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EL SILENCIO DE LOS CORDEROS DE CEMENTO

EL SILENCIO DE LOS CORDEROS DE CEMENTO

Status: Terminada
Genre:Mafia / Completas
Popularitas:198
Nilai: 5
nombre de autor: MISTER (X)

Brooklyn, 1986. Dante Rizzuto tiene doce años cuando presencia el funeral de su padre, Enzo, un capo de la mafia asesinado en un callejón. Su tío Salvatore, el nuevo jefe de la familia, lo cría bajo el código de la Cosa Nostra: el respeto se gana con poder, el poder se mantiene con miedo. Bajo la tutela de su tío, Dante se convierte en "Il Fantasma", un asesino frío y calculador que se mueve entre las sombras del bajo mundo de Nueva York.

Pero el pasado nunca muere del todo. Cuando Dante conoce a Elisa, una fotógrafa de arte que ve más allá de su fachada de hombre de negocios, comienza a cuestionar todo lo que ha aprendido. El amor se convierte en su primer acto de rebeldía, y la traición de su tío desencadena una guerra que lo enfrentará a su propia sangre.

En una carrera contrarreloj entre la venganza y la redención, Dante deberá infiltrarse en la fortaleza de su tío durante la Noche de las Máscaras, una velada veneciana donde los capos de las cinco familias celebran una tregua fic

NovelToon tiene autorización de MISTER (X) para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL PRECIO DE LA DESOBEDIENCIA

Capítulo 2

La advertencia de su tío resonó en los oídos de Dante cuando, tres meses después de su encuentro con Elisa, recibió una llamada de un número desconocido. Era la voz de Elisa, temblorosa, rota por el llanto, como una cuerda de violín a punto de romperse. "Dante… hay hombres en mi casa. Dijeron que te conocen. Dijeron… que querían hablar contigo de un malentendido."

El mundo se detuvo para Dante. El miedo, un sentimiento que creía haber extirpado de su corazón con cada uno de sus enemigos, se apoderó de él con una fuerza brutal. No era por él, era por ella. Por haberla arrastrado a su infierno. "No hagas nada, Elisa," le dijo, forzando la calma en su voz, aunque su corazón latía como un tambor de guerra. "Diles que no sabes nada. Que solo soy un conocido. Yo me encargo. Escóndete y no salgas hasta que yo llegue."

Colgó y su mente funcionó a la velocidad del rayo. La única persona que podía saber de Elisa era su tío. Salvatore. La traición más cruel. ¿Acaso su tío había orquestado aquello para controlarlo, para recordarle su lugar en el mundo? El rostro de Salvatore, con su sonrisa paternal y sus ojos de hielo, se le apareció en la mente. La duda se convirtió en certeza cuando recordó la mirada de su tío la última vez que hablaron de Elisa. Había un destello de algo oscuro, de posesividad, de advertencia.

Recordó cómo Salvatore había mencionado casualmente el nombre de Elisa en una conversación, como si estuviera probando sus reacciones, como si estuviera midiendo el efecto que ella tenía en él. Dante había visto a su tío usar esa misma táctica antes. Era un maestro en el arte de la manipulación sutil, de plantar semillas de duda y miedo en las mentes de sus subordinados.

Una vez, Salvatore había mencionado casualmente que un capitán llamado Vincenzo había estado pasando demasiado tiempo en un bar del barrio chino. Semanas después, Vincenzo fue encontrado muerto en un callejón, y Salvatore había reclamado el control de sus negocios. Dante sabía que su tío no dejaba nada al azar. Cada palabra, cada gesto, cada silencio estaba calculado para servir a sus propósitos. Y ahora, Dante era el objetivo de esa maquinaria de manipulación.

Dante llamó a su segundo, un hombre de confianza llamado Marco, leal hasta la médula y con un pasado tan oscuro como el suyo. Marco había sido soldado de su padre, y lo había visto crecer. Era más un tío que un subordinado, un hombre de pocas palabras pero de acciones contundentes.

"Prepara el coche. Y arma a los muchachos. Vamos a casa de Elisa."

"¿Jefe? Esa no es nuestra zona. Eso es territorio de los Marchetti. Podría haber problemas," advirtió Marco, con su voz grave y ronca, como si hubiera fumado toda su vida.

"Ya hay problemas," espetó Dante. "Y yo voy a solucionarlos. Si los Marchetti quieren una guerra, que la tengan. No voy a permitir que toquen a Elisa."

Marco asintió sin cuestionar. Sabía que cuando Dante tomaba una decisión, era inútil discutir. "Espere en el coche. Iré a buscar a los muchachos." Marco conocía a Dante desde que era niño, y sabía que cuando su joven patrón tenía esa mirada de acero en los ojos, no había fuerza en el mundo que pudiera detenerlo.

En menos de diez minutos, un coche negro con cinco hombres armados salió del garaje de Dante. Mientras conducían hacia el Village, Dante repasó el plan en su mente. Quería evitar un tiroteo si era posible, pero estaba dispuesto a todo por proteger a Elisa. Su mano se posó sobre el arma que llevaba en el cinturón, sintiendo el frío del metal contra su piel. Recordó las palabras de su padre: "Un hombre no debe buscar la violencia, pero tampoco debe temerla cuando llega."

Llegaron al apartamento de Elisa, un edificio de ladrillo rojo en el Village, con la noche como cómplice. El silencio era absoluto, roto solo por el eco de sus pasos en la escalera. Subieron las escaleras sigilosamente, armados con pistolas con silenciador que Dante había obtenido de un contacto en el departamento de policía. Dante sintió el pulso en sus sienes, un latido frenético que le recordaba que no era invencible. No era el miedo del combatiente, era el pánico de quien está a punto de perderlo todo.

Forzaron la puerta con una patada seca. El apartamento estaba revuelto, con muebles volcados y cuadros rotos. Elisa estaba en el sofá, atada, con una gasa ensangrentada en la cabeza que manchaba el cojín de un rojo vivo. Dos hombres, con trajes baratos y caras de matones, se giraron al verlos. Eran de la familia Marchetti, reconocibles por el anillo con el escudo de su familia que llevaban en el dedo meñique.

"Dante Rizzuto," dijo uno de ellos, con una sonrisa desdentada que mostraba un diente de oro. "El Fantasma hecho carne. Tu tío nos mandó a saludar. Dice que te has olvidado de tus modales. Que la familia necesita recordarte quién manda."

Dante no habló. Su respuesta fue un tiro seco y certero que impactó en el pecho del hombre que había hablado, justo donde el corazón debería estar. El otro intentó sacar su arma, pero Marco ya había disparado, tres tiros rápidos que perforaron el cráneo del segundo hombre. El sonido de los silenciadores era un susurro mortal en el silencio del apartamento, apenas un bufido ahogado. La sangre se extendió lentamente sobre la madera del suelo, formando un charco que reflejaba la luz tenue de la luna que entraba por la ventana.

Dante corrió hacia Elisa, cortó sus ataduras con una navaja y la abrazó. Temblaba como una hoja al viento, su cuerpo sacudido por sollozos silenciosos. "Ya pasó," le susurró, acariciando su cabello. "No volverán a hacerte daño."

Pero sabía que mentía. El daño ya estaba hecho. La guerra había comenzado. Al llevar el conflicto a la puerta de los Marchetti, había violado un pacto tácito de no agresión en territorio neutral. Y al ir contra la voluntad de su tío, había declarado la guerra dentro de su propia familia. Era un hombre sin tierra, un soldado sin bando.

Marco y sus hombres comenzaron a limpiar la escena. Era una rutina que conocían bien: eliminar pruebas, limpiar la sangre, asegurarse de que nada pudiera vincularlos con el crimen. "Jefe, tenemos que irnos," dijo Marco, mientras envolvía los cuerpos en bolsas de plástico. "Los Marchetti no tardarán en enviar refuerzos."

Dante asintió, tomó a Elisa en brazos y la llevó escaleras abajo. En el coche, mientras se alejaban a toda velocidad, Dante sintió que su vida había cambiado para siempre. Ya no había vuelta atrás.

Dante pasó la noche en el apartamento de Elisa, velando su sueño con una pistola en la mano. Cada ruido era una amenaza, cada sombra un enemigo. Sabía que su tío no descansaría hasta haberlo castigado, y que los Marchetti buscarían venganza por la muerte de sus hombres. Mientras Elisa dormía, Dante planeaba su siguiente movimiento. Sabía que no podía confiar en nadie, ni siquiera en su propia sangre.

Al amanecer, Elisa despertó y lo encontró sentado junto a la ventana, observando la calle. "¿Qué vas a hacer ahora?" preguntó, su voz aún débil.

"Protegerte," respondió Dante sin apartar la mirada. "Y asegurarme de que nadie vuelva a hacerte daño."

"¿Y tu familia? ¿Tu tío?"

Dante apretó la mandíbula. "Mi tío es el que envió a esos hombres. No puedo confiar en él."

Elisa se sentó en la cama, envolviéndose en una manta. "Entonces, ¿qué vas a hacer?"

Dante se volvió hacia ella, y por primera vez, dejó caer la máscara que había llevado durante años. "Voy a destruirlo. A él y a todo lo que ha construido. Por mi padre. Por ti. Por mí."

Sus palabras eran un juramento, una promesa que sellaba su destino. Sabía que el camino sería sangriento, que tendría que mancharse las manos aún más de lo que ya lo estaban. Pero ya no le importaba. Había llegado el momento de la verdad.

Esa mañana, Dante tomó una decisión que cambiaría su vida para siempre. Sabía que el camino que estaba a punto de tomar no tendría retorno, pero ya no le importaba. Había llegado el momento de enfrentar a su tío y reclamar lo que por derecho le pertenecía: el control de la familia Rizzuto.

Llamó a Marco y le dio instrucciones precisas: quería un informe detallado de todos los movimientos de Salvatore, de sus aliados, de sus debilidades. Quería conocer cada rincón de la fortaleza de su tío, cada rendija por la que pudiera colarse. La guerra había comenzado, y Dante estaba decidido a ganarla.

"Quiero saber todo, Marco," dijo Dante, con una determinación fría. "Dónde come, dónde duerme, con quién se reúne. Quiero conocer sus hábitos, sus rutinas, sus secretos. No quiero dejar nada al azar."

Marco asintió, con una chispa de orgullo en sus ojos. "Lo haré, jefe. Pero esto es peligroso. Salvatore tiene muchos hombres leales."

"Y yo tengo a los tuyos," respondió Dante. "Y a los que aún recuerdan a mi padre."

Esa noche, mientras Elisa dormía profundamente, Dante escribió una carta a su madre, María. No era una carta de despedida, sino una carta de explicación. Le contaba que finalmente había entendido quién era su verdadero enemigo, y que iba a hacer justicia por su padre.

"No te preocupes por mí, mamma," escribió. "Sé lo que hago. Y si no vuelvo, recuerda que te quiero más que a nada en el mundo."

Guardó la carta en un sobre y la escondió en la chaqueta, junto al diario que había comenzado a escribir semanas atrás.

Mientras tanto, Elisa comenzó a recuperarse del trauma. Dante la llevó a un pequeño pueblo en el norte del estado de Nueva York, un lugar llamado Woodstock, donde podría descansar lejos del peligro. Alquilaron una cabaña en medio del bosque, junto a un lago que reflejaba los colores del otoño. Pasaron una semana juntos, caminando por bosques de árboles dorados, pescando en aguas cristalinas, y olvidándose del mundo.

Fue allí donde Dante comprendió que su amor por Elisa era más fuerte que cualquier lealtad a la familia. Y fue allí donde decidió que, pase lo que pase, la protegería con su vida. Durante esa semana, Dante también reflexionó sobre su relación con su tío. Recordó los momentos de su infancia, cuando Salvatore era como un segundo padre para él. Se preguntó cómo un hombre que lo había criado con tanto cariño podía haber asesinado a su propio hermano. La respuesta, pensó, estaba en la ambición. Salvatore había dejado que el poder corrompiera su alma, y Dante estaba decidido a no cometer el mismo error.

En los paseos junto al lago, Dante hablaba con Elisa sobre sus dudas y sus miedos, cosas que nunca antes había compartido con nadie. Ella escuchaba sin juzgar, ofreciéndole su silencio y su presencia como un refugio.

"¿En qué piensas?" preguntó Elisa, mientras caminaban por la orilla del lago.

Dante detuvo su paso y la miró. "Pienso en lo que podría haber sido," respondió, con una tristeza que rara vez mostraba. "Si mi padre no hubiera muerto, si no hubiera crecido en este mundo… ¿qué clase de hombre sería?"

Elisa tomó su mano. "Serías el mismo hombre que eres ahora. Solo que sin las cicatrices."

Dante sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos. "Las cicatrices me han hecho quien soy. No sé si podría deshacerme de ellas aunque quisiera."

Durante la semana en Woodstock, Dante le enseñó a Elisa a pescar, y ella le enseñó a él a ver la belleza en las pequeñas cosas: en el vuelo de un pájaro, en el reflejo del sol en el agua, en el silencio del bosque. Por primera vez en años, Dante sintió que podía ser libre. Pero sabía que esa libertad era solo temporal, y que pronto tendría que regresar a la realidad.

La realidad que lo esperaba era un mundo de traiciones y sangre, un mundo del que no podía escapar. Pero ahora, al menos, sabía que había algo por lo que valía la pena luchar.

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