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Balística Arcana: De La Basura Al Trono De Pólvora.

Balística Arcana: De La Basura Al Trono De Pólvora.

Status: En proceso
Genre:Mundo mágico / Viaje a un mundo de fantasía / Venganza
Popularitas:174
Nilai: 5
nombre de autor: Themole

Algo crudo y nuevo, un reflejo de los problemas en la vida real.

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El Espejo Roto

El invierno no descendió sobre el imperio con la gracia silenciosa de la escarcha; cayó como una losa de plomo, asfixiando los caminos, congelando los abrevaderos y convirtiendo las laderas de la cordillera en un laberinto de hielo y muerte. Sin embargo, dentro del Salón de los Estandartes, el frío ambiental era apenas un eco distante comparado con el hielo que se había instalado en las entrañas del poder.

Las altas ventanas ojivales, reforzadas con tablones de roble para contener la furia de la ventisca, apenas dejaban pasar una luz grisácea y sucia que se estrellaba contra los muros de piedra negra. Sobre la mesa de los mapas, los estandartes en miniatura de la corona ya no se desplazaban al ritmo de las campañas planificadas en los despachos, sino con la urgencia desesperada de los reportes que llegaban a cuentagotas desde las provincias del sur.

El rey Valerius III permanecía sentado en el sitial elevado, con la pesada capa de pieles echada sobre los hombros y las manos apoyadas en el pomo de su bastón de mando, un roble nudoso encasquillado en hierro negro. Su respiración dibujaba una ligera voluta de vapor en el aire viciado de la estancia. A su lado, la princesa Vespera examinaba los últimos informes económicos y militares de la Marca del Sur, con la mandíbula tensa y el entrecejo surcado por una línea permanente de hostilidad.

—Los envíos de grano desde los valles intermedios se han detenido por completo —comenzó Vespera, sin levantar la vista de los pergaminos, su voz cortante como el viento exterior—. El intendente de la ruta comercial de Olivo informa que las caravanas no solo no llegan a la capital, sino que han sido interceptadas o redirigidas sistemáticamente hacia Puerto Seco. Ese maldito asentamiento de mineros ya no es una aldea aislada; se ha convertido en un centro de acopio militar fortificado.

Valerius no apartó los ojos del fuego moribundo que ardía en el hogar central de la sala.

—Un centro de acopio que sobrevive porque nuestros comandantes en las fortalezas intermedias han preferido la prudencia a la audacia —respondió el rey, su tono bajo y ronco resonando con la pesadez de una sentencia—. El Mariscal Rorik debió aplastar ese nido de resistencia antes de que las primeras nevadas sellaran los desfiladeros. Si permitimos que el invierno pase sin una victoria decisiva, los señores feudales de las provincias del este verán que el trono es incapaz de proteger sus propias rutas comerciales, y la rebelión se extenderá como una plaga de langostas.

Vespera abrió la boca para replicar, dispuesta a defender la estrategia de desgaste y tierra quemada que habían trazado semanas atrás, cuando el sonido seco y violento de las grandes puertas de roble interrumpió el debate.

No fue el golpe medido de un guardia real pidiendo audiencia ni el protocolo solemne de un emisario diplomático. Fue un impacto sordo, desesperado, como el de un cuerpo que se estrella contra la madera intentando buscar un refugio que ya no existe. Las hojas de las puertas cedieron lentamente, chirriando sobre sus goznes oxidados.

En el umbral, recortado contra la penumbra brumosa de los pasillos interiores, se tambaleaba una silueta que apenas conservaba la forma humana.

Era un caballero de la guardia de avanzada de la tercera cohorte, la misma unidad que había sido enviada a patrullar las inmediaciones de Puerto Seco semanas atrás para evaluar las defensas del asentamiento de Leo. Pero del orgullo de la caballería imperial no quedaba ni el rastro. Su armadura negra estaba abollada, cubierta de una costra de lodo, nieve y sangre reseca. No llevaba yelmo, y su cabello, apelmazado por el sudor frío y la escarcha, se adhería a un rostro demacrado por el terror y el dolor.

Pero lo que detuvo el aliento de Vespera y heló el rostro de Valerius fue su costado izquierdo.

El caballero no traía escudo ni espada. Donde antes se alzaba el hombro y el brazo que debía sostener el estandarte de la corona, ahora solo colgaba una masa grotesca de jirones de tela ensangrentada y carne desgarrada. El brazo entero había sido arrancado o mutilado desde la raíz en una carnicería reciente; la herida, mal cauterizada por el frío y la urgencia, seguía goteando un hilo oscuro y espeso que dejaba una estela intermitente sobre los pulidos adoquines del salón.

—Majestad... —graznó el soldado. Su voz no era un saludo militar, sino el estertor de un animal acorralado que había visto el fondo del infierno.

Dio dos pasos al frente, arrastrando las botas con torpeza, y cayó de rodillas frente al estrado real con un golpe seco que resonó con crudeza en la bóveda de la sala. Las manos que le quedaban —la derecha aferrada convulsivamente al suelo, la izquierda inexistente— temblaban con espasmos violentos.

Vespera dio un paso al frente, bajando del estrado con la mano instintivamente apoyada en la empuñadura de su espada. Su mirada, habitualmente fría y analítica, se estrechó al examinar los restos del soldado, buscando entre el horror la información táctica que necesitaba desesperadamente.

—Informe de inmediato, soldado —exigió la princesa, sin concederle ni un ápice de compasión ante su estado agónico—. ¿Dónde está la cohorte? ¿Qué ocurrió en los llanos de Puerto Seco? ¿Fue una emboscada de los bandoleros o el ejército del extranjero?

El caballero levantó la cabeza lentamente. Sus ojos, completamente inyectados en sangre y con las pupilas dilatadas por la fiebre del trauma, miraban a la princesa sin verla realmente, como si sus retinas aún estuvieran quemadas por el fogonazo de una pesadilla que lo perseguía despierto.

—No... no fue una batalla, Alteza... —balbució el hombre, tosiendo sangre que salpicó las baldosas y manchó el dobladillo de su propia túnica—. Íbamos a rodear el perímetro... a cortarles el agua como ordenó el mariscal... pero... pero aparecieron de la nada entre la ventisca.

—¿Cuántos eran? ¿Una compañía entera de milicianos con picas? —interrumpió Vespera, inclinándose ligeramente hacia él, con los dientes apretados por la frustración.

—¡Eran tres! ¡Solo eran tres malditos hombres! —gritó el caballero con lo último que le quedaba de aliento, un alarido histérico que se quebró en un llanto seco y gutural—. El que llaman Garrik... nos abrió el pecho con un hacha de minero antes de que pudiéramos desenvainar. La mujer... Kassandra... se movía entre la nieve como un demonio silencioso. Y el otro... el extranjero... Leo...

El soldado se detuvo un instante, respirando con dificultad, con el pecho hundiéndose en una espantosa convulsión de dolor.

—No usó ballestas... no usó fuego griego... Sacó dos tubos cortos de metal negro brillante de sus catorcenas... Los apuntó con una calma que helaba la sangre. Tronaron... tronaron doce veces seguidas sin detenerse a recargar. Vi... vi cómo el peto de acero del capitán se abría como papel de pergamino a cincuenta pasos de distancia. El plomo... el plomo nos masacró antes de que pudiéramos ver el humo. Intenté levantar mi espada para defenderme, y en un segundo... en un maldito segundo, mi brazo ya no estaba allí. No hay honor en esto, Alteza. No es una guerra... es una ejecución. Vienen hacia acá. Vienen a quemar todo el imperio hasta los cimientos...

Las últimas palabras del caballero se ahogaron en una arcada de sangre espesa. Su cuerpo se convulsionó una última vez y se desplomó de costado sobre el suelo de piedra, quedando completamente inerte en medio del charco escarlata que no dejaba de crecer.

En el Salón de los Estandartes se instaló un silencio sepulcral, roto únicamente por el silbido furioso del viento invernal que golpeaba los tablones de las ventanas y el crujir lejano de las vigas del techo bajo el peso de la nieve.

El rey Valerius III se puso lentamente de pie, apoyando todo su peso sobre el bastón de mando. Su rostro, surcado por las arrugas de medio siglo de tiranía, no mostraba asombro, sino una fría y sombría comprensión de que el abismo finalmente se habíá abierto bajo sus pies.

Miró el cuerpo destrozado del caballero, luego alzó la vista hacia su hija, y en los ojos del monarca se reflejó la certeza absoluta de que la guerra que habían planeado librar en las fronteras ya se estaba librando, de manera silenciosa y letal, en el corazón mismo del imperio.

El eco del último estertor del caballero se extinguió en los rincones más oscuros del Salón de los Estandartes, tragado por la atmósfera pesada y cargada de un plomo invisible. Ninguno de los dos reyes se movió durante varios segundos. El cuerpo del soldado yacía extendido sobre los adoquines pulidos, con el muñón destrozado y sangrante manchando de oscuro las baldosas, un recordatorio grotesco de que la tecnología de Leo ya no era una advertencia lejana, sino una realidad mutiladora que había atravesado las líneas defensivas del imperio.

La princesa Vespera apartó la mirada del cadáver con una frialdad estudiada, aunque la forma en que sus dedos se cerraron con fuerza hasta clavar las uñas en la palma de su mano delataba la furia contenida que le quemaba por dentro.

—Tres hombres... —susurró Vespera, rompiendo el silencio con una voz tan baja y cortante que parecía raspar la piedra—. Una centuria entera de caballería de élite, hombres entrenados para doblegar revueltas provinciales y someter feudos enteros, reducidos a polvo y huida por tres malditos desertores en la ventisca. Si permitimos que ese relato se filtre a los cuarteles generales del norte, la moral de nuestras tropas se desvanecerá antes de que el Mariscal Rorik cruce el primer río.

El rey Valerius dio un paso lento hacia adelante, apoyando el peso de su cuerpo sobre el bastón de mando. Su rostro, surcado por las arrugas de un poder absoluto que jamás había conocido grietas, mostraba ahora la concentración gélida de un estratega que evalúa la pérdida inevitable de una pieza clave en su tablero. No sentía pena por el caballero caído; en el mundo de la corona, los hombres eran herramientas reemplazables, y un instrumento que se rompía en pedazos al primer impacto carecía de utilidad.

—No habrá comunicados hacia las tropas, Vespera —ordenó el rey con una calma inapelable, su voz resonando en la bóveda con la fuerza de un decreto divino—. Que la guardia de corps limpie este despojo del suelo antes de que el cambio de guardia exponga la debilidad de nuestro umbral. Los soldados no necesitan saber cómo murió la vanguardia; solo necesitan saber que el castigo por fallar es exactamente el mismo que el de la traición.

Vespera asintió con un movimiento seco, aceptando la premisa con la fría lógica del estado. Caminó despacio hacia la mesa de los mapas, donde las fichas de plomo seguían representando una estrategia de desgaste que el propio enemigo acababa de pulverizar en la práctica.

—El Mariscal Rorik ya ha movilizado a las columnas pesadas hacia los valles intermedios, pero el avance es lento debido a los ventisqueros —analizó la princesa, deslizando un dedo enguantado sobre la ruta que conectaba Puerto Seco con la capital—. Si ese inventor y sus dos subordinados se han atrevido a golpear nuestra vanguardia con tanta osadía, significa que no se quedan a esperar el asedio. Están adoptando tácticas de guerrilla. Se mueven con rapidez, golpean donde la columna es más vulnerable y desaparecen en la tormenta antes de que nuestros caballeros puedan desplegar formaciones.

Valerius se acercó a la mesa, apoyando las dos manos nudosas sobre la madera tallada, justo en el punto donde se alzaba la miniatura del castillo principal. Los ojos del monarca brillaban con una hostilidad contenida.

—Una fuerza que depende de la velocidad y de una ventaja tecnológica específica no puede sostener una guerra prolongada si le quitamos el terreno que habita —sentenció el rey, levantando la vista para mirar fijamente a su hija—. La doctrina de la tierra quemada no era una opción táctica para debilitarlos; ahora es nuestra única salvaguarda. Que el mariscal no se detenga a buscar su campamento principal. Que ordene quemar cada granero, arrasar cada aldea de los valles y envenenar los pozos de agua en un radio de diez leguas alrededor de la ruta de avance. Si quieren marchar hacia la capital, tendrán que hacerlo sobre un desierto helado donde no quede un solo hombre que les dé refugio, ni una sola brizna de paja que les sirva de fuego.

Vespera sintió una ligera tensión en el pecho ante la brutalidad absoluta de la orden, consciente de que devastar las provincias del sur significaba destruir permanentemente una parte fundamental de la economía del propio imperio. Pero el recuerdo del soldado agonizante, del brazo destrozado por el plomo y del trueno que no necesitaba recargarse le devolvió de golpe la urgencia de la supervivencia. No quedaba espacio para la diplomacia ni para el cálculo económico; el imperio estaba siendo cazado en su propia casa.

—Daremos la orden a los emisarios de la vanguardia antes del amanecer —confirmó la princesa, con una resolución de pedernal en la mirada—. Y duplicaremos la guardia en los accesos interiores del torreón. Si ese extranjero cree que su tecnología lo convierte en un dios capaz de desafiar el trono, le enseñaremos que la furia de la corona no necesita milagros para aplastar lo que se atreve a levantarse contra ella.

El estruendo no provino de las manecillas del protocolo ni de la pesada madera cediendo con dignidad. Esta vez, las hojas de roble del Salón de los Estandartes estallaron hacia adentro, arrancadas de cuajo por un impacto brutal que hizo añicos los cerrojos de hierro forjado y astilló los marcos de piedra.

El Mariscal Husein atravesó el umbral tambaleándose, con los dos metros de su imponente estatura encorvados bajo el peso de una masacre de la que apenas había logrado escapar con vida. Su peto de acero negro, una pieza legendaria forjada en los hornos de la capital para resistir el impacto directo de una ballesta de sitio, ya no era una armadura; estaba completamente reventado, perforado en el centro por múltiples agujeros humeantes que habían doblado el metal hacia adentro como si se tratara de hojalata delgada. Su sobrevesta blanca estaba empapada de una sangre espesa y negruzca que brotaba a borbotones de innumerables heridas en su torso.

Los dos guardias de corps que custodiaban el estrado levantaron las alabardas de inmediato, pero se quedaron paralizados al reconocer el rostro descompuesto y fantasmal del mariscal.

Husein dio tres pasos hacia el centro del salón, escupiendo un coágulo de sangre oscura sobre las baldosas antes de desplomarse pesadamente de rodillas, con los dedos enguantados arañando el suelo de piedra en una desesperada lucha por no perder la consciencia.

El rey Valerius y la princesa Vespera bajaron del estrado a zancadas. La frialdad calculadora con la que habían dirigido la guerra unos minutos antes se desvaneció al ver el estado del hombre que mandaba a los mejores ejércitos del imperio.

—Husein... —exclamó Vespera, deteniéndose a pocos centímetros del mariscal, con los ojos abiertos de par en par ante la carnicería—. ¿Dónde está la vanguardia? ¿Qué demonios ha pasado en los llanos del sur?

El mariscal levantó la cabeza con un esfuerzo titánico. Su mandíbula estaba contraída por el dolor y sus ojos reflejaban el pánico irracional de alguien que había mirado directamente a los ojos al fin del mundo. Tenía una flecha rota sobresaliendo con violencia del hombro derecho, y la carne a su alrededor estaba chamuscada y ennegrecida.

—Ese... ese tal Leo... es un monstruo... —graznó Husein, con la voz rota y ahogada por la sangre que inundaba sus pulmones—. Mató a la mitad de mis hombres antes de que pudiéramos sacar las espadas de las vainas... Y no tienen honor... mató a dos de nuestros muchachos que ya se habían rendido, que habían arrojado el acero al suelo y levantado las manos... Los ejecutó a sangre fría...

El mariscal hizo una pausa, tosiendo con violencia y escupiendo más espuma carmesí mientras apretaba los dientes con una furia impotente.

—Un muchacho de nuestra vanguardia... un arquero de la décima compañía... logró alcanzarlo en el hombro en medio de la confusión... —continuó Husein, señalando con un dedo tembloroso la flecha rota que colgaba de su propio cuerpo, como si reviviera la escena frente a ellos—. Le atravesó la carne de lado a lado... y ese demonio... ni siquiera gritó. Se arrancó la flecha del cuerpo con sus propias manos, sacó un frasco de pólvora negra y un trozo de hierro al rojo vivo... ¡y se cauterizó la herida a sí mismo quemando su propia carne sin soltar una sola lágrima!

Vespera sintió un escalofrío helado recorrerle la espina dorsal. Valerius, con el rostro contraído por la furia y la incredulidad, se inclinó ligeramente hacia el mariscal herido.

—¿Y qué hizo después? —preguntó el rey con un hilo de voz que apenas contenía la tormenta en su interior.

Husein tragó saliva, con el terror absoluto brillando en sus pupilas dilatadas.

—Se giró hacia el muchacho que le había disparado... el chico estaba aterrorizado, piedad pedía... y sin mediar palabra, sin un ápice de compasión, le apuntó con ese maldito tubo de fuego y le voló la cabeza en mil pedazos frente a todos nosotros... —susurró el mariscal, antes de que sus ojos perdieran el foco y su cuerpo colapsara por completo sobre los adoquines, dejando escapar el último aliento de una vida consumida por el fuego del sur.

El eco del colapso de Puerto Seco apenas terminaba de disiparse sobre las baldosas ensangrentadas cuando el crujido seco de una bota contra la madera astillada rompió de nuevo la atmósfera.

Un último caballero, el último vestigio de la línea de mensajeros de las marcas orientales, avanzó tambaleándose hacia el centro de la sala. Su cota de malla estaba desgarrada a la altura del costado y un hilo de sangre seca le surcaba la frente desde el borde del yelmo, pero lo que verdaderamente asustaba era la absoluta inexpresividad de su mirada; la mirada de un hombre que había visto cómo el mundo que conocía se desmoronaba en cuestión de horas.

No hizo la venia de ordenanza. Se limitó a dejar caer los brazos a los costados, con las palmas abiertas y vacías de cualquier acero.

—Majestad... Alteza... —murmuró, su voz apenas un soplo seco que competía con el silbido de la ventisca exterior—. El Mariscal Husein decía la verdad sobre el final de Puerto Seco, pero la marea ya ha rebasado los límites. Vengo a confirmar lo inevitable...

El caballero tragó saliva con dificultad, obligándose a articular las palabras que sentía como una sentencia de muerte anticipada.

—Los asentamientos de Oteruelo y Piedrahíta... los dos últimos bastiones que mantenían abiertas las rutas de abastecimiento hacia el este... han sido liberados por las milicias del extranjero. Sus guarniciones depusieron las armas al ver caer las puertas bajo el fuego de esos tubos infernales. No hay resistencia militar en pie más allá de este torreón. El sur y el este ya no pertenecen a la corona.

El rey Valerius III cerró los ojos un solo instante. No hubo exclamación de furia, ni golpe de báculo contra el suelo; solo el peso inconmensurable de un imperio de mil años reduciéndose a las cuatro paredes de piedra que los rodeaban. La estrategia de tierra quemada, el invierno implacable y los ejércitos de élite se habían desvanecido ante el avance sistemático de un hombre que no buscaba negociar, sino borrar el pasado.

El silencio que siguió al informe del último caballero no fue el de la disciplina militar ni el de la prudencia táctica; fue el vacío absoluto que precede al colapso de las eras. El imperio que los reyes habían gobernado con mano de hierro durante generaciones se había encogido en cuestión de días hasta quedar reducido a las frías y oscuras piedras del torreón central.

El rey Valerius abrió lentamente los ojos. Ya no quedaba rastro de la soberbia imperial en su mirada, sino el brillo sombrío y frío de un depredador acorralado que sabe que la única salida que le queda es morder hasta el último aliento.

—Déjanos —ordenó el monarca con una voz que apenas era un susurro gutural, señalando con la mano nudosa hacia las puertas destrozadas.

El caballero hizo una reverencia mecánica y se apartó a tropezones, fundiéndose con la penumbra de los pasillos exteriores y dejando a los reyes completamente solos junto al cadáver del mariscal y el charco de sangre que se enfriaba sobre los adoquines.

Vespera dio un paso al frente, rompiendo la quietud con el sonido seco de sus botas. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos oscuros ardían con una intensidad feroz, indomable.

—Hemos perdido las marcas, el sur, el este y las rutas de grano —dijo la princesa, sin apartar la vista del mapa tallado que ahora representaba un territorio fantasma, un reino evaporado—. Si esperamos a que ese extranjero cruce los últimos desfiladeros y ponga pie en el patio de este castillo, nuestra muerte será rápida, pero la memoria de nuestra estirpe será borrada como si jamás hubiéramos existido.

Valerius apoyó las dos manos sobre la madera negra de la mesa, inclinando el torso hacia adelante mientras su respiración pesada empañaba el aire helado de la sala.

—No vamos a esperar a que toque las puertas, Vespera —respondió el rey, y una sonrisa torcida, casi salvaje, surcó la comisura de sus labios—. Si ese maldito inventor cree que puede arrebatarnos el trono desde las sombras de su revolución de plomo y pólvora, le demostraremos de qué está hecha la verdadera sangre de esta corona. No nos encerraremos a morir de hambre entre estas paredes como ratas en una tumba.

La princesa lo miró, entendiendo al instante el giro definitivo que tomaba su destino. Ya no había planes de contingencia ni ejércitos de reserva. Solo quedaba el duelo final.

—Sacaremos a la guardia real que nos queda —susurró Vespera, desenvainando lentamente su espada, cuyo acero brilló con un reflejo mortuorio bajo la luz cenital—. Iremos al encuentro de ese monstruo antes de que ponga un pie en la plaza principal.

Valerius asintió con una lentitud solemne, enderezando su imponente figura y tomando firmemente su bastón de mando con una mano, mientras con la otra empuñaba la empuñadura de su propia arma ceremonial.

—Que se prepare el extranjero —sentenció el rey, mientras el viento de la ventisca aullaba en el exterior como un coro de almas condenadas—. Si Puerto Seco ardió, la capital se convertirá en la pira donde decidiremos quién se queda con los restos de este mundo.

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Catalina Angel
Pobre Leo :'(
Alejandro: si me pase tantito con el :(
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