Ottavia Silvestri lleva diez años de matrimonio con Nereo Lombardi. A pesar de que su relación ha atravesado momentos difíciles, Ottavia siempre ha creído que cada discusión, cada crisis y cada reconciliación fueron necesarias para construir el matrimonio que tiene hoy.
Madre de tres hijos adultos —Marco, Dario y Elena—, cada uno con su propia empresa y una vida establecida, Ottavia siente que lo tiene todo: una familia de la que está orgullosa, un esposo al que ama y una vida que no cambiaría por nada.
Hasta que una noche, durante el quinto aniversario de la empresa de su hijo menor, Dario, descubre la verdad que destroza todo lo que creía conocer.
Nereo la engaña. Y no con cualquier mujer.
Su amante es Beatrice Sorrentino, la mejor amiga de su hija Elena… una mujer mucho más joven que Ottavia.
Con el corazón hecho pedazos y una humillación que no piensa olvidar, Ottavia decide no enfrentarse a su esposo. En lugar de eso, prepara su venganza en silencio.
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Capitulo 1
La música llenaba el salón, mezclándose con las risas y el brindis de todos los presentes. Las luces doradas caían sobre mesas llenas de flores blancas y guirnaldas de luces cálidas, celebrando el quinto aniversario de la empresa de Dario. Ottavia se apartó un mechón de cabello canoso que se le había soltado tras la oreja, y sonrió con el pecho lleno de orgullo al ver a su hijo menor hablando animadamente con sus socios. Todo parecía perfecto: sus tres hijos allí, saludables y exitosos, una casa llena de amigos, diez años de matrimonio que ella creía haber construido piedra a piedra con amor, paciencia y sacrificio.
—¿Buscas a alguien, mamá? —La voz de Elena la sacó de sus pensamientos. Su hija se acercó con una copa de champán en la mano, radiante, y a su lado venía Beatrice, su mejor amiga desde la infancia, esa chica dulce y hermosa a la que la familia había acogido como una hija más.
Ottavia les dedicó una sonrisa suave. —Solo a tu padre. No lo veo desde hace un rato.
Elena se encogió de hombros, sin dejar de sonreír. —Seguro está por ahí hablando de negocios, como siempre. Ya lo conoces.
—Sí, supongo que sí —respondió Ottavia, aunque una pequeña punzada de inquietud le recorrió el pecho—. Voy a buscarlo, para que brinde con nosotros. No es justo que Dario celebre su aniversario sin su padre a su lado.
—Ve con calma —le dijo Beatrice con una sonrisa amable, esa sonrisa que parecía inocente y dulce—. Aquí todo está bien, Ottavia. No te preocupes.
—Gracias, querida —respondió ella, sin saber que esas mismas palabras se le quedarían atragantadas en la garganta minutos después.
Caminó entre los invitados, saludando, recibiendo felicitaciones, sintiéndose la mujer más afortunada del mundo. Pero al doblar hacia el pasillo trasero, donde se encontraban las terrazas y los rincones más apartados de la casa de eventos, su paso se detuvo en seco.
Allí, en la penumbra, junto a una columna de piedra y envueltos entre cortinas de seda, estaban ellos.
Nereo. Su esposo, el hombre con el que había compartido diez años de vida, el padre de sus hijos. Y Beatrice. La mejor amiga de su hija. Mucho más joven, mucho más fresca, mucho más… todo lo que ella creía haber sido hace tiempo.
No se hablaban. No se miraban a los ojos para decirse adiós o hola. Estaban besándose, apasionadamente, con las manos de él aferradas a su cintura y las de ella en su cuello, como si no hubiera nadie más en el mundo, como si Ottavia no existiera, como si los diez años de matrimonio, los tres hijos y toda una vida juntos fueran nada más que un estorbo.
El mundo se le detuvo. El sonido de la música se desvaneció, las risas se volvieron un zumbido lejano, y el aire se le hizo tan pesado que apenas pudo respirar. Quedó allí, de pie, a pocos metros, con el corazón latiéndole tan fuerte que temió que lo escucharan, viendo cómo la verdad que nunca se hubiera atrevido a imaginar se le mostraba ante los ojos con una crueldad perfecta.
Entonces Nereo apartó el rostro un instante, acarició la mejilla de Beatrice y habló con una voz tan suave, tan llena de ternura, que a Ottavia le clavó en el alma como una daga.
—Eres lo mejor que me ha pasado —le dijo él, sin saber que su esposa lo escuchaba—. Cada día que paso lejos de ti se me hace eterno.
Beatrice sonrió, bajó la mirada con fingida modestia y luego lo volvió a mirar, acercándose más a él. —No digas eso… ¿Y ella? ¿Y tu matrimonio?
—¿Ottavia? —repitió Nereo, y el nombre de ella salió de sus labios como si fuera algo pesado, algo que cargaba a disgusto—. Ella es parte de mi vida, sí. Pero tú… tú eres quien me hace sentir vivo. Con ella todo es rutina, obligaciones, la casa, los hijos, las apariencias. Contigo soy yo mismo.
—¿Y si nos descubren? —preguntó Beatrice, aunque no había miedo real en su voz, solo una clase de emoción peligrosa—. Soy la mejor amiga de Elena. Sería terrible…
—No nos descubrirán —respondió Nereo con firmeza, y la abrazó más fuerte—. Yo lo tengo todo controlado. Nadie sospecha nada. Ella cree que somos la pareja perfecta. Y lo seremos, mientras yo decida cuándo cambiar las cosas.
Ottavia sintió que las piernas le fallaban. Diez años. Diez años de cuidarlo, de esperarlo, de perdonar sus ausencias y sus malos humores, de creer que cada crisis superada los había unido más. Y todo había sido una mentira. Él la veía como una carga, como la dueña de una vida que él soportaba a cambio de los brazos de otra mujer, una chica a la que ella misma había recibido en su casa con el corazón abierto.
Quiso gritar. Quiso correr hacia ellos, arrancarlos aparte, decirles todo lo que pensaba, llorar, romper algo. Pero en lugar de eso, se quedó inmóvil, apretando las manos hasta que las uñas se le clavaron en las palmas y le dolió más que el dolor de su corazón roto. Y entonces comprendió algo con una claridad helada: si gritaba, si hacía una escena, ellos serían los dañados, y ella la esposa celosa y amargada. No. No les daría ese gusto.
Se enderezó los hombros, tragó las lágrimas que se le acumulaban en los ojos y respiró hondo, una, dos veces, hasta recuperar la calma.
—Entonces no te preocupes —escuchó decir a Beatrice, mientras lo acariciaba el pecho con descaro—. Yo puedo esperar. Sé que al final seremos nosotros.
—Sí —respondió Nereo, y la besó de nuevo—. Al final seremos nosotros.
Ottavia retrocedió despacio, sin hacer el menor ruido, dándoles la espalda mientras esa imagen se grababa a fuego en su memoria: ellos dos abrazados, cómplices, felices a costa de su vida. Caminó de regreso al salón con el rostro sereno, sin que nadie pudiera adivinar que dentro de ella todo se había roto. Cuando volvió a entrar a la sala, la música seguía sonando, la gente seguía riendo, y Dario la buscaba con la mirada. Ella le devolvió la sonrisa, la misma sonrisa de siempre, pero ahora con el corazón convertido en cenizas y una semilla de algo nuevo, frío y duro empezando a crecer en su interior.
Nadie notó nada. Nadie supo que en ese instante Ottavia Silvestri dejó de ser la esposa que perdonaba todo, y decidió que nadie volvería a pisotearla nunca más.
Cuando Nereo regresó minutos después al salón, se acercó a ella como si nada hubiera pasado, le puso una mano en la cintura y le besó la frente con afecto fingido.
—Perdona la tardanza, querida —le dijo—. Me quedé hablando con unos socios.
Ottavia lo miró a los ojos, esos ojos que había amado toda su vida y que ahora le parecían ajenos, y le respondió con una calma que ella misma se sorprendió de tener:
—No te preocupes, Nereo. Todo está bien.
Y mientras él se alejaba para brindar con los demás, ella apretó los labios y pensó: No. Nada está bien. Pero vas a ver que yo sí lo pondré todo en su lugar.
Porque esa noche, entre las luces y las risas de una celebración que ya no sentía suya, Ottavia juró en silencio que nadie la destruiría sin pagar el precio. Y que la venganza, cuando llegara, sería fría, silenciosa… y perfecta.
—¿Te encuentras bien, Ottavia? —preguntó Beatrice, acercándose con esa falsa dulzura, tocándole levemente el brazo—. Estás pálida.
Ottavia retiró el brazo con suavidad, sin dejar de sonreír, aunque por dentro ardía. —Solo me ha dado un poco de calor, nada más.
—Seguro es la emoción —dijo Nereo, apareciendo justo detrás de ella y poniéndole una mano en el hombro con toda naturalidad—. Sabes lo orgullosa que está de Dario.
—Claro que sí —respondió ella, clavando la mirada en él, y luego en Beatrice—. Orgullosa de mis hijos. Y de las personas que forman parte de nuestra vida.
Beatrice bajó la mirada, sonriendo con los labios apretados. —Es un honor para mí ser parte de esta familia, de verdad.
—Lo sé —dijo Ottavia, con una voz que no tembló ni un segundo—. Y por eso mismo espero que lo valoren todo lo que se merece.
Nereo frunció el ceño un instante, como si intuyera algo, pero Ottavia lo miró con calma absoluta. —Voy a tomarme un poco de aire, ya vuelvo. No me esperen.
Se alejó despacio, dejándolos allí juntos, y escuchó cómo Nereo le decía en voz baja a Beatrice: “Te dije que no sospecha nada”. Y ella respondía: “Todavía no”.
Ottavia no se detuvo. Solo apretó las manos y pensó: Ya sospecho. Y van a saber lo que cuesta engañarme.