Mi esposo quería quedarse con mis bebés, criarlos con su amante y echarme después del parto.
Pero mis gemelos no eran suyos.
La clínica había usado por error la muestra de Jerónimo Alcántara, el magnate más temido de México.
Decidí divorciarme, recuperar mi dinero y sacar a la luz las mentiras de los Cardona. Rodrigo creía que yo no era nadie sin su apellido. Pronto descubriría cuánto le iba a costar haberme subestimado.
La esposa que había humillado era V, una artista reconocida. Y el hombre al que él jamás se atrevería a desafiar llevaba tiempo buscándome.
Mientras mi matrimonio se derrumbaba, Jerónimo empezó a hacer algo que mi esposo nunca había hecho: escucharme, protegerme y tomarse en serio lo que yo quería.
Ahora mi ex me ruega que vuelva.
Pero el padre de mis gemelos quiere casarse conmigo.
Y yo no pienso volver con el hombre que quiso quitarme a mis hijos.
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Capítulo 12
Capítulo 12
Poncho no pudo darme un plazo.
—Puede ser mañana. Puede ser una semana. La clínica todavía está ordenando la respuesta.
A la mañana siguiente tenía cita con el abogado del divorcio. Fui con Flor, que llevaba el bolso mientras yo intentaba no doblar la mano lastimada. Me molestaba necesitar ayuda para cosas tan pequeñas; ella me dejó abrir las puertas para no discutirlo todo.
Revisamos la solicitud y los documentos que debían tramitarse por separado. La grabación de Rodrigo y Ámbar, el video de la fuente y el diagnóstico no cumplían la misma función. El abogado me pidió que no usara una amenaza de publicación en lugar de una denuncia.
Salí con una lista de papeles que debía recoger en la casona.
No volví sola. Beto me acompañó hasta la entrada y Flor subió conmigo. Si quería salir de aquella familia, tenía que empezar por dejar de aceptar sus condiciones para entrar y salir.
Rodrigo me encontró en el pasillo.
—Podías haberme llamado. Te habría llevado lo que necesitas.
Miré el bolso que Flor sostenía. Adentro estaba lo que él había tenido semanas para ofrecerme sin pedirle nada: mis documentos.
—Ya casi terminamos.
Se puso delante de la escalera.
—Renata, esto se salió de control. Lo de las fotos, mi mamá… Hay cosas que podemos arreglar tú y yo.
—¿Qué cosas?
No esperaba la pregunta.
—Lo nuestro. Sigues esperando a mis hijos. Eso tendría que importar.
Él sabía que no lo eran. Lo sabía antes de que yo oyera el primer latido. Necesité apretar la carpeta contra el cuerpo para no decírselo allí mismo.
—Los niños me importan mucho —respondí—. Por eso estoy buscando otro lugar para vivir.
Intentó tocarme el brazo. Me aparté.
—Los abogados van a hablar con usted.
Su cara cambió al oír el tratamiento. Me dejó pasar porque Beto había subido los primeros escalones y estaba esperando mi señal, no porque hubiera entendido.
Prudencia me llamó desde su habitación.
Entré con Flor. La abuela miró el bolso y no preguntó qué llevaba.
—Vas a irte.
—Sí.
Ella acomodó el pañuelo sobre las rodillas.
—Quisiera decirte que se le va a pasar.
—No quiero esperar eso otra vez.
Tardó en asentir.
Me pidió que la representara en una inauguración de galería esa noche. Había comprometido una donación y no se sentía con fuerzas para asistir. Le dije que podía hacerlo una empleada; insistió en que yo conocía a la directora.
Era cierto. La galería también había intermediado ventas de mi obra y yo necesitaba revisar los encargos nuevos con discreción. Acepté una visita breve.
Prudencia me tomó de la mano antes de salir.
—Cuídate cuando yo no esté para hablar con ellos.
No le pregunté cuántas veces había hablado y cuántas se había quedado callada. Ese día no podía sostener otra discusión con ella.
En la galería me puse una pieza discreta de mi colección: un brazalete de oro blanco con esmeraldas que usaba desde hacía tiempo. Me gustaba cómo se adaptaba a la muñeca. Ni siquiera pensé en el cierre hasta que una coleccionista me lo tomó para verlo.
—Es de Vivian. Mire la hoja.
Retiré la mano con suavidad.
—Sí.
—¿Lo consiguió por la misma persona que el regalo de su abuela?
No podía pedir que mi trabajo volviera al mercado y esperar que nadie lo reconociera.
—Por una intermediaria —dije—. Si quiere, le paso el contacto del estudio.
Eso bastó para la coleccionista. Se quedó anotando el nombre de Tania y yo salí a la terraza, molesta conmigo por sentirme perseguida incluso en un lugar que antes había sido mío.
Alcántara estaba junto al barandal.
Me sorprendió verlo fuera del hospital. Llevaba el brazo izquierdo recogido cerca del cuerpo; al girarse, movió el torso con cuidado para no tirar del hombro.
—Debería estar descansando —le dije.
—Ya me lo dijeron hoy.
La respuesta me hizo sonreír antes de recordar por qué me ponía nerviosa encontrarlo.
—Gracias por el paquete.
—¿Pudo dormir?
Asentí. Él miró las vendas pequeñas que aún llevaba en los dedos.
—Y gracias por quedarse conmigo bajo el puente —añadió.
No encontré una respuesta que no volviera a llevarnos a la sangre, al miedo, a la posibilidad de que no llegara nadie. Le pregunté si había localizado a los hombres.
—Estamos trabajando en eso.
Después miró el brazalete.
—La hoja del cierre —dijo—. La he visto antes.
No tuve que preguntarle dónde.
—En el dibujo de una servilleta.
Retrocedí un paso y el tacón se me trabó entre las baldosas. Él me sostuvo con el brazo sano antes de que cayera de costado. No me acercó más de lo necesario, pero durante un momento quedé con la mano sobre su pecho.
Sentí cómo contenía el aire al moverse.
—Le hice daño.
—No. Su pie. ¿Puede apoyarlo?
Me dejó probar antes de soltarme. Esa espera pequeña me desconcertó más que si hubiera insistido en decidir por mí.
Aun cuando recuperé el equilibrio, tardé en retirar la mano.
Me atraía. La certeza llegó sin necesitar que yo la explicara. No borraba mi temor a que descubriera el embarazo ni el hecho de que llevaba a sus hijos sin que él lo supiera. Estaba allí, incómoda, en el alivio que sentía al tenerlo cerca.
Alcántara me apartó un mechón que había quedado pegado a la mejilla. Después bajó la mano.
—La servilleta volvió en mi saco —dijo.
—Se salió del bolsillo cuando lo atendí.
—¿La vio?
Podía mentir sobre muchas cosas. No sobre haber reconocido un dibujo que había pasado dos días mirando.
—Sí.
Él se quedó observándome.
—Las joyas, el regalo de Prudencia, ese dibujo… Quizá me equivoque.
Esperé, con el pie todavía resentido.
—¿Es usted V?