Renata Paredes siempre ha sido la hija menos querida de su familia. Cuando el negocio de su padre queda al borde de la ruina, la obligan a aceptar un matrimonio de conveniencia con Damián Valcárcel, el frío e inalcanzable presidente del poderoso Grupo Boreal.
El acuerdo parece sencillo: mantener las apariencias, no enamorarse y cuidar de Toñito, el pequeño hijo de Damián, que está decidido a convertirle la vida en un infierno.
Pero Renata no esperaba que aquel niño rebelde fuera el primero en elegirla. Tampoco que, detrás de la indiferencia de Damián, hubiera un hombre dispuesto a protegerla cuando todos los demás le daban la espalda.
Entre secretos familiares, celos, heridas del pasado y una mujer decidida a recuperar el lugar que abandonó, Renata tendrá que luchar por el único hogar que alguna vez sintió suyo.
Él se casó con ella por un acuerdo.
El niño la llamó mamá.
Y, sin darse cuenta, los tres se convirtieron en una familia de verdad.
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Capítulo 15
Capítulo 15 — El accidente
Hubo un golpe, y después el mundo se apagó.
No sentí dolor, o no lo recuerdo. Recuerdo el chirrido, un fogonazo de luz blanca, el asfalto subiendo hacia mí como si fuera el cielo. Y después, nada. Un silencio blando y tibio en el que, por primera vez en semanas, nadie me pedía nada.
Después supe cómo se habían encadenado las cosas. Facu me había visto esa noche, sola, con la cara descompuesta, sentada en una pastelería mirando un café que no me tomaba. Le extrañó tanto verme así que le mandó un mensaje a Damián: "Dami, tu esposa está rara, sola, en la calle." Damián ya venía en camino cuando ocurrió. Y Facu, que salió detrás de mí, llegó a tiempo de ver el auto, de gritar mi nombre, de llamar a la ambulancia con las manos temblando.
Me llevaron al Hospital Mariana.
Cuando volví a la superficie, fue de a poco, como quien sube nadando desde el fondo de una piscina. Lo primero fue el olor a desinfectante. Después, el peso de una escayola ligera en el tobillo. Y después, una voz de médico, tranquila, diciéndole a alguien:
—Esguince en el tobillo y contusiones. Nada grave, Damián. Tuvo mucha suerte. En unos días como nueva.
Todavía con los ojos cerrados, sin fuerzas para abrirlos, sonreí. Me dijeron después que sonreí toda la noche entre sueños, y que eso desconcertó a todos. *Claro que sonreía. Por fin nadie me gritaba. Por fin podía descansar.*
Cuando por fin abrí los ojos, ya era de madrugada. La habitación estaba en penumbra, apenas la luz azul de una máquina. Y en la silla junto a la cama, encorvado, con la corbata deshecha y una sombra oscura de barba que no le había visto nunca, estaba Damián.
Despierto. Sin dormir. Con mi mano entre las suyas, aunque en cuanto notó que yo me movía, la soltó como si quemara.
—Despertaste —dijo. Nada más. Pero tenía la voz rota de cansancio.
—¿Llevas... toda la noche ahí? —pregunté con un hilo de voz.
—No tenía nada mejor que hacer —dijo, apartando la vista.
*Mentiroso. Mentiroso profesional. Tienes un imperio que dirigir y estás aquí, sin afeitar, cuidando a la niñera.*
No le dije nada. Cerré los ojos otra vez, y esta vez el descanso fue distinto. Fue el descanso de saber que no estaba sola en la habitación.
Por la mañana entró Anita, la empleada, con una charola y una sonrisa.
—Señora, mire lo que le trajo el señor —dijo, destapando un desayuno humeante—. Salió a las cinco de la mañana a la Fonda La Fortuna. ¿Sabe la cola que hay ahí? ¡Una hora, todos los días! Y el señor Valcárcel formado como cualquier persona, esperando su turno para comprarle a usted el desayuno.
Me quedé mirando el plato. Empanaditas doradas, todavía calientes. *Él. Haciendo cola una hora. Damián Valcárcel, presidente del Grupo Boreal, parado en una acera esperando turno como un mortal, para traerme el desayuno.*
Se me cerró la garganta.
Sonó mi teléfono. Marisol.
—¿Renata? —dijo la voz melosa de mi madrastra—. Nos enteramos de lo del accidente. Dime una cosa, mi niña. ¿Damián está molesto contigo? ¿Se pelearon? Porque tu padre está muy preocupado por la inversión, y si el yerno está enojado...
Esperé. Esperé a que preguntara cómo estaba yo. Si me dolía algo. Si tenía algo roto.
No lo hizo.
—Estoy bien, mamá —dije—. Gracias por preguntar.
Colgué antes de que la ironía se me convirtiera en llanto. *Ni una palabra sobre mí. Ni una. Solo el negocio. Siempre el negocio.*
A media mañana llegó una visita que no esperaba. La puerta se abrió con un golpe de bastón, y entró doña Herminia, erguida y feroz, con Leonor detrás.
—Conque saliste de noche, sola, como una descarriada, y te dejaste atropellar —me disparó, plantándose a los pies de la cama—. ¿En qué cabeza cabe? A tu edad. Casada. Dando este espectáculo.
—Doña Herminia, yo...
—Ni doña ni nada. —Golpeó el suelo con el bastón—. Que una no puede descuidarse un minuto contigo.
Y entonces, sin cambiar el gesto adusto, hurgó en su bolso, sacó un sobre grueso y me lo estampó en la mano sobre la sábana.
—Toma. Para lo que necesites. Y no se lo digas a nadie.
Lo apreté entre los dedos, sin entender.
—Lengua afilada, corazón blando, mi niña —murmuró Leonor detrás de ella, con una sonrisa.
Doña Herminia le lanzó una mirada de advertencia, giró sobre el bastón y salió como había entrado, sin dejar que yo dijera gracias. Pero el sobre se quedó tibio en mi mano, y yo entendí que en esa familia el cariño venía siempre disfrazado de regaño.
Al mediodía, por fin, llegó la familia Paredes. Mi padre y Marisol entraron con caras de circunstancia que se les cayeron en cuanto vieron que yo respiraba.
—Menos mal, no fue nada —dijo mi padre, y en seguida—: Renata, hija, ahora que estás bien, tienes que hablar con Damián. Lo de la inversión no puede quedar así. Comercial Paredes...
*Ahí está. Ni "¿te duele?". Ni "¿cómo te sientes?". Directo al dinero.*
Detrás de ellos venía Daniela, arreglada como para una fiesta y no para un hospital. Cruzó la habitación sin mirarme a mí, fue derecho hacia Damián, que estaba de pie junto a la ventana, y le puso una mano en el brazo.
—Cuñado —dijo, con esa voz sedosa que se le ponía para lo que quería—, cuídate mucho, ¿sí? Estas cosas son un susto para todos.
Y lo miró con un descaro que no dejaba lugar a dudas. Damián retiró el brazo sin una palabra y volvió a mirar por la ventana.
Yo, desde la cama, sentí un cansancio inmenso. *Ni atropellada me dejan en paz. Mi propia sangre, más fría que el hielo de los Valcárcel.*
De pronto, entre las piernas de mi padre, asomó una cabecita. Toñito. Se había colado con la familia y estaba escondido detrás de Damián, agarrado de su pantalón, espiándome con esos ojos enormes.
Cuando los adultos empezaron a discutir de negocios en el pasillo, salieron todos a hablar afuera. Y Toñito se quedó.
Se acercó a la cama despacio, con las manos en la espalda, mordiéndose el labio. Se paró de puntas para verme mejor.
—Papá y yo te escuchamos —susurró, mirando la puerta para que nadie lo oyera—. Aquella noche. Escuchamos a tu papá gritarte por el teléfono. Desde afuera de tu cuarto.
No supe qué decir. El niño frunció el ceño, como quien carga algo demasiado grande.
—Tu papá te grita feo —dijo—. Como... como a mí me grita a veces la gente. —Bajó todavía más la voz—. No me gustó.
Se hizo un silencio. Y entonces Toñito hizo algo que me detuvo el corazón. Se trepó a la cama con esfuerzo, gateó sobre la sábana hasta mí, y me rodeó la cintura con sus dos bracitos delgados. Escondió la cara en mi costado.
—Perdóname —dijo, con la voz apretada contra mi bata—. Fui malo contigo. Te escondí los zapatos, y te dije fea, y te asusté con la serpiente. Perdóname.
Yo no me atrevía ni a respirar.
—Ya no te odio —murmuró—. Ya no. En serio.
Y entonces, por primera vez, sin el "fea" detrás, sin veneno, con toda la ternura torpe de sus cinco años, dijo la palabra:
—Tía.
Solo eso. "Tía."
Algo se me rompió por dentro, pero esta vez no de dolor. Le pasé la mano por el pelo revuelto y lo apreté contra mí, y las lágrimas que me había tragado con Marisol, con mi padre, con Damián, con la familia entera, salieron todas juntas, sin ruido, mojándole la coronilla al niño.
—No tengo nada que perdonarte, Toñito —le dije—. Nada.
Lo que yo no vi, porque tenía los ojos cerrados y la cara hundida en su pelito, fue a Damián.
Estaba del otro lado del cristal de la puerta, en el pasillo, inmóvil. Mirándonos. Y algo blando le cruzó el pecho, como si una mano invisible le hubiera apretado, sin aviso, el lugar más tierno que tenía y que él llevaba años fingiendo que no existía.
Nacho se acercó a él por detrás, siguió su mirada hasta la cama, hasta el niño abrazado a mí, y sonrió.
—Cuídala bien —dijo, dándole una palmada en el hombro.
—Quiero que no le vuelva a pasar nada —respondió Damián, sin apartar los ojos del cristal—. Nunca más.
Nacho ladeó la cabeza, con media sonrisa.
—¿Eso lo dices como jefe —preguntó—, o como marido?
Damián no contestó.
Pero por primera vez en su vida, tampoco lo negó.