En un mundo donde lobos y vampiros se odian desde generaciones, Aiden descubre que no es solo un joven universitario ordinario, sino el heredero de una de las más poderosas líneas Alfa. Criado en el mundo humano, sin saber quién es, su vida cambia cuando empieza a tener visiones, sueños extraños y un poder que no puede controlar. Junto a Lyra, una guardiana de la que se enamora, Aiden se enfrenta a un enemigo ancestral: la sombra, nacida del miedo de la creación. En su búsqueda de identidad, Aiden deberá descubrir quién es realmente, equilibrar las fuerzas que lo han perseguido y, solo a través del amor y la elección, cambiar el destino de su mundo, donde la verdad es la única fuerza capaz de unir aquello que el odio dividió.
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Capítulo 8: La princesa del enemigo
Las enormes puertas del castillo se abrieron lentamente.
El sonido de la madera y el hierro resonó por todo el patio principal, donde decenas de guerreros interrumpieron su entrenamiento para observar al joven recién llegado.
Aiden caminó junto a Boreas y Rowan, sintiendo el peso de cientos de miradas sobre él.
Algunos reflejaban esperanza.
Otros, desconfianza.
Y unos pocos... un profundo resentimiento.
Para muchos, el heredero no era más que un muchacho que había vivido cómodamente en el mundo humano mientras ellos habían perdido familias, hogares y amigos en la guerra.
En el gran salón del castillo, los líderes de las principales manadas esperaban reunidos alrededor de una enorme mesa circular.
Cada uno representaba un territorio distinto.
El ambiente era tenso.
Boreas avanzó hasta el centro.
—Les presento a Aiden Kael Draven, hijo del Alfa Kael y la Luna Selene.
Un anciano de larga barba golpeó el suelo con su bastón.
—¡No basta con llevar ese apellido!
Otra mujer, con una cicatriz cruzándole el rostro, añadió:
—Durante diecinueve años no supimos de él. ¿Cómo sabemos que no fue criado por nuestros enemigos?
Algunos asintieron.
Otros permanecieron en silencio.
Aiden dio un paso al frente.
—No puedo demostrarles quién soy con palabras.
Ni les pediré que confíen en mí solo porque mi padre fue un gran Alfa.
Si algún día me aceptan como líder, será porque me lo haya ganado.
El salón quedó en silencio.
Aquellas palabras sorprendieron incluso a quienes más desconfiaban de él.
Boreas ocultó una leve sonrisa.
Kael también hablaba así.
Después de la reunión, un sirviente condujo a Aiden hasta una habitación en una de las torres del castillo.
Era amplia, con una gran ventana que daba al valle.
Sobre una mesa descansaba una espada antigua cubierta por una tela de terciopelo.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Perteneció a su padre, mi señor.
El sirviente hizo una reverencia antes de retirarse.
Aiden levantó lentamente la tela.
La espada tenía grabados símbolos que parecían moverse bajo la luz.
Cuando rozó la empuñadura...
Una descarga recorrió su brazo.
Por un instante volvió a ver el rostro de Kael.
No hablaba.
Solo sonreía con orgullo.
El joven soltó la espada, respirando con dificultad.
—Cada vez son más reales...
Esa misma tarde decidió recorrer el reino.
Quería conocer el lugar por el que tantos habían dado la vida.
Los niños corrían por las calles jugando.
Los comerciantes ofrecían frutas, pieles y armas.
Los herreros trabajaban sin descanso.
No era un pueblo destruido.
Era un pueblo que había aprendido a sobrevivir.
Mientras observaba el mercado, una voz conocida lo sorprendió.
—Veo que ya no estás en el parque.
Se giró.
Era la joven de ojos ámbar.
Vestía ropa sencilla, muy distinta a la elegante vestimenta que llevaba en el castillo.
Como si no quisiera llamar la atención.
—Así que tú también estás aquí —dijo Aiden con una sonrisa.
Ella respondió con otra sonrisa.
—Parece que el destino insiste en cruzarnos.
Caminaron juntos entre los puestos del mercado.
Hablaron de cosas sencillas.
De comida.
De música.
De la vida en el mundo humano.
Por primera vez desde que llegó, Aiden sintió que podía relajarse.
—Nunca me dijiste tu nombre.
La joven dudó apenas un instante.
—Mi nombre es... Lyra.
No era mentira.
Pero tampoco era toda la verdad.
Desde un balcón del castillo, Boreas los observaba conversar.
A su lado apareció la anciana de cabello plateado.
—Se han encontrado antes de lo previsto.
—Lo sé.
—¿Debemos separarlos?
Boreas negó lentamente.
—No.
Hay cosas que el destino no puede evitar.
La anciana suspiró.
—Cuando descubra que Lyra no solo es una princesa...
Sino la hija del Rey de los Vampiros...
Todo cambiará.
Boreas cerró los ojos.
Ese era el secreto que había mantenido oculta la frágil paz durante casi dos décadas.
Y sabía que, tarde o temprano, saldría a la luz.
Muy lejos de allí, en un castillo envuelto por la oscuridad, el Rey de los Vampiros recibió una carta sellada con cera negra.
Tras leerla, sonrió.
—Así que... mi hija ya ha conocido al heredero.
Perfecto.
Que el destino haga su trabajo...
Mientras yo preparo el tablero para la guerra.