La noche en que Amelia Cruz descubre a su prometido en brazos de su propia hermana, decide que no volverá a permitir que nadie la humille.
En el aeropuerto se acerca a un desconocido alto, serio y vestido con uniforme militar.
—Disculpa, ¿necesitas novia?
Adrián Guerrero la observa durante unos segundos antes de responder:
—Novia no. Pero necesito una esposa.
Así comienza un matrimonio entre dos desconocidos. Amelia cree que Adrián es un exmilitar recién retirado, sin fortuna ni un lugar al cual regresar. Él le ofrece respeto, protección y una vida tranquila; ella le promete un hogar mientras ambos deciden qué hacer con su futuro.
Sin embargo, el hombre frío y disciplinado que duerme a su lado empieza a tratarla como si fuera lo más importante de su vida. Cocina para ella, la espera cada noche y aparece siempre que alguien intenta hacerle daño. Ante todos los demás conserva la dureza de un antiguo oficial de las fuerzas especiales; solo con Amelia baja la guardia.
Lo que ella no sabe es que Adrián nunca ha sido un hombre sin dinero. Es el heredero del Grupo Guerrero, una de las familias más poderosas del país, y regresó del ejército para ocupar el lugar que le corresponde.
Amelia pensó que aquel matrimonio sería su forma de escapar de una traición. Nunca imaginó que terminaría enamorándose de su esposo… ni que descubrir su verdadera identidad pondría a prueba el único amor en el que había vuelto a creer.
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Capítulo 21
Capítulo 21 — Llévame a casa
—Ni lo sueñes.
Amelia no imaginaba que aquellos tres pudieran caer tan bajo. Se levantó para tomar la caja y marcharse cuando, de pronto, sintió un mareo y una oleada de calor anormal se le extendió por el cuerpo.
Miró la taza de té de la que había bebido y luego a Genaro, incrédula.
—Genaro, ¿otra vez me drogaron?
Un frío que calaba los huesos le trepó por el pecho. Cuatro años y medio atrás, Cintia le había puesto un sedante en la bebida. Y todo porque un empresario se había encaprichado con ella y Genaro, para cerrar un negocio, quiso entregársela.
Hoy, aquellos tres, para doblegarla, volvían a drogarla. Con la misma clase de sustancia. Era, sencillamente, ridículo.
No le quedó más remedio que renunciar a la caja. Con pasos vacilantes, se dirigió hacia la puerta. Tenía que salir de allí cuanto antes.
En ese momento entró por la puerta un hombre entrado en carnes, de unos cincuenta años, de aspecto grasiento.
Al verlo, Genaro se apresuró a acercarse, servil.
—Señor Mora, ya llegó.
¡El señor Mora!
A Amelia se le heló el alma. Genaro la había engañado con las cosas de su madre para hacerla volver, la había drogado y ahora se la entregaba a Baltazar Mora. La trampa la dejaba sin salida.
Baltazar Mora avanzó, recorriendo sin disimulo con la mirada lasciva a Cintia y a Amelia. Cintia se escondió detrás de Melina, aliviada por dentro: menos mal que la que iba a casarse con ese viejo repugnante no era ella.
Melina empujó a Amelia hacia adelante con una sonrisa.
—Señor Mora, esta es la hija mayor de los Cruz. Si usted quiere, se la damos por esposa.
Los ojos de Mora se clavaron en Amelia y una sonrisa turbia le cruzó la cara grasosa. Aunque la mujer llevaba un traje de oficina, la prenda no hacía sino realzar sus curvas.
—¿Están seguros de que me la entregan a mí? —le confirmó a Genaro, complacido.
Genaro asintió, obsequioso.
—Por supuesto. Con tal de que el señor Mora invierta en la empresa de los Cruz.
—Eso no es problema —Mora hizo un ademán generoso, mientras seguía desnudando a Amelia con la mirada.
Amelia retrocedió un paso y se golpeó la sien para despejarse.
—Señor Mora, no se deje engañar. Ya estoy casada. Si me obliga a casarme con usted, comete bigamia.
El rostro de Mora se ensombreció de golpe. Sería mujeriego, pero no pensaba terminar entre rejas.
—Genaro, ¿me estás tendiendo una trampa para sacarme la inversión?
Genaro le lanzó una mirada furiosa a Amelia y se apresuró a explicar:
—Señor Mora, ¿cómo me atrevería a engañarlo? La malcriada esta no quiere casarse y se inventa cualquier excusa. Si estuviera casada, nosotros, sus padres, lo sabríamos.
Mora sopesó sus palabras. Tenía sentido. Y, sobre todo, la mujer era demasiado hermosa, más que cualquiera que hubiera conocido. Imposible resistirse.
Aprovechando que estaban distraídos, Amelia sacó temblando el celular del bolso para llamar a la policía. Melina la descubrió, le arrebató el teléfono de un manotazo y lo apagó. Luego la empujó con saña.
—Maldita, ¿todavía quieres llamar a la policía? Hoy le vas a hacer buena compañía al señor Mora, y punto.
Amelia estaba mareadísima, empapada en sudor. Con el empujón cayó al suelo; el dolor punzante de la rodilla le calmó por un instante la agitación del cuerpo.
Alzó la cabeza hacia Mora.
—Baltazar Mora, si hoy te atreves a tocarme, mi marido te va a hacer pagar.
Cintia rió con sorna.
—Hermana, ¿con qué cara tu prometido soldado muerto de hambre va a hacerle pagar nada al señor Mora?
Aquello terminó de tranquilizar a Mora. Se acercó a Amelia, se agachó y estiró la mano hacia su rostro. Ella la esquivó.
—Vaya, tiene carácter. Me gusta.
La mano regordeta fue de nuevo hacia el brazo de Amelia. Ella alcanzó a ver la taza sobre la mesa, se lanzó a por ella y la estrelló frente a Mora. La taza saltó hecha añicos.
Amelia agarró un trozo de vidrio y, sin reparar en el dolor de la palma, lo mantuvo firme frente a sí, encarando a todos con los ojos inyectados en furia.
—Que nadie se acerque.
El gesto los dejó a todos petrificados: nadie quería una desgracia entre manos.
—Ame, hablemos con calma. Suelta ese vidrio —le rogaba Genaro mientras intentaba avanzar hacia ella.
—Genaro, no te muevas.
Amelia se puso de pie a duras penas, con la mirada enrojecida, y avanzó tambaleándose paso a paso hacia la puerta.
Al ver que la presa se le escapaba, Mora se lanzó de golpe sobre ella y le atrapó la muñeca del vidrio. Melina acudió a ayudarlo y le arrancó el trozo de la mano, sin importarle que le abriera la palma.
Y no supo si fue por el dolor o por la desesperación, pero a Amelia se le saltaron las lágrimas.
—Ya está, ven al cuarto con este señor. Yo te voy a consentir bien —dijo Mora, arrastrándola hacia la escalera a la fuerza.
—Señor Mora, yo lo llevo —se ofreció Genaro, abriendo la marcha.
¡PUM!
La puerta de entrada voló de una patada.
Todos se volvieron. Un hombre de traje negro, con dos botones de la camisa desabrochados y el rostro tan sombrío que daba miedo, entró en la sala.
Antes de que nadie reaccionara, se oyó un alarido de dolor de Mora, seguido del chasquido nítido de un hueso al quebrarse. A todos se les cortó el aliento al ver al hombre de gesto glacial partirle la muñeca a Mora con las manos desnudas.
Adrián apartó a Mora de una patada, estrechó a Amelia contra su pecho y, al ver la sangre en su mano, se le contrajeron las pupilas. Volvió a descargar el pie contra Mora, que rodó por el suelo entre lamentos.
Bañada en lágrimas, Amelia contempló al hombre que había aparecido de la nada. El corazón, que había tenido colgando del abismo, por fin se le asentó. Toda la emoción reprimida, el dolor, la humillación, se le vinieron encima de golpe.
Hasta ese instante se había obligado a calcular cada paso: la distancia a la puerta, la posición del vidrio, la fuerza que aún le quedaba. Al verlo, dejó de calcular. Su cuerpo comprendió antes que su mente que ya no estaba sola, y las piernas, sostenidas hasta entonces por pura voluntad, empezaron a temblarle sin remedio.
—Adrián —dijo con voz quebrada—, llévame a casa.
Quizá así sea la gente: cuando está sola, sabe fingir fortaleza y cargarlo todo; pero en cuanto descubre que hay alguien en quien puede apoyarse, toda la coraza cuidadosamente levantada se derrumba como una marea.
—Sí. Te llevo a casa. —Adrián la apretó más fuerte, con una ternura dolida como nunca había sentido.
—¿Quién… quién eres tú? —Genaro estaba pálido de terror. El aura asesina de aquel hombre daba pavor.
Cintia lo miró, y primero le brillaron los ojos —qué hombre tan atractivo—, y solo después lo reconoció.
—Papá… es el prometido de Amelia.
Al oírlo, Genaro se atrevió por fin a mirarlo bien. ¿De verdad era ese un simple soldado muerto de hambre? Con toda su experiencia en juzgar a la gente, aquel porte señorial no era, de ningún modo, el de un pobre.