Lía jamás imaginó que terminaría dentro de su novela. Después de llorar por la trágica muerte del Clan Licano, despierta en el cuerpo de Elara Licano, la hija menor de la familia y una de las primeras víctimas de la historia.
Ahora conoce el futuro: las traiciones, las conspiraciones y la guerra que destruirán al clan hasta borrar su nombre.
Pero esta vez, Elara no piensa seguir el guion.
Con sus recuerdos y conocimiento de cada acontecimiento, decide cambiar el destino de su familia antes de que sea tarde. Lo que nadie sabe es que alterar una historia puede despertar peligros que jamás existieron en el libro… y ponerla frente a enemigos mucho más poderosos de lo que recuerda.
Para salvar a los Licano, Elara tendrá que desafiar al Imperio, descubrir quién los traicionará y luchar por la supervivencia del clan.
Esta vez, la historia terminará de otra manera.
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El ultimátum que pedía su cabeza
El amanecer del vigésimo día no llegó con luz, sino con el sonido de trompetas que rasgaron la niebla helada. Desde lo alto de la torre, Elara lo vio venir: un jinete imperial, solo, con un estandarte de tregua, galopando hacia el puente levadizo. Llevaba un pergamino sellado con el sello del Emperador, y todos supieron de inmediato: el plazo se había cumplido.
En el salón del trono, el silencio era denso. Entraron todos: los miembros del consejo, los capitanes, algunos de los ancianos, con los rostros demacrados por el hambre y el insomnio. Nadie habló. Nadie se miró. La puerta se abrió y el mensajero entró, frío y arrogante, sin siquiera saludar. Desplegó el pergamino y leyó en voz alta, para que cada palabra llegara a todos los rincones de la sala:
«A los rebeldes del Clan Licano: Habéis resistido veinte días. Habéis visto caer a los vuestros. Habéis probado el frío y el hambre. Aún podéis salvaros. Entregad a la causante de toda esta locura: la muchacha Elara, que con sus mentiras y su arrogancia os arrastró a la ruina. Entregadla antes del atardecer, y el Imperio perdonará vuestra vida. Si no lo hacéis, al caer el sol asaltaremos la fortaleza. No habrá prisioneros. No habrá clemencia. Todos pereceréis.»
El pergamino se cerró con un golpe seco. El mensajero miró a todos, con una sonrisa apenas esbozada.
—Esa es la única condición —dijo—. Solo ella. Entregadla, y vivís. Negadlo, y morís. La decisión es vuestra.
Salió. Las puertas se cerraron. Y entonces, la tormenta estalló.
—¡Es ella! —gritó uno de los ancianos, señalándola con el dedo tembloroso—. ¡Siempre fue ella! Llegó con sus sueños, sus advertencias, su forma de saberlo todo… y nos llevó a la muerte de los nuestros, al hambre, al asedio. ¡El Imperio no nos quería a nosotros! ¡La quería a ella!
—¡Si la entregamos, vivimos! —exclamó otro, con voz rota—. ¡Un solo ser a cambio de cien vidas! ¡No hay elección más clara!
—¡No! —Rian se puso de pie de un golpe, golpeando la mesa con el puño—. ¿Es que habéis perdido el juicio? ¿Creéis que si la entregamos nos dejarán en paz? ¡Nos matarán a todos al amanecer! ¡Solo la quieren porque saben que mientras ella esté aquí, los venceremos!
—¿Venceremos? —le espetó un capitán, con los ojos inyectados en ira y desesperación—. ¿Con qué? ¿Con pan duro y manos heladas? ¡Lian está muerto! ¡Otros caen cada día! ¡Si seguimos sufriendo por ella, no quedará nadie para que nos maten! ¡Entreguémosla! ¡Es lo justo! ¡Es lo que nos debe por todo el mal que trajo!
Elara permanecía de pie, junto a la ventana, sin moverse. No suplicó. No se defendió. Escuchó cada palabra, cada acusación, cada condena, y los aceptó como si fueran para ella. Porque sabía que esto iba a pasar. Lo había leído. «Cuando todo parezca perdido, el Imperio no pedirá rendición. Pedirá su cabeza. Y los suyos, aterrorizados y hambrientos, se la entregarán.»
Lady Mira dio un paso adelante, con lágrimas en los ojos.
—Es nuestra hija —dijo, con voz temblorosa—. Es sangre de este clan. ¿Cómo podemos entregarla? ¿Cómo podemos llamarnos Licanos si entregamos a los nuestros para salvarnos?
—¿Y cómo llamarnos si morimos todos por su culpa? —replicó el anciano—. ¡Ella nos metió en esto! ¡Que ella pague el precio!
Todos se giraron hacia Lord Kael. Él estaba sentado en el trono, con la cabeza baja, las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos estaban blancos. No levantó la vista durante mucho tiempo. El silencio se extendió, pesado, lleno de expectación. Cuando alzó la mirada, sus ojos estaban rojos, hundidos, como si hubiera envejecido diez años en un instante.
—Elara —dijo, con voz quebrada, casi un susurro—. ¿Tienes algo que decir? ¿Algo que nos demuestre que aún hay esperanza? ¿Que no estamos sacrificando a los nuestros por nada?
Ella caminó hacia el centro de la sala, lenta, serena, sin rastro de miedo. Miró a cada uno de los presentes, a los que la odiaban, a los que dudaban, a los que la amaban y estaban a punto de perderla.
—No tengo nada que prometer que no os haya dicho ya —dijo, con voz firme y tranquila—. Si me entregáis, me matarán ante vuestros ojos. Y después, cuando estéis desarmados y sin líder, vendrán por vosotros. Porque el Imperio no perdona a quienes se atrevieron a resistir. Solo quiere eliminar a quien os da esperanza. Y cuando yo no esté, ¿quién os guiará? ¿Quién sabrá sus planes? ¿Quién os salvará de la trampa que ya tienen preparada? Pero… si decidís entregarme… no opondré resistencia. Si mi vida es el precio que debéis pagar para intentar sobrevivir… lo acepto. Solo os pido una cosa: no lo hagáis por miedo. Hacedlo con los ojos abiertos, sabiendo lo que vendrá después.
Se calló. Y en ese silencio, todos entendieron algo terrible: ella no huía. No rogaba. Estaba dispuesta a sacrificarse, no porque fuera débil, sino porque amaba a los suyos más que a su propia vida. Y eso, lejos de conmoverlos, los enfureció más. Porque su nobleza les hacía sentir aún más su propia cobardía.
—¡Basta de palabras! —gritó el anciano—. ¡El sol baja! ¡Debemos decidir! ¡Votemos! ¡Quienes estén de acuerdo en entregarla, que levanten la mano!
Seis manos se alzaron. Luego siete. Luego la mayoría. Rian se puso de pie, con la espada a medio desenvainar, pero Elara lo detuvo con una sola mirada.
—No —le dijo, bajito—. Si luchas contra ellos, nos destruiremos entre nosotros. Y eso es justo lo que el Imperio quiere. Déjalo.
Lord Kael miró las manos alzadas, y el dolor en su rostro fue tan profundo que casi pareció que se desmoronaría.
—Entonces… así sea —dijo, con voz ronca, como si cada palabra le costara sangre—. Que se la lleven al atardecer. Que se la entreguemos.
—¡Padre, no! —gritó Rian—. ¡No hagas esto! ¡Te arrepentirás para siempre!
—¿Qué quieres que haga? —respondió él, alzando la voz, desgarrado—. ¿Quieres que todos muramos? ¡Mi hijo, mi esposa, mi pueblo! ¡No puedo elegir la muerte de todos! ¡Aunque me duela el alma!
Los guardias se acercaron a Elara. Ella no se movió. No los miró. Miró a su padre una última vez, con una expresión que no era de rabia ni de reproche, sino de tristeza infinita.
—Recordad —dijo, para todos—. Recordad lo que os dije. Cuando me entreguéis, no os dejarán vivir. Y cuando vengan por vosotros… pensad en esto. Pensad que podríamos haber ganado. Que estábamos a punto. Que solo faltaba un poco más. Y que lo perdisteis todo por miedo.
La tomaron de los brazos. La sacaron de la sala. Nadie la detuvo. Nadie gritó en su favor. Solo Lady Mira sollozó, escondiendo el rostro entre las manos, y Rian golpeó la pared con el puño hasta que la sangre corrió, furioso, impotente, sabiendo que estaban cometiendo el error más grande de sus vidas.
El sol empezó a ocultarse, tiñendo la nieve de rojo, como si la fortaleza misma estuviera sangrando. Elara fue llevada al patio principal, donde la esperaban los soldados imperiales que entrarían para recibirla. No iba atada. No iba con la cabeza baja. Caminó erguida, con la mirada fija en la puerta abierta que la separaba de su muerte. Y mientras la llevaban, escuchó los susurros de su gente, que la miraba desde los balcones y las ventanas: «Es culpa suya.» «Si no hubiera venido…» «Que se vaya. Que nos deje en paz.»
Nadie entendió que al entregarla, entregaban su única esperanza. Que la persona que los había salvado de tantas trampas, que los había mantenido vivos veinte días contra todo pronóstico, era la única cosa que el Imperio temía de verdad. Y al perderla, se quedaron solos. Frágiles. Condenados.
La puerta se abrió. El viento helado entró, golpeando su rostro. Valerius la esperaba al otro lado, con una sonrisa de triunfo cruel, como si ya hubiera ganado la guerra. Elara dio un paso hacia adelante, hacia el destino que el libro había escrito para ella… y entonces, una voz resonó en el silencio, clara y desgarradora:
—¡NO!
Era Rian. Estaba en lo alto de la escalera, con la espada en la mano, los ojos llenos de lágrimas y de rabia.
—¡No la entreguéis! —gritó, con toda su fuerza—. ¡Ella es la razón por la que seguimos vivos! ¡Si la perdimos, nos perdimos a nosotros mismos! ¡Luchad conmigo! ¡No dejéis que muera!
Pero ya era tarde. La mayoría ya había decidido. Los guardias la empujaron hacia adelante. Las puertas se abrieron por completo. Y Elara cruzó el umbral, dejando atrás todo lo que amaba, sabiendo que al hacerlo, el destino original se estaba cumpliendo por fin, tal como estaba escrito en las páginas del libro que ella había leído antes de llegar aquí.