La noche en que Amelia Cruz descubre a su prometido en brazos de su propia hermana, decide que no volverá a permitir que nadie la humille.
En el aeropuerto se acerca a un desconocido alto, serio y vestido con uniforme militar.
—Disculpa, ¿necesitas novia?
Adrián Guerrero la observa durante unos segundos antes de responder:
—Novia no. Pero necesito una esposa.
Así comienza un matrimonio entre dos desconocidos. Amelia cree que Adrián es un exmilitar recién retirado, sin fortuna ni un lugar al cual regresar. Él le ofrece respeto, protección y una vida tranquila; ella le promete un hogar mientras ambos deciden qué hacer con su futuro.
Sin embargo, el hombre frío y disciplinado que duerme a su lado empieza a tratarla como si fuera lo más importante de su vida. Cocina para ella, la espera cada noche y aparece siempre que alguien intenta hacerle daño. Ante todos los demás conserva la dureza de un antiguo oficial de las fuerzas especiales; solo con Amelia baja la guardia.
Lo que ella no sabe es que Adrián nunca ha sido un hombre sin dinero. Es el heredero del Grupo Guerrero, una de las familias más poderosas del país, y regresó del ejército para ocupar el lugar que le corresponde.
Amelia pensó que aquel matrimonio sería su forma de escapar de una traición. Nunca imaginó que terminaría enamorándose de su esposo… ni que descubrir su verdadera identidad pondría a prueba el único amor en el que había vuelto a creer.
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Capítulo 8
Capítulo 8 — Mi jefa terminó siendo familia
Al verlo callado, Amelia creyó que él le daba vueltas al asunto y aclaró:
—Este departamento me lo compró mi mamá hace mucho. Ahora no tienes trabajo, y alquilar en la capital sale caro. Total, ya somos marido y mujer. Quédate aquí, y si más adelante no te sientes cómodo, te mudas.
No lo pensó demasiado; solo quería ahorrarle dinero a Adrián. Lo que no sabía era que aquella propuesta era justo lo que él ansiaba. Había estado dándole vueltas a cómo convencerla de mudarse con él, y ahora ella misma le ofrecía quedarse. El departamento era pequeño, pero para dos personas alcanzaba. Cuando encontrara la forma de contarle toda la verdad, ya se mudarían a su villa de la ladera.
Adrián asintió.
—Gracias. Descuida, trabajaré duro y ganaré dinero.
Amelia recordó algo y sonrió.
—¿Sabes? Anoche mi amigo vio tu nombre y pensó que eras de los Guerrero de la capital.
La mano de Adrián se cerró apenas sobre el tenedor.
—Y yo le dije: imposible. ¿Cómo va un Guerrero a no tener trabajo, ni casa, ni auto, y encima casarse conmigo así como así?
—¿Te molestaría un hombre sin trabajo, sin casa y sin auto? —preguntó él de repente.
Amelia agitó las manos, temiendo haberle herido el orgullo.
—No quise decir que me moleste. En realidad… mi sueldo está bien, tengo casa y auto. Puedo mantener a dos personas.
Amelia también era, en cierto modo, una niña de familia acomodada; de chica no le había faltado nada. Solo que se había ido de la casa de los Cruz y ahora era una trabajadora común. Por el informe, Adrián sabía que era intérprete en la agencia de traducción más grande de la capital, muy capaz y con buen sueldo.
¿Así que la mujer lo creía incapaz de mantenerse y pensaba mantenerlo ella? Era la primera vez que se topaba con alguien que no lo despreciara por no tener dinero e incluso quisiera hacerse cargo de él. El gesto lo conmovió. A veces las personas eran mundos aparte: la mujer a la que él había querido antes lo había creído sin dinero ni posición y lo había dejado sin más.
Adrián soltó el tenedor y la miró con seriedad.
—Si te dijera que soy rico, ¿me creerías?
Amelia se apoyó el mentón en la mano y también lo miró, como pensándolo de verdad. Al cabo, sonrió y le devolvió la pregunta:
—Si fueras rico, ¿por qué te casarías conmigo? Un rico se casa con una mujer de su nivel. Además, el mundo de los ricos es demasiado complicado.
En su día, su madre y su padre habían levantado juntos, de la nada, la empresa de los Cruz. Con el dinero creyeron que la vida mejoraría, y en cambio fueron infelices toda la vida. Al recordarlo, la mirada de Amelia se ensombreció y soltó un suspiro. No era falta de confianza; era que no quería vivir entre las intrigas de las grandes familias.
Al ver el cambio en su rostro, Adrián se tragó de nuevo la confesión y sonrió.
—Tranquila. En adelante trabajaré duro y mantendré la casa.
—Bien, ánimo. —Amelia le hizo un gesto de aliento y volvió a comer.
En eso sonó el teléfono de Adrián. Miró la pantalla.
—Voy a atender.
Salió al balcón y contestó.
—¿Qué pasa?
Del otro lado le llegó un chillido.
—Hermano, ¿desde cuándo eres el prometido de la señorita Amelia?
La muchacha emocionada al teléfono era Fernanda, la hermana menor de Adrián. Por lo que decía, conocía a Amelia, y quizá bastante.
Adrián arrugó el entrecejo.
—¿Cómo lo sabes? ¿Y de qué la conoces?
Su respuesta, sin querer, le confirmaba a Fernanda que era cierto. Ella se emocionó aún más.
—¿No sabes que ayer alguien grabó un video de ustedes dos poniendo en su lugar a esa pareja de traidores en el aeropuerto? Está en todas las redes.
Lo había visto por la mañana. Al principio pensó que se equivocaba. Lo miró varias veces, y como su hermano justo había vuelto a la capital, se atrevió a creer que la gente del video era, efectivamente, Adrián y Amelia. Qué casualidad, los dos conocidos suyos.
—Hace un tiempo hice mis prácticas en la empresa de la señorita Amelia, y la persona que me tutoreaba era ella —siguió, feliz—. Hermano, ¿te das cuenta de la casualidad? Mi jefa terminó siendo parte de la familia.
Fernanda acababa de graduarse; había estudiado español e inglés. Doña Leonor quería meterla en el Grupo Guerrero, pero ella, recién egresada y sin experiencia, había preferido hacer unas prácticas fuera con la excusa de curtirse. En el fondo no quería entrar al grupo; ahí perdería toda su libertad.
A Adrián también le sorprendió la casualidad.
—¿Amelia sabe quién eres?
—No. Solo le dije que era hija de una familia común.
Únicamente la directora de la agencia sabía que Fernanda era una Guerrero, por eso la asignó a la mejor intérprete, Amelia. Ni ella ni el resto conocían su verdadera identidad.
—Mejor así. —Como Amelia todavía ignoraba la verdadera identidad de Fernanda, Adrián le advirtió—: Por ahora no dejes que sepa quién eres, ni nuestra relación.
—¿Eh? ¿Por qué? Yo quería que Amelia me protegiera en la oficina.
—No sabe quién soy. Y otra cosa: por el momento tampoco se lo digas a la abuela ni a los demás.
Fernanda calló un segundo, con voz culpable.
—Hermano… puede que ya sea tarde.
Antes de terminar la frase, por el teléfono se oyó la voz de doña Leonor, cargada de enojo.
—Mocoso, ¿de verdad te casaste? Algo tan importante, ¿y pensabas ocultárnoslo?
Al ver el video, Fernanda había corrido a mostrárselo a la abuela. Y ahora, mientras llamaba a Adrián para confirmar, doña Leonor estaba a su lado.
A Adrián le empezó a doler la nuca.
—Abuela, es un poco complicado. Se lo explico cuando vaya a casa.
—¿Qué tiene de complicado? Si te casaste, tráela. Ocultarla así tampoco es justo para la muchacha.
Doña Leonor era razonable. Que Adrián se hubiera casado, en el fondo, la alegraba. Pero los Guerrero eran una gran familia, y para ser nuera de la casa había que pasar su filtro; no cualquiera entraba por esa puerta.
—No sabe quién soy —dijo él en voz baja—. Todavía no es el momento de traerla.
—Hermano, ¿no estarás haciéndote el pobre delante de Amelia? —soltó Fernanda, asombrada. Había que reconocer que su hermano tenía sus mañas.
—No le gustan las viejas familias adineradas. Por ahora no revelen quién soy.
Al principio había ocultado su identidad por obligación; ahora quería contárselo, pero Amelia parecía tener cierto prejuicio contra los ricos y lo tomaba por un soldado pobre. No le quedaba más que seguir con el malentendido por un tiempo.
Al oír que alguien podía rechazar la riqueza, a doña Leonor le picó la curiosidad por Amelia. En su larga vida había visto desfilar a demasiadas mujeres que fingían indiferencia por el dinero mientras se les iban los ojos detrás de él. Una que de verdad no lo quisiera merecía, cuando menos, una mirada de cerca.
—Está bien, pero tráela pronto —accedió de boca.
Por dentro, ya urdía sus propios planes. Si su nieto no se atrevía a llevar a la muchacha a casa, entonces la casa ya encontraría la manera de acercarse a la muchacha.