Una mujer atrapada en un matrimonio que dejó de hacerla feliz conoce a otra mujer que despierta en ella un amor inesperado, obligándola a enfrentarse a sus miedos, sus secretos y a las consecuencias de elegir entre la vida que construyó y el amor que jamás se atrevió a imaginar.
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Capítulo 2: Una amistad demasiado peligrosa
A las siete de la mañana, Victoria llevaba casi dos horas despierta.
No había podido dormir.
Cada vez que cerraba los ojos aparecía el mismo rostro.
Lucía.
Intentó convencerse de que no significaba nada.
Habían tomado un café.
Habían hablado.
Se habían abrazado.
Eso era todo.
Una vieja amiga había reaparecido después de diez años y, después de una noche difícil, Victoria había encontrado en ella un poco de consuelo.
Nada más.
Eso era lo que debía ser.
Sin embargo, había algo que no podía negar.
Cuando pensaba en Lucía, sonreía.
Y cuando pensaba en Daniel, sentía un cansancio profundo.
Victoria tomó el teléfono que estaba sobre la mesa de noche.
Abrió la conversación.
El último mensaje seguía allí.
“Espero que hayas llegado bien. Me gustó mucho verte.”
Victoria lo había leído tantas veces que prácticamente podía verlo con los ojos cerrados.
Estuvo a punto de responder.
Pero escuchó pasos en el pasillo.
Bloqueó el teléfono.
Daniel apareció en la puerta.
—¿Ya estás despierta?
—Sí.
Él la observó durante unos segundos.
—¿Dormiste?
—Poco.
Daniel entró.
—Yo tampoco.
Victoria se incorporó.
—¿Por qué?
—Por lo que hablamos anoche.
Ella bajó la mirada.
Daniel se sentó en el borde de la cama.
—No quiero perderte.
Victoria permaneció en silencio.
—Victoria, mírame.
Ella levantó los ojos.
—Te amo.
Aquellas palabras deberían haberla hecho sentir algo.
Pero no lo hicieron.
Y eso fue precisamente lo que más miedo le dio.
—Yo también te quiero —respondió.
Daniel frunció el ceño.
—¿Me quieres?
Victoria sintió el golpe de la pregunta.
—Sí.
—No dijiste “te amo”.
Ella apartó la mirada.
—Daniel...
—¿Hay algo que no me estás diciendo?
—No.
—¿Segura?
—Sí.
Daniel se levantó.
—Porque ayer dijiste que nuestro matrimonio quizá ya no funciona.
—Estaba enojada.
—¿Y hoy?
Victoria respiró profundamente.
—Hoy estoy confundida.
Daniel caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo.
—Voy a luchar por nosotros.
Victoria lo miró.
—No sé si quiero que luches.
Daniel se quedó inmóvil.
Después salió.
Victoria cerró los ojos.
Y entonces su teléfono vibró.
Era Lucía.
“Buenos días. ¿Estás bien?”
Victoria sintió que el corazón le daba un pequeño salto.
Miró hacia la puerta.
Después escribió:
“Sí. Solo tuve una noche complicada.”
La respuesta llegó casi inmediatamente.
“Entonces déjame invitarte a desayunar.”
Victoria sonrió.
Pero la sonrisa desapareció cuando escuchó nuevamente la voz de Daniel desde abajo.
—¡Victoria!
Ella apagó la pantalla.
—¿Qué?
—¿Podemos hablar?
—Sí.
Guardó el teléfono en el cajón.
Y bajó.
---
Daniel estaba en la cocina.
Sobre la mesa había dos fotografías.
Victoria las reconoció.
Eran fotografías de su boda.
—¿Por qué las sacaste?
Daniel tomó una de ellas.
—Porque quiero recordar quiénes éramos.
Victoria observó la fotografía.
Ella llevaba un vestido blanco.
Daniel la abrazaba por la cintura.
Ambos sonreían.
Parecían felices.
Pero Victoria sintió que estaba mirando a dos desconocidos.
—Éramos jóvenes —dijo.
—Éramos felices.
Victoria no respondió.
—¿Ya no lo eres?
Ella cerró los ojos.
—No lo sé.
Daniel golpeó suavemente la mesa con los dedos.
—Hay alguien.
Victoria levantó la mirada.
—No.
—Entonces explícame por qué estás así.
—Porque estoy cansada.
—¿De mí?
Victoria guardó silencio.
Daniel se acercó.
—Dímelo.
—No quiero pelear.
—Yo tampoco.
—Entonces déjalo.
—No puedo.
—¿Por qué?
Daniel la miró con desesperación.
—Porque eres mi esposa.
Victoria sintió un nudo en la garganta.
—Eso no significa que puedas obligarme a quedarme.
Daniel se quedó callado.
Aquella frase cambió el ambiente.
—¿Quieres irte? —preguntó finalmente.
Victoria sintió que las palabras se atoraban.
—No sé.
—¿Quieres divorciarte?
—No sé.
—¿Quieres estar con otra persona?
Victoria sintió que el corazón se le aceleraba.
No respondió.
Daniel entendió el silencio de una manera distinta.
—Existe alguien.
—No.
—Entonces dime que no.
Victoria abrió la boca.
Pero no pudo hacerlo.
Daniel dio un paso atrás.
—Dios mío.
—Daniel...
—¿Quién es?
—No hay nadie.
—¡Entonces dime que no existe!
Victoria se quedó paralizada.
Y ese segundo de silencio fue suficiente.
Daniel tomó las fotografías y las arrojó sobre la mesa.
—¿Quién es?
—No voy a hablar de esto.
—¿Es un hombre?
Victoria lo miró.
—No.
Daniel frunció el ceño.
—¿Entonces?
Victoria sintió que el mundo se detenía.
—Es una amiga.
Daniel soltó una risa amarga.
—Claro.
—No pasa nada.
—¿Cómo se llama?
Victoria no respondió.
—¿Cómo se llama?
—Lucía.
El rostro de Daniel cambió.
—¿Lucía?
—Una amiga de la universidad.
—¿La conociste ayer?
Victoria asintió.
Daniel la observó con incredulidad.
—¿Y ya estás pensando en ella?
—No estoy pensando en ella.
Mentira.
Sí estaba pensando en ella.
Daniel se acercó.
—¿Te gusta?
Victoria sintió que no podía respirar.
—No sé.
—¿Te gusta una mujer?
Ella cerró los ojos.
No sabía qué responder.
Porque la verdad era mucho más complicada.
No sabía si estaba enamorada de Lucía.
No sabía si aquello era simplemente una atracción.
No sabía siquiera qué significaba.
Solo sabía que cuando Lucía la miraba, algo dentro de ella despertaba.
—No sé qué me está pasando —susurró.
Daniel se quedó inmóvil.
—Entonces averígualo.
Victoria levantó la mirada.
—¿Qué?
—Averigua qué quieres.
—Daniel...
—Pero no vuelvas a mentirme.
Tomó sus llaves.
—¿Adónde vas?
—A trabajar.
—¿Así nada más?
—Necesito pensar.
Abrió la puerta.
—Y tú también deberías hacerlo.
La puerta se cerró.
Victoria quedó sola.
---
A las diez y cinco, Lucía volvió a escribir.
“¿Desayuno?”
Victoria miró el mensaje.
Su primer impulso fue responder que sí.
Su segundo fue recordar la mirada de Daniel.
Su tercer impulso fue ignorar el teléfono.
Pero entonces llegó otro mensaje.
“Si no puedes, lo entiendo.”
Victoria escribió:
“Sí puedo.”
La respuesta llegó inmediatamente.
“Entonces a las once. Conozco un lugar.”
---
El restaurante era pequeño y tranquilo.
Lucía ya estaba allí cuando Victoria llegó.
Al verla, sonrió.
—Pensé que no vendrías.
—Yo también.
Lucía soltó una pequeña risa.
—Eso suena complicado.
—Lo es.
Se sentaron.
Durante algunos minutos hablaron de cosas sin importancia.
Pero Lucía no tardó en notar que Victoria estaba distraída.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Victoria.
—¿Sí?
—Ayer te dije que podías contarme todo.
Ella la miró.
—Mi esposo sabe de ti.
Lucía dejó de sonreír.
—¿Qué sabe?
—Que te vi.
—¿Y?
—Sospecha.
—¿De nosotros?
Victoria negó con la cabeza.
—No hay un “nosotros”.
Lucía sostuvo su mirada.
—¿Estás segura?
Victoria sintió un escalofrío.
—Sí.
Lucía bajó la mirada.
—Bien.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque ayer, cuando nos despedimos...
Se quedó callada.
—¿Qué?
Lucía levantó los ojos.
—Sentí algo.
Victoria dejó de respirar durante un instante.
—¿Qué sentiste?
—No lo sé.
—Dímelo.
Lucía sonrió nerviosamente.
—Que no quería soltarte.
Victoria sintió que el rostro le ardía.
—Lucía...
—No te estoy pidiendo nada.
—Estoy casada.
—Lo sé.
—Y no quiero hacerte daño.
—No me estás haciendo daño.
—Pero esto...
Victoria no terminó la frase.
Lucía la completó.
—Esto puede complicarse.
Las dos se quedaron en silencio.
Finalmente, Lucía preguntó:
—¿Eres feliz con él?
Victoria miró por la ventana.
—No.
Lucía bajó la voz.
—Entonces, ¿por qué sigues ahí?
Victoria tragó saliva.
—Porque ocho años no desaparecen de un día para otro.
—No.
—Hay una casa.
—Sí.
—Una familia.
—Sí.
—Recuerdos.
Lucía asintió.
—Y miedo.
Victoria la miró.
—Mucho miedo.
Lucía estiró la mano sobre la mesa.
No llegó a tocarla.
Se detuvo a pocos centímetros.
—No tienes que decidir nada hoy.
Victoria miró aquella mano.
Después colocó lentamente la suya sobre ella.
Sus dedos se rozaron.
Fue apenas un contacto.
Pero las dos sintieron el impacto.
Victoria retiró la mano inmediatamente.
—Perdón.
Lucía sonrió con tristeza.
—No tienes que disculparte.
---
Al salir del restaurante, Victoria recibió una llamada.
Daniel.
—¿Sí?
—¿Dónde estás?
Victoria miró a Lucía.
—Trabajando.
Hubo silencio.
—¿Segura?
—Sí.
—¿Con quién?
Victoria cerró los ojos.
—Daniel...
—Solo quiero saber.
—Estoy con una compañera.
Lucía la miró.
Victoria sintió culpa por la mentira.
—Nos vemos en casa.
Daniel colgó.
Lucía preguntó:
—¿Le mentiste?
Victoria asintió.
—Sí.
—No quiero que hagas eso por mí.
—No lo hice por ti.
—¿Entonces?
Victoria tardó en responder.
—Lo hice porque no quería que supiera que estaba contigo.
Lucía la miró profundamente.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
---
Esa tarde, Victoria regresó a casa.
Daniel no estaba.
Sobre la mesa había un sobre.
Victoria lo abrió.
Dentro había una fotografía.
Era una imagen de ella y Lucía saliendo del restaurante.
Victoria sintió que la sangre se le congelaba.
En la fotografía, Lucía tenía una mano apoyada en su brazo.
No estaban haciendo nada indebido.
Pero desde cierto ángulo parecía una escena íntima.
Detrás de la fotografía había una nota.
“¿Esto también es solo amistad?”
Victoria sintió miedo.
Miró alrededor.
—¿Daniel?
Nadie respondió.
Subió las escaleras.
La habitación estaba vacía.
Entonces escuchó el sonido de la puerta principal.
Daniel había llegado.
Victoria bajó.
Él estaba parado en la entrada.
—¿Dónde estabas?
Ella levantó la fotografía.
—¿Qué es esto?
Daniel no respondió.
—¿Me estás siguiendo?
—No.
—Entonces, ¿cómo conseguiste esta fotografía?
—No importa.
—¡Claro que importa!
Daniel se acercó.
—Lo que importa es que me estás mintiendo.
—Te dije que Lucía es mi amiga.
—¿Una amiga que conociste ayer y con la que ya sales a desayunar?
Victoria se quedó callada.
—¿Cuánto tiempo llevas sintiendo algo por ella?
—No siento nada.
—Mírame y dilo.
Victoria lo miró.
—No siento nada.
Daniel sostuvo su mirada.
—No te creo.
—Ese es tu problema.
—No, Victoria. El problema es que tú tampoco sabes lo que sientes.
Ella sintió que las lágrimas comenzaban a aparecer.
—No tienes derecho a juzgarme.
—Soy tu esposo.
—Precisamente.
Daniel bajó la voz.
—¿La amas?
Victoria quedó inmóvil.
—No sé.
—¿Te has besado con ella?
—No.
—¿La deseas?
Victoria sintió que aquella pregunta atravesaba su pecho.
—No voy a responderte.
Daniel cerró los ojos.
—Eso es suficiente.
—¿Suficiente para qué?
—Para saber que mi matrimonio está en peligro.
Victoria sintió una mezcla de rabia y tristeza.
—Nuestro matrimonio estaba en peligro mucho antes de que Lucía apareciera.
Daniel la miró.
—Entonces quizá ella solo vino a darte el valor para terminarlo.
Victoria no respondió.
Porque, en el fondo, aquella posibilidad la aterrorizaba.
Daniel tomó la fotografía.
—Quiero que no vuelvas a verla.
Victoria levantó la mirada.
—No puedes decidir eso.
—Soy tu esposo.
—Y yo soy una persona.
—Victoria...
—No voy a dejar de verla porque tú tengas miedo.
Daniel apretó la mandíbula.
—Entonces tendrás que elegir.
Ella sintió un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
—Ella o yo.
Victoria lo miró.
El silencio se volvió insoportable.
—No me obligues a elegir.
—Ya lo estás haciendo.
Daniel dejó la fotografía sobre la mesa.
—Si vuelves a verla, no sé qué va a pasar con nosotros.
Subió las escaleras.
Victoria permaneció inmóvil.
Minutos después, tomó el teléfono.
Abrió la conversación con Lucía.
Escribió:
“Tenemos que dejar de vernos.”
Se quedó mirando la frase.
La borró.
Escribió:
“Mi esposo sabe de ti.”
La envió.
Lucía tardó unos segundos en responder.
“¿Estás bien?”
Victoria escribió:
“Me pidió que no te volviera a ver.”
Lucía respondió:
“¿Y tú qué quieres?”
Victoria sintió que las lágrimas comenzaban a caer.
Miró las escaleras.
Miró la fotografía.
Miró su anillo de matrimonio.
Y después escribió algo que jamás había imaginado que tendría el valor de decir.
“Quiero verte.”
Lucía tardó en responder.
Finalmente apareció un mensaje.
“Entonces ven.”
Victoria se quedó inmóvil.
—No puedo —susurró.
Pero sus dedos ya estaban escribiendo.
“¿Dónde?”
---
Media hora después, Victoria salió de casa.
No le dijo nada a Daniel.
Condujo hasta el lugar que Lucía le había indicado.
Era un pequeño mirador a las afueras de la ciudad.
Lucía estaba esperándola.
Cuando Victoria bajó del automóvil, la vio.
No dijo nada.
Lucía tampoco.
Victoria caminó hacia ella.
—No debería estar aquí.
—Lo sé.
—Mi esposo está furioso.
—Lo sé.
—Esto está mal.
Lucía bajó la mirada.
—Entonces dime que me vaya.
Victoria se quedó frente a ella.
Abrió la boca.
Pero no pudo decirlo.
Lucía levantó lentamente la mirada.
—Victoria...
—No sé qué me pasa contigo.
—No tienes que saberlo.
—Cuando estoy contigo siento que puedo respirar.
Lucía se quedó inmóvil.
—Y cuando me alejo de ti, siento que estoy haciendo algo que no debería.
—Porque estás casada.
Victoria asintió.
—Sí.
Lucía dio un paso atrás.
—Entonces quizá debería irme.
Victoria sintió un vacío inmediato.
—No.
Lucía la miró.
—¿No?
Victoria negó con la cabeza.
—No te vayas.
Lucía se acercó nuevamente.
Quedaron frente a frente.
Apenas unos centímetros las separaban.
Victoria podía sentir su respiración.
—Si me quedo —susurró Lucía—, esto va a cambiar.
Victoria cerró los ojos.
—Ya cambió.
Lucía levantó una mano y acarició suavemente su mejilla.
Victoria no se apartó.
Durante unos segundos ninguna habló.
Entonces Victoria abrió los ojos.
Sus miradas se encontraron.
Y justo cuando parecía que la distancia entre ellas iba a desaparecer...
El teléfono de Victoria comenzó a sonar.
Ambas se separaron.
Victoria miró la pantalla.
Daniel.
Pero no era una llamada.
Era un mensaje.
“Sé dónde estás.”
Victoria sintió que el cuerpo se le helaba.
Lucía vio su expresión.
—¿Qué pasó?
Victoria levantó lentamente la mirada.
—Daniel sabe dónde estamos.
Lucía palideció.
A lo lejos, unas luces aparecieron en la carretera.
Un automóvil se acercaba.
Victoria reconoció inmediatamente el vehículo.
—Es él.
Lucía tomó su mano.
—Tenemos que irnos.
Pero Victoria no se movió.
Por primera vez en su vida, estaba frente a una decisión que ya no podía posponer.
Y mientras el automóvil se acercaba, Victoria comprendió algo que le dio más miedo que cualquier discusión con Daniel.
No tenía miedo de que él descubriera que estaba con Lucía.
Tenía miedo de que, cuando tuviera que elegir, eligiera a Lucía.