Tras los frío ojos del príncipe Jack hay un fuego que intenta controlar, ¿un diario robado y el amor de una joven dama sera suficiente para derribar las murallas del príncipe?
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El Peso de un Secreto
Las semanas de cortejo oficial transcurrieron con una intensidad tranquila pero profunda. En la corte, la imagen del Príncipe Jack y Lady Jessica se había transformado en el estándar indiscutible de la elegancia y el respeto aristocrático. Sin embargo, para Jessica, cada mirada sincera que Jack le dedicaba, cada palabra de devoción madura que él pronunciaba a solas durante sus paseos por los jardines, se convertía en un dulce tormento para su conciencia.
Jack había demostrado una vulnerabilidad inmensa al pedir su mano a su padre, al desnudarse emocionalmente frente a ella y al empeñar su honor de caballero para construir un futuro juntos sobre la verdad. Mientras tanto, Jessica sentía que el inicio de esa reconexión había surgido de una trampa: haber leído el cuaderno privado del príncipe, haber descubierto sus debilidades y haber usado esas revelaciones para provocarlo e inclinar la balanza a su favor.
En la soledad de sus aposentos, Jessica sacó el diario envuelto en la pañoleta de seda de su compartimento secreto. Tocó el cuero negro desgastado y las esquinas de bronce.
—Él confía en mí con absoluta honestidad... y yo comencé este baile con un secreto robado —susurró Jessica para sí misma, contemplando el cuaderno a la luz de las velas.
Clara entró sigilosamente a la habitación para preparar el baño nocturno, notando la expresión atribulada de su señora.
—Mi lady —dijo la doncella con suave preocupación—, el príncipe acaba de enviarle esta nota con la guardia ducal.
Jessica tomó la nota firmada con el sello de halcón de la casa Valenvoir. La caligrafía angulosa y firme de Jack decía:
"Mañana a medianoche, si su salud lo permite, la esperaré en el Pabellón de Vidrio del Jardín Real. He solicitado el consentimiento de su carabina para un breve encuentro antes de mi partida de dos días hacia la frontera norte para inspeccionar a la caballería. Deseo verla antes de marchar.
J.v.V."
Jessica apretó la carta contra su pecho. Supo en ese instante que no podía permitir que Jack partiera al norte llevando consigo la ilusión de una transparencia absoluta mientras ella guardaba esa culpa en el pecho. Decidió que esa misma noche le entregaría el diario, sin importar cuáles fueran las consecuencias o el enojo que pudiera desatar en el hombre que amaba.
El Pabellón de Vidrio era un santuario circular iluminado por pequeños faroles de aceite colgados del techo de forja. Afuera, la escarcha invernal creaba patrones cristalinos en los ventanales, aislándolos del resto del mundo palaciego.
Jack esperaba de pie cerca de la mesa central, vistiendo su capa pesada sobre el uniforme de viaje. Sus nudillos, aunque ya sin vendas, aún mostraban ligeras cicatrices rosadas que recordaban la tormenta pasada.
Cuando Jessica entró a la estancia acompañada por la sombra discreta de su guardia a la distancia exterior, la mirada gris de Jack se suavizó de inmediato.
—Jessica —saludó el príncipe, acortando el paso para tomar la mano enguantada de la duquesa y llevarla a sus labios con reverencia impecable—. Le agradezco que haya acudido. Quería asegurarme de que se encuentra bien antes de marchar al norte.
—Jack... —comenzó ella, pero su voz tembló ligeramente, despojándose de la soltura habitual.
El príncipe entrecerró los ojos, notando la palidez en el rostro de la joven y la inquietud en sus pupilas.
—¿Ocurre algo? ¿Alguien en la corte ha osado faltarle al respeto? —inquirió él con una nota instantánea de severidad en su tono.
—No, no es nada de la corte —interrumpió Jessica. Con manos temblorosas, metió la mano bajo los pliegues de su capa pesada y extrajo el objeto envuelto en la seda oscura que había llevado consigo durante meses.
Extendió los brazos y colocó el paquete sobre la mesa de madera entre los dos. Con un movimiento lento, retiró la tela, dejando al descubierto el cuaderno de cuero negro con el halcón imperial grabado en el centro.
Jack se congeló.