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Me casé con el padre de la amante de mi esposo

Me casé con el padre de la amante de mi esposo

Status: Terminada
Genre:CEO / Diferencia de edad / Casada con el millonario / Casada Con Mi Ex's Familiar / Completas
Popularitas:299.4k
Nilai: 4.5
nombre de autor: Vivi

Camila Sandoval lo dio todo por su matrimonio, hasta que encontró a Mauricio con Valeria Beltrán en su propia cama. Él esperaba lágrimas y otra oportunidad. Camila le entregó los papeles del divorcio, reclamó lo que le correspondía y se marchó sin mirar atrás.
Poco después, Gabriel Beltrán, el padre de Valeria, apareció para disculparse. Era mayor que Camila, poderoso y peligrosamente atento. Lo que comenzó como una disculpa pronto se convirtió en una atracción imposible de ocultar.
Su relación desató un escándalo. Si Camila se casaba con Gabriel, la amante de su ex se convertiría en su hijastra y el hombre que la traicionó terminaría siendo su yerno.
Pero Gabriel ocultaba algo más inquietante: no se había enamorado de Camila después del divorcio. Llevaba años observándola y esperando que fuera libre.
Camila creyó que lo había elegido. Tal vez Gabriel la había elegido mucho antes.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

Capítulo 21

El Registro Civil estaba lleno.

Valeria y Mauricio llegaron veinte minutos antes de la cita que habían apartado semanas atrás. Esperaron frente a la ventanilla correspondiente mientras ella apretaba contra el pecho la carpeta con sus documentos. Tenía las palmas húmedas y el corazón le golpeaba con fuerza.

—Mau, tengo un poco de miedo —susurró, acercándose a él.

Él le rodeó los hombros con un brazo.

—¿Miedo de qué? Nos amamos. Casarnos es nuestro derecho. No pienses demasiado, amor.

Cuando el personal llamó el folio de su cita, las manos de Valeria todavía temblaban.

Mauricio entregó la documentación por ella. En la ventanilla revisaron las identificaciones, las actas de nacimiento, los comprobantes de domicilio, las constancias del curso prematrimonial y del Registro de Deudores Alimentarios Morosos. Como todo coincidía con el expediente presentado al solicitar la cita, los hicieron pasar. Mauricio no dejó de sostenerle la mano y entrelazó los dedos con los suyos durante todo el trámite.

Firmaron el acta de matrimonio.

En el instante en que el sello oficial cayó sobre las copias certificadas, una sensación extraña atravesó a Valeria.

Se tocó el vientre por instinto.

Tenía poco más de tres meses de embarazo. La pequeña curva bajo su ropa era la fuente de todo su valor.

Al salir del Registro Civil, el día estaba despejado.

Mauricio revisó varias veces los documentos. No lograba contener la sonrisa.

La levantó entre sus brazos y dio una vuelta con ella.

—¡Esposa! Por fin eres mi esposa. Esperé tanto este momento.

Valeria se mareó un poco, pero terminó riéndose.

Le rodeó el cuello con los brazos y escondió la cara en su hombro.

—Por fin estamos juntos.

—Ven. Vamos a celebrar con algo rico.

Mauricio la bajó y la tomó de la mano rumbo al estacionamiento.

—Quiero comer algo que tú prepares —pidió ella con coquetería.

Él hizo una pausa.

La irritación apareció en sus ojos y desapareció enseguida bajo una sonrisa.

—De acuerdo. Pasamos al supermercado y en casa te preparo enchiladas suizas y milanesas.

—Eres el mejor.

Mientras Mauricio elegía los ingredientes, el teléfono sonó varias veces. Rechazó todas las llamadas.

Valeria se dio cuenta.

—¿Quién te busca?

—Nadie. Son llamadas de ventas.

Sonrió y guardó el celular en el bolsillo.

Era Teresa.

No quería contestar en medio del supermercado porque temía que su madre dijera algo que Valeria no debía escuchar.

Regresaron al departamento de ella.

Mauricio se puso un mandil y entró a la cocina. Valeria se acomodó en el sofá y comenzó a revisar el teléfono sin mucho interés.

Después de dudar durante varios minutos, escribió a Gabriel por WhatsApp:

«Papá, Mauricio y yo ya nos casamos».

Adjuntó una fotografía del acta de matrimonio.

Como no obtuvo respuesta, lo llamó.

El teléfono sonó dos veces antes de que Gabriel rechazara la llamada.

Los ojos de Valeria volvieron a llenarse de lágrimas.

Arrojó el celular a un costado.

Mauricio asomó la cabeza desde la cocina.

—No te pongas triste. Tu papá necesita tiempo para aceptarlo.

—Ni siquiera quiso hablar conmigo.

Mauricio se limpió las manos y se sentó a su lado. La envolvió entre sus brazos.

—Confía en mí. Cuando nazca nuestro bebé, todo cambiará. Por muy enojado que esté, ¿crees que podrá resistirse cuando vea a su nieto?

Le acarició el brazo.

—Puse en venta la casa donde vivía con Camila. Mañana mi mamá y yo nos mudaremos aquí para cuidarte a ti y al bebé.

—¿De verdad?

—Claro.

Mauricio le besó la frente.

—Por ahora, mamá te ayudará durante el embarazo. Cuando compremos una casa, podemos mandarla de regreso a su pueblo.

Valeria frunció un poco el ceño.

—¿Por qué haríamos eso? Sonaría como si solo la estuviéramos utilizando.

Estaba segura de que aquella clase de frialdad venía de Camila.

Ella nunca sería como esa mujer.

—Camila nunca se llevó bien con mamá —explicó Mauricio—. Me preocupa que tú también termines cansándote. Por eso pensé que ella podría ayudarnos hasta que el bebé crezca un poco y luego volver a su casa.

—No. Si Camila tenía problemas con tu madre, era culpa de Camila. Yo me llevo muy bien con ella. No vamos a echarla. Somos una familia y debemos permanecer juntos.

Valeria pensó que aquella decisión mostraría la enorme diferencia entre ella y Camila.

Mauricio la amaría todavía más.

—Está bien. Haremos lo que tú digas. Ahora deja de llorar. No le hace bien al bebé. La comida estará lista pronto.

Valeria asintió.

Una calidez dulce llenó su pecho.

Mauricio era el mejor hombre del mundo. Tierno, trabajador y atento.

Que por el momento les faltara dinero no le importaba; lo único importante era que la amaba de verdad.

A las nueve y media de la mañana siguiente, Camila se detuvo frente a la torre del Grupo Beltrán.

Había elegido un traje sastre color marfil, sencillo y sin adornos innecesarios. El corte resaltaba su postura y le daba un aspecto elegante y profesional.

Respiró hondo y entró.

Apenas llegó a la recepción, la empleada se puso de pie con una sonrisa respetuosa.

—¿Señora Sandoval? El señor Beltrán dejó instrucciones. Puede usar directamente el elevador privado hasta el último piso.

La recepcionista salió para acompañarla.

—Por aquí, por favor. El elevador ya está listo.

Camila sintió que el estómago se le hundía.

¿El elevador privado?

Solo era una asistente personal. ¿Era necesario recibirla con tanta ceremonia?

Las puertas se abrieron.

El interior tenía alfombra y acabados mucho más lujosos que los elevadores comunes. La recepcionista marcó el piso y retrocedió con una sonrisa.

—Que tenga un excelente día.

Las puertas se cerraron y Camila quedó sola.

Gabriel había organizado su llegada hasta el último detalle.

Al abrirse el elevador en el piso más alto, Daniela Nava ya la esperaba con un traje ejecutivo.

—Buenos días, señora Sandoval.

Su actitud era mucho más respetuosa que durante su primer encuentro.

—El señor Beltrán está en su oficina. Acompáñeme, por favor.

Daniela tocó la puerta de madera.

—Adelante.

La voz profunda de Gabriel llegó desde dentro.

Camila entró.

Él estaba sentado detrás de un escritorio amplio. El traje negro resaltaba sus hombros y la seriedad de sus facciones.

Cuando levantó la mirada y la vio, toda la frialdad desapareció de sus ojos.

Dejó el expediente que tenía en las manos y caminó hacia ella.

No ocultó la calidez de su expresión.

—Llegaste a tiempo. Excelente empleada.

Camila no supo cómo responder a aquel elogio, así que adoptó un tono profesional.

—Señor Beltrán, vengo a presentarme en mi primer día.

Gabriel bajó un poco el rostro para observarla.

Su atención se detuvo en las sombras leves bajo sus ojos.

—¿No dormiste bien? ¿Todavía no te acostumbras al departamento o la cama es incómoda? Puedo mandarte otra.

Camila retrocedió medio paso por instinto.

—No hace falta. Siempre me cuesta dormir en un lugar nuevo.

Gabriel asintió.

Regresó al escritorio, tomó un documento y se lo entregó.

—Este es tu contrato. Léelo. Si alguna cláusula no te convence, la modificamos.

Camila abrió la carpeta.

Sus pupilas se dilataron al llegar a la cantidad escrita en letras.

Sueldo mensual: ochenta mil pesos.

Era incluso más de lo que él había mencionado por teléfono.

—Señor Beltrán, aquí aparece una cantidad mayor.

Su voz tembló.

—No seas tan formal conmigo. Llámame Gabriel.

Él habló como si aquella cifra no tuviera importancia.

—Trabajarás en la oficina de asistentes, junto a la mía. Ya prepararon computadora, papelería y todo lo que puedas necesitar. Puedes organizar tus horarios. Salvo que ocurra una emergencia, no interrumpiré tu vida privada.

Había pensado en cada detalle.

Camila sintió una calidez inesperada, pero conservó la cabeza fría.

—Señor Beltrán, necesito saber cuáles serán exactamente mis funciones.

Gabriel hizo una pausa.

Su mirada permaneció sobre ella.

—Serán sencillas. Organizarás parte de mi agenda personal, revisarás algunos documentos confidenciales y, en ocasiones, me acompañarás a compromisos necesarios. El resto del tiempo será tuyo. Si no hay pendientes, puedes ocuparte de asuntos personales aunque estés en la oficina.

Camila frunció todavía más el ceño.

Las tareas sí parecían propias de una asistente personal, pero un sueldo de ochenta mil pesos seguía siendo excesivo.

—La remuneración…

Gabriel levantó una mano.

—Llámame Gabriel —repitió con suavidad, aunque no dejó espacio para discutir—. No volveremos a negociar el sueldo. Tu trabajo vale eso.

—Entonces… gracias, señor…

Camila se obligó a corregirse.

—Gracias, Gabriel.

Decir su nombre produjo una intimidad difícil de explicar.

Una sonrisa satisfecha apareció en los ojos de él.

—Muy bien.

Gabriel tomó una bolsa de papel y se la entregó.

—También compré tu desayuno.

—Gracias.

Camila apretó los labios, aceptó la bolsa y se dispuso a salir.

Gabriel presionó el botón rojo del escritorio.

—Daniela, muéstrale las instalaciones a Camila.

Daniela apareció poco después.

Gabriel habló frente a ella sin ninguna intención de disimular.

—Primero deja que desayune. No quiero que trabaje con el estómago vacío.

Camila sintió que la expresión se le endurecía.

No esperaba que fuera tan directo.

Daniela, en cambio, no mostró sorpresa. Parecía haber anticipado aquella orden.

—Sí, señor Beltrán.

Así lo llamaba Daniela.

Tal vez Camila también debía dirigirse a él de ese modo. Llamar al dueño de la empresa por su nombre no parecía apropiado.

Salió pensativa.

Antes de cruzar la puerta, algo la impulsó a mirar hacia atrás.

Los ojos de Gabriel continuaban fijos en ella.

Cuando notó que Camila había regresado la mirada, sus labios dibujaron una curva suave.

La oficina de asistentes estaba al lado.

No era grande, pero resultaba muy cómoda. Había un escritorio blanco, una computadora nueva, papelería sin estrenar y una planta verde en el alféizar.

—Desayuna primero —dijo Daniela, señalando su lugar—. Tengo varios pendientes. Cuando termines, te enseñaré el piso.

Camila tomó asiento y abrió la bolsa.

Sacó un sándwich de atún y le dio una mordida. La cantidad de aderezo era exactamente la que le gustaba.

¿Cómo sabía Gabriel que prefería el atún?

Tenía que ser una coincidencia, aunque un hombre como él era peligroso.

Su amabilidad parecía calculada con precisión. Cada detalle era tan perfecto que daba miedo.

Camila no era una muchacha ingenua como Valeria. Tenía veintiocho años, había pasado por un divorcio y conocía la crueldad de las personas. No perdería la cabeza por un desayuno.

La luz del sol entraba por la ventana y calentaba su rostro.

Miró alrededor.

Además de Daniela, casi no había nadie en aquel piso. La asistente estaba demasiado ocupada con sus propios pendientes para prestarle atención.

Camila terminó el sándwich, arrojó el envoltorio al bote de basura, encendió la computadora y comenzó a explorar el sistema interno del Grupo Beltrán.

La tranquilidad de su mañana era muy distinta a lo que ocurría en casa de Valeria.

Mauricio había salido temprano. Dijo que firmaría unos papeles con el agente que pondría a la venta su antigua casa.

Valeria estaba sola cuando sonó el timbre.

Creyó que él había regresado.

Al abrir, encontró a Teresa con varias maletas y bolsas.

—¡Valeria! Mauricio me pidió que viniera. A partir de ahora viviremos juntas para que pueda cuidarte.

Valeria se hizo a un lado de inmediato.

—Mamá, pase. ¿Por qué trajo tantas cosas?

—Porque me quedaré mucho tiempo.

Teresa arrastró las maletas y examinó el departamento con satisfacción.

—Está precioso. Te lo compró Gabriel, ¿verdad? Tu padre nunca escatima cuando se trata de ti.

Valeria asintió con cortesía.

En el hospital se había llevado bien con Teresa. Sabía que se mudaría y no le pareció un problema.

La madre de Mauricio también sería su madre.

Sin embargo, verla entrar con todo su equipaje y revisar cada rincón le produjo una leve incomodidad.

—Siéntese. Le traeré agua.

—No. Tú siéntate.

Teresa la detuvo y le acarició el vientre con una sonrisa.

—Ahora debes cuidarte por dos. No puedes cansarte. Yo me encargaré de la casa y tú solo te ocuparás de proteger a mi nieto.

Valeria sintió calidez en el pecho.

La madre de Mauricio era una mujer maravillosa.

Seguramente Camila tenía un carácter insoportable y por eso había destruido la relación con su suegra.

Teresa entró a la cocina, abrió el refrigerador y luego revisó las alacenas.

—Esto ya no está tan fresco. Las ollas también son demasiado pequeñas. Le pediré a Mauricio que compre unas más grandes. ¿Qué quieres comer?

—No soy exigente. Prepare lo que quiera.

Valeria sonrió desde la puerta.

—Eso no puede ser. Estás embarazada y la alimentación importa.

Teresa se acercó y le tomó la mano.

—Quiero hablarte con el corazón. Mi hijo ha sufrido mucho. Se casó con Camila, esa mujer que solo le trajo mala suerte, y desde entonces todo le salió mal. Pasaron años difíciles. Conocerte fue una bendición.

Su tono se volvió conmovedor.

—Te agradezco que lo hayas rescatado de ese infierno. Para mí eres un ángel. Estuviste dispuesta a soportar las críticas con tal de salvar a un buen hombre.

Las mejillas de Valeria se encendieron.

—No diga eso. Mauricio me trata muy bien. Soy yo quien tuvo suerte de encontrarlo.

—Él tiene la obligación de tratarte bien.

Teresa le dio unas palmadas en la mano.

—Pero si alguna vez no cumple con todo, debes tenerle paciencia. Los hombres trabajan mucho. Cuando puedas ceder, cede. Mauricio es un gran hombre y estar con él es una bendición que debes agradecer. Si ocurre algo grave, me lo dices y yo lo corrijo.

Valeria asintió.

Teresa miró alrededor y bajó la voz.

—El departamento está a tu nombre, ¿verdad?

—Sí.

Los ojos de Teresa brillaron.

Recuperó enseguida su expresión maternal.

—Muy bien. Tienes un gusto excelente.

Hizo una pausa antes de añadir:

—Elegiste este departamento con el mismo acierto con el que elegiste esposo.

Valeria bajó el rostro con timidez. Un rubor suave se extendió por sus mejillas.

Teresa la observó.

La astucia cruzó por sus ojos.

Aquella muchacha era mucho más fácil de manejar que Camila.

Unas cuantas palabras bonitas bastaban para volverla dócil.

El único problema era Gabriel.

Era demasiado inteligente. Cada vez que Mauricio y Valeria intentaban algo, él parecía anticiparlo.

Por fortuna para Teresa, Valeria ya estaba casada con Mauricio.

Ahora bastaría con repetirle que era inmadura, desagradecida, demasiado sensible o desconfiada. Con aquellas etiquetas podría controlarla como había controlado a Camila y obligarla a obedecer.

Los primeros días de matrimonio eran el mejor momento para someter a una nuera.

En esa etapa, todas querían agradar al esposo y a la familia política. Si Teresa y Mauricio se mantenían unidos, tarde o temprano se quedarían con los bienes de los Beltrán.

Más adelante, después de corregir a Valeria, Teresa adoptaría el papel de madre comprensiva y repararía la relación entre ella y Gabriel.

Un hombre viudo terminaría sintiéndose atraído por una mujer tan noble y considerada.

Al imaginarlo, una sonrisa siniestra apareció en los labios de Teresa.

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Maria Solorzano
Definitivamente, a eso se le llama karma 🤷🙄
Maria Solorzano
Perfeccionista dice 🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣
Maria Solorzano
🤣🤣🤣🤣🤣 le están es duro a Rebeca por metiche y ni aún con señas entiende 🤦🤷🤣🤣🤣🤣🤣
Miryam Garcia
Mi opinión...
una mente muy débil, es muy fuerte perder un hijo lo digo desde la experiencia, pero ahí muchas formas de salir adelante, tu decides cual tomas, nadie hobliga a nadie a nada, ella eligió el camino fácil, por su orgullo, pensó q siempre sin importar lo q hiciera ni la edad q se tuviera su papá debía estar ahí y no es así ella es adulta, viajo, conoció los 2 lados de la moneda y eligió.... Tu no puedes humillar, pordebajear, y menos preciar a tus padres y esperar q sigan ahí sin chistar y aun así el seguía asando su mensualidad, y no poca... Como no pensar en ese bb y su futuro???? No se no debió terminar así pero fue lo q ella eligió.
Gardenia Omaña
Por esa sencilla razón, Ami me gustan mayores 🥰
Nayarith Ocampo
🤣🤣🤣👏
Hiradia Cohen
La enfermera es Valeria se va a robar los niños
Nayarith Ocampo
🤣🤣🤣🤣👏👏
Nayarith Ocampo
🤣🤣🤣buenísima historia 😂
Nayarith Ocampo
🤣🤣🤣🤣🤣 buenísimo 🤣🤣
👏👏👏👏🤣
Mile
Gritos de emoción 🥰🥰🥰🥰🥰🥰
Lala González
😂😂🤭
Nayarith Ocampo
par de víboras las dos pero una salió más víbora que la otra 🤣🤣🤭
Liliana Bonilla
🤣🤣🤣😂😂😂son geniales juntos
Paula Giaccaglia
quiero imaginar que éste machismo en la historia es muy exagerado!!! que la vergüenza de ser separada, que los padres no van a aceptar, que se va a casar con panza de embarazada, que la vergüenza, y bka bla bla, siglo 19 parece
Laura Schmal
y encima gastó en las cerezas jajajaja
Mile
Vieja babosa🤢
Mile
Vuelvo y lo repito... Definitivamente para pendeja no se estudia 🙄🙄🙄
Rita Coba
muchas felicidades esctidora exelente final dónde uvo de todo amor rencor tristeza pero el amor logro todo🌹❤️👋
Maria Solorzano
🤣🤣🤣🤣🤣🤣 no sé de dónde sacará tantas ideas chistosas autora, pero me encantan y rio mucho con tu novela 🤣🤣🤣🤣🤣👍 gracias por compartir tu hermoso talento felicidades por eso también 👍❤️
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