Sofía Nieto reservó una habitación de hotel para entregarle su primera vez al novio con quien llevaba dos años.
Pero, en la oscuridad, terminó abrazando al hombre equivocado.
A la mañana siguiente despertó desnuda junto a Damián Godoy: un magnate diez años mayor que ella, dueño de un imperio empresarial y conocido en toda Ciudad Aurora como el Verdugo. Frío, dominante y peligrosamente poderoso, Damián estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba.
Y desde aquella noche, empezó a desearla a ella.
Sofía quiso olvidarlo y volver con su novio. Sin embargo, descubrió que él la había traicionado y acababa de casarse con la mujer que provocó el error del hotel. Como si eso no bastara, un accidente dejó a su padre al borde de la muerte y a su familia con una deuda de medio millón de pesos.
Damián pagó la deuda.
Pero no pensaba dejarla desaparecer después.
—Me debes medio millón, nena. Y pienso cobrarlo.
Sofía entra así en el mundo del hombre más temido de la ciudad: su empresa, su casa y una relación que debía terminar en cuanto la deuda quedara saldada.
Para Damián, ella solo sería un antojo pasajero.
Hasta que comenzó a ponerse celoso de cualquier hombre que la mirara.
Hasta que fue incapaz de dormir sin tenerla entre sus brazos.
Hasta que estuvo dispuesto a enfrentar a su familia, a sus enemigos y al mundo entero con tal de protegerla.
Pero Sofía no quiere cambiar una deuda por una jaula. Mientras lucha por construir una carrera, comprar su propia casa y dejar de vivir para los demás, deberá descubrir si Damián realmente la ama… o si solo desea poseerla.
Él creyó que terminaría cansándose de ella.
No sabía que aquella muchacha que entró por error en su cama acabaría convirtiéndose en su única debilidad.
En su antojo.
En su adicción más dulce.
NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 7
Capítulo 7: Estamos a mano
No sé en qué momento dejé de resistirme.
Quizá fue el saco tibio sobre los hombros. Quizá fue el "no me gusta verte así" dicho sin ganancia de por medio. Quizá fue que llevaba semanas —meses— cargando sola con todo: la deuda de medio millón, la espalda rota de mi papá, la humillación en la cocina de doña Lidia, el pagaré firmado como una ladrona, el desamor de Kevin, la sombra de Brenda en cada esquina de mi vida. Y ese hombre —el peor de todos, el que menos me convenía, el acreedor, el Verdugo, el que me había besado a la fuerza en un auto— fue el único, en toda esa noche horrible, que se bajó de un coche caliente bajo la lluvia a taparme con un paraguas.
La vida es rara. A veces la mano que te rescata es la misma que te empujó al pozo. Y una, cuando se está ahogando, no se fija de quién es la mano.
Me llevó a su departamento, uno cerca del de Kevin —qué ironía, a unas cuadras del hombre que acababa de dejar—, ancho y frío y carísimo, todo mármol gris y ventanales del piso al techo que daban a la ciudad mojada, con las luces de los edificios temblando en el agua. Ni un cuadro, ni una planta, ni una foto. Una casa de hombre solo, ordenada como un quirófano, sin una sola señal de que ahí viviera alguien capaz de reírse.
Me pasó una toalla gruesa, blanquísima, y una camisa suya que me quedaba enorme, y me metió al baño a cambiarme.
—No te vayas a enfermar —dijo, y fue casi una orden—. Ahorita te hago algo caliente.
Me miré en el espejo del baño: el pelo pegado a la cara, los ojos hinchados de llorar, la ropa chorreando. Una muchacha rota en la casa del peor hombre posible. Y aun así, por primera vez en semanas, alguien me había dicho "no te enfermes" como si le importara.
Cuando salí, él estaba de pie junto a la ventana, mirando la lluvia, con el labio ya sin rastro de mordida y el pelo húmedo.
Y yo me quebré.
No aguanté más. Todo lo que traía adentro —la humillación en la cocina de doña Lidia, el pagaré, el "¿habrías vuelto?", el desamor de dos años tirado a la basura— se me salió de golpe, y en lugar de llorar en un rincón, hice algo que todavía no me explico.
Crucé la sala, me paré de puntas y lo besé yo.
—————
Él se quedó quieto un segundo, sorprendido de que fuera yo la que buscaba. Luego me sujetó la cara con las dos manos y me devolvió el beso, hondo, pero distinto al del auto: sin violencia esta vez, sin amenaza, solo esa hambre suya y el temblor mío.
—Nena —murmuró contra mi boca—. ¿Segura?
No contesté con palabras. Le desabroché el primer botón de la camisa con dedos torpes, y eso fue todo lo que necesitó.
Me levantó en brazos como si no pesara nada y me llevó a la recámara. Ahí, sobre las sábanas oscuras, me fue quitando la camisa suya que yo traía puesta, despacio, mirándome a los ojos en la penumbra —no a oscuras como la primera vez, sino con la luz gris de la lluvia entrando por el ventanal, viéndonos por fin las caras. Su boca bajó por mi cuello, por mi clavícula, por cada lugar donde yo había cargado tensión durante semanas, y yo me arqueé contra él, buscando en su cuerpo un olvido que no encontraba en ningún otro lado.
Esta vez no cerré los ojos por vergüenza. Los cerré porque lo que sentía era demasiado. Sus manos me conocían de aquella noche, sabían dónde detenerse, dónde apretar, cuándo bajar el ritmo hasta que yo le clavaba las uñas en la espalda pidiéndole sin voz que no parara. Me susurraba cosas al oído, roncas, y yo dejé de pensar en Kevin, dejé de pensar en la deuda, dejé de pensar en todo lo que no fuera ese cuerpo firme moviéndose sobre el mío y la manera en que decía mi nombre —Sofía, no "nena", mi nombre— cuando por fin nos deshicimos los dos, temblando, empapados otra vez, esta vez de sudor y no de lluvia.
Después nos quedamos abrazados en silencio, mi corazón latiéndole contra las costillas, su mano trazándome despacio la espalda, mientras afuera seguía cayendo el agua contra el ventanal. No dijimos nada. No había nada que decir que no arruinara el momento. Yo había buscado en su cuerpo un olvido y lo había encontrado, aunque fuera prestado, aunque fuera por unas horas.
Esto está mal, pensé, con la mejilla sobre su pecho. Acabo de terminar con Kevin esta misma tarde y ya estoy aquí. Esto no soy yo.
Pero estaba tan cansada de ser fuerte, tan cansada de dar el brazo a torcer, tan cansada de la deuda y la humillación y el pagaré, que por una vez me dejé estar. Por una vez no pensé en lo que dirían, en el qué dirán, en si era decente o no. Por una vez fui yo la que tomó algo para sí misma.
Y lo que vino después fue lo que me desarmó de verdad.
—————
Damián se levantó, se puso los pantalones, y volvió con un plato hondo.
Caldo de pollo. Caliente. Me lo dio a cucharadas, sentado en la orilla de la cama, soplándole a cada cucharada antes de acercármela a la boca, serio, concentrado, como si darle de comer a una mujer rota fuera la cosa más importante del mundo.
—Come —dijo—. Andas en los huesos.
Comí. Y en algún momento de la madrugada me subió la fiebre. Treinta y nueve grados, tiritando bajo las cobijas, delirando un poco. Él me dio paracetamol, me puso paños fríos en la frente, y cuando eso no bastó, se metió bajo las sábanas y me abrazó, pegándome a su pecho, dándome su calor y quitándome el mío, toda la noche, sin dormir, con la mano en mi frente midiéndome la temperatura cada rato.
En algún momento de la madrugada, delirando, lo llamé "Kevin". Sentí que se tensó, que se quedó muy quieto en la oscuridad. Pero no me soltó. Me apretó más fuerte, casi con rabia, y me murmuró al oído, tan bajo que no supe si lo soñé:
—Ya se te va a olvidar ese nombre, nena. Yo me encargo.
Este hombre, pensé, entre la fiebre y el sueño, este hombre al que todos le tienen miedo, al que le dicen el Verdugo, me está cuidando como si yo le importara. Como nunca me cuidó Kevin en dos años.
No me lo esperaba de él. Un hombre que te compra con una deuda no te sopla el caldo ni te vela la fiebre. Y sin embargo ahí estaba, con la mano en mi frente, sin dormir. Esa grieta de ternura en un hombre de piedra fue lo más peligroso de toda esa noche. Más que el sexo, más que la deuda. Porque contra la crueldad una se defiende. Contra eso, no.
—————
Amanecí con la fiebre baja y la cabeza más clara. Damián dormía a mi lado, con el ceño fruncido hasta en sueños.
Me acordé de la deuda. Y se me ocurrió algo.
Cuando abrió los ojos, se lo dije de frente, con la poca dignidad que me quedaba:
—Los quinientos mil. Se los pago con lo de aquella noche del hotel y con lo de anoche. Y quedamos a mano. Y usted deja en paz a mi hermano. Para siempre.
Damián me miró un largo rato, con esos ojos negros que parecían estar calculando algo todo el tiempo. Después soltó una risa baja, ronca de sueño.
—Sales barata, nena. —Se estiró en la cama, sin ninguna pena—. Medio millón por dos noches. Hay quien cobra más y da menos.
—No sea grosero. —Me tapé con la sábana hasta la barbilla—. ¿Sí o no?
—Sí. Está bien. Estamos a mano. —Se puso serio un segundo—. Y a tu hermano no lo vuelvo a tocar. Tienes mi palabra. Yo cumplo lo que digo.
Sentí que me quitaban una losa de encima. Por fin. Por fin libre de esa deuda, de ese hombre, de todo. Podía volver a mi vida de seis mil quinientos al mes, a mi cuarto con Alondra, a ser una muchacha normal. Aarón a salvo. Mi papá recuperándose. Cerrar este capítulo horrible y no volver a verlo nunca.
Me senté para buscar mi ropa, aliviada, casi contenta.
—Aunque… —Damián se apoyó en un codo, y en su cara apareció esa sonrisa torcida que yo ya empezaba a temer—. Te propongo algo mejor.
Me quedé quieta.
—Otros quinientos mil. Depositados a nombre de tu papá, para su operación, para lo que quieras. —Hizo una pausa, disfrutándolo—. Si me acompañas un rato más.