Ester Villaseñor es una joven soñadora, llena de ilusiones y protegida por el poder de su familia. Pero su mundo perfecto se desmorona cuando se cruza en el camino de Vincent Vane, un hombre enigmático consumido por el dolor y la sed de venganza. Diez años atrás, un trágico accidente le arrebató al amor de su vida... y el culpable lleva el mismo apellido que Ester. Decidido a hacer pagar a la familia del responsable, Vincent utilizará a Ester como la pieza clave de su cobro. Lo que ninguno anticipó es que, en medio del odio y el engaño, nacerá una atracción prohibida que amenazará con destruirlos a ambos.
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Capítulo I El dolor del pasado
Hace diez años
—¡Alma, no me dejes, amor! Por favor, Alma, abre los ojos...
La desesperación se palpaba en cada palabra que salía de la garganta de Vincent. El pánico le oprimía el pecho como una garra de acero, sofocando cualquier rastro de aire en sus pulmones.
Apenas unos minutos antes, el mundo era perfecto. Disfrutaban de su amor en la intimidad del vehículo mientras él conducía de regreso a casa. Como en cada Nochebuena, habían visitado a la familia Vane; esa noche se marcharon un poco más tarde de lo habitual porque Alma se sentía indispuesta por el embarazo.
Estaban a punto de llegar cuando, en una intersección oscura, un auto negro los embistió violentamente. En un abrir y cerrar de ojos, la realidad de Vincent quedó hecha trizas. Entre el olor a humo, gasolina y sangre, su esposa y el hijo que esperaban yacían atrapados en una trampa de metal retorcido.
Cuando él logró reaccionar tras el impacto, ya se encontraba fuera del vehículo, mareado y contemplando con impotencia absoluta cómo los paramédicos intentaban extraer el cuerpo inerte de su amada.
Ambos fueron trasladados de urgencia a una de las mejores clínicas de la ciudad. Al llegar, ignorando sus propias heridas y los gritos de advertencia de los médicos, Vincent se puso en pie a la fuerza. Un frío helado le corría por las venas mientras caminaba a tropezones hacia la habitación donde yacía el cuerpo sin vida de su esposa. Ese día, en ese pasillo de hospital, una parte de su alma murió para siempre.
En la actualidad
—Señor, el señor Linares quiere reunirse con nosotros en un club privado —la voz firme de Elías, su mano derecha, lo arrancó de forma brusca del abismo de sus recuerdos.
Vincent parpadeó lentamente, ocultando tras una máscara impasible la tormenta de dolor que aún lo carcomía por dentro.
—Ese hombre es un dolor de cabeza. Pensé que al regresar a esta ciudad sería más fácil controlarlo, pero veo que solo es una pérdida de tiempo —sentenció. Su voz, grave y rasposa, inundó el imponente despacho.
—Linares es pan comido —comentó Elías con pragmatismo, extendiéndole una carpeta con documentos.
Una sonrisa amarga y calculadora se dibujó en el rostro rígido de Vincent.
—Perfecto. Vayamos a la famosa cita con Linares.
Abandonaron el rascacielos cuyas columnas de cristal parecían alzarse hasta las nubes. A lo largo de esa última década, Vincent había construido un imperio económico colosal, pero su verdadero motor no era el dinero: era el odio visceral que alimentaba día a día contra el responsable de la muerte de su familia.
Al llegar al club nocturno, el contraste con el estado de ánimo de Vincent fue brutal. El lugar hervía de luces neón y música retumbante. Ver a tantos jóvenes disfrutando de su despreocupada juventud le provocó una puntada en el estómago. Le hizo recordar la noche en que conoció a Alma: ella, radiante y llena de vida; él, un hombre reservado que solo había accedido a ir a un sitio similar presionado por sus amigos.
—El señor Linares se encuentra en la sala VIP —interrumpió Elías de nuevo, sacándolo de la marea de nostalgia.
—Terminemos con esto cuanto antes. No soporto este tipo de lugares.
Vincent avanzó con paso firme y dominante por el pasillo privado. Elías se rezagó unos metros atrás para responder una llamada urgente.
—¡Ups! Lo siento... —resonó una voz femenina a su lado.
El impacto fue leve, pero suficiente para desestabilizar a la joven que acababa de tropezar de lleno contra él. Vincent la miró de inmediato con absoluta desaprobación: la copa de la chica había dejado una mancha oscura sobre su traje sastre a medida.
—Acabas de arruinar un traje muy costoso. Espero que tengas con qué pagarlo —dijo él. La frialdad de su tono cayó como un balde de agua helada sobre la muchacha.
Ester dio un paso atrás, sorprendida por la dureza de aquel hombre. Levantó la mirada para encararlo, encontrándose con unos ojos oscuros y profundos como el abismo. Él, por su parte, clavó la vista en las pupilas color miel de la joven. Por un instante suspendido en el tiempo, ambos sintieron una extraña sacudida, un chasquido invisible bajo sus pies que los descolocó por completo.
Sin embargo, el orgullo de Ester no tardó en salir a la superficie. La posición privilegiada de su familia y su crianza jamás le habían permitido dejarse intimidar por nadie.
—Dígame a dónde debo ir para enviar su traje a la tintorería o pagar por la molestia —respondió ella, erguida y con altivez.
Vincent la observó un segundo más, apretando la mandíbula. Decidió ignorarla por completo y dar la vuelta, negándose a permitir que una niña malcriada y aristócrata le hiciera perder el control de sus emociones.
Ester se quedó sola en el pasillo, viendo cómo aquel hombre arrogante se alejaba sin decir una sola palabra. Resopló con fastidio, pero, negándose a dejar que un desconocido le amargara la noche, dio media vuelta y regresó al reservado con su grupo de amigas.
—¡Ester, al fin vuelves! Tenemos un nuevo reto y sabemos que vas a ganar —gritó Samanta con entusiasmo desbordante al verla llegar.
Ester hizo una mueca divertida. Conocía demasiado bien las ocurrencias de su amiga.
—¿Qué se te ocurrió ahora? —preguntó con una mezcla de curiosidad y temor simulado.
—Vamos al centro de la pista y montamos una coreografía improvisada. La que lo haga mejor se queda con el papel principal de El lago de los cisnes.
Ester sonrió de medio lado, dejando traslucir una seguridad absoluta. Sabía que Miranda, su eterna rival en la academia, no tendría la menor oportunidad contra ella.
El baile corría por sus venas. Ambas eran bailarinas apasionadas desde niñas, pero para Ester, la danza era mucho más que un pasatiempo: era la única forma de conectar con la memoria de su madre, una de las mejores bailarinas del mundo, fallecida diez años atrás en un trágico accidente en el teatro. Cada paso de Ester era un homenaje a su legado y a su sueño de alcanzar las estrellas.
—Hecho —aceptó Ester con una chispa de desafío en la mirada.
Las cinco jóvenes se dirigieron con paso firme hacia el centro de la pista, listas para adueñarse de la noche.
Dale con todo por idiota