Hace seis años dejé a Damián Carvajal con una mentira:
«Me aburrí de ti».
Hoy es un magnate, mi nuevo jefe y el hombre que acaba de pedirme que sea su esposa durante un año.
Él necesita librarse de las mujeres que su familia insiste en presentarle. Yo necesito una oportunidad para ejercer mi carrera y ayudar a mi padre a conservar su taller. Damián me ofrece ambas cosas a cambio de un matrimonio que terminaremos cuando se cumplan doce meses.
Acepto. Conozco las condiciones. También conozco al hombre con el que voy a compartir la cama… o eso creía.
Porque el Damián que me provoca en la oficina es el mismo que se enfrenta a su familia por mí. Recuerda hasta lo que no me gustaba comer en la prepa. Y cuando me llama «mi esposa», cada vez me cuesta más acordarme de que tenemos un acuerdo.
Entonces reaparece una grabación de cuando tenía diecisiete años.
Mi voz. Un trato. La verdadera razón por la que me acerqué a él.
Damián cree que lo dejé porque nunca lo quise. ¿Qué va a pensar cuando escuche que, al principio, alguien me ofreció algo a cambio de enamorarlo?
NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 6
Capítulo 6
Volvió a abrir los ojos cuando lo llamé. Alcanzó a decir que podía bajarse solo, pero al intentar incorporarse se quedó apoyado en el asiento.
Le pedí que esperara y fui por ayuda a la entrada del hospital. Regresé con un camillero. Mientras lo acomodaban, Damián quiso quitarle importancia al asunto; tuvo que interrumpirse para contestar cómo se llamaba y desde cuándo se sentía mal.
Lo dejaron en observación. El médico nos explicó que tenía fiebre y estaba deshidratado; parecía una infección viral, aunque quería ver cómo respondía antes de dejarlo ir. Me senté junto a él, con la manga manchada de piloncillo y su teléfono en la bolsa por si había que llamar a alguien.
Al despertar miró primero el suero y después a mí.
—¿Cuánto llevo aquí?
—Un rato. Se me fue de lado en el coche. Hasta me habló.
No debí añadir lo último. Lo supe antes de que apartara la mirada.
—Tenía fiebre.
—No dije que no.
—Y tú me estabas oliendo el pelo.
Se me escapó una risa. Seguía despeinado, con la voz ronca, tratando de ganar una discusión que yo ni siquiera había empezado. Por unos segundos fue demasiado fácil estar a su lado.
Luego recordé lo que me había pedido en el coche. No te vayas, Rena. Yo llevaba media hora dándole vueltas a esas palabras y él ya las había dejado resueltas con la fiebre.
—¿Quiere que avise a Julián?
—Está en Guadalajara. Vuelve el lunes.
—A su familia, entonces.
—No hace falta. Déjame dormir.
Se acomodó de lado. Yo apoyé la mano en la orilla del sillón y me puse a leer las indicaciones que nos habían dejado. Al cabo de un rato, sus dedos buscaron los míos.
Primero me sujetó apenas dos. Después aflojó, y pensé que había sido un movimiento dormido, hasta que volvió a tomarme la mano entera.
Lo miré. Tenía los ojos cerrados. Podía despertarlo, podía apartarme. Me quedé ahí, muy consciente de mi mano dentro de la suya y de lo poco que me convenía convertir aquello en una respuesta.
Sonó mi teléfono. Me solté para buscarlo y, con las prisas, activé el altavoz.
—¡Renata! Qué bueno que contestas —dijo Óscar Lozano—. Oye, le mandé un pastel a tu mamá. ¿Sí cumple por estos días? De tres leches, de la panadería de su esquina.
Bajé el volumen y me levanté.
—¿Quién te dio mi dirección?
—Uno pregunta. No te enojes, fue un detalle.
Yo no le había dicho dónde vivía. Tampoco recordaba haberle contado el cumpleaños de mi madre. Me alejé un par de pasos del sillón, hasta donde permitía la cortina.
—No vuelvas a mandar cosas a mi casa.
—Bueno, pero déjame invitarte a cenar. Eso sí se puede, ¿no?
Llevaba semanas encontrando una manera amable de posponerlo. Cada aplazamiento le servía para volver a preguntar.
—El jueves. Te aviso dónde. Necesito hablar contigo.
Colgué antes de que eligiera otra fecha por mí.
Damián tenía los ojos abiertos.
—El jueves —repitió—. Veo que tienes llena la agenda.
—Es un asunto que quiero cerrar.
—Con cena.
Guardé el teléfono. No iba a explicarle a él por qué me costaba tanto decirle a alguien que se fuera.
Permanecimos varias horas en el hospital. Cuando nos dieron el alta, la fiebre había bajado y Damián podía caminar sin ayuda, aunque iba más despacio de lo normal. Me pidió las llaves en la salida.
—Yo manejo —le dije.
Extendió la mano, impaciente.
—Acaba de pasar medio día en un sillón. No voy a discutir esto en la banqueta.
Me miró un momento y se dirigió al asiento del copiloto.
Ya en el coche, en lugar de darme su dirección, me indicó por dónde salir hacia Nueva Aurora.
—No has cenado —dijo—. Yo tampoco.
—Puedo dejarlo primero.
—Nos queda de pasada.
A mi casa, sí. A la suya, difícilmente. Seguí sus indicaciones hasta que reconocí la siguiente vuelta. Damián me señaló un lugar para estacionarme frente a la fonda de doña Cuca.
El coche oscuro que había visto la otra noche volvió a mi memoria. Todavía podía ser una coincidencia. Entonces él entró, saludó a doña Cuca y pidió el caldo de siempre.
Ella lo miró a él y luego a mí.
—¿Vienen juntos, mija?
—Es mi jefe.
—¿Le parezco? —preguntó Damián, apartando una silla.
Doña Cuca se rio y fue por los platos. Yo me senté frente a él. Quería preguntarle desde cuándo conocía la fonda, si era suyo aquel coche, si era él quien había pagado mi cena. Él bebió agua y abrió el paquete de servilletas. No parecía dispuesto a facilitarme ninguna pregunta.
Comimos. Tenía hambre de verdad; dejó de hablar hasta llevar medio plato. Después reparó en mi muñeca.
—¿Todavía te duele?
—Menos.
—Sigues teniendo la piel delicada.
—El té estaba caliente. Le habría pasado a cualquiera.
Me acomodé la manga sin rozar la parte irritada. Él me siguió mirando, y cometí el error de esperar que dijera algo más sobre la mano, o sobre el hospital.
—Para que no te confundas, Nájera. En horario de oficina soy tu jefe. Saliendo de ahí, soy tu ex. Nada más. No hay una tercera cosa.
Dejé la cuchara dentro del caldo. Me dolió, en particular, que lo dijera como si yo hubiera pedido algo. Lo único que había hecho era quedarme cuando él me lo pidió.
—Está claro, señor Carvajal.
Terminamos sin hablar del hospital. Al salir, me pidió que le acercara el coche a mi calle. Desde ahí llamaría a un conductor para volver a su casa. Me despedí junto al portón y, antes de entrar, volví la cabeza. Seguía mirando hacia mí desde el coche.
Esa noche busqué la pulsera.
Sabía dónde estaba: en una caja al fondo del clóset, dentro de su bolsita de terciopelo blanco. No la había usado ni una sola vez en seis años, pero tampoco había permitido que mi madre la confundiera con las cosas que ya podían regalarse.
Me la dio cuando cumplí dieciocho. Yo había averiguado el precio después, en secreto, con una vergüenza que aún recordaba: sesenta y ocho mil pesos. El muchacho que protestaba porque el caldo había subido de diez a doce me había regalado una pulsera de sesenta y ocho mil.
Por entonces yo no entendía de dónde sacaba ese dinero. Después, al conocer su apellido completo y lo que significaba, me resultó más fácil pensar que aquella fortuna no le había costado nada. Así podía seguir enfadada con él sin preguntarme por la tarjeta.
La saqué. Conservaba su letra apretada.
«Feliz cumpleaños, Rena».
Pasé el dedo por el doblez. En el hospital me había llamado igual.
No quería pasar otra noche buscando en un regalo viejo la explicación que él no me daba. Volví a guardar la tarjeta y la pulsera. Esta vez dejé la bolsita dentro de mi bolsa de trabajo.
El lunes se la devolvería.