Morgana tiene 24 años y siente que su vida se detuvo entre los campos de soja de Entre Ríos. Cansada de la monotonía, del trabajo pesado y de la presión de un futuro trazado por su familia, decide armar las valijas y mudarse a la provincia de Buenos Aires en busca de una nueva oportunidad.
Sin embargo, el cambio de aire resulta ser más caótico de lo que esperaba. En medio del bullicio de la gran ciudad y durante una multitudinaria marcha manifestante, un choque fortuito cambia sus planes por completo: termina cara a cara con el hijo mimado de la presidenta de Argentina.
Entre el choque de dos mundos opuestos -la vida rural y humilde contra el privilegio y la política de alto nivel-, Morgana se verá envuelta en un torbellino de secretos, flashes de prensa y una tensión inesperada de la que no podrá escapar tan fácilmente.
NovelToon tiene autorización de Ana Luz Albarracín para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 14
Me separé lentamente de él y lo miré a los ojos:
—¿Por qué te vas a París?
Elian me miraba con esa sonrisa dulce que en este momento me estaba revolviendo el estómago.
—No puedo olvidar a Alexandra y necesito confesarle mi amor.
Lo miré a los ojos sintiendo que mi corazón se rompía en mil pedazos, pero fingí que no lo sentía.
—Pero si sabés que ella ya te rechazó una vez porque había estado con tu hermano...
Él bajó la mirada, pero rápidamente la subió. Logré ver en su mirada un anhelo que nunca fue para mí.
—Yo solamente necesito verla. El corazón no decide de quién enamorarse; además, ella terminó hace muchos años con mi hermano.
—Está bien, yo te apoyo y te esperaré cuando vuelvas.
Lo abracé llorando y él soltó una risita mientras me daba palmaditas en la espalda.
—¿Dónde está la loca que vi por primera vez en la universidad?
Me solté de su agarre mientras me limpiaba las lágrimas.
—Sos un tonto.
El sonido de la puerta al cerrarse resonó en el taller con una frialdad absoluta. Elian se había ido, dejando tras de sí una estela de perfume familiar y la promesa vacía de un regreso que ya no significaba nada.
Me quedé de pie en medio de la habitación, fijando la vista en el lienzo que descansaba sobre el caballete. El retrato que nos mostraba juntos, sonrientes y cercanos, ahora se sentía como una ilusión amarga. Un bonito gesto con el que él intentaba compensar la verdad que había estado ocultando.
«Alexandra».
El nombre me daba vueltas en la cabeza. Durante un año entero me había alimentado de falsas esperanzas, creyendo que el cariño que Elian me mostraba podía transformarse en algo más. Me había esforzado por encajar en su entorno, por resistir los desprecios de su familia y sostener la cabeza en alto, convencida de que valía la pena estar a su lado.
Pero la realidad me golpeó de lleno: jamás había tenido una oportunidad. Mientras yo me ilusionaba con cada gesto suyo, él solo veía en mí a una buena amiga, una confidente a la cual dejarle un recuerdo antes de cruzar el océano por la mujer que verdaderamente amaba.
Llevé las manos a mi rostro y me limpié las lágrimas con cierta rabia. La tristeza empezó a darle paso a una dura claridad. Caín tenía razón en algo: insistir en un lugar donde no me correspondían solo servía para salir lastimada.
Me acerqué al caballete y miré la pintura por última vez. Elian podía volar a París a buscar su pasado, pero yo no me iba a quedar esperándolo ni jugando el rol de la amiga devota que sufre en silencio.
Pasaron los días y finalmente llegó la fecha en que Elian se iba a París. Mi corazón ardía con un resentimiento silencioso contra él por dejarme para ir tras su primer amor, pero ¿qué podía hacer yo? Solo era «la caridad», como siempre me había repetido Caín. Y yo, como una tonta, creía que mentía; pobre ilusa.
Ya en el aeropuerto, estábamos solamente Hestia y yo acompañándolo.
Elian se acercó primero a Hestia y se abrazaron durante un largo tiempo. Él le dijo algo en voz baja que hizo que mi corazón se encogiera dolorosamente:
—Por favor, cuídala; te lo pido a vos porque Caín está cegado por su odio y no quiero que le pase algo. Ella es muy importante para mí.
Hestia asintió con la cabeza mientras algunas lágrimas se asomaban en sus ojos.
—La cuidaré, pero vos prometeme que volverás sano y salvo.
—Claro que sí, Hestia.
Se dieron un último abrazo y él se dirigió hacia mí.
—Morgi, espero verte cuando vuelva.
Sonreí y lo golpeé amistosamente en el brazo.
—Espero que la conquistes, te mereces ser feliz, Elian.
Me abrazó y besó mi frente.
—Adiós, chicas, y cuídense mucho.
Con una sonrisa se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el embarque.
El regreso a casa se sintió vacío. Al cruzar el umbral e intentar cerrar la puerta, las llaves se me cayeron al suelo y rompí a llorar.
Lloré hasta agotarme y me terminé durmiendo en el suelo de mi propio apartamento.