"Condenada por un crimen que no cometió, terminó refugiada en las garras del monstruo más despiadado de todos".
Sofía Ivanov siempre fue la vergüenza de su manada. Despreciada por sus padres y eclipsada por Tania, su perfecta hermana menor, Sofía soportó el peor de los castigos: ver cómo su propia familia le exigía romper el lazo sagrado con su mate, Gavin, solo porque su hermana se había encaprichado con él. Y lo peor... él tampoco la defendió.
Pero el día de la boda, el destino cobra una factura sangrienta. Gavin es brutalmente asesinado en el altar y Sofía es encontrada de rodillas, cubierta de sangre y con el arma homicida en sus manos. Inculpada por su propia familia y convertida en la fugitiva más buscada, Sofía huye bajo una tormenta implacable hasta caer inconsciente en los límites del territorio prohibido.
Al despertar, ya no está en el bosque. Alguien la ha rescatado y ocultado en el lugar más peligroso: el palacio de César Dróvnikov, el temible y despiadado Rey Lycan.
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Capítulo 7
El aire pareció congelarse en los pulmones de Sofía. La orden del rey pesaba en la habitación como una losa de piedra, y el silencio que siguió fue tan denso que podía escuchar el sutil chisporroteo de las velas consumiéndose. Sabía que cualquier vacilación, cualquier gesto que no encajara con la fachada de una muchacha asustadiza y muda de las Tierras Bajas, sellaría su destino.
Obligó a sus músculos tensos a obedecer de la manera más natural posible. Con lentitud calculada, fue enderezando el cuello, manteniendo los hombros encogidos y la mirada ligeramente baja, desenfocada, para no desafiar directamente los ojos grises del monarca. Cuando sus facciones quedaron expuestas a la luz de las llamas de la chimenea, el miedo que reflejaba su rostro no requería ninguna actuación; era un pánico real, visceral, que le erizaba la piel.
César Dróvnikov dio un paso corto hacia adelante. Su imponente figura recortaba la luz de la luna, proyectando una sombra alargada que envolvía por completo a Sofía. Sus ojos grises, afilados como dagas de plata, recorrieron el rostro de la joven con una mezcla de escrutinio frío y fastidio aristocrático. Para un Alfa Supremo, la perfección y el orden en su palacio eran leyes absolutas; la presencia de una sirvienta que ya había causado un desastre en sus pasillos era una imperfección que no le agradaba.
—Sigues temblando —observó César. Su voz, un barítono profundo y rasposo, no cargaba la furia del guerrero, sino la aplastante indiferencia de un soberano—. Greta me aseguró ayer que tu torpeza se debía a la debilidad del viaje, pero veo que el simple hecho de sostener una bandeja ante tu rey te supera.
Sofía, recordando que no debía emitir sonido alguno, apretó los labios y encogió aún más las manos contra su delantal blanco. Dejó caer los ojos por completo hacia las botas de cuero del rey y asintió repetidamente con la cabeza, forzando una respiración entrecortada que delataba una timidez extrema. Tenía que parecer una criatura insignificante, una humana asustadiza de los campos que todavía estaba temblando por haber tirado el agua a los pies del monarca hace apenas unas horas.
César caminó un par de pasos de lado, rodeándola con la parsimonia de un depredador que evalúa la disciplina de su entorno. Su olfato, el más desarrollado de la línea de los Lycans, se expandió sutilmente. El aire de los aposentos reales estaba saturado con el fuerte aroma herbal de la valeriana y la miel del té, combinado con los restos del ungüento rústico que Sofía aún cargaba en la piel de sus muñecas: un olor pesado a menta de monte y alcanfor que Greta le había aplicado tras el incidente de ayer para ocultar cualquier rastro de su origen noble.
Para el rey, aquel hedor a medicina barata y campo era molesto, una confirmación de que la chica pertenecía a las clases más bajas. No había en ella el aroma limpio de los guerreros de su guardia, solo la fragancia de la servidumbre y el miedo humano.
—Tu abuela mencionó ayer que eres muda —continuó César, deteniéndose a unos pasos de la mesa auxiliar, sin apartar sus ojos grises de la coronilla de la cabeza de Sofía—. Una condición conveniente para una sirvienta en esta ala del castillo. Las paredes del palacio real escuchan demasiadas cosas, y prefiero que quienes limpian mis habitaciones no tengan la capacidad de esparcir rumores.
Sofía mantuvo la postura, asintiendo una vez más con suavidad, uniendo sus manos frente a su vientre en un gesto de sumisión absoluta. El corazón le latía con fuerza, pero el alivio comenzó a abrirse paso muy lentamente en su pecho al notar que el rey no sospechaba absolutamente nada de su identidad. Para él, ella no era más que la molestia silenciosa que Greta justificó ayer en el pasillo, una pieza defectuosa que hoy intentaba no romper la porcelana.
César extendió una mano grande hacia la mesa, tomando la taza que Sofía había servido. El vapor del té acarició su rostro severo mientras le daba un sorbo corto, manteniendo la mirada fija en el ventanal, dándole la espalda a la joven una vez más.
—El té está aceptable —sentenció de forma plana, su tono cortante indicando que la audiencia implícita había terminado—. Retírate, Elena. Y hazle saber a tu abuela que si vuelves a descuidarte como ayer, buscaré a alguien más eficiente para encargarse de la platería.
Sofía no esperó a que se lo dijera dos veces. Juntó los pies, hizo una reverencia lo más profunda y torpe que pudo simular para mantener su papel, y comenzó a retroceder hacia las pesadas puertas dobles de madera. Sus manos, aún frías por la tensión, empujaron el picaporte con cuidado, saliendo al pasillo iluminado por las antorchas bajo la estricta mirada de los dos guardias de la élite.
Solo cuando la puerta del despacho se cerró por completo a sus espaldas, Sofía se permitió exhalar el aire que tenía retenido. Sus piernas flaquearon por un instante, obligándola a apoyarse contra la pared de piedra antes de emprender el descenso hacia el subsuelo. Había sobrevivido a su primer encuentro a solas con el Rey Lycan, y su secreto, oculto tras el muro del silencio absoluto, seguía a salvo en las sombras del palacio.