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La Vida Que Parecía Perfecta

La Vida Que Parecía Perfecta

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Fantasía LGBT / Enfermizo
Popularitas:333
Nilai: 5
nombre de autor: Adriana05

Una mujer atrapada en un matrimonio que dejó de hacerla feliz conoce a otra mujer que despierta en ella un amor inesperado, obligándola a enfrentarse a sus miedos, sus secretos y a las consecuencias de elegir entre la vida que construyó y el amor que jamás se atrevió a imaginar.

NovelToon tiene autorización de Adriana05 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19 La mujer bajo la casa

El grito seguía vibrando en las paredes.

—¡VICTORIA!

Victoria se quedó inmóvil.

No fue el miedo lo que la paralizó.

Fue reconocer aquella voz.

Había algo en ella.

Algo antiguo.

Una sensación que no venía de la memoria, sino de un lugar mucho más profundo.

Lucía le tomó la mano.

—Victoria… no bajes.

Victoria la miró.

—Me llamó por mi nombre.

—Precisamente por eso.

A unos pasos de ellas, Gabriel respiraba con dificultad. La sangre comenzaba a extenderse por su camisa.

—La llave… —murmuró—. Tienes que usar la llave.

Victoria miró la pequeña llave que había encontrado dentro de la caja.

—¿Qué hay abajo?

Gabriel cerró los ojos unos segundos.

—La verdad.

Elena dio un paso atrás.

—No.

Victoria se volvió hacia ella.

—¿Qué sabes?

Elena negó con la cabeza.

—Nada que pueda cambiar lo que eres.

—Eso ya no me sirve.

—Victoria…

—Toda mi vida me han dicho qué recordar, qué olvidar, a quién amar y de quién desconfiar.

Su voz se quebró.

—Ya no voy a permitirlo.

Lucía apretó su mano.

—No estás sola.

Victoria la miró.

Por un instante, todo desapareció.

La casa.

El miedo.

Los secretos.

Solo quedaron ellas dos.

—Lo sé.

Entonces escucharon otro golpe.

Esta vez debajo de sus pies.

Toc.

Victoria levantó la cabeza.

Toc. Toc.

—Está ahí —susurró Lucía.

Elena comenzó a llorar.

—No puede ser…

Victoria se acercó al viejo reloj detenido a las 11:17.

Movió la madera que estaba debajo.

Nada.

Luego recordó las palabras de Gabriel.

La llave abre una habitación.

Introdujo la llave en una pequeña cerradura escondida detrás del reloj.

Giró.

Se escuchó un mecanismo antiguo.

Clac.

Una parte del piso se levantó lentamente.

Debajo había una escalera.

Oscura.

Húmeda.

Profunda.

Victoria encendió la linterna del teléfono.

—Voy a bajar.

Lucía se interpuso.

—Voy contigo.

—No tienes que hacerlo.

—Sí tengo.

Victoria sonrió apenas.

—Siempre haces eso.

—¿Qué?

—Te quedas cuando todos los demás se van.

Lucía la miró con los ojos llenos de lágrimas.

—Porque te amo.

Victoria sintió que algo dentro de ella se rompía.

Pero esta vez no era dolor.

Era libertad.

—Yo también te amo.

Elena cerró los ojos.

Como si escuchar esas palabras fuera confirmar algo que llevaba años intentando negar.

—No bajen —suplicó—. Por favor.

Victoria la miró.

—Mamá…

Elena se quedó inmóvil.

Era la primera vez que Victoria la llamaba así desde que habían comenzado a descubrir la verdad.

—Si esa mujer está ahí abajo, quiero saber quién es.

—Y si no es tu hermana…

—Entonces quiero saber quién es.

Victoria comenzó a descender.

Lucía detrás de ella.

Cada escalón crujía bajo sus pies.

El aire se volvía más frío.

Más pesado.

Al llegar al fondo encontraron un pasillo estrecho.

En las paredes había fotografías.

Muchas.

Demasiadas.

Victoria iluminó una.

Era ella.

De niña.

Luego otra.

Victoria jugando en el jardín.

Otra.

Victoria sentada junto a Lucía.

Otra.

Victoria dormida.

Lucía se llevó una mano a la boca.

—Nos estuvieron observando.

Victoria sintió un escalofrío.

—Durante años.

Al fondo del pasillo había una puerta de metal.

Y detrás de ella…

se escuchaba una respiración.

Victoria acercó la mano.

—¿Quién está ahí?

Silencio.

Después, una voz.

—No abras.

Victoria miró a Lucía.

—¿Por qué?

—Porque si abres esa puerta… ellos sabrán que me encontraste.

Victoria sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Quiénes?

La mujer respondió:

—Los mismos que te hicieron olvidar.

Victoria introdujo la llave.

—¿Eres mi hermana?

Silencio.

Luego una respuesta:

—No sé cómo llamarme.

Victoria frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Durante diez años me dijeron que no tenía nombre.

Lucía se estremeció.

—Dios mío…

Victoria giró la llave.

La puerta se abrió.

El olor a humedad y encierro salió de la habitación.

La luz de la linterna recorrió las paredes.

Y entonces la vio.

Una mujer estaba sentada en el suelo.

Muy delgada.

Con el cabello largo y desordenado.

Vestía una ropa vieja, casi hecha jirones.

Tenía las muñecas marcadas.

Y unos ojos que miraron directamente a Victoria.

Victoria dejó de respirar.

La mujer también parecía haber dejado de hacerlo.

Durante varios segundos ninguna habló.

Hasta que la desconocida susurró:

—Eres igual a ella.

Victoria dio un paso.

—¿A quién?

La mujer levantó lentamente la mirada.

—A nuestra madre.

El mundo pareció detenerse.

Lucía agarró a Victoria del brazo.

—¿Qué dijiste?

La mujer comenzó a llorar.

—Ella me prometió que algún día vendrías.

Victoria sintió un vacío en el estómago.

—¿Quién eres?

La mujer respondió:

—Soy la hija que Elena perdió.

Victoria retrocedió.

—No.

—Sí.

—Mi madre solo tuvo…

Se detuvo.

Porque recordó todas las contradicciones.

Todos los documentos.

Todas las mentiras.

Todas las veces que Elena había evitado hablar de su pasado.

La mujer levantó una pequeña fotografía.

—Ella me llamaba Isabel.

Victoria tomó la foto.

Era Elena.

Mucho más joven.

Y en sus brazos había una bebé.

Pero no estaba sola.

A su lado aparecía un hombre.

Victoria reconoció el rostro.

—Julián…

La mujer negó.

—No.

Victoria levantó la mirada.

—¿Entonces quién es?

La mujer señaló la fotografía.

—Él no es Julián.

Victoria sintió que la sangre se le helaba.

—¿Quién es?

La mujer tardó unos segundos en responder.

—Arturo.

Lucía dio un paso atrás.

—No puede ser.

—Lo es.

Victoria miró nuevamente la fotografía.

Elena sostenía a la bebé.

Arturo estaba detrás.

Y sobre la parte inferior de la fotografía había una fecha.

La misma fecha en la que, según todos los documentos familiares, Victoria había nacido.

Victoria apretó la fotografía.

—Entonces…

No pudo terminar.

La mujer lo hizo por ella.

—Tú no eras la única hija.

Victoria cerró los ojos.

Una lágrima cayó sobre la fotografía.

—¿Por qué me ocultaron esto?

—Porque Arturo quería tenerlas a las dos.

—¿Para qué?

La mujer respiró profundamente.

—Para controlarlas.

Lucía se acercó.

—¿Qué tiene que ver esto con el accidente?

La mujer la miró.

Y su expresión cambió.

Ya no había miedo.

Había rabia.

—Todo.

Victoria se quedó inmóvil.

—Explícame.

La mujer se levantó con dificultad.

—El accidente no ocurrió para matarte.

Victoria recordó las palabras de Arturo.

El objetivo nunca fuiste tú.

—Entonces, ¿a quién querían matar?

La mujer la miró directamente.

—A mí.

Silencio.

Lucía palideció.

—¿Por qué?

—Porque yo sabía lo que había ocurrido antes.

Victoria sintió que su cuerpo se tensaba.

—¿Qué ocurrió?

La mujer se acercó lentamente.

—Tu madre no provocó el accidente.

Victoria soltó el aire.

—Eso ya lo sé.

—No.

La mujer negó.

—No sabes toda la verdad.

Señaló hacia el fondo de la habitación.

Había una vieja grabadora.

Encima, una cinta.

—Ahí está.

Victoria se acercó.

—¿Qué contiene?

—La conversación que tuvieron antes del accidente.

Victoria miró a Lucía.

—Tenemos la grabación.

—No.

La mujer negó.

—Ustedes tienen una copia.

Victoria se quedó helada.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque yo hice la original.

Lucía abrió los ojos.

—¿Tú?

—Sí.

La mujer tomó la cinta y la colocó en la grabadora.

Presionó el botón.

Primero se escuchó estática.

Luego una voz.

La voz de Arturo.

—Si Victoria recuerda, todo termina.

Otra voz respondió.

Julián.

—No puedes seguir haciendo esto.

—Ya lo hice durante diez años.

Después se escuchó la voz de Elena.

—Ella es mi hija.

Arturo respondió:

—Precisamente por eso.

La grabación se interrumpió.

Victoria apretó los puños.

—¿Qué pasó después?

La mujer la miró.

—Después llegó Lucía.

Victoria sintió un golpe en el pecho.

—¿Qué hizo?

—Intentó sacarte de ahí.

Lucía bajó la mirada.

—Yo no recuerdo…

—Te golpearon.

Lucía levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Te golpearon porque intentaste protegerla.

Victoria se acercó a Lucía.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Lucía negó con lágrimas en los ojos.

—Porque yo tampoco lo recordaba.

La mujer continuó:

—Y entonces apareció Daniel.

Victoria sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿Qué hizo?

La mujer apretó los labios.

—Se dio cuenta de que los frenos habían sido manipulados.

Silencio.

—Pero no pudo detenerlos.

Victoria sintió un nudo en la garganta.

—Entonces Daniel sabía…

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde aquella noche.

Victoria cerró los ojos.

Durante años había pensado que Daniel era simplemente el hombre con quien había construido una vida.

Ahora entendía que había estado sentado al lado de una verdad que podía destruirlos a todos.

—¿Y quién manipuló los frenos?

La mujer no respondió.

Victoria insistió:

—¿Quién?

La mujer señaló la grabadora.

—Escucha el final.

La cinta continuó.

Se oyó una puerta.

Pasos.

Una voz masculina.

Victoria se quedó inmóvil.

Conocía esa voz.

—No puede ser…

Lucía la miró.

—¿Quién?

Victoria no respondió.

La grabación siguió.

—Hazlo ahora —ordenó la voz.

Daniel respondió:

—No.

—Si no lo haces, ella muere.

—No voy a matarla.

—Entonces morirá la otra.

Victoria abrió los ojos.

—¿La otra?

La voz volvió a escucharse.

—La niña.

Elena gritó:

—¡No la metas en esto!

Victoria sintió que las piernas le fallaban.

—¿Qué niña?

La mujer frente a ella empezó a llorar.

—Yo.

La grabación terminó.

Durante unos segundos solo se escuchó el zumbido de la máquina.

Victoria miró a la mujer.

—¿Tú eras la niña que amenazaron?

Ella asintió.

—Sí.

—¿Y por eso me hicieron olvidar?

—Porque tú viste lo que pasó.

Victoria se quedó paralizada.

Una imagen atravesó su mente.

Un automóvil.

Lluvia.

Lucía gritando.

Daniel al volante.

Y una niña escondida detrás de un árbol.

Victoria se llevó las manos a la cabeza.

—Yo te vi.

La mujer lloró.

—Sí.

—Te vi aquella noche.

—Sí.

Victoria comenzó a recordar.

No todo.

Fragmentos.

Pero suficientes.

Recordó a Arturo.

Recordó a Daniel.

Recordó a Elena.

Y recordó a alguien más.

Alguien parado junto al automóvil.

Alguien que había estado allí antes del accidente.

Alguien que ella había olvidado deliberadamente.

—Ya sé quién fue —susurró.

Lucía se acercó.

—¿Quién?

Victoria levantó la mirada.

Pero antes de responder, escucharon un ruido arriba.

Pasos.

Muchos.

Elena gritó desde la escalera:

—¡VICTORIA!

La mujer encerrada durante diez años palideció.

—Ya llegaron.

Lucía desenfundó el teléfono.

—¿Quiénes?

La mujer respondió:

—Los hombres de Arturo.

Se escuchó el golpe de una puerta.

Luego otro.

Y otro.

Victoria tomó la mano de Lucía.

—Tenemos que salir.

La mujer negó.

—No.

—¿Qué?

—Si salimos por arriba, nos encuentran.

Señaló una pared.

—Hay otro túnel.

Victoria miró el muro.

—¿Adónde lleva?

La mujer respiró profundamente.

—A la casa de al lado.

Lucía frunció el ceño.

—¿La casa abandonada?

—No.

La mujer negó.

—A la casa donde está Daniel.

Victoria sintió que el corazón se le detenía.

—¿Daniel está aquí?

La mujer la miró fijamente.

—No vino solo.

Arriba se escuchó un disparo.

Elena gritó.

Victoria tomó a Lucía del brazo.

—¡Corre!

Las tres mujeres entraron al túnel.

Detrás de ellas, la puerta metálica se abrió de golpe.

Una voz masculina gritó:

—¡Encuéntrenlas!

Victoria corrió sin soltar a Lucía.

Pero antes de entrar completamente en la oscuridad, escuchó una voz detrás.

Una voz que conocía demasiado bien.

—Victoria.

Se detuvo.

Lucía también.

Victoria giró lentamente.

Al otro lado de la puerta, entre las sombras, estaba Daniel.

Herido.

Con un arma en la mano.

Y detrás de él…

Arturo.

Victoria sintió que el mundo se partía en dos.

Daniel levantó el arma.

—No avances.

Arturo sonrió.

—Ahora sí, hija.

Victoria apretó la mano de Lucía.

Y por primera vez comprendió algo terrible:

quizá el verdadero secreto del accidente no era quién había intentado matarla.

Era por qué alguien había necesitado que ella sobreviviera.

La luz se apagó.

Y un disparo retumbó dentro del túnel.

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