Cal murió solo, arruinado y consumido por el recuerdo de Rose. Pero, contra toda lógica, despierta diez años antes, a bordo del Titanic, justo cuando su antigua historia está a punto de repetirse.
Esta vez no piensa cometer los mismos errores.
Rompe su compromiso, deja de financiar las deudas de Rose y Ruth y decide construir una vida completamente diferente. Entonces conoce a Amaya, una joven de buena familia caída en desgracia que viaja en tercera clase para casarse con un hombre al que no ama.
Lo que comienza como un acuerdo termina convirtiéndose en un amor verdadero.
Pero Cal sabe que el Titanic está condenado.
Cuando llega la noche del desastre, utilizará todo lo que recuerda para intentar salvar vidas.
¿Podrá cambiar el destino?
¿Y qué ocurrirá cuando el hombre que una vez lo perdió todo descubra que su verdadera riqueza nunca estuvo en el dinero… sino en Amaya, su familia y la vida que eligió?
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Quien soy realmente
El sol se hundía en el horizonte, tiñendo el océano de un rojo profundo, como sangre diluida en el agua. Cal lo observaba con una expresión que no era de tristeza, sino de absoluta certeza. Amaya lo miraba de reojo, sintiendo que había algo en él que aún no comprendía del todo.
—Todos te respetan, Cal. Casi te temen —dijo ella suavemente—. Pero no me has dicho quién eres realmente.
Cal se giró lentamente hacia ella. Sus ojos ya no eran cálidos como siempre, sino serios, profundos, con la mirada de alguien que ha visto el infierno y ha regresado.
—Porque no es solo quién soy, Amaya. Es lo que sé. Soy Cal Hockley, hijo de Arthur Hockley, dueño de una compañía petrolera próspera y en expansión. No somos la familia más rica del mundo, pero tenemos solidez, influencia y recursos que muchos aquí solo pueden soñar. Y soy el único heredero. Eso lo sabes ahora. Pero lo que nadie aquí sabe… es que ya viví este viaje antes. Y en esa vida, todos me conocieron como el tonto, el ingenuo, el hombre al que podían robar, engañar y pisotear sin que jamás se defendiera.
Hizo una pausa, y sus palabras cayeron pesadas como el plomo.
—Rose me engañó todos los días. Sonreía mientras me traicionaba con ese tal Jack. Su madre no veía en mí más que una billetera con patas, calculando hasta el último centavo que podía sacarme. Y él… Jack Dawson… se burló de mí a mis espaldas, me hizo parecer un idiota ante todos, y se llevó a la mujer que amaba sin importarle el daño que me hacía. Pero no terminó ahí. Cuando el barco se hundió, también lo hizo mi reputación. Muchos de los que ahora pasean con la cabeza alta en primera clase aprovecharon mi duelo, mi confusión, para estafarme, para quedarse con propiedades mías, para mentir sobre deudas que nunca existieron. Cuando llegué a Nueva York solo, roto y solo… descubrí que estaba arruinado. Me dejaron sin nada. Viví lo que quedaba de mi vida en la miseria, mirando cómo quienes me habían traicionado prosperaban con lo que era mío.
Se acercó a la barandilla, apretando la madera con fuerza, los nudos blancos.
—Pero el destino me dio una segunda oportunidad. Estoy aquí de nuevo. Y esta vez… nadie se aprovecha de mí. Nadie se ríe a mis espaldas. Nadie me lleva a la ruina. Ya sé quiénes son los lobos con piel de cordero. Ya sé dónde están las trampas. Ya sé exactamente qué hizo cada uno para destruirme. Y voy a devolverles cada golpe, con intereses. No soy un villano por naturaleza, Amaya. Pero tampoco soy el mismo hombre que pudieron pisar tantas veces. Esta vez, yo controlo el juego. Y las reglas han cambiado.
En ese momento, vio acercarse a su asistente. Caminaba con paso firme, llevando un sobre grueso en la mano. Al llegar, lo extendió con respeto.
—Señor Cal. Aquí está todo lo que pidió sobre Jack . He sido minucioso. No hay error.
Cal tomó el sobre, lo sostuvo entre sus manos sin abrirlo aún.
—¿Sabes qué es lo más divertido, Amaya? —dijo en voz baja, sin apartar la vista del sobre—. Él cree que es el héroe de su propia historia. Cree que yo soy el villano que se interpone en su camino. No tiene ni idea de que yo conozco cada paso que va a dar, cada mentira que va a decir, cada plan que tiene en mente. Pobrecito. Lástima que el guion ya no sea suyo.
Abrió el sobre con calma. Leyó cada página, cada nota, cada dato. Y una sonrisa fría, afilada como una cuchilla, apareció en sus labios.
—Interesante… muy interesante. Tiene más secretos que cartas en la manga. Perfecto. Cuanto más ocultas, más fácil es que caigas solo. Que todo siga su curso natural. No interfieras todavía. Déjalo creer que tiene el control. Cuanto más alto suba, más dolerá la caída.
Cerró el sobre y se lo entregó a su asistente.
—Guárdalo bien. Llegará el momento justo. Y cuando llegue… quiero que cada palabra aquí escrita salga a la luz en el momento exacto en que más le duela. A Rose, a su madre, a él, a todos esos buenos "amigos" que me vaciaron los bolsillos mientras brindaban por mi salud. Que sepan que el pasado no está muerto… solo estaba esperando el momento adecuado para cobrarse su deuda.
El asistente asintió.
—Como ordene, señor. Todo estará listo.
Cuando se quedaron solos, Cal miró a Amaya, y su expresión se suavizó, pero solo por un instante.
—No tengas miedo de lo que voy a hacer, Amaya. No soy cruel con quien no lo merece. Pero quienes me arrastraron al abismo… no pueden esperar que les tienda la mano. Tú estás a mi lado porque elegí que estuvieras. Y mientras estés conmigo, nadie te tocará. Pero tampoco te confundas: el camino que he decidido recorrer tiene espinas. Y algunos caerán antes de que lleguemos a puerto. Que Dios me perdone, pero esta vez… justicia, no clemencia.