Los malentendido de mantener un amor oculto, los fantasmas de un rey que no sabe expresar amor y una segunda op0rtunodad que Anastacia no desperdiciaría
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Sombras en el Salón de Invierno
A pesar del ambiente de aparente estabilidad y de la apasionada cercanía que florecía entre los reyes, la atmósfera en el castillo de Veloria continuaba siendo un terreno frágil donde el pasado y las normas sociales imponían un peso aplastante.
A mediados de la estación, con las primeras nevadas cubriendo los aleros de piedra de la fortaleza, la corona ofreció un ala de recepción para los dignatarios locales e inspectores de las provincias del oeste. El evento, menos formal que un banquete de gala pero repleto de intrigas palaciegas, se celebró en el Salón de Invierno, una estancia revestida de maderas oscuras y alumbrada por hileras de arañas de cristal.
Anastasia observaba desde una mesa lateral la interacción de los nobles mientras Nataniel, con su porte severo e imponente, conversaba con los generales de la frontera. Aunque el rey mantenía su compostura profesional, su mirada buscaba periódicamente la figura de su esposa entre la multitud, enviándole destellos de atención que hacían palpitar el corazón de la reina.
En uno de los flancos del salón, el comandante Bruno cumplía con sus funciones de protocolo y seguridad. Por indicación directa del consejo para estrechar lazos con las familias aristocráticas del norte, Bruno se vio obligado a atender a la hija de un influyente marqués, una joven dama de la corte que no disimulaba su admiración por el victorioso militar.
Bruno, educado bajo la estricta cortesía de la guardia, escuchaba las risas de la dama y respondía con una sonrisa afable y respetuosa, inclinándose levemente para escuchar sus comentarios sobre el clima de las cordilleras.
A pocos metros de distancia, parado detrás de una de las columnas decorativas del salón, Óscar presenciaba la escena.
Para el joven conde sureño, ver a Bruno sonreírle con tanta soltura y calidez a una mujer de la nobleza fue como sentir una daga atravesándole el pecho. Aunque sabía que el comandante solo cumplía con sus deberes de etiqueta y que las leyes del reino condenaban cualquier otra posibilidad, la ilusión contenida en su corazón se desmoronó por completo. La amarga realidad de su soledad, sumada al convencimiento de que un hombre tan varonil y admirado como Bruno jamás podría responder a sus sentimientos, lo sofocó en cuestión de segundos.
Óscar sintió que las lágrimas amenazaban con traicionarlo en medio de la recepción. Dando media vuelta con la respiración entrecortada, abandonó el salón a pasos apresurados, buscando la penumbra y la soledad de los pasillos secundarios.
Anastasia, que mantenía una vigilancia constante sobre su amigo desde la distancia, notó de inmediato la palidez en el rostro de Óscar y la forma en que huyó del lugar. Con disimulo, la reina se disculpó con las damas de honor que la acompañaban y se deslizó fuera del salón para seguirlo.
El corredor del ala este estaba desierto. Las antorchas de la pared proyectaban una luz tenue sobre los arcos de piedra, donde el eco del viento invernal colándose por los ventanales creaba un murmullo melancólico.
Anastasia encontró a Óscar refugiado en una pequeña hornacina junto a un ventanal. El joven noble estaba apoyado contra el muro, con el rostro oculto entre sus manos y los hombros temblándole violentamente por un llanto amargo y silencioso.
—Óscar... —susurró Anastasia con infinita ternura, acercándose a él.