Renata Paredes siempre ha sido la hija menos querida de su familia. Cuando el negocio de su padre queda al borde de la ruina, la obligan a aceptar un matrimonio de conveniencia con Damián Valcárcel, el frío e inalcanzable presidente del poderoso Grupo Boreal.
El acuerdo parece sencillo: mantener las apariencias, no enamorarse y cuidar de Toñito, el pequeño hijo de Damián, que está decidido a convertirle la vida en un infierno.
Pero Renata no esperaba que aquel niño rebelde fuera el primero en elegirla. Tampoco que, detrás de la indiferencia de Damián, hubiera un hombre dispuesto a protegerla cuando todos los demás le daban la espalda.
Entre secretos familiares, celos, heridas del pasado y una mujer decidida a recuperar el lugar que abandonó, Renata tendrá que luchar por el único hogar que alguna vez sintió suyo.
Él se casó con ella por un acuerdo.
El niño la llamó mamá.
Y, sin darse cuenta, los tres se convirtieron en una familia de verdad.
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Capítulo 2
Capítulo 2 — Borracha y descubierta
Esa misma noche no quise estar sola con la mejilla ardiendo y la palabra "niñera" dándome vueltas en la cabeza. Así que hice lo único que sabía hacer cuando el mundo se me venía encima: llamé a mis dos personas.
—Bar Hechizo. En media hora. Los necesito.
Juli llegó primero, como siempre, con esa cara suya de estar lista para pelear con quien fuera. Teo llegó después, callado, mirándome con esa ternura que yo, tonta de mí, llevaba años tomando por simple amistad.
Para cuando ellos se sentaron, yo ya iba por mi segunda copa. Y para cuando les conté todo —el niño, el viudo, la condición, la bofetada—, iba por una botella entera que sostenía como si fuera un cetro.
El Bar Hechizo era mi refugio de siempre: luces bajas de colores, música que retumbaba en el pecho, esa clase de sitio donde una podía deshacerse en pedazos sin que nadie tomara nota. Esa noche lo necesitaba entero para mí.
—A ver si entendí. —Juli dejó su vaso en la mesa de un golpe—. Te llaman de urgencia, te enteras en pleno restaurante de que el tipo es viudo y tiene un hijo, te sueltan una condición como quien alquila un departamento, y encima llegas a tu casa y tu papá te levanta la mano. ¿Y quieren que sonrías el día 8 con un ramo en la mano? No puede ser. En serio, Rena, no puede ser.
—Puede ser. —Le di otro trago—. Puede ser y va a ser. Ya está firmado en la cabeza de todos, solo falta el papel.
*Lo peor no es que me vendan*, pensé, con la lengua ya pastosa. *Lo peor es lo barata que me venden. Ni siquiera regatearon.*
—No puede ser. —Juli me quitó la botella de las manos—. ¿Una bofetada? ¿Tu papá te pegó una bofetada? Rena, eso no se hace, eso no se le hace a nadie...
—Es lo que hay. —Me encogí de hombros con una alegría falsa, borracha, horrible—. ¿Saben qué? Me caso. Me caso y ya. ¡Que todo el mundo se entere!
Y me subí. Me subí de pie a la butaca, con la botella en alto, y le grité al bar entero, a los desconocidos, a las luces de colores, a mi propia vida:
—¡Yo, Renata Paredes, me caso el 8 del mes que viene!
Alguien aplaudió. Alguien silbó. El Bar Hechizo, ese lugar donde una podía gritar cualquier estupidez sin que importara, me devolvió un rugido de risas. Me sentí, por tres segundos, dueña de algo. De mi propia desgracia, al menos.
Juli me bajó de la butaca entre carcajadas. Teo no se reía. Teo me miraba con una intensidad que, de golpe, sobria como un cubetazo de agua fría, entendí demasiado tarde.
—Rena. —Me tomó de las dos manos—. No te cases.
—Teo...
—Estoy enamorado de ti. Desde la universidad. Todos estos años. —Le temblaba la voz—. Y no puedo quedarme aquí sentado viéndote entregar a un hombre que ni siquiera te mira. No puedo.
—Teo, para...
No paró. Me sujetó la cara con las dos manos y me besó. A la fuerza, sin permiso, delante de medio bar.
Fue un instante nada más, pero se me hizo eterno y sucio y equivocado. Lo empujé con las dos manos contra el pecho, con toda la fuerza que me quedaba, y sin pensarlo, la mano se me fue sola: le crucé la cara de una bofetada. El golpe sonó y varias cabezas se voltearon.
—Te lo agradezco —dije, y me sorprendió lo firme que me salió la voz, a pesar del alcohol, a pesar de todo—. De verdad. Pero no siento lo mismo por ti. Y forzarme no te va a hacer sentir mejor. A ninguno de los dos.
Teo se llevó la mano a la mejilla, con los ojos brillantes de vergüenza y de rabia consigo mismo. Yo no aguanté más esa mesa, ese aire. Me abrí paso entre la gente y me metí al baño a echarme agua en la cara, a respirar, a recordar quién era yo antes de esta noche espantosa.
Cuando salí, me di de bruces con la última persona del mundo que quería ver.
Damián Valcárcel bajaba por la escalera del segundo piso, impecable en medio de aquel desorden de luces y humo, con un amigo detrás que reía. El amigo —después supe que se llamaba Facu— me señaló con la copa y soltó, sin bajar la voz:
—Dami, tu futura esposita te acaba de regalar unos cuernos verdes antes de la boda. Qué eficiencia.
Se me heló la sangre. *Lo vio. Vio el beso. Vio todo.*
Damián no se rió. No dijo nada durante un segundo larguísimo, solo me miró, y juro que en sus ojos, que ya eran oscuros, algo se oscureció todavía más. Después habló, y cada palabra fue una esquirla de hielo.
—Cuando termines de jugar —dijo—, vete a casa.
—Señor Valcárcel, esto no es lo que...
—No me interesa lo que es. —No levantó la voz. No le hizo falta—. A partir del día 8 vas a llevar mi apellido. Te pido una sola cosa: que cuides tu reputación. Que no hagas nada que avergüence a los Valcárcel. Lo que hagas con tu vida es tu problema. Lo que hagas con mi nombre, es el mío.
*Su nombre. Su reputación. Su niñera.* Ni una vez preguntó si estaba bien. Ni una vez le importó que un hombre me hubiera besado a la fuerza. Para él yo no era una mujer a la que acababan de faltarle el respeto; era una mancha potencial en un apellido caro.
—Buenas noches, señor Valcárcel —dije, y me pareció que la dignidad me costaba cada sílaba.
Él ya se había dado la vuelta. Facu me guiñó un ojo, divertidísimo, y los dos se perdieron hacia la salida.
Me quedé un momento sola en medio del bar, entre la gente que bailaba ajena a mi naufragio, y sentí toda la humillación caerme encima de una vez. *En una sola tarde: mi padre me abofetea, mi familia me subasta, un amigo me besa a la fuerza, y el hombre con el que voy a casarme decide que soy una vergüenza andante. Récord.* Me reí sola, una risa fea, para no hacer lo otro.
Volví a la mesa con la cara en llamas por segunda vez en una noche. Juli me leyó todo de una mirada.
—¿Ese era...?
—Ese era. —Me dejé caer en la silla—. Y ya piensa que soy lo peor. Perfecto. Empezamos casados y despreciándonos. Un romance para las revistas.
Teo seguía ahí, con la culpa marcada en la cara. Respiré hondo y, porque merecían saberlo de mi boca y no de un chisme, se los dije de frente, formal, como quien firma algo.
—Escúchenme los dos. El día 8 me caso. Con Damián Valcárcel. No es una broma de borracha, no es un capricho. Es un trato entre mi familia y la suya, y yo soy la moneda con que se paga. No quiero que me salven, no quiero que me convenzan de nada. Solo quiero que, el día que camine hacia ese altar, ustedes dos estén ahí para no dejarme sola. Nada más que eso.
Juli me apretó la mano por debajo de la mesa. Teo no dijo nada. Bajó la cabeza, apretó los puños sobre las rodillas, y esa quietud suya me dio más miedo que cualquier cosa que hubiera podido gritar.
Los dejé un rato después. Necesitaba mi cama, mi oscuridad, mi silencio. Pero antes de irme, ya en la puerta, alcancé a ver a Teo inclinarse hacia Juli. No oí bien lo que le dijo, pero le leí los labios lo suficiente para que un frío me subiera por la espalda.
—El día de la boda me presento. Y me la llevo de ahí.
Juli lo agarró del brazo con las dos manos, la cara dura, la voz baja y filosa como un cuchillo.
—Ni se te ocurra, Teo. Ni se te ocurra.