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La Obsesión del Mafioso Ruso

La Obsesión del Mafioso Ruso

Status: En proceso
Genre:Mafia / Amor a primera vista / Síndrome de Estocolmo / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro
Popularitas:6.1k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Valentina Solís solo quería sobrevivir.
Después de escapar de una red de tráfico humano en Estambul, volvió a México creyendo que el peor monstruo de su vida había quedado atrás. Intentó reconstruirse, cuidar de su abuela y volver a pintar sin mirar siempre por encima del hombro.
Meses después, una beca en la prestigiosa Academia Répin de San Petersburgo pareció ofrecerle lo imposible: una nueva vida, lejos del miedo.
Pero Rusia no era un nuevo comienzo.
Era territorio de Nikolái Vólkov.
Pakhan de la Bratva, dueño de una mansión rodeada de guardias, secretos y sangre, Nikolái nunca olvidó a la mexicana que se atrevió a desafiarlo. Cuando Valentina pisa San Petersburgo, él la arranca de su vida, usa a su mejor amigo como rehén y la encierra en un mundo donde la ley no entra.
Valentina no quiere pertenecerle.
Nikolái no sabe soltar.
Entre cautiverio, traiciones, deseo oscuro y una obsesión que amenaza con destruirlos a ambos, Valentina descubrirá que el hombre que la retiene también guarda una verdad enterrada: su pasado, su familia desaparecida y el secreto más peligroso de la Bratva están unidos por la misma sombra.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

La silla volvió a golpear contra el piso cuando Valentina Solís intentó echarse hacia atrás.

No sirvió de nada.

La cuerda le mordía las muñecas con tanta fuerza que ya no sabía si el ardor venía de la piel abierta o de la sangre que se le había secado debajo. Tenía los tobillos atados a las patas de la silla, la boca partida, el sabor metálico metido entre los dientes y un vestido de seda rasgado que no era suyo pegado al cuerpo como una burla.

Dos días sin comer.

Dos días oliendo humedad, cigarro viejo y desinfectante barato en esa habitación de Tarlabaşı donde nadie gritaba lo bastante fuerte para que alguien decente viniera a mirar.

El hombre rubio frente a ella se rio por teléfono.

—Sí, sí, ya la tengo aquí. Mexicana, joven, bonita. Te dije que no era mercancía cualquiera.

Valentina apretó los dedos contra la cuerda. Las uñas se le habían roto hacía horas, cuando intentó soltarse usando el borde oxidado de la silla. Solo consiguió abrirse más la piel.

Vova Kozlov se inclinó sobre ella. Era corpulento, con la cara roja por el alcohol y una cadena de oro gruesa que le descansaba sobre el cuello sudado. Le pasó el dorso de los dedos por la mejilla, demasiado lento, disfrutando cómo ella apartaba el rostro.

—No seas grosera, muñeca —dijo en un español mal pronunciado, aprendido a golpes de necesidad—. Si cooperas, quizá te toca dueño amable.

Valentina quiso escupirle, pero tenía la boca tan seca que apenas logró mover la lengua.

No llores, se ordenó.

La voz de Abuelita Carmen le cruzó la cabeza con una claridad cruel: "Cuando tengas miedo, respira, Tina. Primero respira y luego piensas."

Respirar dolía.

Pensar también.

El celular de Vova vibró otra vez. Él miró la pantalla y su sonrisa se endureció.

—No, no. Dile al Pakhan que no tengo nada suyo. ¿Me oíste? Nada.

Pakhan.

Valentina no conocía la palabra, pero la forma en que Vova bajó la voz le heló la espalda. Ese hombre, que había reído mientras ella sangraba, acababa de ponerse nervioso.

Vova colgó, maldijo en ruso y pateó una botella vacía contra la pared.

—Por tu culpa voy tarde —gruñó, como si ella hubiera elegido estar ahí.

Se acercó de nuevo. Valentina tiró de las ataduras hasta sentir que algo húmedo le bajaba por la palma.

—No me toque —logró decir.

Él sonrió.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Llamar a tu consulado?

La palabra le abrió un hueco en el pecho. Consulado. México. Casa. La cocina de su abuela con olor a café de olla, los azulejos verdes del patio, el ruido de los domingos en Coyoacán. Todo estaba tan lejos que parecía una vida de otra persona.

Vova le agarró la barbilla. Valentina giró la cara y le mordió un dedo.

El golpe llegó de inmediato.

La silla casi se volcó. El mundo se llenó de chispas blancas. Cuando volvió a enfocar, Vova se chupaba el dedo con una rabia infantil.

—Perrita.

Levantó la mano otra vez.

La puerta se abrió de una patada.

No fue un golpe desordenado. Fue seco, exacto, como si la madera hubiera recibido una orden y obedecido. La cerradura salió disparada contra la pared. Vova se giró con la pistola a medio levantar.

El hombre que entró no corrió.

Caminó.

Traía un traje oscuro sin una arruga, guantes negros y una rosa blanca de tallo largo en la mano izquierda, absurda en medio de la mugre. En la derecha llevaba una pistola con silenciador. Sus ojos grises recorrieron la habitación sin prisa: Vova, la botella rota, la silla, la sangre en el piso.

Valentina dejó de respirar.

El desconocido disparó.

El grito de Vova reventó la habitación. La bala le atravesó la palma y se incrustó en la pared, justo detrás de su cabeza. La pistola cayó al suelo con un golpe seco.

La rosa blanca no se movió.

El hombre la sostenía como si matar y comprar flores fueran partes de una misma tarde.

—Llegas tarde, Vova —dijo en ruso.

Su voz era baja. No necesitaba gritar. La autoridad le salía limpia, sin esfuerzo, y por eso daba más miedo.

Vova cayó de rodillas, agarrándose la mano destrozada.

—Nikolái... yo puedo explicar.

Nikolái.

Valentina guardó el nombre sin querer, como se guarda una contraseña que puede salvarte o hundirte.

Otra figura entró detrás del hombre. Alta, rubia, impecable, con el cabello recogido y una expresión tan tranquila que parecía estar en una oficina, no en una habitación donde olía a sangre. Sasha, aunque Valentina todavía no sabía su nombre, levantó una pistola y disparó cuatro veces.

Pierna derecha.

Pierna izquierda.

Brazo sano.

Hombro.

Vova se desplomó, aullando, con el cuerpo retorcido sobre el piso.

Valentina cerró los ojos, pero no pudo cerrar los oídos. El sonido de los disparos se le quedó vibrando en los huesos.

—Que no se muera todavía —ordenó Nikolái.

—Sí, Pakhan —respondió Sasha.

Pakhan.

Otra vez esa palabra.

Valentina abrió los ojos apenas un poco. El hombre del traje oscuro se había acercado a Vova. No parecía enfurecido. Eso era lo peor. Miraba al hombre herido como quien mira una mancha en el zapato.

—Robaste dinero de mi ruta —dijo Nikolái—. Vendiste nombres. Y trajiste basura a mi ciudad.

—Ella no es de tu ruta —jadeó Vova—. La chica venía por otro lado. Yo solo...

Nikolái le pisó la mano baleada.

Vova gritó hasta quedarse sin aire.

Valentina se sacudió contra la silla. No quería mirar, pero cada movimiento de ese hombre la obligaba a hacerlo. No era como Vova. Vova era violencia sucia, caliente, torpe. Nikolái era otra cosa. Era violencia con reloj, con traje, con reglas que nadie le había explicado a ella.

Entonces él la miró.

Valentina sintió que la habitación se hacía más pequeña.

Los ojos grises se detuvieron en su rostro, en el labio partido, en el vestido roto, en las marcas de cuerda de sus muñecas. No hubo compasión. Tampoco deseo. La examinó con una frialdad que le puso la piel de gallina.

Nikolái se acercó.

La rosa blanca rozó la rodilla desnuda de Valentina cuando él se inclinó frente a ella. El contraste la mareó: pétalos limpios, sangre seca, seda desgarrada.

—¿Mexicana? —preguntó en español.

Valentina parpadeó.

El acento era ruso, sí, pero el español era demasiado bueno. Demasiado claro. Demasiado peligroso.

Quiso contestar. La garganta no le obedeció.

Nikolái ladeó la cabeza, como si su silencio fuera una curiosidad menor.

—Te hicieron una pregunta —dijo Sasha desde la puerta, también en español.

Valentina tragó saliva. Sintió el corte del labio abrirse otra vez.

—Sí —susurró.

—Nombre.

Ella apretó la mandíbula.

No se lo des.

¿Y de qué le servía esconderlo? Si esos hombres querían matarla, su nombre no iba a detenerlos.

—Valentina.

La palabra salió débil, pero salió.

Nikolái repitió su nombre casi sin sonido, como si probara la forma en la lengua.

—Valentina.

No le gustó oírlo en su voz. Le dio la impresión absurda de que, al decirlo, él había tomado algo suyo.

Nikolái se enderezó y miró a Sasha.

—Encárgate de ella también.

El corazón de Valentina se detuvo.

Por un segundo no entendió.

Luego Sasha levantó la pistola.

No. No, no, no.

El alivio que le había nacido cuando Vova cayó se rompió de golpe. Ese hombre no había venido a salvarla. Había venido a limpiar una escena. Y ella era parte de la basura.

—¡Espere! —La voz le salió rota, fea, desesperada—. ¡Espere, por favor!

Nikolái no se giró de inmediato.

Ese segundo la mató.

—Tengo dinero —soltó Valentina, atropellándose con las palabras—. Mi familia tiene dinero. Puedo pagarle.

Sasha no bajó el arma.

Vova, tirado en el piso, empezó a reírse entre gemidos.

—No tiene nada, Pakhan. Sus tíos la vendieron por menos de lo que cuesta tu reloj.

Valentina sintió que la vergüenza le quemaba la cara. Sus tíos. Raúl y Ernesto. Los hombres que habían firmado papeles, que le habían hablado de "una oportunidad en Europa", que habían llorado en el aeropuerto como si no acabaran de entregarla.

No mires al piso.

Si iba a morir, no quería que ese miserable la viera agachar la cabeza.

—Cinco millones de dólares —dijo.

El silencio cambió.

No se hizo más suave. Se hizo más filoso.

Nikolái giró apenas el rostro.

—¿Cinco millones?

Valentina respiró con dificultad. La cuerda le ardía. El labio le palpitaba. Vova sangraba a unos pasos. Sasha seguía apuntándole al pecho.

—Sí —mintió con toda la fuerza que le quedaba—. Cinco millones. Si me saca de aquí, se los doy.

Nikolái se volvió hacia ella por completo.

Por primera vez desde que entró, sonrió.

No fue una sonrisa amable. Fue lenta, fría, casi divertida. Como si ella acabara de ofrecerle un juego.

Se acercó de nuevo, apoyó una mano en el respaldo de la silla y bajó la mirada hasta dejarla atrapada entre sus ojos grises y la rosa blanca que todavía sostenía.

—¿Y los traes encima, printsessa?

1
Martha Rebolledo
Normal
Yeris
comienza buena
Vane Alvarez
creo que Dani, actúa, para poder sacarla... y que tiene algún aliado, x eso los disparos y demás. para distraer a volkov y poder escaparse
Morrita
Que perdón, no entendí jaja
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