Una historia de amor, odio y venganza
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El arte de mentir con elegancia
Cap 2
Conseguir una invitación a la gala benéfica de los Montenegro fue más fácil de lo que Valentina imaginaba. Bastaron tres meses de favores cruzados, una identidad falsa perfectamente documentada —Valentina Rossi, historiadora del arte especializada en subastas privadas— y un vestido rojo cuyo precio equivalía al alquiler de seis meses en su antiguo apartamento. La noche del evento, frente al espejo de la pensión cutre donde se alojaba mientras tanto, Valentina se miró a los ojos y se prometió una sola cosa: no sentir.
—Eres un arma —se susurró mientras ajustaba el collar de llave de plata que nunca se quitaba—. Las armas no tienen corazón.
El hotel Ambassador lucía sus mejores galas. Arañas de cristal, alfombras persas, camareros que servían champán con la frialdad de autómatas. Valentina cruzó el umbral con la respiración controlada, la espalda recta y una sonrisa de cortesía ensayada durante semanas. En el interior, la élite empresarial de Madrid se arremolinaba como tiburones en agua tibia. Pero ella solo buscaba a uno.
Dante Montenegro no estaba entre la multitud. En cambio, su padre, el temido Héctor Montenegro, presidía la mesa principal con una sonrisa de tiburón viejo. Valentina lo reconoció al instante: era el hombre del sueño, el mismo que había susurrado "todo está bien" mientras su madre se quemaba viva. Los nudillos le dolieron de apretar el bolso. Un camarero pasó con una bandeja de copas; ella tomó dos y vació una de un trago para calmar el temblor.
—¿Siempre bebes sola o esperas compañía?
La voz le heló la nuca. Era grave, pausada, con un dejo de diversión mal disimulada. Valentina giró lentamente y se encontró frente a Dante Montenegro en carne y hueso. Era más alto que en las fotos, de hombros anchos y mandíbula cuadrada, con ese pelo oscuro ligeramente despeinado que debía de ser un efecto deliberado. Pero lo que la desarmó fueron los ojos: verdes como esmeraldas sucias, con una grieta diminuta en el iris izquierdo. Y en ellos, una expresión que no supo interpretar. ¿Reconocimiento? ¿Curiosidad? ¿Odio?
Él miró su collar de llave de plata y algo se quebró en su rostro. Solo un instante. Luego volvió la máscara de cortesía.
—Perdón, ¿nos conocemos? —preguntó Dante, con un tono que intentaba ser casual pero delataba urgencia.
—No aún —sonrió ella, extendiendo la mano con la confianza de una actriz en su mejor papel—. Soy Valentina Rossi. Y sí, bebo sola porque la mayoría de la gente no sabe mantener una conversación interesante.
Dante soltó una risa corta, de esas que nacen en la sorpresa. Aceptó la mano y la retuvo un segundo de más.
—Dante Montenegro. Y me encanta la gente que no tiene miedo a sonar arrogante.
—No es arrogancia —respondió ella, recuperando su copa—. Es estadística. El ochenta por ciento de las conversaciones en estas galas son sobre acciones, yates y la última amante del dueño de turno. Yo prefiero hablar de cosas que duelan.
—¿Como qué?
—Como las cicatrices que no se ven.
El silencio que siguió fue eléctrico. Dante la miró como si intentara leerle el alma a través de los párpados. Por un momento, Valentina temió que la hubiera descubierto. Pero entonces él tomó su copa vacía, la dejó en una bandeja y dijo:
—Baila conmigo.
No era una pregunta.
Bailaron tres veces. Primero un vals lento donde él la guiaba con una seguridad que daba miedo; luego algo más moderno, más suelto, donde ella fingió tropezar a propósito para ver cómo reaccionaba. Dante la sujetó con un brazo fuerte y rio de verdad. La tercera vez, cerca de la medianoche, la llevó a la terraza privada del piso veinte. Desde allí se veía toda Madrid iluminada como un mapa de sueños eléctricos.
—Nunca había traído a nadie aquí —confesó él, apoyando los antebrazos en la barandilla.
—¿Por qué a mí?
Dante giró la cabeza. Sus miradas se encontraron y Valentina sintió un vértigo inesperado. Él olía a cedro y algo más, algo triste.
—Porque tienes la misma llave que mi madre llevaba el día que murió.
El mundo se detuvo. Valentina apenas pudo disimular el escalofrío.
—Tu madre... —empezó.
—Murió en un incendio cuando yo tenía ocho años —la interrumpió él, con la voz ronca—. Mi padre dijo que fue un accidente. Pero esa llave... ella nunca se la quitaba. Y tú la tienes.
Valentina pensó rápidamente. Una mentira, una verdad a medias, cualquier cosa. Pero lo que salió de sus labios fue algo que no había planeado:
—Mi madre también murió en un incendio. Y también llevaba una igual.
Dante enderezó el cuerpo. Por un instante, la fachada de hombre poderoso se derrumbó y apareció un niño asustado.
—¿Qué te pasó? —preguntó ella, y esta vez no fue una línea de su guion.
Él bajó la mirada. Habló de noches sin dormir, de un padre que nunca le creyó, de una búsqueda obsesiva de respuestas. Cuando alzó los ojos, estaban húmedos.
—A veces odio a mi padre con tanta intensidad que me siento vacío —susurró.
Valentima sintió el impulso de abrazarlo. Era justo lo que había planeado: ganarse su confianza, explotar sus heridas. Pero el impulso llegó acompañado de algo que no esperaba: una punzada en el pecho, caliente y cruel.
No era lástima. Era el primer latido de algo que iba a complicarlo todo.
Dio un paso atrás y sonrió con la frialdad ensayada.
—Deberías odiarlo más —dijo—. A veces los monstruos tienen cara de padre.
Dante la miró largamente. Luego, sin mediar palabra, le tomó la mano y se la llevó a los labios. No la besó. Solo la sostuvo allí, como si quisiera memorizar su pulso.
—Valentina Rossi —murmuró—. Creo que vas a ser un problema para mí.
Ella retiró la mano con suavidad.
—Esa es la idea.
Y al bajar del ático, con el eco del champán y las mentiras aún en la lengua, Valentina se permitió un segundo de honestidad: tenía miedo. No de Dante. De la mujer que empezaba a sentir algo real dentro del plan perfecto.
Pero las armas no sienten. Se limpió los labios con el dorso de la mano y entró de nuevo al baile