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La esposa número 33

La esposa número 33

Status: Terminada
Genre:Niñero / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Fitria Susanti Harahap

Valentina Ruiz tiene veintiocho años, un diagnóstico de infertilidad que carga en silencio y un empleo en la Fundación Horizontes que lo es todo para ella. Hasta que su jefa, la influyente Doña Mercedes, le hace una propuesta que cambiará su vida: casarse con su hijo, Sebastián Herrera, un joven viudo que no ha logrado soltar a su esposa muerta y padre de cinco hijos que ya hicieron renunciar a treinta y dos candidatas antes que ella.

Valentina acepta. No por amor, sino por una mezcla de presión, miedo a perder lo poco que tiene y una esperanza que ni ella misma se atreve a nombrar. Lo que encuentra al cruzar esa puerta es un hogar en guerra silenciosa: un marido que la trata con cortesía gélida, una niña de dos años que no para de llorar, un adolescente que lidera la resistencia contra ella y tres hermanos que la observan con desconfianza. Treinta y dos mujeres ya se rindieron. Valentina decide no ser la número treinta y tres.

Día tras día, con paciencia y sin pedir nada a cambio, Valentina se abre paso entre el rechazo, las trampas de los niños y el muro emocional de Sebastián. Pero cuando por fin la familia empieza a sanar, un secreto médico enterrado durante años amenaza con destruir todo lo que construyó. Alguien en quien confió toda la vida le mintió. Y la verdad, cuando salga a la luz, pondrá a prueba cada promesa, cada vínculo y cada "mamá" que tanto le costó ganarse.

NovelToon tiene autorización de Fitria Susanti Harahap para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

7

La ceremonia religiosa había terminado apenas unas horas antes. Sin embargo, en lugar de disfrutar del tiempo con la familia o recibir felicitaciones un poco más, Sebastián se puso de pie y miró su reloj.

—Tenemos que irnos ya.

La frase hizo que Valentina volviera la cabeza.

—¿Irnos? —repitió en voz baja.

Sebastián asintió.

—Los niños están esperando.

La respuesta fue breve. No sonó en absoluto romántica. Pero bastó para que Valentina tomara conciencia de que su vida era otra a partir de ahora. No era una recién casada que iba a disfrutar tranquilamente de los primeros días de su matrimonio. Estaba entrando en una familia que ya llevaba mucho tiempo funcionando antes de que ella apareciera. Y esa familia la esperaba en casa. Aunque no necesariamente la deseara.

Valentina no protestó. Tampoco sabía qué decir. Desde hacía unas horas su estatus había cambiado. Era la esposa de Sebastián. Quizá esta era una de las formas de obediencia que sus padres le habían inculcado toda la vida. Respetar al marido. Aprender a adaptarse. Aprender a ceder. Aunque su corazón todavía quisiera quedarse un rato más junto a su padre y su madre. Aunque todavía quisiera disfrutar las últimas horas como la hija que vivía en aquella casa.

Con pasos pesados, Valentina se acercó a sus padres.

Su madre la abrazó con fuerza al instante. El llanto que había estado conteniendo desde hacía rato finalmente se desbordó.

—Cuídate mucho, hija.

—Sí, mamá.

—Si pasa cualquier cosa, me avisas.

Valentina asintió. Aunque todos sabían que a partir de ese día su hogar ya era otro.

Su padre no dijo mucho. Solo le dio una palmada suave en el hombro. Pero los ojos de aquel hombre mayor lucían más enrojecidos de lo habitual.

—Ten cuidado.

—Sí, papá.

Valentina besó las manos de ambos. Luego caminó hacia el jardín delantero. El auto de Sebastián ya estaba esperando. El motor encendido. La puerta abierta. Unos pasos más y dejaría la casa que había sido su mundo durante treinta años.

Pero justo cuando su mano estaba a punto de tocar la manija de la puerta del auto, una voz la llamó.

—¿Valentina?

Valentina se dio la vuelta. Una mujer de unos cincuenta años estaba de pie cerca de la reja. Aquel rostro le resultaba inconfundible.

—¿Tía Estela?

La doctora Estela se acercó con expresión de sorpresa. Todavía llevaba la ropa de trabajo, como si acabara de salir de la clínica. Su mirada fue del vestido de novia de Valentina a Sebastián, que estaba de pie no muy lejos de allí.

—¿Te casaste, Valen?

La pregunta sonó espontánea. Casi incrédula.

Valentina esbozó una sonrisa tímida. Aunque era evidente que estaba nerviosa.

—Sí, tía.

La doctora Estela pareció congelarse por un instante.

—¿Te casaste?

—Sí.

—Pero... —La mujer no terminó la frase. Su mirada se volvió extraña. Como si hubiera algo que quisiera decir pero que se le quedó atrapado en la garganta.

Valentina, en cambio, sonrió con más amplitud. Una sonrisa que durante años no había sido capaz de mostrar cuando hablaba de su futuro.

—No se preocupe, tía. Ya le fui sincera a mi esposo sobre mi condición.

El corazón de la doctora Estela se aceleró. Pero Valentina no lo notó.

—Él sabe que no puedo tener hijos. —La frase sonó tan inocente. Tan sincera. Como si el diagnóstico que había sostenido todos esos años fuera una verdad absoluta—. Y mi esposo, si Dios quiere, puede aceptar mi condición.

Por un instante, el rostro de la doctora Estela perdió todo color. Sus manos se cerraron en puños sin que se diera cuenta. Su mirada bajó un momento al suelo. Luego volvió a posarse en Valentina. La mujer que tenía delante se veía feliz. Tal vez no del todo serena. Tal vez todavía asustada. Pero feliz. Y justamente eso era lo que hacía que el pecho de la doctora Estela se apretara cada vez más. Porque no había una sola persona en ese lugar que supiera el secreto que ella cargaba desde hacía años. Valentina no lo sabía. Sus padres tampoco. El esposo de Valentina tampoco. Nadie. Solo ella misma.

—¿Tía? —la llamó Valentina con suavidad.

La doctora Estela se sobresaltó. Y enseguida forzó una sonrisa.

—Ah... sí. Felicidades.

—Gracias, tía.

La doctora Estela asintió despacio. Pero cuando Valentina se dio la vuelta para ir al auto, su mirada siguió a la joven. Un destello de culpa asomó fugaz en su rostro. Y desapareció de nuevo.

Mientras tanto, dentro del auto, Valentina no sabía que aquel breve encuentro de unos pocos minutos terminaría siendo el principio de la revelación del secreto más grande de su vida. Un secreto que la haría cuestionar todo el pasado que hasta entonces había aceptado como verdad.

El trayecto hacia la casa de Sebastián transcurrió en silencio. Valentina iba sentada en el asiento del copiloto con su bolso pequeño sobre el regazo. De vez en cuando miraba por la ventanilla el paisaje que se volvía cada vez más desconocido. A su lado, Sebastián conducía con la vista fija en el camino. No hubo conversación. No hubo charla ligera como la de una pareja recién casada. Solo el sonido del motor y los pensamientos de Valentina, que se volvían cada vez más ruidosos.

Cuanto más se acercaban a la casa, más rápido le latía el corazón. Porque por primera vez iba a encontrarse de verdad con los cinco niños que hasta entonces solo había visto en fotos. Cinco niños que no la querían. Cinco niños que habían hecho fracasar a treinta y dos candidatas a madre antes que ella.

—¿Nerviosa? —preguntó Sebastián de pronto.

Valentina se sobresaltó levemente.

—Sí.

Sebastián asintió apenas.

—Lo entiendo.

Solo eso. Ninguna palabra de aliento. Ninguna promesa de que todo iba a salir bien. Quizá porque ni el propio Sebastián estaba seguro.

Unos minutos después, el auto entró en el jardín de la casa. La casa era grande. Mucho más grande que la casa donde Valentina había crecido. El jardín era amplio, lleno de plantas cuidadas con esmero. Sin embargo, por alguna razón, aquella casa no transmitía calidez. Se parecía más a una construcción imponente pero solitaria.

El auto se detuvo. Sebastián apagó el motor.

—Ya llegamos.

La frase le revolvió el estómago a Valentina de golpe. Asintió despacio. Luego abrió la puerta. La brisa de la tarde le acarició el rostro. Durante unos segundos se quedó de pie junto al auto, contemplando la casa que ahora también era suya. Una casa que no necesariamente la iba a aceptar.

La puerta principal se abrió. Doña Mercedes salió primero; después de la ceremonia se había adelantado a regresar porque no había quién se hiciera cargo de los niños. Las niñeras no duraban, ya habían renunciado demasiadas en poco tiempo, ninguna llegaba a completar unos meses. Si las niñeras no aguantaban, era fácil imaginar lo que sucedía con las candidatas a madrastra, que para los niños siempre resultaban aún más amenazantes.

Como si hubiera estado esperando desde hacía rato, doña Mercedes recibió a Valentina.

—Gracias a Dios —dijo con una sonrisa satisfecha. Luego tomó la mano de Valentina—. Vamos, entra.

Valentina la siguió. Paso a paso. Cada vez más cerca de la puerta principal. Cada vez más cerca de su nueva vida.

Y justo al cruzar el umbral de la casa, los vio. Cinco niños de pie en la sala familiar. Exactamente como una pequeña fila que aguardaba la llegada de alguien. Diego al frente. Mateo a su lado. Nicolás con los brazos cruzados sobre el pecho. Camila escondida a medias detrás de su hermano mayor. Y Sofía en brazos de la cuidadora que doña Mercedes había traído consigo.

No hubo sonrisas. No hubo palabras de bienvenida. Nadie se acercó. Solo la miraban. La observaban. La evaluaban. Como si Valentina fuera una extraña que había entrado sin permiso.

La sala enmudeció de golpe. Valentina forzó una sonrisa.

—Hola...

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Graciela Saiz
porque tiene que hablar de herencias con la familia de Carolina , si la fortuna es de Sebastián, ellos eran pobres y vivían a costillas de Sebastián 😏
Graciela Saiz
que frialdad para relatar el momento de la intimidad 🤭 tanto esperar😂
Graciela Saiz
esa tia me parece se quería quedar con el lugar de la hermana 😏
Graciela Saiz
bueno el padre también podría ponerles los puntos, Mira que los ellos van a ser los que se les de la gana, 😏
Graciela Saiz
interesante 😉
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