi sangre y secretos capaces de cambiar el poder de Almanegra, el deseo empieza a parecerse demasiado al amor. Y ese es el peligro más grande de todos.
Porque poseer no es amar. Dante tendrá que aprenderlo antes de perderme.
Y cuando llegue ese día, ni todo su ejército podrá salvarlo. Si quiere recuperarme, el Rey sin corona tendrá que hacer lo único que jamás ha hecho por nadie: devolverme la libertad, pagar cada una de sus deudas… y arrodillarse.
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Capítulo 7
Capítulo 7 — Vísperas del Carnaval
El cuerpo, que en tantas cosas me traicionaba, esa semana me hizo el único favor de su vida: me bajó la regla.
Nunca creí que iba a agradecerle a un cólico. Pero desde que doña Delia mandó recado a la torre, el señor no volvió a poner un pie en la Casa de las Orquídeas. Ni una pantalla encendida, ni una orden por el techo. Tres días de tregua, comprados con dolor de vientre y una bolsa de agua caliente. Los tomé como quien toma prestado un paraguas en plena tormenta: sabiendo que iban a pedírmelo de vuelta.
Doña Delia me cuidó como si yo fuera de cristal. Me traía un té de canela endulzado con piloncillo, me acomodaba los cojines, chasqueaba la lengua.
—Pobre criatura —murmuraba—. Tan lejos de su madre y con estos dolores.
—Estoy bien, doña Delia.
—Si Dios quiere. Coma, mija, que se me está quedando en los huesos.
Y esa tarde, debajo del plato de siempre —una sopa espesa de la región que a mí me sabía a nada—, apareció otra cosa. Un caldo distinto, con jitomate, con cilantro, con un chile flotando entero para que yo decidiera si lo aguantaba o no. Y un papelito doblado bajo el plato, escrito con letra torpe:
"Probé de acordarme de cómo huele la comida de su tierra, señorita. Perdone si no me salió. — El de la cocina."
Me lo comí todo. Y por primera vez en muchos días, lloré de algo que no era rabia. Alguien, en esa fortaleza llena de guardias, se había tomado la molestia de imaginar mi casa.
Fue doña Delia, sin querer, quien me dio la otra pista.
—No se me asuste si oye tambores pasado mañana —dijo, mientras recogía—. Es la fiesta.
—¿Cuál fiesta?
—El Carnaval de las Aguas. La única vez al año que esta gente se olvida de tener miedo. —Sonrió con nostalgia—. Sale todo el mundo a la calle con comparsas, tambores, espuma y globos de agua. Vuelan baldes, abren las mangueras, bailan hasta los viejos. En Ciudad Almanegra no se puede ni caminar de tanta gente.
Me quedé muy quieta, con la cuchara a medio aire, para que no me temblara la cara.
—¿Todo el mundo? —pregunté, como quien pregunta por preguntar.
—Todo el mundo, niña. Ricos y pobres, todos empapados y todos iguales por un día.
Todos empapados. Todos iguales. Miles de cuerpos apretados, agua volando, caras escondidas bajo el pelo mojado. Un río de gente donde una muchacha más, corriendo, no era nadie.
Se me aceleró el corazón. Traté de que no se me notara en los ojos. Guardé cada palabra suya como quien guarda una llave debajo de la lengua: pasado mañana.
Los dos días siguientes me convertí en la reclusa más dócil de la historia. Comí sin quejarme, di mi paseo con el guardia pegado al talón, bordé unos pañuelos que doña Delia me puso en el regazo. Y entre puntada y puntada, pregunté. Con inocencia, como se pregunta por hablar.
Que si la fiesta llegaba hasta las murallas. Que si los de la casa salían. Que por dónde entraba la gente del pueblo cuando venía a mojar a los guardias, porque eso me había contado una sirvienta muerta de risa: que hasta a los hombres del señor los empapaban, y que ese día nadie se enojaba.
Fui armando el mapa en la cabeza como quien arma un rompecabezas al revés, empezando por el borde. La reja del jardín daba a un camino de servicio. El camino de servicio bajaba al pueblo. Y el pueblo, pasado mañana, iba a ser un solo cuerpo de miles de personas gritando y tirándose agua. Si conseguía llegar a la calle vestida como cualquiera, mojada como cualquiera, dejaba de ser la mascota del rey. Volvía a ser una muchacha más. Y una muchacha más podía perderse.
Me faltaba lo difícil: cruzar la reja. Y salir de la casa sin que él lo viera desde su pared de cristal.
Pero por primera vez en cinco días tenía una fecha. Y una fecha es casi una esperanza.
Esa noche vino la orden. No de él directamente: por medio de una sirvienta.
—El señor dice que mañana lo acompañe al campo de tiro. Que quiere que esté presente.
No pregunté para qué. Con él, preguntar era gastar munición.
El campo de tiro estaba al otro extremo de la fortaleza, un descampado de tierra apisonada con siluetas de papel al fondo. Cuando llegué, el señor ya estaba ahí. Y no estaba solo.
A su lado había un niño.
Diez años, calculé. Flaco, serio, con la misma línea dura entre las cejas que tenía el hombre, aunque en la cara del niño esa dureza parecía prestada, un abrigo que le quedaba grande. Sostenía una pistola con las dos manos y toda la concentración del mundo.
—Los pies —dijo el señor, sin ternura pero sin impaciencia—. Separados. El hombro no se sube. Respira, y suelta el aire cuando aprietes.
El niño disparó. Falló. Apretó la boca.
—Otra vez —dijo el hombre—. Nadie acierta la primera vez, Nico.
Nico. Así que ese era el hermano del que hablaban los sirvientes en voz baja.
Volvió a disparar. Esta vez le rozó el borde al papel, y se le iluminó la cara con una alegría tan simple que me dio un vuelco raro en el pecho.
—¿Viste, hermano? ¿Viste?
—Vi. —Y por una fracción de segundo, juro que al señor se le suavizó algo alrededor de los ojos. Después se le apagó—. Otra vez.
El niño reparó en mí entonces. Me miró con una curiosidad enorme, sin miedo, la cabeza ladeada.
—¿Ella quién es?
El hombre no contestó. Fui yo la que sonreí, porque a los niños siempre les sonrío de verdad.
—Me llamo Mía.
—Yo Nico. —Bajó la voz, confidencial, como si me contara un secreto de Estado—. ¿Tú también estás sola aquí? Porque yo sí. Mis papás no van a venir.
Se me borró la sonrisa.
Y fue el hombre quien respondió, con una calma de piedra que me heló la sangre más que cualquier grito:
—A tus papás los mataron, Nico. Ya lo hablamos. No van a volver, y llorar no los trae. Lo que sí puedes hacer es aprender a que no te pase a ti.
Lo dijo sin crueldad. Eso fue lo peor. Lo dijo como una verdad práctica, como quien enseña a nadar tirando al agua, y el niño asintió con una madurez que ningún niño debería tener, y volvió a levantar el arma. No lloró. Se limpió la nariz con la manga y afinó la puntería, y algo en ese gesto pequeño me apretó el corazón más que si hubiera roto a llorar.
Yo, que a esa edad me subía a la mesa del puesto a robar camarón crudo mientras mi papá no veía, no supe qué hacer con la cara. Quise decirle algo al niño. No me salió nada que no fuera mentira.
Yo miré a ese hombre que era capaz de decirle eso a un huérfano de diez años sin que le temblara la voz, y por primera vez —lo confieso— no vi solo al tirano de la pantalla. Vi a alguien a quien también, alguna vez, le habían dicho esa misma frase. Y me odié un poco por sentir, apenas un segundo, algo parecido a la lástima.
Un segundo. No más. Enseguida me acordé de la nuca, de la reja, del "¿qué eres tú de mí?", y apreté la mandíbula. Pasado mañana. Ese era mi único parentesco con la piedad: la que iba a necesitar para mí misma.
El hombre vació el cargador contra la silueta del fondo, tres tiros secos, tres agujeros en el pecho de papel. Bajó el arma. El humo se quedó flotando en el aire caliente.
No se volvió para mirarme.
—Tú —dijo—. Ven aquí.