Arianna Falcone creyó que la muerte de Lucio Castelli, capo de la Sagrada Familia, significaría por fin su libertad. Se equivocó.
Con la organización al borde de una guerra interna, su padre pretende utilizarla otra vez y casarla con el hombre que consiga hacerse con el poder.
La única salida es Nino Farina.
Tiene veinte años, una sonrisa fácil y la violencia corriendo por las venas. Para impedir que los antiguos capitanes de Lucio recuperen el control, deberá tomar la Sagrada Familia. Y Arianna puede darle la legitimidad que necesita.
La solución: un matrimonio por contrato.
Seis meses. Habitaciones separadas. Ninguna obligación. Y una cláusula que le permite a Arianna marcharse cuando quiera.
No es amor. Solo una alianza.
Hasta que Arianna descubre junto a Nino todo aquello que nunca sintió con su primer marido: curiosidad, deseo y seguridad.
Porque esta vez no será elegida sin poder decidir.
Esta vez, ella también elegirá.
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No voy a hacerla esperar
Nino
Cuando el coche se detiene frente a la casa de mis padres tengo diecisiete minutos.
Mi madre está esperando en la puerta.
Eso nunca es buena señal.
Venecia Messina de Farina mide mucho menos que yo.
No importa.
Hay momentos en que parece ocupar un edificio entero.
Este es uno.
Tiene mi traje colgado de una mano. Una camisa blanca en la otra. Y una expresión que me informa que debería haberme quedado con los hombres armados.
—Hola, mamá.
—No.
Paso junto a ella.
—Me alegra verte también.
—¡Nino!
—No tenemos tiempo.
—¡Estás cubierto de sangre!
—No toda es mía.
Se queda inmóvil.
Me giro.
—Eso pretendía tranquilizarte.
—¡NINO!
—Por lo visto, no funcionó.
Mi padre aparece detrás de ella.
Se detiene al verme.
Cierra los ojos.
—Por supuesto.
—Hola, papá.
—¿Te dispararon?
—Una vez.
—¿UNA VEZ? —Mi madre deja caer la camisa sobre una silla—. ¡Te dispararon!
—Ya establecimos eso.
—¿Dónde?
—Mamá.
—¿DÓNDE?
Señalo mi costado.
Error.
Mamá viene hacia mí.
—Quítate la camisa.
—No.
—Nino Farina, quítate esa camisa ahora mismo.
—De todas formas tengo que cambiarla.
—¡Entonces quítatela!
Empiezo a desabrocharla mientras camino hacia las escaleras.
—¿Dónde están los demás?
—En la iglesia —responde mi padre.
—¿Arianna llegó?
—Todavía no.
Gracias a Dios.
—Entonces estamos bien.
Mi padre me mira como si estuviera considerando asesinarme.
—No estamos bien.
—Todavía no llegó la novia.
—Tú tampoco.
—Por eso vine.
—La ceremonia empieza en quince minutos.
—Necesito siete.
—Necesitas un médico —dice mi madre.
Me quito la camisa.
Mamá ve la herida.
—¡Dios mío!
—No es para tanto.
—¡Hay un agujero!
Miro.
—Pequeño.
—¡UN AGUJERO ES UN AGUJERO!
Mi padre se acerca.
—Déjame ver.
—¿Ahora todos quieren tocarme?
—Cállate —ordena papá y mira la herida—. La bala salió.
—Excelente.
—Eso no significa que estés bien.
—Significa que no tenemos que buscarla.
Mi madre me golpea en el brazo.
—¡No bromees!
—Ay.
—Te dispararon y dices ay porque te pegué en el brazo.
—Tienes una mano muy pesada.
—Voy a matarte yo misma.
—Hazlo mañana.
Subo corriendo los escalones de dos en dos.
Mi padre viene detrás.
Mi madre también. Por supuesto.
Entro en mi habitación.
Mi traje está preparado encima de la cama.
Negro.
Camisa blanca.
Corbata.
Zapatos.
Todo perfectamente dispuesto.
Mamá planeó esto.
Lo sé, porque probablemente si yo lo hubiera hecho habría una chaqueta encima de una silla y estaría buscando un calcetín.
Trato de coger la camisa, pero ella me la quita.
—Primero te van a revisar.
—No.
—Nino.
—Mamá, me caso en catorce minutos.
—Arianna puede esperar diez minutos.
Me giro.
—No.
Lo digo sin pensar.
Mi madre se queda callada.
También mi padre.
—No voy a hacerla esperar.
La distinguida Venecia Messina me mira durante unos segundos.
Su expresión cambia apenas.
Ayer conoció a Arianna.
Solo unas horas, pero fue suficiente.
Mi madre volvió a casa hablando de lo delgada que estaba.
De sus ojos.
De lo educada que era.
De que nadie debería haber permitido que esa niña pasara por lo que pasó.
Tuve que recordarle tres veces que Arianna tiene diecinueve años y no es una niña.
No sirvió.
Creo que mamá la adoptó aproximadamente doce minutos después de conocerla.
Mi padre tardó veinte.
—Nino —dice mamá más bajo—, estás herido.
—Lo sé.
—Necesitas que alguien lo vea.
—Después.
—Puede esperar.
—Ella no.
Me pongo la camisa.
El algodón toca la herida.
Aprieto los dientes.
Mierda.
Eso duele.
—No quiero que esté parada en una iglesia preguntándose si voy a llegar.
Mamá deja de discutir.
Mi padre tampoco dice nada.
Abotono la camisa.
Una pequeña mancha roja empieza a aparecer casi inmediatamente.
—No —dice Venecia.
—La chaqueta lo tapa.
—Nino.
—Mamá.
—Vas a sangrar sobre el traje.
—Compraremos otro.
—No me importa el traje.
—A mí un poco. Es bonito.
Ella me mira y yo le doy mi mejor sonrisa.
No funciona.
—Cinco minutos —dice.
—¿Qué?
—Cinco minutos para que te vendemos.
—Dos.
—Cuatro.
—Tres.
—Bien.
Mi padre suelta una risa.
Mamá lo fulmina.
—Tú cállate. Esto también es culpa tuya.
—¿Mía?
—Es Farina.
—Tú te casaste conmigo.
—Mi peor decisión.
Mi padre sonríe.
—Veinticuatro años después sigues diciendo eso.
—Y cada día tengo nuevas pruebas.
Me siento.
Mi madre limpia la herida.
Eso duele considerablemente más que recibir el disparo.
—¡Mierda!
—No digas groserías.
La miro.
—Me estás metiendo una gasa en un agujero de bala.
—Te estoy curando.
—Con odio.
—Con amor.
—Se sienten muy parecidos.
Mi padre se ríe.
—No lo alientes —dice ella.
La puerta se abre.
Remo entra.
Me mira sin camisa, con sangre, mientras mamá intenta vendarme.
Se dobla de risa.
—No. —Lo señalo—. Sal.
—¿Te olvidaste de tu propia boda?
—Remo.
—Mattheo quiere matarte.
—Que haga fila.
—Fabiano también.
—Después de Mattheo.
—Papá también.
Miro a mi padre.
—¿Tú también?
—Estoy considerando seriamente las ventajas.
—Qué familia tan amorosa.
Remo mira el reloj.
—Diez minutos.
Me levanto inmediatamente.
—Listo.
—No terminé —protesta mamá.
—Sí terminaste.
—Nino.
Me abotono la camisa encima de la venda.
—Después puedes llevarme a un hospital.
—¿Después de qué?
—De casarme.
Cojo la chaqueta. Mamá me la quita.
—Déjame —pide y me ayuda a ponérmela con cuidado.
Por un instante vuelve a ser simplemente mi madre.
Acomoda el cuello. Después la corbata.
Luego me observa con detenimiento.
Sus ojos se humedecen un poco.
Oh, no.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Llorar.
—Mi hijo se casa.
—Por contrato.
—Te casas igual.
—Durante seis meses.
—Cállate.
Sonrío.
Ella termina de acomodarme la corbata.
—Arianna es preciosa.
—Lo sé.
Las palabras salen antes de pensar.
Mi madre levanta lentamente la mirada.
Mierda.
—Me refiero objetivamente.
—Por supuesto.
—No empieces.
—No he dicho nada.
Esa sonrisa de madre.
La conozco…. Y la odio.
—Es un contrato.
—Lo sabemos.
Mi padre asiente detrás de ella.
—Y lo apoyamos.
Eso sí consigue que lo mire.
Él se acerca.
—Sabemos por qué lo haces. Sabemos qué necesita la Sagrada Familia y sabemos lo que ese matrimonio significa para proteger a Arianna. —Hace una pausa—. Pero no olvides que para ella esto puede significar algo distinto.
Mi humor desaparece un poco.
—Lo sé.
—Entonces cuídala.
—Papá.
—No porque sea tu esposa. No porque firme un contrato. Cuídala porque aceptaste convertirte en una persona en la que ella puede confiar.
Asiento.
—Lo sé.
Mi madre me acaricia la mejilla.
—Y no la hagas esperar.
Miro la hora.
—Mierda.
Mamá abre mucho los ojos.
—¡Nino!
Ya estoy saliendo.
y si quieres que sea tuyo
piensa muy bien lo que haces
y esto es para los dos
Quiero másssss
demasiado erotico, intenso, pasional y tan hermoso a la vez vaya es hermoso cuando cumples tus fantasias 🔥🔥😈😈