Cinco años después de haber sido absuelta por la misteriosa muerte de sus dos primeros esposos, la enigmática Rubí Vicentelli regresa al ojo de la tormenta pública al anunciar su tercer matrimonio con Julián, un millonario cuya fortuna promete salvar de la ruina a la aristocrática pero decadente familia Vicentelli. Sin embargo, la noche de bodas se convierte en un matadero cuando Julián aparece colgado del candelabro principal de la mansión.
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Capítulo 2
El humo del cigarrillo flota bajo la luz mortecina. El detective Marcano arroja sobre el escritorio varias fotografías de la escena del crimen.
Santiago, el periodista, está sentado al otro lado, con las ojeras marcadas por no haber dormido.
—Estás cruzando la línea, Santiago —dice Marcano, clavando sus ojos cínicos en el joven—. Una cosa es reportar el circo de los Vicentelli y otra es proteger a esa mujer. La autopsia de Julián dice que murió por asfixia mecánica antes de ser colgado. Lo mataron en el pasillo.
—Rubí no lo hizo, Marcano —responde Santiago, con la voz ahogada por una mezcla de rabia y desesperación y desvelo—. Ella estaba conmigo minutos antes del apagón. Estaba temblando. Si hubiera querido matarlo por dinero, no habría dejado que la prensa viera el cadáver en su propia fiesta.
—¿Y por qué la defiendes con tanta saña? —Marcano se inclina hacia adelante, con una sonrisa amarga—. Ah, lo olvidaba. Fuiste su primer amor antes de que ella descubriera el brillo de la fortuna. Tu objetividad está muerta, muchacho, igual que los esposos de Rubí.
***
La luz del día apenas atraviesa las pesadas cortinas de terciopelo. Rubí contempla el vestido de novia negro, que ahora descansa sobre un maniquí. El silencio se rompe cuando la puerta se abre de escandalosa. Alejandro entra, respirando con dificultad.
—¿Hasta cuándo vas a sostener esta farsa? —pregunta Alejandro, acercándose a ella con pasos violentos.
—Esta farsa, como la llamas, es lo único que nos cuida de la miseria —responde Rubí sin mirarlo, su voz es un susurro gélido—. Julián está muerto y su fortuna ahora está bajo investigación.Deberías estar rezando para que la policía no revise tus cuentas.
Alejandro la toma del brazo, obligándola a girar. El contacto físico desata una furia extraña, cargada de odio, resentimiento y una atracción prohibida que ambos intentan sofocar. Sus respiraciones se mezclan. El trauma de años de convivencia forzada se siente en el aire.
—Me das asco, Rubí… —le dice Alejandro a milímetros de sus labios, con la voz quebrada—. Pero me muero por dentro cada vez que te veo vestida de luto. Dime la verdad… ¿Cuándo me va a tocar a mí entrar en tu vida?
Rubí se suelta del agarre con una lentitud tortuosa, rozando los dedos por la mejilla de Alejandro, una caricia que parece una amenaza.
—Cuando dejes de serme útil, Alejandro. Solo entonces.
***
Los helechos colosales y las flores marchitas crean un laberinto sofocante. Elena camina nerviosa, arrancando hojas secas con desesperación. Valeria apareció frente a Elena con los brazos cruzados y la mirada perdida. Tenía veinticuatro años, pero el temblor de sus dedos mordidos hasta la sangre la hacía parecer una niña atrapada en una noche que nunca había terminado.
—No debimos dejar que regresara —dice Valeria, mordiéndose las uñas hasta hacerse daño—. Ella la trajo consigo. La mujer extraña… yo la vi anoche en el pasillo, mamá. Olía a cera de vela y a tierra mojada.
—Cállate, Valeria, estás desvariando otra vez —la reprende Elena, con los ojos inyectados en pánico—. Tus nervios nos van a delatar. Si el detective Marcano descubre lo que pasó en el sótano hace cinco años, ninguna de las dos verá la luz del sol.
Una figura madura las observa en silencio. Desde la entrada del invernadero, el padre Damián las observaba en silencio. La sotana gastada le caía sobre el cuerpo como una penitencia, y sus ojos parecían cargar con todos los pecados que la familia Vicentelli fingía no haber cometido.
—La culpa es un veneno que carcome desde adentro, Elena —interviene el Padre Damián, haciendo que ambas mujeres den un salto del susto—. Dios perdona, pero las leyes de los hombres buscan sangre. Y en esta casa, la sangre ya empezó a correr.
***
La tormenta ha regresado, golpeando las paredes de la mansión con fuerza. Berenice, la tía adicta a los calmantes, camina tambaleándose por el pasillo oscuro. Lleva una linterna en una mano y un fajo de documentos arrugados en la otra: el verdadero testamento de Julián.
—No me van a dejar en la calle… —murmura Berenice para sí misma, con la mirada perdida por entrando en el efecto de las pastillas—. Rubí no se va a quedar con todo. Yo sé quién eres… sé que tú no eres un fantasma.
De pronto, la linterna parpadea y se apaga. El silencio es absoluto intenso, interrumpido solo por el goteo del agua de la lluvia.
Una relámpago sutil se escucha al fondo del pasillo. El roce de una tela pesada contra el suelo. Chist… chist… chist…
Berenice se pega a la pared, con el corazón latiéndole en la garganta. El miedo mortal la paraliza.
—¿Quién está ahí? —pregunta, con la voz rota—. Tengo los papeles… si me haces algo, Alejandro lo sabrá todo.
Una cerilla se enciende en la penumbra, iluminando momentáneamente un rostro cubierto por un velo de encaje negro. La figura de la novia de luto avanza con una lentitud espectral. En su mano no hay una rosa, sino un enorme arma blancas de bronce.
Berenice intenta gritar, pero el pánico le cierra la garganta. Da un paso atrás, tropieza con el primer escalón de la escalera del sótano y pierde el equilibrio.
La mujer misteriosa del velo negro no la empuja; simplemente se queda estática en la cima, observando cómo Berenice rueda escaleras abajo en una caída violenta y radical. Se escucha el crujir de los huesos al llegar al fondo del pasillo subterráneo.
La mujer arroja la cerilla encendida hacia el sótano. La luz parpadeando ilumina por un segundo el cuerpo sin vida de Berenice, con los ojos abiertos fijos en el techo. Los documentos del testamento caen sobre su rostro, tiñéndose lentamente de un hilo de sangre que brota de su cabeza.
***
Valeria tiembla bajo las sábanas, con los ojos desorbitados fijos en el rincón más oscuro del cuarto. La puerta se entorna sin hacer ruido.
Un sombrío con un velo de encaje negro se desliza hacia la cama. El olor a humedad y a cirio pascual inunda la habitación.
—¡No… otra vez tú no! —grita Valeria, con la voz ahogada por un llanto histérico—. ¡Sé quién eres! ¡Tus manos… tus manos huelen a los muertos que arrastras! ¡Eres la sombra de mi pasado!
La mujer del velo no responde. Se inclina sobre ella lentamente. Valeria colapsa psicológicamente, tapándose la cara mientras hiperventila, atrapada en el trauma de su niñez.
Detrás de la mujer del luto, una segunda pareja alargada e imponente aparece en el umbral. No se ven sus rostros, pero sus movimientos están perfectamente sincronizados, como una parejas unida por un pacto de sangre invisible. El segundo intruso acaricia la espalda de la mujer del velo con una amabilidad escalofriante, antes de que ambos se evaporen en la negrura del pasillo.
***
Santiago intercepta a Rubí cerca de las escaleras. La toma de las manos con una desesperación que quema.
—Tienes que irte de esta casa, Rubí —le suplica Santiago, con los ojos de miedo—. Estás jugando con fuego y te van a culpar de lo de Berenice también. Yo te amo… sigo amándote como el primer día, a pesar de los cadáveres, a pesar de tu maldito dinero.
Rubí lo mira, y por un segundo, su máscara de frialdad se rompe. Sus labios tiemblan, rozando la mejilla de Santiago con una ternura dolorosa.
—El amor en esta casa es una sentencia de muerte, Santiago. Si me voy contigo, te destruirán. Déjame sangrar sola.
Alejandro aparece al fondo del pasillo, aplaudiendo con una ironía venenosa que interrumpe el momento y creando más tensión.
—Qué conmovedor —escupe Alejandro, con la mirada inyectada en celos y odio—. El periodista muerto de hambre queriendo salvar a la viuda negra. Lástima que el testamento de Berenice acaba de desaparecer… y tú, Rubí, eres la principal sospechosa de su “accidente” en las escaleras.
***
El detective Marcano interroga a dos nuevos rostros que acaban de llegar a la mansión tras la noticia de las muertes.
René se sirvió un trago sin pedir permiso, como si la mansión todavía perteneciera a los vivos y él tuviera derecho a reclamar una parte. Era joven para moverse con tanta seguridad entre cadáveres, pero su traje impecable, su sonrisa calculada y la frialdad con que observaba el salón lo hacían parecer más abogado que doliente.
A su lado, Amanda acomodó sus joyas con fastidio. La antigua rival de Rubí conservaba la elegancia altanera de quien había nacido creyendo que el mundo debía apartarse a su paso, aunque el resentimiento le endurecía la boca cada vez que escuchaba el nombre de la viuda.
—Es una ridiculez que nos retenga aquí, detective —dice Amanda, acomodándose las joyas—. Berenice era una drogadicta, seguro rodó sola por andar dopada. La única asesina aquí tiene nombre de fantasma.
—A mí lo que me preocupa es el patrimonio de Julián —interviene René con voz pausada y calculadora—. Si Rubí va a la cárcel, las acciones de la empresa quedan en el aire. Y yo tengo mucho que reclamar en ese documentos.
—Todos tienen demasiada prisa por enterrar a los muertos y repartirse los billetes —dice Marcano, mirándolos con profundo desprecio—. Nadie sale de este pueblo hasta que yo descubra quiénes son las dos sombras que la servidumbre jura haber visto anoche en el jardín.
***
Elena y el Padre Damián hablan a puerta cerrada. Elena camina de un lado a otro, destrozada por los nervios.
—Berenice sabía lo del sótano, Damián… —confiesa Elena en un susurro desesperado—. Alguien la calló. Dios mío, ¿y si Valeria recupera la memoria del todo? Ella reconoció algo anoche.
—La verdad no se puede enterrar para siempre, Elena —responde el Padre Damián, apretando su crucifijo con una furia que denota sus propios demonios—. El pasado regresó a esta mansión… y no viene solo. Viene acompañado por la peor de las venganzas.
Bajo el diluvio, la mujer del velo negro camina entre los arbustos de la sombra. A su lado, la segunda figura misteriosa la toma de la mano con una devoción casi romántica.
Ambos se detienen frente a la ventana iluminada donde Rubí mira las estrellas desde su habitación. La complicidad entre los dos asesinos es total, una danza de sombras que promete desenterrar el peor secreto de los Vicentelli y de sus enemigos.
***