Valentina despierta sin recuerdos después de una caída. Lo único que tiene para entender su pasado es un diario lleno de pistas sobre el hombre que la cuidó desde niña.
Todos creen que ese hombre es Nico Montero, el chico que creció a su lado y que durante años pareció destinado a quedarse con ella. Pero Nico ya está cansado de cuidarla. Ahora ama a otra mujer y decide dejar a Valentina en manos de su hermano mayor, Sebastián.
Sebastián es serio, frío y demasiado protector. Valentina empieza a creer que las páginas de su diario hablan de él… y sin darse cuenta, se enamora del hombre equivocado.
O quizá del único correcto.
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Capítulo 22
Capítulo 22
La promesa de Elena
El lunes por la mañana, Doña Mariana sacó una caja de madera del último cajón de su escritorio.
No llamó a ninguna empleada. No pidió café. Cerró la puerta con llave y dejó la caja sobre la mesa.
Don Eduardo la observó desde el sofá.
—Mariana, son las ocho de la mañana.
—Por eso. Antes de que todos empiecen a moverse.
Abrió la caja.
Adentro había fotografías viejas, una medalla de la Virgen de Guadalupe, dos pulseras de hospital y un sobre amarillento con el nombre de Mariana escrito a mano.
Eduardo se incorporó apenas.
—¿La carta de Elena?
—Sí.
Mariana sacó el papel con cuidado. No necesitaba leerlo para recordar cada línea, pero igual lo extendió sobre el escritorio.
La letra de Elena era pequeña y ordenada.
Mariana leyó en voz alta.
—"Mi mayor dolor es no poder ver crecer a mi Valentina. Te la dejo porque fuiste mi hermana sin sangre y porque sé que en tu casa nunca le faltará comida, escuela ni techo."
La voz se le quebró un poco. Eduardo bajó la mirada.
Mariana continuó.
—"Pero te pido algo. No dejes que Valentina se acerque demasiado a Sebastián. Ese niño me recuerda a su padre: todo lo guarda adentro hasta que se rompe. Valentina necesita a alguien que la haga reír, no a alguien que la haga llorar de preocupación."
El despacho quedó quieto.
Eduardo se levantó y tomó la carta. La leyó en silencio, desde el principio hasta el final.
—Elena conocía bien a nuestro hijo mayor —dijo al fin.
Mariana cerró la caja.
—Entonces entiendes.
—Entiendo lo que temía.
—Es lo mismo.
—No, Mariana. No es lo mismo.
Ella lo miró con dureza.
Eduardo dejó la carta sobre el escritorio.
—Sebastián tenía catorce años cuando Elena escribió esto. Ahora es un hombre. Y Valentina ya no es una niña.
—Valentina perdió tres años de memoria.
—Eso no nos da derecho a decidir su vida.
—Me dio una responsabilidad.
—Nos la dio a los dos.
—Entonces actúa como si la tuvieras.
Eduardo respiró hondo.
—Actuar no significa arrancarla de una casa donde se siente segura.
—¿Segura? Anoche no viste cómo lo miraba.
—Sí lo vi.
Mariana se quedó callada.
Eduardo suavizó la voz.
—También vi cómo él se contuvo cada vez que ella se acercó demasiado.
—Eso no me tranquiliza.
—A mí tampoco del todo. Pero no voy a castigar a Valentina por un miedo escrito hace diez años.
Mariana tomó la carta y la dobló de nuevo.
—Hice una promesa.
—Y yo quiero cumplirla sin hacerle daño.
—Yo también.
—Entonces no confundas proteger con ordenar.
Mariana no respondió. Guardó el sobre en la caja y cerró la tapa.
En el pasillo, Nico retiró la mano de la perilla.
Había llegado para hablar con su madre. No esperaba escuchar la carta. Se quedó un momento frente a la puerta, con la mandíbula tensa, y luego bajó las escaleras sin hacer ruido.
No fue a la universidad.
Manejó hasta la Capilla de la Virgen, una construcción pequeña de piedra clara detrás de un jardín público. Valentina lo había llevado allí una vez antes del accidente. Había encendido una vela por sus padres, otra por sus exámenes y una tercera porque, según ella, "nunca está de más pedir poquito extra".
Nico estacionó frente a la reja.
Al entrar, vio a Sebastián en la primera fila.
No estaba de traje. Llevaba camisa blanca, mangas dobladas y el celular apagado sobre la banca. Tenía las manos juntas, los codos apoyados en las rodillas.
Nico se detuvo en el pasillo central.
—¿Vienes seguido?
Sebastián no volteó.
—Desde que ella llegó al hospital.
Nico miró las velas encendidas a un lado de la imagen de la Virgen. Eran varias.
—¿Todas son tuyas?
—No.
—¿Cuántas?
Sebastián tardó en contestar.
—Las que están a la izquierda.
Eran cinco.
Nico soltó una risa corta, sin alegría.
—Cinco días.
Sebastián no dijo nada.
Nico caminó hasta la banca de atrás y se sentó.
—Mamá encontró una carta de Elena.
Esta vez Sebastián sí giró un poco la cabeza.
—¿Qué decía?
—Que Valentina no debía acercarse demasiado a ti.
Sebastián bajó la vista hacia sus manos.
—Entiendo.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que diga?
—No sé. Que está equivocada. Que mi mamá exagera. Que tú no vas a lastimar a Vale.
Sebastián apretó los dedos.
—No puedo prometer eso.
Nico se levantó.
—Hermano, ella... ¿te importa?
La pregunta quedó entre las bancas vacías.
Sebastián miró la imagen de la Virgen. No contestó.
Nico cerró los ojos un segundo.
—Tu silencio siempre dice más que tus palabras.
Sebastián tomó el celular de la banca y se puso de pie.
—Valentina no es una cosa que se gana.
—Ya lo sé.
—No lo parece.
Nico tragó saliva.
—Yo la perdí antes de que se cayera, ¿verdad?
Sebastián pasó junto a él. Se detuvo en la puerta de la capilla, con la mano sobre la madera.
—Si algún día ella recuerda todo y quiere volver contigo, no la voy a detener.
Nico se quedó mirando su espalda.
—¿Y si no quiere?
Sebastián abrió la puerta.
—Entonces respétala.
Afuera, el celular de Sebastián empezó a vibrar apenas recuperó señal.
Daniel Ortega.
Sebastián contestó.
—Habla.
—Jefe, la señorita Isabella Castellanos pidió una reunión urgente con usted.
—No.
—Dice que tiene información sobre la señorita Valentina.
Sebastián se quedó quieto en el escalón.
Nico salió detrás de él.
—¿Qué pasó?
Sebastián no lo miró.
—Nada que tengas que resolver tú.
Volvió a poner el celular junto al oído.
—Daniel, agenda la reunión para mañana a primera hora. Y quiero que estés presente.
Daniel entendió por el tono que no era una reunión normal.
—¿Con Castellanos?
—Con Isabella. Sin su padre.
—Eso puede interpretarse como un desplante.
—Que lo interpreten bien.
Sebastián colgó y encontró a Valentina mirándolo desde la puerta del estudio. Ella no había oído todo, pero sí lo suficiente para saber que su nombre estaba otra vez en medio de una decisión.
—¿Isabella?
—Sí.
—¿Por mí?
Sebastián dejó el celular sobre la mesa.
—Por lo que hizo.
Valentina entró con el ceño fruncido.
—Si la reunión tiene que ver conmigo, quiero saber qué dices.
Él estuvo a punto de responder que no hacía falta.
Se detuvo.
—Te lo contaré cuando termine.
—No cuando ya sea tarde.
—Cuando termine —repitió—. El mismo día.
Valentina aceptó con un gesto, no porque estuviera satisfecha, sino porque al menos esta vez él había corregido la frase antes de convertirla en orden.