Durante diecisiete años, Woo-jin ha vivido sin salir casi nunca de su propiedad, cumpliendo cada enseñanza y promesa que le dejó su padre antes de fallecer: cuida los huertos, prepara remedios con hierbas de la zona, mantiene las defensas y nunca revela que puede transformarse. Cree que el mundo sigue igual hasta que empieza a ver humo en el horizonte, encuentra animales muertos con marcas extrañas y descubre visitantes que no deberían estar ahí. Al abrir por fin la zona sellada del sótano, lee los informes completos: el virus de la Niebla Gris se extendió hace meses, la corporación Hanbiotech busca apoderarse de su investigación y él lleva todo este tiempo completamente aislado sin saberlo. Ahora deberá poner a prueba todo lo que aprendió, usar su secreto por primera vez y proteger su hogar con sus propias manos.
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Capítulo 19: Los que viven en la oscuridad de la tierra
La oscuridad dentro de la caverna era tan absoluta que parecía tener peso propio, como si una mano fría y húmeda les apretara el pecho con cada paso que daban. Durante varios minutos ninguno de los dos pudo hablar ni moverse: solo escuchaban el eco lejano de los gritos, los rugidos y los golpes que venían desde la entrada que acababan de cerrar detrás de ellos, el sonido de la vida de Lee Soo-ah apagándose para siempre para que ellos pudieran seguir respirando. Woo-jin tenía el mapa enrollado apretado contra su pecho, el papel todavía impregnado del olor a hierbas y tierra de la mujer, y podía sentir las palabras escritas en el reverso quemándole la piel a través de la tela de su túnica: *Tú eres el puente entre lo que se perdió y lo que aún puede nacer*. A esas alturas, ya no sabía si tenía fuerzas suficientes para ser ese puente, o si cada paso que daba solo lo llevaba a ver a más buenas personas morir por su culpa.
Ji-won fue el primero en reaccionar: encendió una pequeña antorcha siguiendo exactamente la mezcla que Dae-jung les había enseñado, con resina de pino, ceniza de roble y un toque de la hierba seca que siempre llevaban consigo. La llama surgió clara y dorada, sin humo negro que los delatara, y alumbro un túnel de piedra tallada que se perdía hacia las profundidades de la montaña. Las paredes estaban cubiertas de marcas antiguas, dibujos y números que hablaban de que este lugar había sido una mina hacía generaciones, antes de que la gente del valle decidiera cerrarla para siempre por miedo a lo que había dentro. El aire era gélido, olía a tierra mojada, a metal oxidado y a un aroma extraño, dulce y enfermizo que ninguno de los dos lograba identificar del todo.
—Debemos seguir avanzando —dijo Ji-won con voz baja, tratando de que no resonara demasiado en las galerías vacías—. Si nos quedamos aquí, cuando se acabe el fuego estaremos totalmente a merced de lo que sea que viva en este lugar. El mapa de Soo-ah marca una salida al otro lado de la cordillera, cerca de los lagos altos, pero tenemos que cruzar todo el sistema de túneles para llegar.
Caminaron despacio, con los sentidos al máximo, pisando solo donde la luz de la antorcha mostraba que no había huecos ni piedras sueltas. Woo-jin iba delante, con el arco listo y una flecha ya tensada, mientras que Ji-won cubría la retaguardia, mirando siempre hacia atrás por si algo los seguía desde la entrada. A medida que bajaban más y más, la temperatura seguía bajando hasta hacerles doler los huesos, y el silencio se volvía cada vez más denso, roto solo por el crujir de sus propias botas sobre la piedra y el leve chisporroteo de la llama. De vez en cuando, el pasadizo se abría en cavernas enormes donde el techo se perdía en la oscuridad, y donde se veían restos de viejos carros de madera, herramientas oxidadas y sacos vacíos tirados por el suelo, como si todos los que trabajaban allí hubieran huido de golpe sin llevarse nada.
Llevaban ya más de una hora caminando cuando Woo-jin se detuvo de golpe, alzando la mano para que Ji-won se quedara quieto. Había sentido algo: no un sonido claro, sino una vibración casi imperceptible bajo la planta de sus pies, como si algo muy ligero se moviera sobre la piedra a varios metros de distancia, sin hacer el menor ruido. Levantó la antorcha lo más alto que pudo, pero la luz solo alcanzaba unos veinte metros delante, y más allá solo había sombras que parecían moverse por sí mismas, deslizándose entre las rocas. Fue entonces cuando escucharon una voz ronca y débil que venía de un nicho alto en la pared derecha:
—Si mueven esa antorcha un palmo más hacia la izquierda, estarán muertos antes de que puedan gritar. Quédense exactamente donde están, no respiren fuerte y no hagan ningún movimiento brusco. Hay tres de ellos acechando justo en el límite de la luz.
Ambos se quedaron rígidos, sin atreverse ni a girar la cabeza. Desde la oscuridad del hueco en la roca bajó un hombre que cojeaba fuertemente, con una pierna vendada con trapos empapados en sangre seca, vestido con un uniforme militar negro rasgado y manchado, en el que aún se alcanzaba a ver el emblema de Hanbiotech medio arrancado del pecho. Tenía el rostro cruzado por una cicatriz larga que le bajaba desde la frente hasta la mandíbula, y en la mano sostenía una pistola grande que no apuntaba hacia ellos, sino hacia las sombras que se movían al fondo del túnel.
—No vengo a pelear —dijo el hombre, bajando el arma lentamente—. Me llamo Ryu Tae-oh, fui capitán del Escuadrón de Seguridad de Hanbiotech durante siete años. Deserté hace tres semanas, cuando me ordenaron limpiar tres aldeas enteras solo porque habían tenido contacto con el virus. He estado escondido aquí desde entonces, esperando a que bajara alguien que no fuera uno de ellos. Y por la forma en que ese muchacho sostiene el arco… tú debes de ser el hijo del doctor Choi, ¿verdad? El que todos buscan por todas partes.
Woo-jin asintió sin bajar la guardia, pero relajó un poco la tensión de la cuerda de su arma. Tae-oh se dejó caer sentado sobre una roca plana, mordiéndose el labio para no gemir de dolor al mover la pierna herida, y les contó toda la verdad que nadie más había podido decirles hasta entonces: la corporación no tenía ningún interés en curar el Virus de la Niebla Gris. Al contrario: el brote había sido el accidente perfecto para justificar lo que realmente querían hacer desde el principio: capturar a todas las personas con la herencia biológica como la de Woo-jin, extraer su material genético y crear un suero que les permitiera controlar a todas las mutaciones a su antojo, convirtiéndolas en un ejército obediente que dominaría lo que quedara del mundo.
—Ya saben que estás en esta cordillera —continuó Tae-oh con la voz grave, mirando a Woo-jin directamente a los ojos—. En menos de cuarenta y ocho horas llegará el Escuadrón Negro, la mejor unidad que tienen. No son soldados normales: son seres modificados, mitad humanos mitad mutaciones, que no sienten dolor ni miedo, y que obedecen solo órdenes de matar o capturar. Traen equipos de rastreo genético que pueden seguir tu rastro incluso si pasaste por allí hace una semana. No importa cuánto te escondas, te encontrarán. Y también traen a la peor creación que han logrado hasta ahora: los Vacíos.
Al pronunciar ese nombre, las sombras al fondo del túnel se movieron de nuevo, y esta vez Ji-won alcanzó a ver algo: una figura delgada, de casi dos metros de alto, con la piel tan transparente que casi se confundía con la piedra, sin ojos en el rostro, solo una boca enorme llena de dientes afilados como agujas.
—Esos son —susurró Tae-oh, levantando de nuevo su arma—. Cazaron en estas minas cuando el experimento se salió de control hace años. No tienen vista, pero sienten la más mínima vibración en el suelo, el más leve latido del corazón, el simple hecho de que respires más fuerte de lo normal. Pueden estar a tu lado durante una hora sin que te des cuenta, y atacar en el momento en que menos lo esperas. Lo único que los detiene es el fuego directo en el centro del pecho, donde su piel no es tan dura. Y si hay uno, significa que hay al menos una docena más cerca.
Durante la siguiente media hora, Tae-oh les enseñó todo lo que había aprendido a sobrevivir allí: cómo caminar descalzo distribuyendo el peso solo en los dedos de los pies para no hacer vibraciones, cómo respirar solo por la nariz de forma lenta y pausada, cómo leer el movimiento del aire para saber si algo se acercaba sin verlo. Woo-jin, aprovechando que estaban totalmente a oscuras en un tramo del túnel donde solo había una pequeña luz a lo lejos, hizo el cambio a su apariencia femenina para poder moverse con mayor ligereza, silencio y agilidad: pudo deslizarse por un pasadizo estrecho que ni Ji-won ni Tae-oh hubieran podido cruzar, y confirmó que efectivamente había más de una docena de Vacíos rodeándolos lentamente, cortando todas las vías de escape excepto una que llevaba hacia una vieja cámara de almacenamiento con barriles de gas de la antigua mina.
Cuando los seres se lanzaron al ataque al mismo tiempo, fue un caos de sombras y sonidos amortiguados. Woo-jin y Ji-won usaron todo lo que habían aprendido: encendieron varias antorchas con la mezcla de Dae-jung, que ardía con una llama que no se apagaba fácilmente, y se cubrieron el cuerpo con la pasta de raíces y hielo que Soo-ah les había enseñado, para ocultar el ritmo de sus latidos. Tae-oh, a pesar de su pierna rota, disparaba con una precisión letal, derribando a cualquiera que se acercara demasiado, pero cada vez eran más, y la luz de las antorchas empezaba a bajar. Cuando comprendieron que no podían ganar peleando, Tae-oh tomó una decisión: les entregó un pequeño dispositivo de metal con una pantalla encendida, que contenía todos los códigos, mapas y planes secretos de Hanbiotech, y los empujó hacia la salida de la cámara.
—Ustedes tienen que irse —les gritó por encima del ruido, mientras sostenía la mecha de uno de los barriles grandes de gas entre sus dedos—. Yo me quedo aquí. Cuando cierre esta puerta de hierro, volaré todo el pasadizo y los enterraré a todos bajo la roca. Así ganarán al menos un día entero antes de que puedan seguirles el rastro. Cuídense, y demuéstrenles que toda esta pesadilla no ganó al final.
Woo-jin quiso quedarse para ayudarlo, pero Ji-won lo agarró del brazo con fuerza y lo arrastró hacia la salida, justo cuando la puerta de hierro se cerraba de golpe tras de ellos. Tres segundos después, una explosión sorda hizo temblar toda la montaña, y una nube de polvo y piedras salió disparada por las rendijas de la puerta. Se quedaron allí apoyados contra la pared, jadeando, sabiendo que otra persona más había dado su vida para que ellos siguieran caminando.
Caminaron el resto del túnel en silencio, hasta que por fin vieron una luz tenue y fría que les indicaba que estaban llegando a la salida. Cuando salieron al exterior, el sol estaba empezando a salir tras las cumbres, tiñendo la nieve de tonos rosados y dorados, y el aire de la mañana era limpio y puro, sin rastro de la Niebla Gris. Woo-jin apretó el dispositivo de Tae-oh contra su pecho, junto al mapa de Soo-ah, la brújula de Soo-jin y los apuntes de su padre. Todos los que había conocido en estos días ya no estaban, pero cada uno le había dejado una parte de sí mismo, una herramienta, una verdad, una fuerza que antes no tenía. Ahora sabía que tenía menos de dos días para prepararse antes de que llegara lo peor, y que esta vez, no habría nadie más que se quedara atrás para salvarlo. La próxima pelea, tendría que ganarla él mismo.
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