César sueña con escapar de la pobreza a través de la música. Tras años de sacrificios, consigue un contrato discográfico, creyendo que su vida cambiará para siempre. Pero el éxito tiene un precio que jamás imaginó: manipulación, traición y la pérdida gradual de su esencia. Mientras su familia se vuelve interesada y los falsos amigos abundan, César deberá decidir cuánto está dispuesto a ceder de su dignidad por la fama internacional. En su camino conocerá luces y sombras, aprenderá que no todo lo que brilla es oro, y descubrirá si el sueño por el que tanto luchó vale realmente el infierno que vive.
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Capítulo 2: El ritmo de la necesidad
Los días previos a la audición se convirtieron en una cuenta regresiva obsesiva. César revisaba el cartel cada mañana, como si temiera que hubiera sido un espejismo. Lo había escondido debajo de su colchón, junto con los veinte pesos que su madre le había dado para las cuerdas y que él nunca gastó en eso. Los tenía ahorrados para emergencias. Y esta era la mayor emergencia de su vida.
El problema era cómo llegar a la capital. La disquera quedaba en el centro de la ciudad, a tres horas de El Rincón en transporte público. El pasaje de ida y vuelta costaba ciento veinte pesos. César tenía cuarenta y tres pesos ahorrados, contando los veinte de su madre. Necesitaba el triple.
No podía pedirle dinero a Laura. Ella apenas había pagado las medicinas de Sofía, que tenía una infección en la garganta, y aún debía dos semanas de la luz. Pedirle más era como arrancarle una costilla. Tampoco podía faltar al trabajo en el mercado, porque el dueño, don René, pagaba por día y si no iba, no comían. Así que César hizo lo que mejor sabía hacer: sobrevivir con ingenio.
Empezó a levantarse una hora antes. A las cuatro de la mañana ya estaba en la parada de buses, ayudando al señor que vendía café ambulante a cargar su termo y su mesa plegable a cambio de un par de pesos. A mediodía, después de cargar cajas de tomates y papas en el mercado, se quedaba una hora extra barriendo el local de don René. Por la tarde, lavaba los carros que estacionaban en la esquina de la avenida, usando el balde roto que guardaba detrás de su casa y una esponja que encontró en la basura. Por la noche, ayudaba a la vecina de al lado, doña Clara, a ordenar su puesto de ropa usada.
En cinco días juntó ochenta y siete pesos. Sumados a los cuarenta y tres, tenía ciento treinta. Le sobraban diez para comprar algo de comer en el camino. El sábado, antes de salir, Laura lo miró desde la puerta de la habitación. No preguntó a dónde iba vestido con su única camisa sin agujeros, la que había guardado para la graduación de la secundaria. Solo le dijo: “Cuídate, hijo”, y le alcanzó una bolsa de plástico con dos arepas envueltas en papel aluminio.
El viaje fue largo y ruidoso. El autobús iba repleto de gente que viajaba de pie, agarrada de las manijas de cuero gastado. Afuera, el paisaje cambiaba lentamente: primero las calles sin pavimentar de El Rincón, luego las carreteras polvorientas con casas de bloque gris, después las primeras edificaciones de la periferia, y finalmente el centro bullicioso, con sus avenidas de cuatro carriles, sus semáforos que funcionaban siempre, sus edificios de vidrio que reflejaban el sol.
César nunca había estado tan lejos de su barrio. Todo le parecía enorme y ajeno. La gente caminaba rápido, con los ojos fijos en el suelo o en sus teléfonos. Nadie se saludaba. Nadie sonreía. Extrañó el bullicio familiar de El Rincón, donde todos se conocían y al menos se gritaban “¡buenos días!” desde las ventanas.
La dirección del cartel lo llevó a una calle angosta, flanqueada por tiendas de instrumentos musicales y estudios de grabación con vidrios polarizados. El edificio de la disquera era pequeño, de dos pisos, con una fachada blanca y un letrero azul que decía: “Melodía Records – El sonido de tu futuro”. Había una fila de personas en la entrada. Todos jóvenes, todos con instrumentos en sus espaldas o partituras en las manos. Algunos iban vestidos con ropa de marca, zapatos impecables, peinados perfectos. César se sintió un advenedizo con su camisa blanca ligeramente amarillenta por los años y sus zapatos negros desgastados en las puntas.
Se puso al final de la fila, apretando la guitarra contra el pecho. Delante de él, una chica de cabello violeta practicaba vocalizaciones en voz baja. Más adelante, un chico con una batería electrónica portátil hacía ritmos complejos con los dedos. El sol empezaba a calentar y el sudor le corría por la nuca, pero César no se movía. Cada minuto que pasaba sentía que la fila avanzaba demasiado rápido o demasiado lento, no estaba seguro de cuál era peor.
Después de dos horas, llegó su turno. Un hombre de traje oscuro, con una credencial colgando del cuello, le pidió su nombre y lo anotó en una tableta. “Pasa al fondo, sala B. Tienes tres minutos”, le dijo sin mirarlo a los ojos. César asintió y cruzó la puerta.
La sala B era un cuarto pequeño, insonorizado con paneles de espuma negra en las paredes. Había una silla, un atril, y enfrente, una mesa larga detrás de la cual estaban sentadas tres personas: una mujer de cabello cano, con gafas de lectura, que parecía la más seria; un hombre joven, de barba cuidada, que revisaba su teléfono con aburrimiento; y otro hombre, de unos cincuenta años, con una sonrisa amable y un saco de tweed. Era el que habló primero.
“Siéntete en confianza. Cuéntanos, ¿qué traes?”
César tragó saliva. Su boca estaba seca. Apretó la guitarra tan fuerte que las cuerdas le marcaron los dedos. “Una canción propia”, dijo, y su voz sonó más pequeña de lo que quería.
“Adelante.”
Cerró los ojos. No podía mirarlos. Si los miraba, el miedo lo ganaba. En cambio, se concentró en la guitarra, en la textura áspera del mástil, en el recuerdo de su madre cosiendo de noche, en las arepas que llevaba en la bolsa, en la nota de veinte pesos. Y empezó a cantar.
La canción hablaba de un barrio sin nombre, de una ventana sin vidrio, de una madre con los dedos ampollados. Hablaba de tener hambre no solo de comida, sino de dignidad. La letra era sencilla, casi cruda, pero la melodía tenía una honestidad que dolía. Cuando terminó, abrió los ojos.
Los tres estaban en silencio. La mujer de las gafas se las había quitado. El hombre del teléfono lo miraba fijamente. Y el de la sonrisa amable había dejado de sonreír.
“¿Cómo te llamas, muchacho?” preguntó este último.
“César. César Mora.”
“César… tu voz es interesante. Muy interesante. ¿Tienes más canciones?”
“Sí. Muchas.”
El hombre asintió. Intercambió miradas con la mujer y con el de la barba. Hubo un gesto apenas perceptible, un movimiento de cejas que César no supo interpretar. Entonces el hombre sacó una tarjeta de presentación de su bolsillo y se la tendió.
“Llámame el lunes. Quiero que hablemos de un contrato.”
César tomó la tarjeta con manos temblorosas. Leyó: “Mauricio Vega – Productor artístico, Melodía Records”. No supo qué decir. Solo atinó a dar las gracias, a guardar la guitarra, a salir de la sala como en trance.
Afuera, la ciudad seguía igual de ruidosa y ajena. Pero él se sentía diferente. Caminó hasta la parada del autobús con una sonrisa que no podía borrar. Comió las arepas mientras esperaba, y hasta le supieron a gloria. En el viaje de regreso, no durmió. Se pasó las tres horas mirando la tarjeta, leyendo una y otra vez las palabras que cambiaban su vida.
No sabía que Mauricio Vega también tenía hambre. Pero no de dignidad. De dinero.