El futuro regresa al pasado para evitar la destrucción completa, pero ¿como haces para pelear contra algo que es inevitable? ¿como fue posible que ellos terminaran juntos y encima tuviesen descendencia? quizás del odio al amor hay un solo paso o quizás, solo quizás, nunca fue odio ni rechazo.
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la restauración del mundo
La restauración del mundo fue algo que costó demasiado.
Incluso después de varios años, todavía podía sentirse la tensión que la guerra había dejado a su paso. Las heridas habían comenzado a cerrar, pero las cicatrices seguían allí.
Había bosques que jamás volvieron a crecer.
Ríos que habían quedado contaminados por la sangre de miles de inocentes.
Ciudades enteras que permanecían en ruinas porque nadie se atrevía a reconstruir sobre los cadáveres de quienes habían muerto allí.
Y aunque los gobernantes intentaban convencer a sus pueblos de que la paz había regresado, todos sabíamos que no era cierto.
La paz era frágil.
Demasiado frágil.
Años atrás, nadie habría podido imaginar que algo así sucedería.
Durante siglos, las distintas razas habían convivido sin grandes conflictos. Vampiros, licántropos, magos, elfos, hadas y humanos tenían sus propios territorios, sus propias costumbres y sus propias formas de vivir.
Había diferencias, por supuesto.
Siempre las había habido.
Pero existía una especie de equilibrio.
Hasta que ese equilibrio se rompió.
Las sombras comenzaron a cernirse sobre la luz.
La sangre empezó a manchar tierras y ríos enteros.
Los vampiros comenzaron a ser atacados por licántropos.
Los magos fueron perseguidos por elfos.
Los elfos comenzaron a caer bajo los ataques de vampiros.
Los licántropos fueron atacados por magos.
Y los humanos...
Los humanos se convirtieron en el blanco de casi todos.
Nadie sabía quién había comenzado.
Nadie entendía por qué.
Los gobernantes se acusaban unos a otros mientras los pueblos sufrían las consecuencias.
Los humanos, incapaces de utilizar magia para defenderse, comenzaron a crear armas de fuego cada vez más poderosas.
Las alianzas entre los distintos reinos pendían de un hilo.
Y entonces descubrimos la verdad.
Todo había sido provocado.
Diez años atrás, un grupo formado por rebeldes de distintas razas había decidido que el mundo debía ser purificado.
Querían acabar con los humanos, con las hadas y con aquellos pertenecientes a otros clanes que consideraban débiles.
Se hacían llamar los Shadow.
Su objetivo era simple.
Destruir todo aquello que no consideraban digno de existir.
Para conseguirlo, utilizaron la sangre de cientos de inocentes en antiguos rituales prohibidos.
Hasta que lograron abrir una grieta hacia el antiguo mundo.
Y de aquella grieta surgió Ballroj.
Un demonio cubierto de llamas.
Una criatura perteneciente a una época tan antigua que incluso los libros más viejos apenas hablaban de él.
Su cuerpo parecía estar hecho de fuego y ceniza.
Sus ojos ardían con una luz roja.
Y tenía un hambre que jamás podía ser saciada.
Ballroj dejó algo muy claro desde el primer momento.
No obedecería a ningún líder.
No reconocería ninguna autoridad.
Solo quería destruir.
Al principio, el Concilio de Clanes fue incapaz de reaccionar.
Estaba formado por representantes de distintas razas, pero ninguno quería arriesgar a sus guerreros para proteger a otra.
Los vampiros querían salvar a los vampiros.
Los elfos querían proteger a los elfos.
Los magos a los magos.
Los licántropos a los licántropos.
Y los humanos...
Los humanos ya no confiaban en nadie.
Pero las sombras continuaron avanzando.
Cuando la mitad del planeta quedó cubierta por aquella oscuridad, comprendieron que ya no podían luchar separados.
Por primera vez en toda nuestra existencia, las razas se unieron.
No porque hubieran olvidado sus diferencias.
No porque se hubieran perdonado.
Sino porque entendieron que, si no luchaban juntos, ninguno sobreviviría.
La guerra duró un año.
Un año de sangre.
Un año de fuego.
Un año en el que cada amanecer podía ser el último.
Finalmente, con la ayuda de los alquimistas más poderosos de todos los reinos, logramos encerrar a Ballroj dentro de una piedra lunar.
Pensamos que todo había terminado.
Pero no fue así.
Los sobrevivientes de los Shadow huyeron.
Esperaron.
Durante años permanecieron ocultos.
Y mientras el resto del mundo intentaba reconstruirse, ellos planeaban su regreso.
Esta vez tenían algo diferente.
Un amuleto.
Un objeto creado mediante magia oscura que obligaría a Ballroj a obedecer a quien lo llevara.
Y aquí estamos.
Diez años después de la primera guerra.
Corriendo nuevamente por nuestras vidas.
—¡Mami!
El grito de mi hija hizo que volviera a la realidad.
Una explosión sacudió el suelo detrás de nosotros.
El sonido fue ensordecedor.
Sentí cómo Lyra se estremecía entre mis brazos y rápidamente la cubrí con mi capa.
—Tranquila, mi pequeña. Mamá está aquí.
La abracé con fuerza.
Lyra apenas tenía cuatro años.
Cuatro años.
A esa edad debería estar jugando.
Debería estar aprendiendo a leer.
Debería estar corriendo por algún jardín persiguiendo mariposas.
No debería conocer el sonido de una explosión.
No debería saber que tenía que esconderse cuando escuchaba gritos.
Pero la guerra no había tenido piedad con nadie.
Mucho menos con los niños.
—¡Lina!
Levanté la mirada.
Luna corría delante de mí.
Su rostro estaba cubierto de polvo y tenía una herida sobre la ceja.
—¡Tenemos que cruzar las puertas de Eden!
Miré hacia delante.
Las enormes puertas comenzaron a aparecer entre el humo.
Eden.
El refugio.
La única ciudad que todavía conservaba las antiguas barreras protectoras capaces de mantener alejados a los Shadow.
Si conseguíamos entrar, Lyra estaría a salvo.
El hijo de Cony también.
—¡Ya casi llegamos! —grité.
Miré hacia atrás.
Cony corría unos metros detrás de mí.
Llevaba a su pequeño hijo entre los brazos.
El niño lloraba desconsoladamente y escondía el rostro contra el cuello de su madre.
Cony estaba agotada.
Tenía varias heridas en los brazos y una de sus piernas comenzaba a fallarle.
—¡Cony, debes correr un poco más!
—¡Lo intento!
—¡Vamos!
Apreté a Lyra contra mi pecho y seguí avanzando.
Cada paso dolía.
Mis pulmones ardían.
Mi corazón parecía querer escapar de mi pecho.
Pero no podía detenerme.
No podía hacerlo.
No mientras tuviera a mi hija en brazos.
No mientras pudiera escuchar los gritos detrás de nosotros.
Finalmente llegamos.
Las puertas de Eden estaban frente a nosotros.
—¡Ahí está! —gritó Cony.
Sentí alivio.
Por primera vez en horas, pensé que quizá lograríamos sobrevivir.
Pero entonces recordé algo.
Las puertas estaban cerradas.
Para abrirlas necesitábamos magia.
—Luna...
Ella me miró.
—Lo sé.
Se acercó hasta las enormes puertas.
—Tenemos que hacerlo rápido.
Comencé a pronunciar el conjuro.
Las runas comenzaron a iluminarse.
Sentí la magia recorrer mis manos.
—Vamos... vamos...
Una explosión retumbó detrás de nosotros.
Los Shadow estaban cada vez más cerca.
Cony abrazó con fuerza a su hijo.
Yo hice lo mismo con Lyra.
—¡Lina! —gritó Luna.
La miré.
—¿Qué?
Ella observó a los niños.
Después me miró a mí.
Y supe que había tomado una decisión.
—Cuando la puerta se abra, ustedes cruzarán.
Fruncí el ceño.
—¿Qué estás diciendo?
—Mis ahijados tienen que estar a salvo.
—Luna...
—Cruzaré detrás de ustedes.
—No me mientas.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No puedo dejar que entren solos.
—Entonces entra con nosotros.
—No.
—¡Luna!
—Si cruzamos los cinco, los Shadow podrían entrar detrás de nosotros.
Me quedé paralizada.
Ella tenía razón.
La barrera debía cerrarse inmediatamente después de que nosotros cruzáramos.
Y alguien tenía que quedarse fuera para impedir que los perseguidores atravesaran el espacio antes de que la puerta terminara de sellarse.
—Mis ahijados deben estar a salvo —repitió.
—Tú también eres mi familia.
Luna sonrió entre lágrimas.
—Lo sé.
Cony comenzó a llorar.
—No... no hagas esto.
—Cony...
—¡No podemos dejarte!
Luna se acercó y besó la frente de su ahijado.
Después hizo lo mismo con Lyra.
—Cuídenlos.
—¡Luna, por favor! —sollozó Cony.
—Prométemelo.
Cony asintió mientras lloraba.
—Lo prometo.
Las runas brillaron con mayor intensidad.
La puerta comenzó a abrirse.
—¡Ahora! —gritó Luna.
—¡No! —respondí.
Ella me miró.
—Lina, entra.
—No voy a dejarte.
—Tienes a Lyra.
Miré a mi hija.
Después a Luna.
Ella sonrió.
Una sonrisa que jamás olvidaré.
—Ella necesita a su madre.
Las lágrimas comenzaron a caer por mi rostro.
—Tú también tienes una familia que te necesita.
—Y por eso mismo estoy haciendo esto.
La puerta terminó de abrirse.
—¡Entren!
Cony me tomó del brazo.
—¡Lina!
—¡No!
—¡Tenemos que hacerlo!
—¡Luna!
Ella se quedó del otro lado.
Los Shadow aparecieron entre el humo.
Luna levantó sus manos.
Una barrera mágica apareció frente a ella.
—¡CORRAN!
Entré con Lyra en brazos.
Cony hizo lo mismo con su hijo.
Pero yo no dejaba de mirar hacia atrás.
Luna seguía allí.
Sola.
Defendiendo la entrada.
—¡LUNA!
Ella me miró una última vez.
—¡Cuida de ellos!
—¡NO!
Las puertas comenzaron a cerrarse.
—¡LINA, VETE!
Golpeé desesperadamente la madera.
—¡LUNA!
La vi levantar una mano.
Por un instante, nuestros ojos se encontraron.
Y entonces las puertas se cerraron.
El golpe resonó por toda la ciudad.
Me quedé inmóvil.
Después golpeé la puerta con ambas manos.
—¡ABRAN!
Nada.
—¡ABRAN LA PUERTA!
Lyra comenzó a llorar.
El pequeño hijo de Cony también.
Ambos habían comprendido que algo terrible acababa de suceder.
Que la mujer que habían llamado tía durante toda su corta vida ya no estaba con ellos.
—¡Luna! —grité mientras golpeaba nuevamente la puerta.
Cony me abrazó por detrás.
—Lina...
—¡Suéltame!
—No podemos volver.
—¡Tenemos que sacarla!
—No podemos.
Me giré hacia ella.
—¡Es nuestra hermana!
Cony lloraba.
—Lo sé.
Miré nuevamente la puerta.
Del otro lado todavía podían escucharse explosiones.
Luego...
Silencio.
Un silencio que dolía más que cualquier grito.
Apreté a Lyra contra mi pecho.
Mi hija escondió el rostro contra mi cuello.
Yo cerré los ojos.
No sabía si Luna seguía viva.
No sabía si volvería a verla.
Pero en lo más profundo de mi corazón sentí algo.
Algo que no podía explicar.
Una sensación extraña.
Como si el destino acabara de mover una pieza sobre un tablero que ninguno de nosotros podía ver.
Y mientras las lágrimas seguían cayendo por mi rostro, una certeza se instaló en mi corazón.
Aquella guerra no había terminado.
Apenas estaba comenzando.