Katerina lo tenía todo: una mente matemática brillante, el imperio de superdeportivos Vanguard Atelier y un prometido ideal. Pero el día de su coronación como CEO, su mundo se derrumba. Traicionada por su novio y una enemiga oculta, es narcotizada y expuesta en un falso montaje de infidelidad. Humillada públicamente y al borde del colapso, la obligan a firmar la renuncia que le arrebata el negocio familiar.
En la ruina absoluta, Katerina encuentra un aliado inesperado: Luke, el implacable y magnético CEO de la firma legal más poderosa del país. Conocido como el "tiburón de los negocios", Luke no cree en la compasión, pero la brillantez y dignidad de Katerina despiertan en él una obsesión incontrolable.
Entre noches de pasión salvaje y una complicidad peligrosa, ambos diseñan un algoritmo de venganza implacable. Sin embargo, una red de secuestros, atentados armados y secretos oscuros amenazará con destruirlos antes del juicio final. ¿Podrán recuperar el imperio automotriz, o las cicatrices del pasado los consumirán a ambos? Una historia adictiva de traición, mafia corporativa y un amor indomable.
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 15. EL PACTO DEL HOSPITAL
El olor a antiséptico y el zumbido constante de los monitores médicos trajeron a Katerina de vuelta a la realidad. Estaba sentada en una incómoda silla de plástico en la sala de observación de la clínica privada, con las manos entrelazadas y la mirada fija en la puerta de urgencias. Su traje sastre blanco, el mismo con el que había entrado triunfante a Vanguard Atelier unas horas antes, ahora tenía manchas de la sangre de Luke en el hombro izquierdo.
Cada segundo se sentía como una eternidad para su mente matemática, que no dejaba de calcular las probabilidades de daño en los tendones de Luke.
La puerta se abrió y Raúl Méndez apareció con el rostro serio, pero al ver a Katerina, su expresión se suavizó un poco. Detrás de él, el médico de guardia se limpiaba las manos con una toalla.
—¿Cómo está, doctor? Por favor, dígame la verdad —suplicó Katerina, poniéndose en pie de inmediato. Su voz, siempre tan firme, tembló de una manera que delató su absoluta vulnerabilidad.
—Tranquila, señorita Katerina —respondió el médico con tono calmado—. La bala atravesó el deltoides limpio. Por fortuna, no tocó ninguna arteria principal ni destrozó el hueso. Sin embargo, el proyectil rozó una de las ramificaciones nerviosas del tendón. Hemos tenido que darle doce puntos de sutura y reconstruir parte del tejido muscular. Necesitará reposo absoluto y cuidados las veinticuatro horas durante al menos dos semanas. No puede mover el brazo izquierdo bajo ningún concepto.
Katerina soltó un suspiro tembloroso, tapándose la boca para no llorar de alivio. Raúl le puso una mano en la espalda para reconfortarla.
—García me ha llamado desde los juzgados, Kat —comentó Raúl en voz baja—. Gómez y su cómplice guardaron silencio durante el primer interrogatorio. Sus abogados defensores ganaron tiempo y, cuando la policía llegó al apartamento de Leo y Laya con la orden de arresto... ya se habían marchado. Se llevaron pasaportes y vaciaron sus cajas fuertes personales. Están prófugos.
Una oleada de culpa, pesada y asfixiante, golpeó el pecho de Katerina. Miró la mancha de sangre en su ropa.
—Todo esto es por mi culpa, Raúl —susurró ella, con los ojos empañados—. Luke casi muere por protegerme. Leo y Laya no se van a detener. Ahora que están acorralados, son mucho más peligrosos.
—Precisamente por eso, no vas a separarte de él —la voz profunda y un poco rasposa de Luke resonó desde la camilla, detrás de la cortina de la sala de observación.
Katerina apartó la cortina de golpe. Luke estaba medio incorporado, apoyado en varias almohadas. Tenía el torso desnudo, cubierto por un imponente vendaje blanco que envolvía todo su hombro izquierdo y parte del pecho. Su rostro lucía un poco pálido, pero sus ojos oscuros mantenían la misma intensidad magnética y felina de siempre.
—Luke... deberías estar descansando —le riñó ella, acercándose a la camilla a paso rápido.
—Estoy perfectamente, Katerina. He tenido peores heridas jugando al rugby en la universidad —bromeó él de medio lado, aunque una pequeña mueca de dolor delató que la anestesia estaba perdiendo su efecto. Levantó su mano derecha sana y la tomó por la muñeca, tirando sutilmente de ella hasta obligarla a sentarse en el borde de la camilla—. Escúchame bien. Raúl me ha dicho que esos dos miserables se han escapado. Mi ático tiene un sistema de seguridad de nivel militar y blindaje térmico. Tú no vas a volver a la casa de tus padres ni al hangar de Brandon sola. Te vienes conmigo.
Katerina pestañeó, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones ante la cercanía de su cuerpo desnudo y el calor de su mano en su piel.
—Luke, el médico ha dicho que necesitas cuidados constantes. No puedes vestirte solo, ni cocinar, ni cambiarte las vendas... No puedes estar solo.
—Exacto —concluyó Luke, con una sonrisa lobuna y seductora que aceleró las pulsaciones de Katerina a niveles alarmantes—. Por eso te estoy proponiendo un trato, mi brillante CEO. Tú te mudas a mi ático para protegerte de Leo, y a cambio, te conviertes en mi enfermera privada durante las próximas dos semanas. Me ayudarás con todo lo que yo no pueda hacer con una sola mano. ¿Tenemos un trato?
Katerina miró los puntos de sutura que se adivinaban bajo el vendaje, recordó cómo él se había interpuesto entre ella y la bala sin dudarlo un segundo, y luego miró esos labios que la habían hecho tocar el cielo la noche anterior. La lógica matemática no tenía poder contra lo que estaba sintiendo.
—Tenemos un trato, Luke —respondió Katerina, inclinándose suavemente para sellar la promesa con un beso corto y tierno en los labios, sintiendo cómo la mano derecha de él se enredaba en su nuca, prolongando el contacto con una posesividad que la dejó temblando.
Mientras tanto, en un motel de carretera de baja categoría a las afueras de la provincia, la televisión pequeña de la habitación emitía las noticias de última hora. Las fotos de Leo y Laya aparecían en la pantalla con el rótulo de "Buscados por intento de homicidio".
Laya caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado, mordiéndose las uñas de forma compulsiva. Leo estaba sentado en el borde de la cama, con la cabeza entre las manos, temblando visiblemente.
—¡Te lo dije, Laya! ¡Te dije que contratar a Gómez era un error! —sollozó Leo, completamente aterrorizado—. ¡La policía nos está buscando! No podemos salir del país por los aeropuertos, tienen nuestras fotos en todas partes. El dinero que sacamos de las cajas fuertes no nos durará más de unos meses en la clandestinidad. ¡Estamos acabados!
Laya se detuvo en seco, girándose hacia él con una mirada vacía, psicópata y cargada de una fría determinación.
—Cállate, cobarde —siseó Laya, dándole una bofetada limpia en el rostro que hizo que Leo se callara del shock—. No estamos acabados. Aún tenemos la copia de seguridad de los vídeos originales del hotel sin pixelar. Si Katerina cree que ese abogado la va a salvar, está muy equivocada. Vamos a jugar nuestra última carta. Si el juicio de familia empieza la próxima semana, usaremos el punto débil de su preciosa familia para obligarla a retirar la demanda.
Laya miró por la ventana sucia del motel, contemplando la lluvia que empezaba a caer.
—Monique y Brandon... —susurró Laya con una sonrisa retorcida—. Ellos son los que siempre están cuidando de ella. Es hora de hacerles una pequeña visita antes de que Katerina se siente en el tribunal.