Angélica Martins murió soñando con ser emperatriz y despertó en el cuerpo de Antonia Paccioli, la heredera perdida de un ducado renacentista plagado de intrigas, bastardos, matrimonios forzados y pretendientes peligrosamente atractivos.
El problema es que Angélica conoce demasiado bien estas historias.
Sabe cuándo llegará la prueba de sangre, quién intentará empujarla por las escaleras y cuándo aparecerá el inevitable banquete envenenado.
Pero esta vez hay un pequeño inconveniente:
Tony no piensa seguir el guion.
Cada cliché que intentan usar contra ella termina convertido en un arma contra sus enemigos. Sin embargo, cuanto más altera la historia, más feroz responde el mundo.
Y pronto descubrirá algo mucho peor:
alguien más conoce las reglas.
Y quizá fue quien las escribió.
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El baile obligatorio
El salón de baile estaba iluminado como si el sol se hubiera puesto a trabajar horas extra. Velas por centenares, espejos que multiplicaban cada llama, y una orquesta que tocaba como si su vida dependiera de cada nota. Para la corte, el baile no era diversión: era la primera batalla pública de la temporada. Y todos sabían quién era la protagonista obligada.
Tony entró al son de un acorde que parecía haber sido escrito exclusivamente para su llegada. No llevaba un vestido que flotara al viento ni pedrería que deslumbrara. Llevaba terciopelo verde oscuro, ajustado, con mangas largas y un bordado de hilo de plata en el borde —sutil, caro, y nada espectacular. Caminó despacio, el bastón en una mano, y sintió cómo trescientas miradas la pesaban como plomo.
«Regla 63 de ChicleFM: el baile de presentación \= el momento donde la protagonista brilla, todos la envidian, y el hombre misterioso la saca a bailar para cambiar su destino. Tan predecible que hasta la música suena igual en todas las versiones», pensó, deteniéndose al borde de la pista. No se sintió nerviosa. Se sintió observada. Y eso era lo que ellos querían.
El Duque Alessandro dio un paso al frente, con un gesto que silenció la orquesta.
—Antonia Paccioli, heredera de este ducado —anunció, con voz que llegó hasta los rincones—. Es tradición que la primera danza de la temporada sea bailada por la nueva heredera. Quien desee el honor… que lo pida.
Ahí estaba. El tropo en su forma más pura. Tres hombres se adelantaron al unísono, como si hubieran ensayado la entrada. El primero: un joven con cabello rubio y espada demasiado ornamentada —el futuro barón de Valenza, rico, vacío, y convencido de que su apellido era suficiente dote. El segundo: un caballero mayor, ojos oscuros, sonrisa de quien ha conquistado demasiados corazones sin intentarlo —el conde de Ferrara, viudo, poderoso, y buscando una esposa joven que no le exigiera nada. El tercero… Tony sintió el aire cambiar. Dante Monteverdi. No había dado un paso al frente. Seguía apoyado en el arco de la puerta, observando, como si el baile fuera un espectáculo y ella la pieza central.
Los tres pretendientes esperaban. La corte contenía el aliento. Según el guion, ella debía sonrojarse, bajar la mirada, y elegir con timidez.
Tony miró a los tres, luego a la corte, y alzó la voz, clara y firme, por encima de la música que empezaba a sonar de nuevo.
—Es una tradición hermosa —dijo, sin sonreír ni rechazar de golpe—. Pero siempre me ha parecido que el baile tiene demasiadas reglas que nadie se molesta en leer. ¿Por qué debo elegir uno solo? ¿Por qué él manda el paso? ¿Por qué debo dejar que la música decida cómo me muevo?
El joven Valenza frunció el ceño.
—Porque así se ha hecho siempre, señora.
—Esa es la peor razón del mundo —respondió Tony, y dejó el bastón apoyado contra la columna—. Si vamos a bailar, hagámoslo bien. Cambiemos las reglas. El que quiera bailar conmigo… no me pide. Me reta. Tres pasos. Yo marco el ritmo. Si me sigues… bailamos. Si no… cedes el turno. Sin ofensas. Sin rencores. ¿Aceptan?
Un murmullo recorrió la sala. Nadie hacía eso. Nadie cambiaba el guion en la primera página. Pero la audacia de la propuesta era tan inesperada que nadie supo cómo negarse.
Valenza fue el primero en acercarse, con una reverencia breve y confiada.
—Acepto.
Tony no esperó su mano. Dio tres pasos hacia el centro de la pista, marcando el compás con el pie, fuerte y claro: uno, dos, tres. No era el ritmo de la música. Era otro. Más rápido. Más cortante. Él intentó seguirla. Tropezó en el segundo paso, confundido por el cambio de tiempo. Se detuvo, rojo de vergüenza.
—No me sigues —dijo Tony, sin crueldad—. No es tu culpa. Estás acostumbrado a que la mujer se adapte a tu paso. Yo no lo hago. Gracias, Valenza.
El joven se retiró entre murmullos. El conde de Ferrara sonrió, intrigado. Se acercó.
—Permíteme intentarlo. Con más experiencia.
Tony marcó el mismo ritmo. El conde la tomó de la cintura, firme, seguro. Pero ella no se dejó guiar. Giró sobre sí misma antes de que él la llevara, invirtiendo el giro, haciéndolo perder el compás. Dos pasos. Tres. Y él se detuvo, riendo, aunque con la mandíbula tensa.
—Eres peligrosa —dijo él, bajando la voz—. No dejas espacio para que te lleven.
—Porque no necesito que me lleven —respondió ella—. Gracias, conde.
Quedaba el tercero. Monteverdi se separó del arco y caminó hacia ella. No tenía prisa. No parecía nervioso. Cuando llegó frente a ella, no le pidió permiso. No le preguntó si aceptaba. Simplemente esperó.
—¿Tú también quieres probar? —preguntó Tony.
—No voy a intentar seguirte —dijo él, su voz solo para ella—. Voy a bailar contigo.
Tony marcó el ritmo. Uno, dos, tres. Él no se ajustó. No la siguió. Cambió el compás al mismo tiempo que ella, en el mismo instante, como si leyeran la misma partitura. Giraron juntos, sin que él la guiara, sin que ella lo guiara —dos fuerzas iguales moviéndose al unísono. La música de la orquesta se quedó atrás. Ya no importaba. Toda la sala había dejado de respirar.
—Marcas un ritmo que nadie espera —dijo él, mientras giraban—. Como si supieras cuándo cambia la melodía.
—No la sé —respondió Tony, sin apartar la vista de sus ojos—. La decido.
Tres vueltas. Tres minutos. Y entonces Tony se detuvo, soltándolo antes de que el siguiente acorde sonara.
—Gracias —dijo, con la respiración tranquila—. Fue un baile excelente. Pero no te elegí.
Monteverdi se quedó inmóvil. Por un segundo, algo parecido a la sorpresa cruzó su rostro.
—¿No?
—No —respondió ella, clara y firme ante toda la corte—. El baile no es una propuesta de matrimonio. No es una declaración. Es movimiento. Y yo no me dejo llevar por la música que otros eligen para mí.
Se giró hacia la orquesta.
—¡Tóquenla más rápido! —ordenó—. ¡Y cambien el compás!
La orquesta, desconcertada, obedeció. Tony volvió al centro de la pista, sola, y empezó a bailar. No para nadie. Con nadie. Para sí misma. Marcando el ritmo, eligiendo los pasos, decidiendo dónde girar y cuándo detenerse. La corte la observaba, fascinada y aterrada a partes iguales. Nadie era la protagonista de la historia que habían imaginado. Ella era la autora.
Cuando la música terminó, Tony se detuvo, sin aliento, con el vestido cayendo alrededor de ella como un estandarte desplegado. No hubo aplausos inmediatos. Hubo silencio. Un silencio de respeto y de temor. Y entonces, desde el fondo de la sala, una voz baja y grave, que nadie vio de dónde salió, dijo lo suficientemente alto para que todos escucharan:
«La que marca el ritmo… será la que decida el destino. La profecía empieza a cumplirse.»
Tony se quedó inmóvil. No se giró para buscar al que hablaba. Sabía que no lo encontraría. Pero el precio estaba ahí, pesado y claro: al cambiar el baile, no había roto solo una tradición. Había activado algo más antiguo. Algo que llevaba siglos esperando a alguien que no bailara según el compás que le ponían.
Monteverdi seguía en el mismo lugar. La observaba con una intensidad que dolía mirarla. Y en su mirada no había rechazo. Había reconocimiento. Como si supiera que acababa de empezar algo que ninguno de los dos podría detener.
Tony salió de la pista. No esperó felicitaciones. No buscó aprobación. Caminó hacia la salida, el bastón en la mano, el paso firme. Había ganado. Había rechazado a tres pretendientes sin humillar a ninguno. Había impuesto sus reglas en el terreno de ellos. Pero el costo era inmenso: la corte ya no la veía como una heredera. La veían como algo más. Algo que estaba escrito en un libro que nadie había leído todavía.
«Cambié el ritmo», pensó, saliendo al fresco de la noche. «Pero no contaba con que el guion tenía una respuesta preparada. La profecía. Claro que había una profecía. Siempre la hay cuando la protagonista deja de seguir las reglas.»
Alguien la esperaba en la sombra del pórtico. No se acercó. Solo dijo, con voz que parecía venir de la piedra misma:
—No elegiste el baile. Elegiste el papel que nadie quería que tomaras. Y ahora… ya no hay vuelta atrás.
Cuando Tony levantó la vista, la sombra ya no estaba. Solo quedó el eco de las palabras, y la certeza fría de que el siguiente movimiento no sería suyo. O al menos, no solo suyo.